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Un desaprendizaje hispánico
(Encuentros transhabaneros con pensadores españoles).




Para Javier y Megan Sandomingo.
Para Ion de la Riva.
Amigos inolvidables.




Mientras estudiaba en la Universidad de La Habana (1980-1985) prácticamente España no existía sino en los
libros; su presencia era muy discreta, a pesar de que mis amigos de la Licenciatura en Historia tenían que
cubrir una asignatura obligatoria sobre Historia de España. Pero todo cambió con la Perestroika de
Gorbachov, desde la pasta dental que usábamos los cubanos (marca Pomorin y Neo-pomorin), las guaguas del
transporte público (Skodas checoslovacas, Ikarus húngaras), hasta las referencias intelectuales metropolitanas.

A principios de los años `90 España ya había rediseñado sus contenidas ansias de “reconquista
postmoderna” de Latinoamérica; con la peculiaridad de que, dado el ánimo receptivo que en la isla existía, ese
advenimiento no fue visto como invasión sino como abrazo: los españoles son los únicos europeos que “hablan
como nosotros”, piensa el cubano común; y es probable que, además de en la Constitución, España sea un
país coherente y unido en la imaginación de los cubanos: todos son Gallegos. Gallegos queridos, por supuesto.

En la pasada década, de pronto, casi todo en la Universidad de La Habana y en otras instituciones culturales
se hizo eco de España. La península  retomaba su viejo carácter imperial, a la vez que en la sensibilidad
cubana renacía una inclinación natural reprimida durante décadas por otras xenofilias diseñadas con criterio
político. Desde Madrid, Barcelona y Valencia llegaban las noticias a una Habana excitante pero que
espiritualmente se iba haciendo demasiado previsible. Los intelectuales más atrevidos apenas rebasaban el
“adhocismo” de que había que reinterpretar el marxismo volviendo a las obras de Marx o de marxistas
“auténticos” como Mariategui o Gramsci. Existía crítica abierta al establishment político, por supuesto, pero no
en el ámbito intelectual.

En España, en cambio, los antiguos condiscípulos trabajaban por la fecha con escritores brillantes, profesores
de renombre y traductores de las mentes más conocidas de Francia, Italia y Alemania, y se iniciaban en un
proceso de realización profesional muy difícil de emular desde la isla, más difícil aún desde Bauta. Los
González Casanova, Vargas Lozano, Leopoldo Zea, Sánchez Vázquez, ilustres profesores mexicanos, cedieron
en las preferencias ante los nombres de Savater, Abellán, Morey, Trías.

Nuestro primer contacto con el mundo intelectual español fue a través del profesor José Miguel Marinas, de la
Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, con amplios intereses en los campos de la
sociología y las artes. A diferencia de otros profesores españoles que prefieren tomar partido por un grupo o
tendencia de la cubanidad, el tenía algo que compartir con todos; cuando no la doctrina, por lo menos la
actitud. A veces, cuando veo a algunos políticos españoles inclinarse radicalmente hacia un lado de la
polémica cubana, me surge la duda sobre si España está preparada para ejercer su vocación histórica. Los
“imperios” no beligeran sino que median.

La última vez que nos vimos en La Habana, Marinas argumentó (en el lobby del Hotel Colina) la tesis de que en
las dictaduras no habían ciudadanos, (la tesis había sido lanzada como un plomazo por la profesora Cristina
Santamarina en una disertación minutos antes, lo que implica una osadía en términos habaneros); pero acto
seguido, durante un brindis, recitó un poema escrito la noche anterior que reiteraba con mucha decencia, a
modo de estribillo: “sin embargo”.

Al profesor Marinas le vi feliz en su visita al pueblo habanero de Bauta. Particularmente en el taller de artes
plásticas donde los amigos inventan algo para ganarse la vida y derrotar el tiempo. Hace todavía unos meses
podía leerse en una de las paredes un grafitti que dejó allí cuando Karoll le descargó un son de Joaquín
Sabina: “Tan lejos, tan cerca”. Quedó en Bauta, “su pueblo y el mío”, una firma “viva como del rayo”: José
Miguel; junto a una estrofa de Vargas Vila y una pintada de un tipo gracioso: “El presidio me ha hecho
respetar el llanto de la pura”.

Gracias a los amigos llegué un día a  España, a Madrid, a la otrora famosa Residencia de Estudiantes, sita en
Pinar 25, donde se debía realizar el I Encuentro de Filósofos Españoles y Cubanos. La importancia de Marinas
y los demás pensadores españoles que gracias a él pude conocer se multiplica por el hecho de pertenecer yo
a una generación acéfala. No tuvimos Maestros. Y entre quienes nos dieron clases, ninguno  dejó discípulos.
Por supuesto, tampoco nosotros.

Su conversación, su trato y sus libros acabaron siendo tan sabios como su correspondencia. A veces hasta sin
querer lograba aciertos muy reveladores, como aquella vez en que un error, que él llamo “duende de linotipia”,
le llevó a escribir “recionamiento” por racionamiento. Como se refería a la famosa “cartilla” o libreta que regula
el consumo doméstico en Cuba, la verdad es que la cuestión tiene que ver más con lo “recio” que con la “ratio”.

No me cabe ninguna duda acerca de que Marinas es, en política, un demócrata; pero siempre fue cáustico y
un poco irónico en sus comentarios sobre el poder, que él consideraba poderes, como buen lector de Michel
Foucault que me consta es. Sin embargo, no le recuerdo ningún comentario sobre el franquismo, algo muy
notorio para gente como yo que, con gran candidez metodológica, buscaba las respuestas cubanas en una
analogía con España.

Pasear con el profesor Marinas requiere de mucha energía. No sólo por la velocidad de su andar; también por
la acumulación de anécdotas, ideas y chistes que literalmente dispara. Uno no puede distraerse sin correr el
riesgo de hacer el tonto. Una de esas andanzas terminó en una oficina de investigaciones sociológicas
concretas donde trabajaban los profesores Cristina Santamarina y Fernando Conde. La perspectiva intelectual
de la primera disfruta de un cierto don de ubicuidad: se infiltra por cualquier parte; desde la actualidad
política hasta la investigación de la retórica psicoanalítica.

Fernando Conde es en rigor eso que se llama investigador. He estudiado con detenimiento su libro Historia del
consumo en España; de hecho, inspirado en ese trabajo revisé algunas publicaciones cubanas del siglo XIX y
principios del siglo XX y constaté la presencia del universo mercantil y promocional en sus páginas. Fue muy
significativo comprobar que la revista La edad de oro, de José Martí, también anunciaba. Además, fue muy
divertido leer las secciones de patentes de inventos cubanos insertadas al final de algunas revistas; recuerdo
el registro del “sombrero florero”, una suerte de búcaro que podía sostenerse sobre la cabeza portando agua y
algunas flores naturales. Fernando Conde ofrece un nuevo camino, no explorado aún, para acercarse a lo que
solemos identificar (con las consabidas sospechas) como “problemas de la identidad cubana”.

Un día en La Habana Marinas me dice que en el Instituto de Filosofía del Consejo Superior de investigaciones
Científicas, en Madrid, tenía un colega que, a pesar de su edad y un pasado de oficio dentro de la religión,
desbordaba de energía y deseos de innovar. Que existía la posibilidad de que éste me invitara a una escuela
de verano que bajo su guía espiritual se hacía en una colina situada en las cercanías del pueblo valenciano
de Pedralba y que el sabio había bautizado como El Zambuch.

El filósofo en cuestión resultó ser Agustín Andreu, a veces León Abil o modesto “paisano de Paterna”, a quien le
debo por igual revelaciones importantes e indiferencias gélidas. A diferencia de Marinas él tenía la experiencia
del franquismo muy alerta y por las tardes, entre el susurro amable de los pinares mediterráneos, me
enseñaba los lugares donde decía haber visto caer las bombas. De los “dos bandos”, por supuesto. Pero
mientras Franco era en él un presente memorioso en calidad histórica de “pasado superado”, Fidel Castro era
en mí la plenitud del presente.

El creía que “Castro no lo había hecho todo mal”, que “había que reconocer sus logros sociales y su
enfrentamiento a los norteamericanos”, raza o cultura que él desprecia. Esa antipatía funciona como un
surtidor de sentido; se refleja lo mismo en sus opiniones políticas que en sus estudios filosóficos. Por ejemplo,
en un artículo publicado en Levante. El mercantile valenciano, y titulado “Martí, el poeta del uno y del todo”,
Don Agustín Andreu “empuja” el pensamiento martiano hacia las fuentes españolas, distanciándolo de
Emerson. Esta operación es sentimentalmente legítima, pero históricamente desmesurada.

Una vez me le aparecí en las puertas de su oficina en la Beneficencia y me hizo una propuesta: “Especialícese
en la obra de Gustavo Pittaluga, conozco gente que puede conseguir beca para eso”. De Pittaluga tenía yo
algunas notas y conocimiento previo, además de toda la bibliografía que a través de José Miguel Marinas me
había agenciado en la Biblioteca del Instituto de Filosofía, pero no era el momento para varar en una fidelidad
intelectual de ese tipo.

Ya no nos vimos más, tengo cartas muy reveladoras de la lógica de este proceso de distanciamiento; pero
pertenecen a otro tiempo, a ese auroral en que la amistad, como el amor, es de una belleza insaciable: el
tiempo del comienzo.

Agustín Andreu, grande entre los grandes, me dio consejos básicos para mi formación. No sólo como
humanista, sino también como ser humano. Me habló del aplomo y la cordura. Quizás no era él mismo un
modelo de contención, pero quería potenciar el elemento que balanceaba una tendencia natural al desafío.
Me dijo: “Los cubanos son listos y simpáticos, si te quedas a estudiar en España o te vas a Francia, no
conseguirás otra cosa que exagerar esas virtudes, o lo que es lo mismo, las convertirás en defectos. Vete a
Alemania o a los EE.UU.”.

Andreu es un clasicista que desdeña la teoría contemporánea; solía hablarme en términos de “pueblos”, “alma
nacional”, “carácter”, etc. Los “ingleses”, me contó un día, constituyen sin duda un gran pueblo; pero no son
tan liberales como ellos se creen. Churchill aceptó un plan para bombardear un edificio con manuscritos
esenciales, y de hecho se hizo, pero Dios mandó un aire de sureste y se llevó las bombas unos metros más
lejos”. Decía que los italianos eran “elegantes” y los rusos “tremendos”.

Pero nada como España para él; España unida, quiero decir. Por eso me chocó tanto verlo hablar en
valenciano cuando la suerte lo hizo funcionario cultural de la Generalitat. Cuando yo dudaba de la posibilidad
de Cuba como país él me ripostaba con la unidad del reino español. “No es un invento, decía; los catalanes
traían las mercaderías, los vascos bajaban con el pescado y los valencianos subíamos con el vino, el aceite y el
turrón. Los reyes trataron de dar una forma acabada a esa unidad, pero la unidad ya les preexistía”. Marx le
hubiera dado un abrazo cómplice, sin lugar a dudas. Era un nacionalista, tal vez hasta monárquico. Jamás
comentó, ni para bien ni para mal, las tesis del postmodernismo y el postnacionalismo; para él, ni siquiera
existían.

“Ser hombre no es una tarea fácil”, era el punto de partida de sus charlas de ética, que en vieja nomenclatura
solía identificar como antropología. Cada minuto de su vida estaba lleno de un ansia de trascendentalidad
que a veces hasta disfrazaba los básicos motivos humanos de sus acciones. Aunque él lo negara, un ser
humano tiene el deber de sentir celos, envidia y hasta odio. Imitar a Dios, pretender igualarlo, es también
soberbia. Lo vi amar y castigar con resolución. Yo lo sentí. Un día me fui a despedir de él, intenté darle un
abrazo pero me sacó una Biblia (que aún conservo), me leyó unos versículos y después aleccionó: “No se
preocupe, si el encuentro es bueno, siempre hay reencuentro”.

Don Agustín Andreu nos devolvió con mayor conciencia al gusto de los ideólogos del patriciado criollo por el
pensamiento británico y las fórmulas políticas anglosajonas. “La Inglaterra moderna nació en los mercados a
las orillas del Támesis”, solía decir, mientras aconsejaba conducirse en la vida a través del sano sentido
común. Tradujo y prologó el Sensus communis de Shastesbury, a quien calificaba como “el Pascal inglés”. Creo
que hay huellas intelectuales de las que ya jamás uno se podrá liberar, y acepto que eso me sucede con las
ideas de Don Andreu.

He puesto a un lado la obra de Habermas Facticidad y validez para concentrarme en el estudio de ese
interesante “pamphlet” que es Los fundamentos de la libertad de Friedrich A. Hayek, arraigado en el contexto
académico anglosajón. Sin embargo, el texto me trae también evocaciones hispánicas. Toda la primera parte,
“El valor de la libertad”, pero particularmente su capítulo tercero, titulado “Progreso y sentido común”, debe ser
estudiado en “clave Andreu” para comprender sus elevadas resonancias filosóficas.

Fue adentrándome en este pasaje de su trabajo que pude confirmar que, como ya sospechaban algunos de
sus discípulos, hay “dos Agustín Andreu”. Uno es el maestro sereno y propositivo. Otro es el hereje, el
cuestionador, el sabio que confirma la contingencia de todo lo que nos rodea, incluso la misma moral pública.
Me prestó una vez un ensayo sin publicar titulado precisamente “Shaftesbury: crisis de la civilización puritana”;
estaba firmado en el Instituto de Filosofía, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, abril de 1994. Era
un ejemplar de trabajo en cuya Parte I, del Indice General, está tachado en el original un capítulo que dice:
“Del humanismo político al carnaval imperialista. El caso inglés”. Lamento mucho esta autocensura del sabio
que se impone responsabilidades políticas más allá de un saber previamente considerado sagrado; con la
tachadura nos perderemos, seguramente, una joya del pensamiento iberoamericano. Compartí con Don
Agustín bibliotecas, oficinas y aulas; hubiera dado la vida por pasármela con él un día, uno sólo, en un
lupanar o una taberna. Allá, en los jolgorios de los obreros robustos del  Manchester decimonónico, o en un
muelle habanero poblado de estibadores, hubiéramos sido felices y sabios de veras

Por todo esto creo que uno de los síntomas básicos de su trabajo filosófico es la escisión entre la práctica y  el
contenido del pensamiento. Es visible, por ejemplo, en la cuestión de la actitud “gozosa” ante la vida. Elocuente
y ameno parlador sobre las bondades del mundo, el placer de la vida y la belleza del sexo es, sin embargo,
una suerte de puritano en el enfoque de las costumbres. Es un monje del saber.

Su estilo escritural es aleccionador, su diálogo sancionador y el gusto por el magisterio integral demuestra que
en el fondo siempre ha sido un “padre”, un “cura”. A nivel de discurso teórico se quedan sus elogios al hombre
“joánico” sobre el “paulino”; también, esa preferencia (predecible como valenciano decidido que es) que
profesa por la natural actitud religiosa e intelectual de Vives ante el tremendismo misionero de Loyola. Don
Agustín da como un hecho indiscutible el encuentro de ambas figuras y ha imaginado un interesante diálogo
donde el primero se unge de una simpática majestad humana sobre el segundo, que presenta como un
fanático. Entre el sorbo de vino de un Vives gustoso y el regaño tremendo de Loyola, se encuentra la textura
pedagógica de Don Agustín.  

Agustín Andreu alcanzó a ofrecer una conferencia memorable en la basílica de San Francisco de Asís, en
pleno puerto habanero. Tomó aire, se recuperó de ciertas impresiones fuertes que algunos ideólogos cubanos
le habían hecho sentir y sentenció: “En este fin de milenio hay algo que España puede enseñarle al mundo:
una ejemplar transición”.

Aunque gustaba decir que Cuba debía hacerse con la “misión” de clavar la hispanidad en la garganta del
Mississippi, algunas veces lo vi admirar de forma muy extraña a los Estados Unidos. Sucedió, por ejemplo,
cuando me presentaba a algún seguidor o discípulo que había visitado, estudiado o incluso añelado una beca
en Norteamérica. Algunas de sus observaciones críticas a Estados Unidos no pasan de ser desdenes. Blasco
Ibáñez fue mucho más sincero al revelar sin complejos el sueño español: “Tener importancia europea y
hombrearse con los Estados Unidos”.

El 21 de enero de 1996, en el periódico La provincias, Don Agustín Andreu publicó un artículo titulado “A
Cuba, la serena”. Es conmovedor que constate que, después de tanto tiempo, la isla siga presente en el alma
de la península: “cuando empezaron a sonar nombres de novelistas o músicos de aquellas tierras, se le sentía
en continuidad asombrosa; España no se había independizado de Cuba”. Sin embargo, confunde muchas
referencias, cree afines tendencias que en verdad se despedazan como enemigas y yerra de plano cuando
usa para la isla el calificativo de “serena”, como antes había usado los de “tolerante” y “humilde”.

Fue en una mañana de estudios en esa colina mediterránea donde Agustín Andreu instaló su utopía
pedagógica de El Zambuch, que conocí a uno de los pensadores españoles contemporáneos que más me ha
impresionado; me refiero a José Luis Villacañas, profesor de la Universidad de Murcia y mentor de unos
cuantos jóvenes filósofos españoles de primer orden. En aquella ocasión disertó sobre un tema que
pudiéramos clasificar en una suerte de “filosofía de las relaciones internacionales”. Hizo un poco de historia
sobre la guerra franco-prusiana de 1871 y después se elevó, con elocuencia extrema, hacia las cumbres de
las consecuencias filosóficas. El título de aquella conferencia  fue “La Europa de entreguerras”; recuerdo que
hubo un momento en que me pareció que su juicio se inclinaba favorablemente hacia la parte francesa y
objeté: “!Pero fue Francia quien le declaró la guerra a Alemania!”. Me alegro de haber vencido el temor de
intervenir, pues aquel lance dio paso a una relación muy fructífera para mí.  

Lo encontré por lo menos un par de veces más. En una conferencia en Madrid, donde leyó un texto que
consistía en una exégesis de La vita nuova, del Dante, en el que alertaba sobre las relaciones históricamente
truncas entre la filosofía y la praxis en el ámbito de la cultura Occidental. “Si algún porvenir disciplinar tiene la
filosofía, parte del convencimiento de que, hasta el momento, la relación efectiva de ella con la praxis social ha
sido una hipótesis”, aseguró. Así, desmarcaba el saber especulativo de los fracasos civilizatorios, y también de
los logros, que no tienen precisamente que llevarnos a la euforia.

Finalmente le vi en Valencia, en el Palau Pineda, donde dirigía un “Congreso Internacional de Teoría e Historia
de los Conceptos”. Asistían también Giusseppe Dusso, Mássimo Latorre, José María González, Maurizio Merlo y
otros destacados profesores. Villacañas es el rigor, la competencia intelectual, el pensamiento asumido como
entrega total. Es joven, pero ya tiene discípulos y jóvenes admiradores. Su libro sobre Jacobi es imprescindible
para acercarse a la filosofía alemana, cualquiera sea el período escogido.

En un aparte que hicimos le pregunté sobre la pertinencia de las nuevas interpretaciones teóricas de
Kosselleck y Schmitt para Cuba. No sacamos muchas cosas en claro; como Habermas, gusta de declararse, en
general, desconocedor de los temas del Tercer Mundo. Sí reconoció, en cambio, que para las sociedades
latinoamericanas podía funcionar el esquema de “sociedad tradicional”. Detrás de este diálogo captó el
problema de la “alteridad de la experiencia”; es decir, la cuestión filosófica acerca de la posibilidad de referir
una vivencia ajena. Los conceptos de “realidad histórica”, “experiencia histórica” y “acción política” están
visiblemene relacionados; por lo menos, hay en el individuo que les pretende un punto de convergencia. Y aquí
Villacañas, desde Kosselleck, invierte un tanto la relación; los conceptos no emergen de la experiencia histórica
a través de una operación lógica que da cuenta de ella misma, es la experiencia histórica quien permite
ordenar el mundo de los conceptos. Un sistema individual de pensamiento, en fin de cuentas, es básicamente
una cartografía intelectualizada de los avatares del “yo”.

El fin no ha de ser, por ejemplo, comprender el Leviatán de Hobbes. El asunto es hacerse con una experiencia
histórica que sea realmente “nuestra”, quizás “mía”. Dominar una tradición no es automáticamente contar con
una experiencia histórica, ni dominar un repertorio de actos lingüísticos; es, o tal vez sea, controlar la
construcción del “yo”.

Pero Villacañas representa también una posición ética ante la filosofía; por lo menos eso es lo que parace
haber interpretado el joven estudioso Antonio Lastra a partir de un conocimiento bastante integral de su
trabajo. “Hay cosas que no se pueden hacer en nombre de Lessing”, me decía con serena indignación
mientras comentábamos algunas trampas de enemigos insistentes. Todo indica que el celo intelectual, la
envidia, es un recurso que utiliza Dios para recordar a los filósofos que en fin de cuentas no pasan de ser
simples mortales. Cualquiera no es Sócrates; a veces la vida anda por un lado y el postulado filosófico por otro.

Recibí en La Habana la revista Res publica, que es del mayor rigor intelectual; casi un punto de llegada para
quienes aspiran a hacer filosofía en el área iberoamericana. Creí que podía ser de interés para ella una
reseña sobre un acontecimiento que me contaron los profesores Julio Fernández Bulte y Delio Carreras: la
visita de Hans Kelsen a La Habana; pero esto es ahora un asunto que debe esperar o, si tenemos suerte,
pasar a otras manos. Según Fernández Bulte, desde la época de su visita, la Facultad de Derecho de la
Universidad de La Habana no ha dejado de ser “kelseniana”; es decir, “normativista”, legalista. Allí se aprende
Legislación antes que Derecho.

Villacañas propició la publicación en Valencia de biografías de importantes pensadores de nuestro siglo, muy
útiles para la enseñanza de la filosofía en Cuba que, en franco retroceso respecto a la República y aun a la
Colonia, vive de traducciones españolas. El diálogo de Cuba con Europa (no así con los EE.UU.) pasa por
Madrid. La última edición que conseguí, gracias a un amigo valenciano, fue una monumental  traducción de
la biografía de Marianne Weber sobre Max Weber. Las Ediciones Alfonso el Magnánimo, a las que por un
tiempo estuvo ligado Villacañas, garantizan la cobertura bibliográfica de la tesis más exigente sobre temas
sociológicos; por si fuera poco, la institución alberga un tesoro informativo sobre historia económica,
particularmente sobre el “crack del 29”, que sirvió al mismo John K. Galbraith para sus investigaciones
fundamentales. Villacañas fue además director de la revista Debats, una de las publicaciones sobre ciencias
sociales más prestigiosas del área iberoamericana.

Por esos azares del destino la Biblioteca Nacional de Cuba, donde trabajaba, logró establecer relaciones de
trabajo con la Generalitat Valenciana. En unos de sus viajes a España el historiador Eliades Acosta, director
de la institución cubana, se encuentra con José Luis Villacanas y se renueva la oportunidad del contacto
intelectual. Incluso, el profesor español le comunica el interés de visitar la isla para conocer directamente “el
caso cubano”. Pero esto ya es algo que escapa a las posibilidades de mi experiencia actual.

Fue también a propósito de la escuela del Zambuch que una vez pude encontrar al joven pensador José
Miguel Esteban; pero ni obtuvo permiso para subir a recogerme en sus predios, ni pudo dejarme en su puerta
al regreso. Fue este joven filósofo español quien introdujo en un polémico artículo de opinión en la prensa
valenciana una discusión ética sobre las diferencias entre “amistad” y “amiguismo”; además de irse a las
raíces del pensamiento filosófico norteamericano para diferenciar entre “pragmatismo” y “pragmaticismo”.
Aseguró que Pierce, fundador de esta perspectiva filosófica, prefirió identificarla con dicho rótulo por resultar
lo suficientemente cacofónico como para que no se confundiera con una validación oportunista de lo
conveniente. El  “pragmaticismo”, destacaba Esteban, es también una propuesta moral; su diferenciación
terminológica es desde entonces evidente, al menos para mí.

Fue él quien me presentó a otro joven brillante que he referido con anterioridad, Antonio Lastra, quien siente
también una profunda admiración por José Luis Villacañas. Sostuve con Lastra una correspondencia breve
pero muy sincera e intensa. Me hizo partícipe de su descubrimiento de la madurez intelectual y de sus
enormes deseos de enseñar. No me cabe ninguna duda acerca de su gran talento como filósofo y profesor. A
él debe el ámbito filosófico iberoamericano la traducción de la obra de Leo Strauss Persecución y arte de
escribir; tal vez desconozca la impronta que este libro tuvo entre ciertos círculos habaneros y que sirvió de
estímulo en un momento de desánimo intelectual. Personalmente me estimuló tanto, que escogí uno de sus
párrafos para encabezar mi libro La escritura y el Límite (La Habana, 1998).

Recibí con agrado la edición de un volumen, publicado por Antonio Lastra y algunos amigos, que contenía un
grupo de reflexiones sobre problemas de ética intelectual. Recuerdo que algunos de los trabajos se
empeñaban en interpretar pasajes del libro memorioso y anecdótico de James Boswell La vida del Dr. Johnson
(Espasa-Calpe, Argentina, 1949). Se trata de un libro anecdótico, lleno de reverencias del discípulo hacia el
maestro; sin embargo, a los jóvenes pensadores valencianos les servía para justificar una interpretación del
filósofo como sacerdote y la filosofía como catecismo. Estos artículos me estimularon a hacer un ejercicio un
tanto ingenuo.

Yo había leído en Hegel la consideración de la traducción de la Biblia hecha por Lutero en el castillo de
Wittburg como libro nacional de los alemanes, y en consecuencia especulado por analogía sobre cuál podría
ser, conservando las razones hegelianas, “el libro” de los cubanos. Después leí el libro de Harold Bloom El
canon de Occidente y, como tantos otros, jugué a enumerar los diez libros que podían constituir el “canon
cubano”. El libro cubano simbólico debe recoger por lo menos ese presentismo lúdico en que existe la
cubanidad; de ahí que el Diario de campaña de José Martí se  presente como un fuerte candidato. Notas del
día a día, de un gozar absoluto que se eleva al nivel de “misión histórica” y que culmina, como dijo una vez
Abilio Estévez, en una muerte feliz.  

Después de leer las reflexiones del profesor Antonio Lastra y comprobar la altura de las meditaciones éticas
que proponía, revisé con ánimo renovado el libro de James Boswell sobre el Dr. Johnson; en efecto, tal y como
sucede en las conversaciones de Goethe con Eckermann, y presuponiendo las consabidas diferencias, en el
trato de ambos estudiosos se intercambian ideas y hasta vivencias que pautan una ética intelectual. En un
resumen bibliográfico anoté una frase que muestra la gran rectitud intelectual que, seguramente, es de los
elementos que llamó la atención del profesor Lastra, todo rigor y discreta disciplina: “Tenga la seguridad de
que si fuera a comer solo una vez y no fuera a saberse dónde comía, usted elegiría más bien comer con el
primer hombre de genio; pero para ganar más respeto, comería con el primer duque de Inglaterra. De cada
diez personas con que se encontrara, nueve tendrían una opinión más alta de usted por haber comido con el
duque, y el mismo gran genio os recibiría mejor porque habíais estado con el gran duque”.

Al joven filósofo José Manuel Esteban tampoco le pude volver a encontrar. Lo último que compartimos fue un
paseo a toda prisa por los jardines de Valencia. No hablamos mucho de filosofía porque estaba entonces
enamorado. Gracias a él conocí a otro gran maestro valenciano, el profesor Manuel Jiménez Redondo,
conocedor de la tradición judía, director de un seminario sobre Teoría Crítica en la Universidad de Valencia y
traductor de casi toda la obra de Junger Habermas. “Entiendo que a un joven filósofo cubano le pueda
parecer interesante conocer al traductor de Habermas”, me dijo otra vez Agustín Andreu con visible
incomodidad.

Estando en la Universidad de Valencia me presenté sin previo aviso en la Facultad de Filosofía y Ciencias de la
Educación y pregunte por el profesor Jiménez Redondo. Decidí ir de puerta en puerta e inesperadamente
encontré inscrito en la primera: “Profesora Adela Cortina”. La conocía como estudiosa del pensamiento ético,
además de introductora y también traductora de la obra de Karl Otto Apel. Habían varios discípulos
esperándola y yo no disponía de tiempo para las convenciones; así que entré, me presenté y le dije: “Por lo
menos tenía que conocerla personalmente para ver cómo era”. Se iba de viaje y no pudimos llegar a nada.
Busqué la oficina de Jiménez Redondo y le dejé un recado. A la semana próxima nos encontramos.

Debo decir que a posteriori se me ha revelado como muy coherente esa decisión de tratar de encontrar a la
profesora Adela Cortina en medio de mi viaje hacia el profesor Manuel Jiménez Redondo. Fue a través de ella
que conocí el libro Estudios éticos (Edit. Alfa, Barcelona, 1986), donde Karl Otto Apel  propone ubicar la
práctica en un contexto de racionalidad ética. El pensador alemán acepta la validez postmoderna de una
crítica a la racionalidad, pero propone superar dichas críticas a través de una “teoría filosófica de los tipos de
racionalidad”. Hay que aceptar los cuestionamientos, y responder intelectualmente creando un sistema de
pensamiento capaz de englobarlos como parte legítima del mismo. En resumen, de la misma forma que
Habermas me lleva a Apel, Jiménez Redondo me inclina hacia el trabajo de la profesora Cortina. En el citado
libro apunta el filósofo: “…en los últimos años, se nos planteó a Jurgen Habermas y a mí la tarea de defender el
programa de una ética de la comunicación o discursiva, que habíamos sostenido conjuntamente, contra la
objeción pragmático-neoconservadora de utopismo”.

Aunque conferenciaba casi en horas de la noche, el aula de Jiménez Redondo se llenaba. Intentaba en los
recesos algunos chistes urgentes que, sin embargo, funcionaban porque casi nadie los entendía; hasta en eso
su discurso exigía un conocimiento inicial. No eran sus charlas muy amenas, en el sentido mediático
contemporáneo; no necesitaba de esos recursos comunicativos que pueden hacer de un mediocre un profesor
de éxito. En su clase se entraba de lleno en materia; como él decía, en el eje de la tradición hegeliano-
marxiana.  “El hombre se mueve por intereses, no por ideales”, solía afirmar e inmediatamente agregaba: “Pero
los ideales pueden ayudar a diseñar los tales intereses”.

El profesor me contó que hacia 1974, cuando disertaba sobre el texto de Habermas Problemas de legitimación
en el capitalismo tardío, algunos alumnos le llamaron “fascista” porque querían que hablara de marxismo-
leninismo. A mi pregunta sobre qué podía quedar con vigencia de la obra de Lenin, respondió decantando
posibilidades sucesivamente (organización social, estado, partido, etc.) y al final dijo que podía quedarse con lo
que llamó “teoría sobre el imperialismo”, con las reservas que recomienda el actual proceso de globalización.
Halago a Marx y afirmo que hoy, en la distancia, habría que tomar en cuenta su teoría de las crisis
económicas cíclicas. Según aseguró el marxismo está lleno de equívocos; El manifiesto comunista, por ejemplo,
no pasa de ser un elogio solapado a la burguesía, una suerte de admiración por vía negativa.

En su hermosa, antigua y serena casa de Lliria charlamos mucho. Habló él, claro está, yo me limité a
escuchar. Conversamos sobre temas concretos; por ejemplo, los magros beneficios que dejaba una empresa
tan ardua como la traducción al castellano de clásicos del pensamiento alemán contemporáneo. Con más
esfuerzo que dividendos había terminado de traducir  el monumental tratado Facticidad y validez, que cierra
la gran tríada Habermasiana iniciada con Teoría de la acción comunicativa y El discurso filosófico de la
modernidad. También charlamos sobre algunos temas filosóficos generales y, qué remedio, de la situación
cubana.

El profesor Jiménez Redondo me confesó su interés por conocer la “Cuba de Castro”; incluso a punto estuvimos
de encontrarnos en La Habana con motivo de un viaje suyo a México si no fuera porque respecto a Cuba todo
es atípico. La certidumbre de que una Cuba postcastrista perdería interés sociológico por adentrarse en una
zona de trivialidad histórica no debe provocar nostalgia intelectual. La felicidad cotidiana resulta, a largo
plazo, más importante que cualquier curiosidad antropológica. Los pueblos felices, como decía Hegel, no dejan
memoria (épica), ni la necesitan.

El profesor me recomendó libros, comentó hipótesis de muy largo alcance y de paso hizo anécdotas plurales
que iban desde lo grave hasta lo simpático. Refirió, por ejemplo, que algunos representantes de la Escuela de
Frankfurt como Adorno y Horkheimer, al regresar a Alemania después de su exilio norteamericano, ejercieron
una suerte de venganza académica ensañándose con los “popperianos”. Los mismos que, según el profesor,
mantuvieron viva durante los tiempos duros del nazismo la tradición del liberalismo democrático. Pero también
se relajaba contando una suerte de pacto secreto que existía entre Habermas y Scholem acerca de la carne
de cerdo. Cuando éste viajaba a Alemania, aquél le invitaba a comer unos suculentos filetes del manjar
prohibido; era como un rito en el que Scholem se obligaba a reclamar: “No será carne de cerdo”; a lo que su
cómplice respondía: “De ningún modo, maestro”.

Me contó también sobre la gran decepción del espíritu alemán al comprobar que precisamente la “metrópolis
ontológica”, la “patria de la metafísica”, había incubado un régimen capaz de llegar al holocausto. Dicen que
Adorno estaba en la escalerilla del tren hacia París, con unos libros bajo el brazo, y todavía no lo podía creer.
Creo que Lowenthal era el colega que le tiraba del brazo deshaciéndole cualquier tipo de ilusión al respecto:
“Vamos, vamos, que todo es cierto”.

En sus conferencias el profesor Jiménez  Redondo podía comenzar lo mismo cuestionando un concepto que
citando lo que llamó una “carta” de Aristóteles donde reconoce que la teorización (conceptualización) no
había podido con los mitos que quiso abatir en su juventud. El pensamiento ha de ir por encima de todo este
intento por lo que hoy se llama “deconstruir”. No es el absoluto un “tema” del pensamiento; es absoluto el
pensamiento mismo. Es Hegel quien termina esta dualidad pensando la filosofía en el ámbito de la religión.;
rebaja el mito a nivel de representación del concepto y hace, desde dentro, la crítica filosófica de la religión.
Queda pendiente entonces la crítica de la filosofía. Siguiendo en el marco de la tradición hegeliano-marxiana,
el profesor Jiménez Redondo pasaba de Scholem a Habermas para afirmar que a pesar de todo la razón es
capaz de reconocerse como proviniendo del mito. El logos sabe que no está aislado de la representación.  

Don Manuel Jiménez Redondo y su esposa Gloria Conejero siempre están dispuestos a cooperar. Jamás le
estaré suficientemente agradecido. Los vi ayudar y proteger a personas desvalidas y, respecto a mí, no tuvieron
ningún reparo cuando les propuse un proyecto para escribir una tesis bajo su asesoría. Un proyecto quizás ya
trunco para siempre, pues no creo que vuelva a haber España para mí. Guardo aún la “Inscripcio del projecte
de tesi doctoral” que debía asesorarme el profesor Jiménez Redondo y que se titulaba: “Teoría crítica y cambio
social en América Latina. Nuevos espacios de participación y marginación”.

También en el Palau Pineda, en esa Valencia inolvidable, tuve una estación intermedia con dos filósofos
españoles de máximo interés: José Luis Abellán y Eduardo Subirats. Lo de  “estación intermedia” lo digo porque
ese encuentro personal en la profundidad mediterránea valenciana fue precedido por un estudio suficiente de
sus trabajos y complementado con unas conversaciones en La Habana.

La inclinación a probar con ciertos balances históricos de la meditación cubana la adquirí  en una doble
fuente. Primero, una necesidad intelectual de sentirme parte de una tradición; la urgencia por “construirme un
linaje intelectual” que me interiorizara el concepto de lo filosófico a manera de experiencia sentida. Mirando
objetivamente la cuestión, la tarea es bastante ardua y los resultados muy frágiles.

El otro afluente radica en la angustiosa influencia de los esfuerzos análogos que me precedieron. Intentaron lo
mismo José Zacarías González del Valle y José Manuel Mestre en el siglo XIX; Medardo Vitier en el XX y
recientemente el profesor villareño Pablo Guadarrama. Si de verdad existe un pasado filosófico, existe también,
como diría Americo Castro, un “pasado inmediato”. Fue este interés el que encontré en José Luis Abellán,
historiador del pensamiento español con el que había previsto algún estudio que también quedó trunco. Fue
un pionero en el empeño por historiar como un todo único la producción filosófica que durante el franquismo
se hizo dentro de España y en el exilio, algo que en Cuba se ha intentado sólo en la literatura y de manera
muy precaria y tendenciosa. Hasta donde conozco, sólo Iván de la Nuez, quien ha compilado un volumen con
ensayos de autores de dentro y fuera de la isla, ha propuesto entender el pensamiento cubano como una
totalidad de experiencias disímiles.

Abellán hizo anécdotas que tienen también sus lecturas cubanas. Dijo, por ejemplo, que Gaos le había
confesado que cursó una invitación a Ortega para que visitara a México pero al final la evadió,
probablemente, por ciertos temores a encontrarse con el exilio republicano. Y esta precisión de exilio
republicano es exacto pues, aunque pocas veces se dice, hubo también un “exilio franquista” como muestran
esas remanencias de “guerra civil” que podían percibirse en algunos pueblos cubanos en los años 50 y 60.
Aún hoy, me consta, hay españoles residentes en Cuba de los dos bandos. Es algo que se debería investigar.
En cuanto a las brigadas de ayuda internacional, también las hubo de un lado y otro.

Aunque sin lograr todavía expositivamente una síntesis orgánica del movimiento filosófico español de “fuera” y
de “dentro”, en el libro Filosofía española actual. Una situación escandalosa (Espasa-Calpe, 1978) Abellán
expone como galería única los trabajos de los pensadores españoles en el exilio junto a los que sobrevivieron
bajo el franquismo. Tarea que continúa en su monumental obra Historia crítica del pensamiento español. Por
la confluencia que esa estrategia investigativa supone, el área latinoamericana se encuentra también
implicada.   

Aquella mañana invernal de 1997 en el Palau Pineda el profesor Abellán se empeñó en resaltar los valores del
pensamiento español, particularmente de Unamuno y Ortega. Fue muy comedido en su presentación y la
sesión de preguntas. Me llamó mucho la atención las evasivas que dio al problema de los nacionalismos en
España, que se debatía enérgicamente por la fecha.. Evidentemente no quería  problemas.

En Cuba conversamos brevemente en el portal del restaurant El Patio, en la Plaza de la Catedral. Un visitante
con el que coincidió en esa oportunidad, el maestro Agustín Andreu, le dijo para halagarle: “Don Abellán, usted
es el nuevo Menéndez Pidal”, a lo que Abellán reaccionó con una cara de visible disgusto. Don Agustín trató de
enmendar el comentario inoportuno y agregó: “Quise decir nuestro Menéndez Pelayo”, y le gustó mucho menos.

Sobre el encuentro habanero con el profesor Abellán recuerdo que le escribí a un amigo en Madrid: “Es tan
sabio, que puede darse el lujo de tener una conversación aburrida”. Me sorprendió enterarme que le gustaba
el retiro filosófico, que se interesaba en el pensamiento oriental y que había escrito sobre una tendencia que
calificaba como “neoschopenhauerianos de izquierda”. Con el profesor José Luis Abellán acumuló otro anhelo
frustrado. Aún guardo una carta del año 1995, firmada por el Dr. Luis Jiménez Moreno, Director del
Departamento de Filosofía III de la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, donde
acepta mi solicitud de doctorado con el profesor Abellán. Este fue el título de aquella otra tesis casi escrita y de
facto fallida: “Pensamiento social español de fin de siglo: su influencia en la filosofía cubana”.

Recuerdo además estas palabras introduciendo una conferencia que era más un desafío que una lección: “…
me refiero a Unamuno y Ortega, esos pensadores españoles que no respeto absolutamente nada”. Era el reto
del profesor Eduardo Subirats en el mismo escenario del Palau Pineda, un día después de que hablara el
profesor José Luis Abellán. Un tercio de la sala se retiró con notable irritación antes de que superara la pausa.
“Mis grandes maestros en esta vida han sido tres mujeres y un indio que sabía callar”, agregó y, aunque
sorprendido ahora en lugar de molesto, el público restante estaba más calmado.

Subirats tiene una actitud crítica hacia cierta manera de entender a España; no creo, como piensan algunos,
que sea un antihispanista, así sea sólo por el hecho de que esa actitud crítica, incluso a veces nihilista, está
anclada en la propia tradición ibérica. Es algo también corroborable en la discursividad cubana. En estas
últimas décadas, donde el exilio se ha convertido en una actitud básica en el ambiente de la cubanidad, se ha
hecho evidente que fugarse de Cuba es un ejercicio genuinamente cubano. Cuando Julián del Casal escribe
Nieve, o cuando un compatriota llama desde Alaska para corroborar: “Ya ni pienso en Cuba”, está más
dependiente de ella que si la existiera sencilla y naturalmente. Subirats participa de un linaje de irreverencia y
heterodoxia hispánica que llega hasta Américo Castro y Juan Goytisolo, dos autores de su mayor admiración.

Las polémicas atraviesan el universo expositivo de Eduardo Subirats, quien maneja un estilo cuestor. Tuve la
oportunidad de conocer en La Habana al “Sr. Yáñez”, con quien Subirats mantuvo una dura polémica con
motivo del “medio milenio” en 1992; cuando se lo recordé no hizo más que reírse con una simpática malicia.
Estuvo bien.

No polemizó, pero sí hubo como una especie de desencuentro entre él y Javier Vilaltella, profesor de la
Universidad de Múnich, de bondad sin par. Javier, como se le dice en Cuba, es un apasionado de la isla; lo
que incluye todo: política, música, gentes… cuando digo todo es sencillamente todo. Es un filósofo amador; hay
en él algo de niño que le inclina hacia la poesía. De ahí que su estilo de pensar sea muy estetizante. Sabe de
la Habana como pocos y puede aconsejar sobre los cubanos con mucha pertinencia. Se siente tan seguro y a
gusto en Cuba, que es capaz de pasear de madrugada por la Habana Vieja sintiéndose invulnerable. Es mejor
seguirlo a escondidas, protegerlo con un comando incógnito porque no va a creer jamás que en una de esas
calles (también a él) pueden asaltarlo.

Yo lo recuerdo exponiendo con brillantez en un Palacio de Convenciones donde nuestra mesa fue, modestia
aparte, de las mejores. Se divirtió mucho con una atrevida analogía que Elíades Acosta estableció entre la
Cuba socialista y el Imperio Romano; me quedaré con ganas de verlo de vuelta en la Biblioteca Nacional.
También fue a mi casa en Bauta donde compartió con pintores y músicos del pueblo. Quiso aprender de
memoria un rap que trataba sobre los cubanos de oriente y el exceso de concentración demográfica en la
capital habanera. “Nague, nague, sal de mi camino”, decía el estribillo de una canción compuesta por un
amigo del barrio y que hubo que enviarle a Alemania.

Quedará como una incógnita para mí la anunciada belleza de su buhardilla en Madrid, situada muy cerca de
la Puerta del Sol. Hace unos días nuestro mutuo amigo con el que hiciéramos algunas jornadas habaneras
juntos, me llamó por teléfono y me dijo que había recibido un correo de Javier donde le decía: “Emilio se
quedó”. Hice inmejorables peripecias retóricas para pedirle que, por favor, no me enviara la opinión de Javier,
que es como todos le decimos. Cuando las opiniones están sujetas a la provisionalidad de un contexto
desesperado por la política, a veces es mejor ni enterarse de lo que dicen los demás; aunque esto no significa
que, si exceptuamos el contenido, uno no tenga en cuenta por lo menos la firma de los mensajes.

Conocí en Madrid al filósofo Reyes Mate, del cual tenía noticias a través de sus artículos de opinión que
aparecen en El País y los comentarios de algunos jóvenes filósofos que le referían como maestro de mucha
severidad. Y distancia, para decirlo todo. Por la época en que empezó a tener relación con la Universidad de
La Habana ostentaba algún cargo de importancia en el Instituto de Filosofía del Consejo Superior de
investigaciones Científicas, lo que obstaculizó mucho mi acercamiento a él. Como las decisiones de viajes y
becas debían pasar por el prisma de las autoridades, los funcionarios y burócratas culturales supervisaron
con celo todo tipo de relación posible. Me descubrió por lo menos dos autores hasta ese momento
desconocidos para mí: Franz Rosenzweig y Hans Blumenberg.

Le escuché a Reyes Mate exposiciones elogiosas del pensamiento judío, cuestión que me resultó coherente
con  una idea de Iván de la Nuez acerca de planificar algún encuentro entre artistas cubanos y artistas
israelitas en Jerusalén. Es un acercamiento que hay que buscar pues la experiencia de diáspora, incluso esa
otra tan falible para el caso de la cubanidad como es la de “pueblo elegido”, puede ser mutuamente
beneficiosa.

Fue Reyes Mate la autoridad filosófica iberoamericana que terminó por confirmarme que el tan cuestionado
“postmodernismo” era algo más que una moda filosófica efímera o, simplemente, la “lógica cultural del
capitalismo tardío”, como concluyó F. Jameson. En una reseña para el periódico El país sobre el libro de Franz
Josef Wetz Hans Blumenberg. La modernidad y sus metáforas (IVEI, Valencia, 1996. Traducido por Manuel
Canet, un amigo de Don Agustín Andreu que conocí en El Zambuch), Reyes Mate señalaba que, si algúna
duda quedaba sobre la seriedad del “postmodernismo”, bastaría con que se considerara a Blumenberg  como
parte del problema para despejar toda sospecha.

Su viaje a La Habana, sin embargo, no me sirvió de mucho en lo personal; cierto que ya se había hecho firme
mi salida de la Universidad, y eso restaba algún interés a nuestro reencuentro. Además, supe que se sentía un
poco agobiado por los evidentes controles a que era sometido e incluso decepcionado por la baja calificación
del profesorado universitario que se encontró. El profesor Reyes Mate y sus colegas Elías Díaz y José Antonio
Gimbernat apenas asistieron a dos sesiones mañaneras y se ausentaron en las de la tarde del que fue II
Encuentro de Filósofos Españoles y Cubanos. Sentí aquella actitud cercana al desprecio, por lo menos a la
subestimación; lo reafirma el hecho de que la ponencia que más le gusto a Reyes Mate fue la presentación
escolar de la figura de José Luis Aranguren que hizo un profesor especialista en ética marxista-leninista de la
Facultad de Filosofía.

Ningún planteamiento complejo mereció su atención y mucho menos su solidaridad. Sin embargo, la profesora
Florinda Maron le visitó en el hotel Habana Libre  y logró, según me dijo, una entrevista privada muy
interesante. Eso me tranquiliza mucho, porque sitúa el problema en una zona razonable del acontecer
“epistemocrático”. De todas formas nos equivocamos mucho respecto a una complicidad o apoyo del
pensamiento español contra el autoritarismo insular. Por razones que todos conocemos, no hay ningún interés
en buscarse un problema con las autoridades cubanas. No es conveniente y, en cuanto a la estrategia general
de la “reconquista”, nadie es imprescindible.

José Antonio Gimbernat es la persona a que debo un importante encuentro con la pasión y la razón de
España; fue él personalmente quien me invitó a Madrid, y fue también él quien no se dejó presionar por las
autoridades cubanas que exigían una rectificación de la lista de invitados. Esta actitud no suele ser muy
frecuente: casi nadie quiere problemas con las autoridades cubanas. En la Biblioteca del Instituto de Filosofía
vi una vez un ensayo suyo que registraba las escalas españolas de la obra de Jurgen Habermas; su
“recepción”, como suele decirse. De alguna manera es deudor de ese trabajo mi ensayo  “Arte y pensamiento:
crónica de una experiencia. Del itinerario habanero de Jurgen Habermas”, incluido en el libro La escritura y el
límite. (1998).

Tan discreto como los anteriores fue el paso por La Habana del profesor Elías Díaz. Apenas hablamos, pero
resultó muy significativo para mí el regalo de su libro El pensamiento español bajo Franco. Tanto en la
Universidad de La Laguna, como en la posterior Universidad Nacional de Educación a Distancia, los
pensadores españoles pudieron crear una suerte de nichos de libertad. La fundación de sociedades, grupos y
hasta institutos de filosofía alternativa a la oficial en los años `60 nos hizo más que evidente las diferencias
que existían entre una dictadura como la franquista y un sistema totalitario de matriz bolchevique. La
experiencia española tiene tanto semejanzas como cardinales diferencias con la cubana. Y esto concierne
también, dicho sea de paso, a la ética de la intelectualidad, verdaderamente desastrosa en nuestro caso. “En
España por lo menos uno podía pasear por una calle y decirle a un amigo: mira, ahí vive Julián Marías”, me
confesó, desilusionado, un amigo. En el año 1958  Jorge Mañach sostiene entrevistas con Julián Marías y José
Luis Aranguren que al menos en el plano normativo marcan una notable diferencia entre la actitud que la
intelectualidad filosófica española asumió ante el franquismo y la nuestra.

Hay otros pensadores ligados al grupo del Instituto de Filosofía de Madrid con los que tuve contactos muy
efímeros, pero no por ello poco significativos. El primero de ellos es el joven politólogo Fernando Colom, sabedor
y hasta “sentidor” de lo que por acá se llama multiculturalismo y que es más o menos lo que en la tradición
cubana se identifica como “cultura de puerto”. Gracias a su interés pude publicar el ensayo “El ejecutivismo
en la política cubana” en la Revista Internacional de Filosofía Política (Madrid, No.13), que junto a Isegoria  y
la referida Debats constituyen una suerte de espacio de realización para los que intentan la filosofía en el
ámbito iberoamericano.

Los estudios del profesor Colom sobre las “transiciones” y las democracias modernas me parecieron siempre
del máximo interés para la isla. Teníamos planes de aprovechar alguno de sus viajes a México para que hiciera
una escala en La Habana, pero hasta el momento no se pudo concretar. Ojalá le suceda su visita a la cultura
política cubana en un futuro cercano.

Apenas pasé del saludo con el profesor José María Mardones, pero sí sabía previamente de su existencia. Solía
utilizar en clases su libro Postmodernidad y cristianismo. El desafío del fragmento (Santander, 1988), que
postulaba una conciliación teórica tan problemática como la que puede proponerse entre el propio
postmodernismo y el marxismo, o entre el ecologismo y el liberalismo. Es decir, trataba de conciliar un tipo de
macrología con la peculiar macrología de las micrologías. Estaba muy consciente de la complejidad de este
tipo de cruce teórico pues escribió: “esta pérdida de las condiciones de posibilidad de la historia supone un
vaciamiento de la concepción salvífica cristiana que impregnaba la modernidad”. De cualquier modo la teoría
es elástica, y esta salvación y la tesis del fin de la historia tienen oportunidad de conciliarse; aun más, ambas
parecen apuntar al hecho (que no es ajeno al marxismo) de que la salvación humana está fuera de la historia.
Creo que, más que a la salvación, la visión postmoderna parece atacar la concepción  de omnipresencia, así
como de finalidad, plan, historia, objetividad y demás agregados de la racionalidad Occidental.

Para el profesor Mardones la utopía cristiana pudiera hacerse converger con la utopía postmoderna del
fragmento descentrando a Dios en el individuo, es decir, radicalizando los preceptos más individualistas del
protestantismo. Es una suerte de sacrificio del sentido histórico en la arcada individual: el verdadero
continente del transcurrir. Nunca pudimos hablar de la resonancia de sus puntos de vista en nuestras aulas
ni supe de él jamás.

A Javier Muguerza le conocía a través de una entrevista publicada en México con la que me sentí muy
identificado. Hablaba de una retención de su pasaporte por parte del franquismo, abandono de la Facultad
de Filosofía, reticencia a regresar por falta de interés intelectual, etc. Sin embargo, no fueron pocos los colegas
españoles que me dijeron que, aunque los datos ofrecidos por Muguerza en dicha entrevista eran, en general,
verdaderos, la imagen que me había formado de él como “intelectual rebelde” era un poco exagerada. Me
aseguraron que siempre había estado bien situado en las estructuras burocráticas del saber, y que después
del franquismo había ascendido en la escala funcionarial meteóricamente hasta el nivel de director del propio
Instituto de Filosofía. De cualquier manera el encuentro fue muy bueno y aclaratorio.

En una visita a Madrid alguien había citado, atribuyéndola al propio profesor Muguerza, una tesis según la
cual “la única colonia que le queda a los españoles en America es la colonia filosófica”. Es un juicio duro que
cuando se lo referí a algúnos colegas fue muy discutido, pero nadie dudó de que, en efecto, el profesor
Muguerza pudiera haber sido el autor de la sentencia. Tuve la oportunidad de pedirle una explicación en el
cubículo del profesor Jimeno en el Instituto y con muchísima simpatía negó rotundamente la autoría; incluso
aseguró lo contrario, es decir, que en América había una “colonia”  filosófica, en el sentido de “comunidad”,
muy interesante. Lo creo. También me lo había dicho José Luis Villacañas después de un viaje a Colombia:
“Debemos ser muy modestos a la hora de conversar con los profesionales de la filosofía en latinoamérica”.
Manuel Jiménez Redondo también afirmó una vez: “Yo no sé lo que pasa en general en la filosofía
latinoamericana, pero la gente que esta detrás del grupo editorial Amorrortu, evidentemente sabe lo que está
haciendo”.

En La Habana utilizábamos la traducción e introducción de Javier Muguerza a los Philosophical papers de
Moore y su voluminoso libro Desde la perplejidad (Fondo de Cultura Económica, México, 1990) donde se
adentra de forma muy amena en los temas básicos  de la filosofía. Recuerdo que discutíamos si en verdad el
profesor lograba, como asegura en su libro, diferenciar efectivamente entre “perplejidad” y escepticismo. Mi
posición, por cierto, era negativa. El libro compila trabajos realizados por el profesor en los años `80 y en él se
relaja dialogando con un raro personaje vasco-norteamericano llamado Ignatius M. Zalantzamendi, con
seguridad un heterónimo.

Puedo anotar un fragmento que creo resume la estrategia general del texto: “Un racionalismo templado en la
perplejidad nunca estará excesivamente seguro de sí mismo, no depositará una ciega confianza en la
supuesta –más tantas veces desmentida- omnipotencia de la razón, será, para expresarlo en dos palabras, un
racionalismo autocrítico”. Es un intento de solución personal a una vieja dicotomía entre fe y razón, entre luz y
sombra, entre alma y cuerpo que nos testimonia la esquizofrenia civilizatoria con que se ha constituido
Occidente. Las antítesis polares que usa nuestro entendimimiento no son simples arbitrariedades
gnoseológicas o errores de método, es la manifestación intelectual de la forma escindida en que se ha
organizado nuestra civilización.

A propósito del citado profesor Jimeno, por cierto, debo decir que lo recuerdo como un hombre de un corazón
inmenso. Tan bueno, que estuvo todo el tiempo tratando de protegernos y ofreciendo consejos. Con cierto dolor
me dijo: “Casi todos mis amigos se fueron de España durante el franquismo, yo me quedé y no me sirvió de
nada”. Recordé que en la Universidad de La Habana una de las cosas que más me interesaba era la forma
en que los profesores de marxismo se habían reciclado en Europa del Este tras la caída del socialismo; así
que, en una dirección parecida le pregunté qué había pasado entre los profesores de filosofía después de la
muerte de Franco. “Hubo pactos. Nuevas asignaturas en las cátedras antiguas, nuevas cátedras en las
antiguas facultades y hasta inventos de facultades en las universidades de antes”; me respondió. Por demás,
parece que se abrieron nuevas universidades e institutos, lo que garantizaba una continuidad en la ruptura.

El diálogo después se aligeró un poco. Hablamos de literatura contemporánea y recuerdo que el profesor
Jimeno me sancionó de forma muy amable por considerar a Milan Kundera y a Umberto Eco como novelistas:
“¡Novelista es Cervantes!”. Y disgregó de manera muy interesante sobre un vendedor de churros que se
apostaba en la esquina de su garaje a quien estaba considerando, por aquellos días, el hombre más sabio
que había conocido. Casi alcanzamos la alucinación cuando discutimos si el diálogo entre un profesor y un
vendedor de churros obedecía o no al esquema Habermasiano de “situación ideal de habla”.

Entre nosotros, sin embargo, se hacía cada vez más presente la profesora Concha Roldán, brillante y bella.
Escogía temas bastante singulares de la filosofía alemana para tratar temas de actualidad  y pudo referirse al
problema de la mujer sin afectación y oportunismo. Con urgencia de modismo forzado lo trató, por ejemplo, el
propio maestro José Luis Abellán, quien en una historia del pensamiento filosófico español agrega al final unos
parrafitos reconociendo el “aporte” femenino al espíritu hispánico que, de hecho y como era lógico según las
normas del medio y el momento, había dejado fuera.

Recibí en la Biblioteca Nacional de Cuba, primero en forma de fotocopia y luego como libro, el volumen
Siempre estuvimos en Alejandría, que compilaba textos sobre la experiencia de los investigadores y filósofos en
las bibliotecas. El trabajo de Concha Roldán, una suerte de ensayo narrativo que se mueve entre la meditación
y la ficción, es de los mejores que allí aparecen. Lo circulé entre algunas bibliotecarias cubanas y quedaron
prendadas de su texto. De paso aprovecho para dejar constancia de mi satisfacción en el uso de las
bibliotecas españolas, desde la del mismo Instituto de Filosofía hasta la municipal de Burjassot, en Valencia.

La última carta que recibí de la profesora Roldán acusaba recibo de un estudio en referencia kantiana que le
envié y anunciaba, con mucha amabilidad, una crítica que seguro echaré de menos: “El planteamiento de los
conceptos de libertad y autonomía de Kant te sirven para el objetivo propuesto pero…”. El “pero” anunciaba
una objeción importante.

Como una alquimia de sabiduría y modestia recuerdo también al maestro José María González. Su sonrisa
discreta, su trato amable y sus canas generalizadas son inolvidables. Las dos últimas noticias que de él recibí
en La Habana fueron radicales, tremendas. Una: “José María, quien seguro recuerdas, ha sido elegido por
votación libre nuevo director del Instituto de Filosofía. Estamos muy contentos”. La otra: “José María, de quien
te hablé, no fue aprobado como director electo del Instituto. Estamos indignados”. No supe como quedó el
problema, pero mi corta experiencia me induce a creer que, al final, uno se resigna. La idea de que todos los
filósofos españoles, los filósofos del mundo entero renuncien a sustituir en un cargo a un colega legítimamente
electo, no pasa de ser una utopía . Siempre habra gente para todo. En Cuba, para prestarse a ese tipo de
manejos, está disponible la siguiente justificación: “Voy a aceptar el cargo porque es mejor que dirija yo a que
lo haga otro peor. Soy el mal menor”. Se pueden poner decenas de ejemplos de colegas que han esgrimido
esta justificación urgente.

Fue muy significativa para mí su conferencia titulada “De la metáfora al concepto”. Emblema político en el
barroco, donde llegaba a conclusiones muy cercanas a las de los filósofos franceses de actualidad, pero
desde un posicionamiento en la tradición intelectual hispánica. “Deconstruye” la imagen de la rosa
segregando un rasgo como la fugacidad y un atributo como las espinas; entonces eleva el rango de la
meditación y trabaja la relación entre la imagen y la escritura.

Afirma como un tema renacentista y barroco la comparación analógica entre la vida humana y el teatro: “El
gran teatro del mundo”.  Busca su referente en Saavedra Fajardo quien desea crear un “concepto para los
ojos”; “fide et diffide”, nos muestra ojos en unas manos que se estrechan como tratando de supervisar el pacto,
el tacto. El profesor define al barroco como el resultado de un “éxtasis de horror vacui” y descubre en el propio
Saavedra (1640) y Sor Juana (1680) una concepción teatral del poder político. Ni más ni menos que lo que ha
propuesto metodológicamente el historiador anglosajón Erick Hobsbawn en su estudio sobre la “invención” de
las tradiciones.

José María González captó la pluralidad de la imagen del “espejo” en el siglo XVII y apeló a la concepción
cervantina del teatro como espejo en que uno se mira. ¿Será casual que el pintor cubano Ramón Alejandro
esté realizando un viaje tan singular desde la máquna a la fruta y desde ésta hacia el espejo? ¿Qué
comunidad sensitiva habrá detrás de todas las superposiciones históricas y estéticas? Por su parte el
historiador, criatura menor frente al artista, apenas tiene la atribución de contar privilegiadamente una
imagen entre otras posibles, una mirada entre muchas más; califica entonces, según Gracián, como un
administrador de “fama”.

Agradezco al joven diplomático español Ion de la Riva el haber podido conversar en La Habana, en privado y
como Dios manda, con un grupo de filósofos a los que debo un porciento notable de mi formación. Fue como
una segunda Universidad; lo que incluía anécdotas, recomendaciones bibliográficas, enumeración de
desencantos e idealismos. Me consta que los amigos españoles no han llevado a La Habana solamente
turistas ávidos de sexo, empresarios ambiciosos y gente frívola; existió todo un proyecto de conectar la
inteligencia de la península con sus patres de la isla.

Algo que no me queda del todo claro falló; en el balance de estos proyectos malogrados deberé sin dudas
considerar una dura verdad que tuve que escuchar un día a un querido colega y que, por cierto, me
concierne también a mí: “Los intelectuales cubanos me han decepcionado”. Lo dejo para otro momento; los
desnudos desmedidos pueden ser de mal gusto y el presente texto casi va tocando los límites.

Un día me correspondió ir al aeropuerto internacional José Martí, situado en el municipio habanero de Rancho
Boyeros, a dar la bienvenida al sociólogo Carlos Moya. Por lo que supe había estudiado por los cincuenta en
Alemania con Rene Konig, de alguna manera contendiente de los regresados pensadores de la Escuela de
Frankfurt. Tenía una larga experiencia sobre el franquismo que expuso de manera razonada en su libro Señas
de Leviatán; como el título indica, un levantamiento de la dinámica del estado autoritario.

Su grande y duradera carrera intelectual me lo hacían imaginar como una persona muy mayor; y en efecto,
años tenía, pero acumulados de una manera muy singular. Se distinguía sin dificultad entre todos los
pasajeros acumulados en aduanas; muy alto, vestía un traje como al descuido sobre cuyo saco caía una gran
melena. Recuerdo indudable de los años `60; el profesor seguía siendo un insurgente: “Moya es de los
revoltosos”, me dijo con sana malicia otro filósofo español que le sucedió en su visita a La Habana. Se hospedó
en el Hotel Presidente, muy modesto por la fecha; a él le bastaba con el mar, que en Cuba es como una
apoteosis.

Hablamos sobre los “estereotipos nacionales”; en nuestras conversaciones solemos recurrir con frecuencia a
salidas del tipo “el cubano”, “la cubanidad”, etc; hábito verificable también entre los intelectuales, quienes
probablemente saben que esas ideas en torno al “carácter nacional”, el “alma del pueblo”, la “identidad”,
están un poco pasadas de moda, para no decir que desechadas por la teoría contemporánea. Había
entonces una contradicción por la que le pregunté al profesor Carlos Moya: “¿por qué funcionamos tanto con
vestigios hipotéticos?; ¿es cierto que hay alemanes, franceses, ingleses?”. Me respondió: “No, pero al final te
das cuenta que sí”. Se trata de una paradoja muy común; una tesis puede resultar sociológicamente errada,
pero existencialmente funcional, con una enorme capacidad explicativa.

Le pregunté sobre libros y problemas sociológicos específicos, incluso de técnicas de investigación; pero me
respondía con ánimo filosófico, sacando cuentas, haciendo balances. Después de ofrecer una conferencia en
el Teatro García Lorca, donde inventariaba los adelantos tecnológicos que más habían influido en la
organización social contemporánea, me dijo: “Yo no utilizo computadora, y ni siquiera conduzco. En fin, que
eso de la tecnología es relativo, siempre habrá gente para todo”. Sobre la censura castrista de la nueva
tecnología informática me confirmó algo que sospechaba: “No podrá aislarse, pero puede dilatar el proceso.
Quiere durar unos diez o quince años más, y eso está a su alcance”.

El profesor Moya me alertó sobre peligros que de toda forma uno no podrá evitar; al menos eso creo yo: el
desgaste en admiraciones inútiles, la lectura de libros mediocres, la autolimitación injustificada. Me aconsejo
sobre todo a Junger y Canetti; no es lo que se dice algo imprevisto, pero como se trataba de un profesor
español en La Habana de fin de siglo, sin dudas participando de esa suerte de reconquista postmoderna de la
hispanidad, me pareció un gesto de genuina sinceridad.

He escuchado a otros inflando, sencillamente mintiendo y en consecuencia desprestigiando, a pensadores
españoles como María Zambrano o el propio Antonio Machado, importantes sin duda, pero difícilmente
calificables como”los pensadores más importantes del siglo XX”. Yo lo valoro como una burla por la vía de la
exageración. De Canetti lo había leído casi todo; pensando en Cuba me recomendó especialmente Masa y
poder: “Comparado con ese estudio, el libro de Freud sobre las masas es cosa de muchachos”, aseguró.

Le acompañé varias veces a la playa con un chófer que le habían puesto, llamado Manolo, vecino del barrio
de El Palmar, en Marianao, que era capaz de recitar fragmentos de Tagore traducidos por Zenobia Camprubi.
Moya no me dejaba caminar a su lado por la arena de Guanabo: quería  pensar; pero no pensar en filosofía
sino en cuestión de amores. A su edad, el profesor aún padecía eso que Angeles Mastretta llama titularmente
“mal de amores”; le daba pesar, pero también mucha energía. El vigor intelectual y la vocación de vida es lo
que más recuerdo del profesor Moya.

Tras sus paseos nos sentábamos a conversar en algún rincón de Santa María del Mar; a conversar él, por
supuesto: yo solamente escuchaba. Me contó que era un bibliómano, que sus amigos le perdonaban que se
llevara los libros de sus casas . Había acumulado una enorme biblioteca y pensaba donarla a alguna
Universidad. Yo había conseguido un libro de un comodoro inglés del siglo XIX, con anotaciones manuscritas al
margen hechas durante los viajes y tuve mucho gusto en obsequiárselo. Más me había dado él. En la charla
tenía que sentármele a un lado específico, creo que en el izquierdo, pues le era más fácil mantener la
observación y dominar la artritis.

Muy sobrio en sus hábitos, “algo para hacer estómago”, era lo único que comía. Aseguró que el totalitarismo no
sobreviviría al flujo informativo de Internet; pero que mentir entretenía hasta a los que resultaban engañados.
Jugar a la seducción: es todo lo que necesita un caudillo para morir en el poder. El gran objetivo de la política
en esta recta final: durar. Pronto comprendió, acaso lo supo siempre, que el castrismo era diferente del
franquismo. Franco respetó la propiedad privada y toleró importantes zonas de libertad económica. Al final del
franquismo hubo una notable mejoría económica en la vida de los españoles; hecho que le permitió aventurar:
“Si hubiera realizado unas elecciones en los `60, es casi seguro que hubiera ganado”. Le consulté esta idea
en Lliria al profesor Manuel Jiménez Redondo y estuvo de acuerdo: “Está claro, la gente lo que quiere es vivir
en paz”.

No había muerto Franco (en Mi último suspiro Buñuel cuenta que regresó tan temprano como en 1961) y ya
muchos filósofos españoles que estudiaron en Estados Unidos y Europa regresaban, los historiadores
concebían la cultura como un todo, incluyendo como legítimas, y sin exclusiones escandalosas, las
contribuciones del exilio. Desde los `60 José Luis Abellán se había percatado de la necesidad de exponer la
filosofía de manera incluyente. Se fundaban nuevas universidades y se reformaban los planes de estudio.

De manera igual de llamativa, esta vez como un guerrero que no está dispuesto a pactar si no es
absolutamente necesario, apareció en La Habana el filósofo Antonio Escohotado. Polémico, liberal orgánico
desde las ideas hasta la conducta, constituye él solo más un “fenómeno cultural” que un simple pensador.
Había escuchado sobre él en La Casa de América, en Madrid, donde había ofrecido un curso titulado “Ética y
botánica” que, por supuesto, nos intrigaba si incluía “clase práctica”. Supe que planeaba redactar un
manifiesto, con otros destacados filósofos españoles (creo haber escuchado el nombre de Fernando Savater),
pidiendo la disolución de la Guardia Civil.

Escohotado es un profesor de Metafísica, historiador de la filosofía y traductor; ha incorporado a sus éxitos
como pedagogo otros que provienen de un hábil manejo de los medios de difusion. Es un  polemista sutil y
sabe seducir a su público. Sin embargo, a pesar de ser un filósofo académico, es conocido por sus estudios
sobre las drogas, lo que se acompaña de un irreverente cuestionamiento a los poderes restrictivos y una
posición pública a favor de la legalización. Sus argumentos son muy serios y también efectistas; hay madres
que han declarado que gracias a sus consejos sus hijos se han librado de la “dependencia a las drogas”.

Ha escrito una monumental Historia de las drogas  y  publicado un estudio fenomenológico sobre los tipos y
efectos de los elementos. Compartí con él en el breve tiempo que nos vimos en La Habana el interés de los
brasileños por su libro, que había sido traducido como El libro de los venenos. La edición en español contiene
un epígrafe de Hegel que sintetiza su posición intelectual ante el problema de las drogas: “Conocimiento es
control”. Cuenta además con una frase atribuida a un “anónimo contemporáneo” en calidad de epígrafe que,
según me confesó, es de su propia autoría, y que ha sido asumida como lema por un grupo de jóvenes
rockeros españoles: “de la piel para adentro…”. Según el profesor Escohotado ahí radica el ámbito de la única
patria legítima; quererla controlar en base a dietas, abstenciones y recetas externas es una violación de la
libertad, una violación de los derechos humanos en términos de una “política del yo”.

Ofreció una conferencia sobre la democracia contemporánea y el contexto político europeo. Pero hubo al final
dos temas que predominaron; el profesor se concentró en elogios hacia la democracia helvética en
comparación con el modelo español, y el público joven, por su parte, no perdió la oportunidad de preguntarle
por el problema de las drogas, lo que es un indicador muy interesante.

Una segunda charla habanera tuvo que ver con los llamados “fractales” y la “teoría del caos” que, por
supuesto, también tiene antecedentes en la historia de la filosofía; particularmente en la gnoseología relativista.
Escohotado fue irreverente con los pronósticos, sobre todo con los del tipo meteorológico: “No me explico cómo
la gente sigue haciendo caso a esos señores que no tienen otra alternativa que errar. No es el método, no es la
técnica, es el propio objeto quien es impredecible, caótico”.

Tal y como hicieron los estoicos y epicúreos en la antigüedad, el profesor trataba de ofrecer un sustento físico
a una posición filosófica con consecuencias en el plano moral. Es precisamente a partir de esa “teoría del
caos” que Escohotado presenta una versión actualizada del liberalismo clásico. “El negocio más antiguo que
existe es tratar de ayudar a los demás”, me dijo con ironía; estaba convencido de la inutilidad del gobierno; no
es, como hubiera temido Goethe, que defendiera el libre arbitrio, sino que el orden es inmanente.

Admiré mucho el apego a la vida y a sus placeres del profesor Escohotado; su desborde del círculo intelectual
y su sensibilidad hacia los llamados “signos de la calle”. De hecho no llegó a Cuba desde Madrid sino desde
otro país, donde había hecho una visita a un amigo en problemas. Ya en La Habana nos pasamos dos días
buscando a una persona que había conocido años atrás y con la que tenía una amistad pendiente. Por
supuesto que dimos con ella.

Escohotado me aseguró que no había literatura sin experiencia. Estaba en forma, conservaba el peso de
treinta años atrás y yo mismo le vi nadar centenares de metros estilo mariposa en una piscina minutos antes
de una reunión. No hizo caso a mi apuro porque los funcionarios que le esperaban, según me dijo, le debían
quince minutos de tardanza. Era un tiempo de cortesía.

Recuerdo que un día se le ocurrió ir a bucear; lo que me pareció un plan urgente para evadir reuniones.
Fuimos a hacer la reservación de los equipos en los bajos del Hotel Melia-Cohiba, donde le atendió una gentil
jovencita que, al escuchar la conversación sobre libros y filosofía, confesó que a ella también le gustaría
escribir. “Profesor, ¿qué hace falta para escribir un libro?”; “Vivir un poco, señorita, y creo que a usted le falta
todavía”. Hicimos la mañana allí mismo y luego fuimos a explorar La Habana. No hubo buceo; como decía, creo
que se trató de un pretexto para evadir algún compromiso. Se puede comprender la magnitud de la excusa:
“No pude asistir porque estaba en el fondo del mar Caribe”.

Igual que Carlos Moya, Antonio Escohotado me habló mucho sobre Junger; tenían muchas cosas en común. De
hecho, a veces dudo de que una anécdota sobre el escritor urgando en la estatua del Duque de Alba
pertenezca a uno o a otro. El ha sido una de las personas que más importancia le ha dado a mi herencia
japonesa: “Entre la cubanidad, la contención puede ser tu mejor arma”; es algo que tengo presente, aunque
no siempre me ha dado los mejores resultados.Quedamos en vernos en España, pero nunca le pude
encontrar. Al parecer, su casa en la sierra ya le atrae mucho más que el bullicio universitario; o “vulgo”, como
se atrevió a llamarle alguna vez  Fray Luis de León.   


Ignacio Gómez de Liaño es la decencia, la clase; creo que tiene ascendientes cercanos en la aristocracia
salmantina, rancia nobleza entre capotes y chuletones exagerados. No puedo hablar de él sin que me libre de
aclarar que se trata de Ignacio, el filósofo, no el juez o el abogado famoso que comparten su apellido en la
vida publica española.

El profesor Ignacio Gómez de Liaño es poeta, conocedor de la historia de la filosofía y el pensamiento oriental,
traductor de Giordano Bruno, estudioso del “arte de la memoria” y editor. A partir de una visión muy crítica de
la libertad editorial en el contexto democrático, Ignacio Gómez de Liaño emprendió la publicación de la revista
Inventario, que intenta desmarcarse de todos los mecenazgos condicionados. En el numero de 1997 editado
entre Madrid, Barcelona y Nicosia, tuve la oportunidad de publicar el texto Sin más amor que una ínsula, en
exagerada clave autobiográfica.

En Cuba se interesó mucho por visitar la Universidad de La Habana y la Biblioteca Nacional, que cuando nos
encontramos aún no sabía que llegaría a ser tan importante para mí. Con Gómez de Liaño intercambiaron
criterios brillantes jóvenes cubanos; nuestra tarea era ampliar el círculo de relaciones oficiales en que caen los
extranjeros que llegan a la isla; pues un hábito de la “intelectualidad” oficial.

En un almuerzo en el “paladar” situado en “Prado 20”, donde un diplomático español solía invitar a sus
huéspedes, observé a Ignacio Gómez de Liaño dominar la conversación. Había comenzado predominando la
charla Luis Racionero, más ocurrencia que profundidad, quien se encontraba de paso en una “convención
sobre el tabaco cubano”; pero eso sólo le duro minutos, hasta que el filósofo comenzó a cautivar el auditorio
con la ironía más erudita y fina que he conocido en mi vida. La ironía cubana, sea dicho, suele carecer de
decencia; en Cuba los hombres decentes suelen ser, por lo general, graves antes que irónicos.

El profesor ha dedicado los últimos años a estudiar un proceso que identifica como de “transculturación” entre
Oriente y Occidente. Se centra en el arte por razones estéticas y epistémicas: el arte (ya lo señaló Baudelaire)
un núcleo de sensibilidad histórica. El círculo de la sabiduría, su obra monumental, resulta también de una
amabilidad serena. Eleva como poesía y atrapa como una novela policial; hay un aliento como de “sophia-
detectivesca” en un investigador erudito que narra el descubrimiento de una afinidad cultural imprevista.

En una posición disonante respecto a las visiones de moda sobre el hecho transcultural intercivilizatorio,
Gómez de Liaño califica de “vaga” y “difusa”, en gran medida “conjetural”, la influencia del budismo en
Occidente; sin embargo, cree radical la que el helenismo ha tenido sobre la India en arte, arquitectura,
astronomía, lógica, medicina, literatura, teatro. Y argumenta su posición de manera bastante hábil: se basa
precisamente en estudios de importantes eruditos hindúes actuales. Hace unos años dijo al respecto a la
revista Letra internacional (No.50-1997):  “…los mandalas budistas se basan en los diagramas gnósticos o
maniqueos, lo que, en mi opinión, se debe a que ignoran que el ideario de estos grupos se formulaba, al igual
que el de los mantrayanistas, en forma de diagrama”.

Con esta orientación argumentativa enriquece la visión de Grecia al resaltar que no sólo trataron de avanzar
en el desarrollo del pensamiento lógico, sino también en el “pensamiento memorístico”, “representativo” o,
quizás mejor, “gráfico”; que no se reduce, como suele decirse, a auxiliar de la lógica. Todos los racionalistas
clásicos consideraron que el pensamiento tiene una importante base metafórica y que el ejercicio de la razón
no es independiente de la creencia en los mitos. Cita como fuente necesaria el Ars memoriae del poeta
Simónides de Ceos y a los pitagóricos. Al respecto concluye: “En el siglo VI a.c. se inician, pues, dos vías (la una
estrictamente filosófica y la otra psico-experimental) que acabaran confluyendo en los diagramas del
gnosticismo, a través del eslabón intermedio de los misterios occidentales de Mitra”.  

El profesor Gómez de Liaño me entregó su libro La mentira social que poseía una virtud compuesta: asumía los
problemas políticos y morales que caracterizan al “intelectual clásico” y, por otra parte, se situaba en la
vanguardia en cuanto a expresión literaria, metodología y referencia filosófica.

Fue el 2 de noviembre de ese intenso año que para mí fue el 1997 que lo visité en su casa del viejo Madrid.
Todo allí era paciencia, sencillez y sabiduría. Habían libros y símbolos por todas partes. Fue muy sincero y
aseguró que en el campo de la investigación social la cuestión no es tanto saber las cosas como atreverse a
decirlas.

Tuve contacto ocasional con otros pensadores españoles, a veces coincidencias efímeras en algún espacio
académico. Es el caso del filósofo vasco Javier Echeverría, de quien trabajé su ensayo Telepolis; un estudio de
la democracia en tiempos postmodernos. También el de Carlos Thibaut, autor del libro El arte de nombrar, que
durante un tiempo fue casi bibliografía básica en mis cursos en La Universidad de La Habana. Dirigía la  
revista La balsa de la medusa, donde José Miguel Marinas pudo ubicar mi ensayo ¿Retornar al diálogo? Sobre
la expresión filosófica. (Madrid, No.37, 1996).

Hay muchas cosas que, respecto a España, me quedarán pendientes; entre ellas echaré de menos el proyecto
de estudio en clave cubana del Boletin de Salamanca, que editará en esa Universidad Enrique Tierno Galvan.

El 2 de julio de 1999 el diario español El país publicaba una nota desconsoladora para aquéllos que han
dedicado al menos un segundo de su vida a luchar y escribir contra el autoritarismo político. El periódico
recuerda una frase epónima: “Ici Paris. Vous pouvez entendre notre emission en langue spagnole”. Así entraba
Radio Paris en muchos hogares españoles para decirles lo que la dictadura franquista censuraba. Dicen que
a las 22:15 entraba la BBC, pero tenía más audiencia la emisión francesa. Los locutores eran Julián Antonio
Ramírez y Adelita del Campo.

Pues la nota a que me refiero es una solitaria carta que envió a la redacción, desde Cáceres, el señor José
Luis Corcobado con motivo de la muerte de esta última. En ella recordaba que tras la desaparición de Franco
no sólo se perdieron del espacio público quienes apoyaron descaradamente la dictadura, sino también
quienes la denunciaron. Es una alerta que siempre me asalta respecto al tema cubano: tan efímero como él es
también la crítica que inspira.

No se trata sólo de un triunfo de los nuevos arribistas; es un proceso natural de superación del pasado que
obliga a borrarnos a todos. Cuando llegue ese momento, los antiguos protagonistas del espacio público
deberían tener el pudor de incorporarse definitiva y gustosamente a la desmemoria. También nosotros.


(Homestead, octubre, 2000-Stony Brook, febrero, 2002).




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