Seis notas exiliares
1-A la altura de 2005 Miami, más que una comunidad exiliada (como pueden ser los cubanos de Phoenix,
Huston o West New York-NJ), es un “país cubano” en el exilio. Una comunidad y un país no funcionan igual. Una
comunidad exiliar cierra con más facilidad, incluso como deber, como necesidad; logra acuerdos con más
rapidez. Se homogeniza a partir de aquello que la segregó de su `locus originario` incluso con la misma vigencia
de lo que ahora le exige sobrevivir. Un país es necesariamente estratificado, implica una estructuración clasista,
racial, educativa, vecinal que conduce a diferencias de prestigio. Trae solidaridades pero también
discriminaciones. Incluso algunas de marcado carácter nacional. El exiliado ya no puede reafirmarse ante el
dueño de una factoría, por ejemplo, con el orgullo de su nacionalidad, interponiendo a la propiedad el recurso
moral de la identidad, pues ese dueño a lo mejor es cubano también y comparte la distinción. A un país cubano
fuera de Cuba no se arriba solamente a intentar libertad, se llega de otra manera; la gente viene a insertarse, a
tratar de ocupar un lugar privilegiado en la estructuración clasista (re) creada.
Hay bastante clasismo en el exilio cubano de Miami. Mucho más fuerte que el clasismo que de hecho hay en la
pretendida sociedad sin clases que propagandiza el castrismo. Y mucho más enfático que el clasismo que existía
en la propia República anterior a 1959 donde, según algunos testimonios, las altas clases de la isla no
machacaban al pobre con la altanería que lo hacen hoy algunas “aristocracias” latinoamericanas. El clasismo se
ejerce en Miami constantemente, a veces de una manera despiadada y hasta horizontalmente. En una ocasión
una persona esgrimió en contra de un artista recién llegado un argumento discriminatorio tan desconcertante
que es mejor no repetir: le había visto comprar zapatos en “Payless shoes”, una tienda óptima pero sin el rango
necesario para ser considerada con dignidad desde el punto de vista de cierto sector social del exilio. Lo peor es
que la persona que discriminaba pertenecía al mismo nivel (horizontalidad) del recién llegado; por lo que, en
palabras de Thoreau, no solo discriminaba por “conocimiento”, sino también por “afición”.
2-La categoría `exilio histórico` va dejando de ser una expresión cronológica y política para convertirse en una
categoría social más usada por quienes técnicamente no pertenecen a él que por los que sí. Quienes aplican
para la categoría `exilio histórico” rara vez, yo diría que nunca, manejan ese término como una seña de
identidad. Más bien es esgrimido hoy por el sector de menos tiempo en Miami (desde 1991-92 hasta la fecha)
para diferenciarse, para legitimar un circuito de realización social alternativo que supla la carencia económica (y
a veces de linaje) que le impide acceder a los espacios de prestigio social de ese llamado “exilio histórico”. Hace
poco se realizó una fiesta de antiguos miembros del Havana Yatch Club en los salones del Rivera Country Club de
Coral Gables, donde buena parte del `exilio no-histórico` (?natural?) se hubiera sentido ajeno, mejor
“incómodo”, y puede también que “aburrido”. Los estratos del exilio se diferencian además por las maneras de
divertirse y congratular al prójimo. Al crear una zona de realización alternatia este “exilio natural” (no-histórico) se
protege, se realiza paralelamente. No es una cuestión política, es una cuestión social. Tampoco es una cuestión
de edad; allí, en ese cóctel, estaban los hijos y nietos del “exilio histórico”; graduados de Yale, estudiantes de
Florida International University, New York University, University of Miami, Georgia Tech y también, hay que decirlo,
algunos jóvenes con problemas muy comunes al resto de la juventud de este país.
3-Pero se pueden identificar también algunas personas que utilizan la categoría “exilio histórico” de una manera
muy beligerante. Me tocó experimentar su iniciativa en un programa de televisión titulado La hora de la verdad,
Canal 22 de Miami, conducido por los periodistas Lourdes de Kendall y Ricardo Brown. Había publicado en El
Nuevo Herald un artículo titulado La izquierda intolerante de Miami (“Perspectiva”, miércoles 13 de abril-2005) y
los productores propusieron discutirlo allí, con representantes de esa “izquierda” y algún representante de una
posición más conservadora. Hubo un momento en que se polemiza con el participante aludido en el referido
artículo, alguien cercano en algunos puntos a las posiciones del gobierno de La Habana, y el otro participante
interrumpe diciendo que el intercambio le parece `fellinesco`, que siente orgullo de ser parte de ese “exilio
histórico” el cual tolera que gente formada en Cuba haya venido a Miami a vivir. Se identificó como parte del
“exilio histórico” de manera ofensiva, altiva, casi soberbia, lo que en verdad no es frecuente. Entonces esa otra
persona le dice que no tiene que tolerar nada, que aquella otra no es nadie para establecer quien debe o no vivir
en Miami. Y me sentí curiosamente del lado del “elemento castrista”, el mismo que había retado en la prensa
unos días antes. Esa persona, a la que se aludió muy críticamente en el referido artículo, tenía entonces más
cosas que compartir que la otra, esa que había ostentado allí su título nobiliario exiliar tan simplemente e
invocando un inaceptable derecho consuetudinario.
4-Muchas de las relaciones personales establecidas en Miami carecen de historia; están dictadas por la
circunstancia especial del exilio y suelen ser efímeras. De ahí la esencialidad de un amor o una amistad
verdadera en esa jaspersiana “situación límite”. En el exilio se traba amistad entre personas que en el medio
natural hubieran tenido muy pocas posibilidades de entrar en conocimiento mutuo. En Miami los amigos y
enemigos no son “personajes” de un escenario, son amigos y enemigos en toda su plenitud; con capacidad
económica y poder real para ayudar o perjudicar, según sea el caso. También algunas de esas amistades y
enemistades son prolongaciones rectificadas de ciertos afectos contraídos en Cuba.
Es falso que para tener éxito en Miami sea siempre necesario un cambio de actitud mental respecto al
totalitarismo castrista parecida a la preconizada por Max Weber (o Lutero) en su conocida tesis; hay personas que
se han ubicado convenientemente en la ciudad aplicando las mismas estrategias y mañas que le permitieron
ubicarse privilegiadamente en las estructuras de la isla castrista. Existe incluso una potenciación de cierta
moralidad grupal, una visión romántica de algunas profesiones de entonces, como ocurre con los ex-miembros
de la Seguridad del Estado. Presentados con interés por los periodistas María Elvira Salazar y Oscar Haza en sus
programas televisivos (canal 22 y canal 41, 8: 00 de la noche en días de semana respectivamente), los ex-
agentes del MININT parecen contagiados con el “síndrome de Macbeth”: se les ve demasiado convencidos, sin
preguntas, sin dudas, manejando secretos, sugiriendo el poder sobre noticias determinantes, creyéndose
protagonistas de una historia que en verdad tiene un rector muy distinto; como sucede en la obra de
Shakespeare.
5-Una de las cosas más curiosas de estos cambios de coordenadas es la reproducción en Miami de algunos de
los peores hábitos de la formación castrista: la delación, el rumor, la conspiración, la envidia, como parte de una
moralidad que, a diferencia de lo que sucede en otras comunidades, se afana en estas prácticas sin sanción
moral; es decir, que alcanza a verlas como elementos normales, incluso legítimos de la convivencia y
sobrevivencia (“escape”) humanas. Y esto se da marcadamente en el nivel profesional, pero no solamente. Una
cosa es que un profesor, un periodista, un ingeniero, se inserte en una institución cultural democrática (que le pre-
existe) con éxito, y otra que algunas redacciones, escuelas, compañías, reproduzcan “ambientes” totalitarios a la
manera en que se conformaron en la isla. Con chivatería, emulación socialista, reuniones partidistas y demás
perversiones. Los hábitos totalitarios elevan el “peer pressure” al nivel de la insoportabilidad.
Un “security” contaba que había visto asomarse a un conocido restaurante de la ciudad a una persona que,
después de husmear en lo que había dentro, se retiró espantado afirmando: “!Oño, esta es la UNEAC con
whisky!.” Existe además un fenómeno que podemos llamar “censura extraterritorial”; resulta que junto a
profesores, artistas, profesionales “de fila”, han llegado también como exiliados los propios jefes que ejercían la
censura en la isla. En rigor, esos jefes eran también objeto de la “presión castrista”. Esta gente, que siempre se
las arregla para estar cerca de los círculos de poder intelectual, han podido mantener bajo las nuevas
condiciones de exilio las relaciones que tenían en Cuba con personas ya ubicadas en la prensa y universidades
de este país. Esto crea, de momento, ua situación desconcertante: resulta que las mismas personas que ejercían
la censura en Cuba la pueden ejercer hoy en el exilio, incluso implicando al sistema de relaciones y dependencias
que dejaron en La Habana. Por lo que uno se encuentra ante la esperpéntica situación de tener que estar
adulando o sorteando (según el plan personal) a la misma burocracia.
Esto obliga, de hecho, a exiliarse una segunda o tercera vez (depende de la consecuencia en el error). Es decir,
hace que uno tenga que librarse en el exilio de las mismas estructuras domesticadoras que existían en la isla.
Esta situación, por lo menos en cuanto a su amplitud, es relativamente nueva y desmiente esa versión
publicitaria según la cual sería muy fácil criticar al castrismo comiendo jamón en Miami. Afirmación doblemente
falsa: en primer lugar, porque en Miami casi no se come jamón; en segundo, porque los brazos de Fidel Castro
son muy largos y criticarlo fuera de Cuba, sobre todo si se es un intelectual o artista, es tan arriesgado como
hacerlo dentro.
6-Los cambios en el exilio suponen además un enriquecimiento cultural, una diversificación que para algunas
personas implica continuidad, para otras ruptura, desafío e incluso escándalo; y siempre fascinación. Nuevas
formas de entender el esparcimiento, la relación sexual, la moda, la cubanidad y la globalidad se han
superpuesto fuera de la isla. Ha aparecido un nuevo mercado que muchos “small busssiness” aprovechan con
perspectiva. También, una actitud hacia lo dejado atrás que no es circunstancial, táctico, de “remesa” sino
destinal. Gente que no está interesada en insertarse en esta sociedad definitivamente sino que apenas quiere
reproducir aquella vida en la isla pero de una manera más digna. Son cambios fundamentales. Para quienes
tratan de estudiar y pensar lo cubano, más allá del destino individual que le pueda tocar en este país cubano que
se vive como una cláusula pre-moderna en uno de los vórtices de la postmodernidad, el exilio debe ser asumido
piadosamente como una prueba necesaria, sin la cual, la propia experiencia de cubanidad va a resultar siempre
incompleta.