Antonio Vera-León
s    o    b    r    e         e  l         a    u    t    o    r
    
volver
menu


click












En 1968, después de mucho pensar, pues se trataba de pensamientos tan largos que hacían falta años
para entenderlos, mi padre llegó a la conclusión de que teníamos que irnos. Con seguridad mi madre y él
habrían encontrado la manera de sortear la escasez y las dificultades que padecíamos entonces,
aunquemuy pocos eran los conocidos que veían a bien el giro que seguían tomando las cosas, cuesta abajo.
Elproblema más grave era que la vida que ellos conocían yacía a sus pies, herida de mucha gravedad, si no
de muerte.

Tomada la decisión, mi padre solicitó del gobierno permiso para abandonar el país. Lo acompañé entoncesa
oficinas y ministerios, siempre temprano en la mañana. Salíamos de casa a las cinco y media o seis alaire
fresco de esas horas. A veces en ómnibus, otras en su automóvil, fuimos a oficinas que siempre s eubicaban
en barrios muy lejanos, a los que yo llegaba con la sensación de alarma que me producía salirde casa a esa
hora, una hora que llevaba la misma impronta que una llamada a media noche. El presagio de que algo anda
mal. Cruzamos esmerados céspedes, jardines de elegancia geométrica y verdor riguroso en la yerba recién
cortada, como saben hacer los jardineros que trabajan entre fuentes y columnas. Recuerdo el tono de las
voces que se dirigían a nosotros en esos despachos. Nos hablaba la fuerza. De forma misteriosa, aquellas
voces nos borraban. Desaparecíamos ante aquellas personas.

Los documentos requeridos se entregaron y no quedaba ya sino esperar la comunicación del gobierno.
Mi
padre fue de inmediato dado de baja de su trabajo y de la cartilla de racionamiento de alimentos. El
castigo que se le impuso cobró la forma de trabajo agrícola, mayormente en los sembrados de la zafra
cañera. La sentencia duró dos años y medio. Después que salimos, no recuerdo exactamente cuando, me
contó lo siguiente. En un principio lo mandaron a los campos que rodean un pueblo en la provincia de
Matanzas, pero de allí fue trasladado muy pronto a la provincia de La Habana, a un punto al sureste de la
ciudad.

Los vuelos que conectaban La Habana con Madrid despegaban semanalmente del aeropuerto de
Rancho
Boyeros. Cualesquiera que fueran las condiciones meteorológicas o de otro tipo que determinaban la
dirección de los despegues, esas condiciones a veces llevaban los aviones tierra adentro por un corredor
aéreo que se alejaba de la ciudad en dirección sureste, desde donde eran guiados hacia el mar para enfilar
luego al noreste, a España, el país a donde mi padre había pedido salir.

Después de varias semanas los macheteros esperaban la tarde de los jueves por si las misteriosas
condiciones tenían a bien poner en su camino la aeronave de Iberia. Un Super DC-8, largo y delgado,
preparado para vuelos trasatlánticos, un estuche con alas y una panza firme y chata, apropiada para
un pez
sanguinario y tenaz.

Los jueves por la tarde mi padre salía al corte con los brazos tensos, la maza del antebrazo endurecida
de
anticipación. Atacaba la caña y bebía agua de los porrones, el deseo le corría por la garganta, la piel
sudada de los brazos se le electrizaba en la punta de los vellos, y atacaba la caña para aliviarse.

Esos días las mañanas se relentizaban hasta lo inaguantable, una pesadez suspendida sobre los
campos,
el aire hecho roca.

Después del almuerzo debían esperar dos o tres horas más, todavía muy largas, pero a diferencia de la
mañana tenían en su paso un propósito y en su fijeza latían la posibilidad y el futuro.

Cuando la suerte soplaba a su favor, oía los primeros gritos de los macheteros que avisaban desde los
extremos del campo. En varios segundos las voces se esparcían por el cañaveral avanzando en
dirección a
mi padre, de punta a punta del campo, como minas explotando en sucesión alrededor suyo.

--Ahí viene. Ahí viene.

Mi padre gritaba también hasta que las voces dejaron de escucharse y por un tiempo el campo sonó
como
el mar.

En días de mejor suerte aún mi padre levantaba la vista y veía al avión mucho antes de que el sonido de
los reactores lo alcanzara. Lo seguía sin dejar de atacar la caña, entre machetazo y machetazo. El
ronquido de los motores se hizo más grave y profundo, ganó intensidad, hasta que la nave voló sobre el
campo y el sonido de los motores se le metió en el pecho, a su máxima potencia, un trueno largo y
metálico, continuo como una catarata, que ahogó por unos instantes todos los sonidos del corte.
Mi padre miró el avión blanco, las listas amarilla y roja, en los flancos, que arrancan al pie de las
ventanillas de los pilotos y llegan a la cola, donde la insignia amarilla y roja de Iberia aparece en dos
grandes caracteres –IB– dispuestos con la misma inclinación que el ángulo de la cola, sobre los que
flota,
ingrávida como la nave, la corona de la monarquía.
Mi padre siguió el avión hasta que en la distancia el aparato perdió sus colores y se redujo a un punto
brillante en el cielo azul. Infinito.



Port Jefferson, 28 octubre 1999
El cielo de los jueves

                         Cada semana se compone de seis jueves y un domingo ...
                                                             Collodi. Las aventuras de Pinocho


                                                       Para mis padres, Antonio y Clarivel

        Antonio Vera León: un punto brillante en el cielo…


Se cuenta (la anécdota es ya manida y probablemente apócrifa) que en una acera de La Habana José
Lezama Lima le ripostó a Jorge Mañach con el siguiente epitafio: “Prefiero que me digan Maestro en broma
que Profesor en serio”. Contra el rango también emparejó Lorenzo García Vega cuando en unas
prematuras “memorias” advertía sobre los dos destinos básicos que asechan al poeta en el exilio: o
bodeguero, o profesor.

La escisión, sin embargo, es ajena a Antonio Vera León: es un profesor y es también un artista. Un Maestro.

El artista, como quiso decir Joyce aunque no le dejaran, “as a young man”; carga con una juventud
perenne, esa misma que Schiller entendiera como infancia. Antonio Vera León es el ejemplo más claro del
ejercicio de la escritura como una “misión hedónica”, como una “grácil responsabilidad”. Aunque pudiera
hacerlo, ha decidido no ejercer el poder epistémico que le permite la pertenencia a la academia; no es un
burócrata de la literatura: él es un escritor que, también, enseña.  

El gusto por la narración imaginativa, a lo Dumas y Dickens, lo complementa con una pasión por los
pensadores duros, por la reflexión densa y la existencia amarga: de ahí su gusto por Ciorán, Dumézil,
Tolstoy, Kafka... Otro de sus importantes ingredientes es una fuerte experiencia histórica y personal: los
seres de exilio, los peregrinos de ínsula, están condenados a la densidad histórica. Su trabajo El cielo de
los jueves es una muestra de lo anterior.

El cielo de los jueves forma parte de un “book in progress” titulado desde ya El prinicipio Bélgica. Bélgica es
para Antonio Vera León el símbolo de una salvación discreta; una suerte de certificado de trivialidad solvente
que aseguraría la paz de la gente criada en patria intensa. Bélgica es como una balsa que escapa de un
casi país ex-céntrico a una pseudo patria pudorosa.

Belga es Hércules Poirot, el más famoso detective de Agatha Christie, quien apenas alcanza a compartir
honores con Miss Marple, una potencial heroína en la sensibilidad de nuestro tiempo: la maldita
circunstancia de la policía por todas partes. De vuelta en el expreso a Oriente, Vera León imagina un
refugio en la frontera de la latinidad. Se divierte, juega y comparte su experiencia con todos los peregrinos
que rondan las islas: la isla de Cuba, la isla de Saint Louis, la isla de Miami, Guanabacoa Key and Long
Island. Las islas todas, cada una de sus islas.

Su guiño guarda parecido humor y casi la misma alegría de ese gesto que Gustavo Pérez Firmat contó un
día: al parecer decidió deshacerse del “cubaneo” y cuando iba a lanzarlo al “cubo” de las inutilidades
recapacitó: “Cubo, hum… cuidado con esa palabra”.

Se llamaba Matías Pérez y era un apasionado de la aeronáutica. Tenía origen portugués aunque “la cosa”
sucedió en La Habana. Después de un  intento exitoso entre la Plaza de Marte y el Cerro, caserío fronterizo
a extramuros, quiso repetir su hazaña y levantó unos metros en un globo; pero esta vez un viento norte lo
zarandeó y se lo llevó lejos, muy lejos. Su lejanía no termina aún. Dicen que cuando pasaba por encima del
Castillo de La Chorrera, rumbo al mar, alcanzó a lanzar unos poemas que había escrito a las habaneras.

Antonio Vera León, quien salió de Cuba mucho después que Matías Pérez, tampoco ha aterrizado
nuevamente en la isla. Un problema del cielo, seguramente.

No sé si definitivamente existe una dimensión ontológica de lo cubano, pero si la cubanidad no es una
sustancia, es por lo menos un ejercicio. Hasta donde la he podido ejercer, esa identidad la he
experimentado así: como viaje eterno, como fuga constante y utópica. Utópica porque viajamos y seguimos
viajando, aún cuando estemos convencidos de que no hay destino. A diferencia del personaje de Julio
Cortázar, la ausencia de refugio no llega a persuadirnos de la fuga. Y viajamos más de un día, en 360
mundos; que es el doble de 180, es decir, el círculo mundanal.

En un soneto (de no muy buenas intenciones) dedicado a Góngora, Quevedo utiliza el ilustrativo término de
“forasteridad”; es decir, la extranjería elevada a condición perenne; asumida como atributo y no solo como
accidente, para decirlo en la cómoda jerga de Baruch Spinoza.

En El cielo de los jueves Antonio Vera León nos habla de un viaje originario: el viaje fundamental hacia
otros viajes. Nos entrega en esta narración una muestra de eso que llamamos “literatura de gandinga”,
una que es verdad, aún cuando desborda la naturaleza de esa misma verdad.

E  m  i  l  i  o    I  c  h  i  k  a  w  a.
A g o s t o -2 0 0 4.