Los Decanos de Filosofía en la Universidad de
La Habana (1980-2005)


                                                 
 José Zacarías González del Valle-
                                                  Medardo Vitier: In Memoriam.

                                                “¿Existe en verdad el linaje sin el cual
                                                   somos becarios de la zozobra?”.


Cuando matriculé la carrera de Filosofía en la Universidad de La Habana, en el año 1980, era Decano de
esa Facultad el Dr. Oscar Guzmán, especialista en temas relacionados con la historia de la Revolución
Cubana. Ostentaba los grados de Teniente Coronel de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (a veces
asistía a la universidad con su uniforme de dos estrellas) y se comentaba que era un hombre de confianza
de Raúl Castro. Guzmán vivía en el pueblo matancero de Pedro Betancourt y se incorporó a las tropas de
Castro cuando estas marchaban, ya victoriosas, hacia La Habana. Duró más de una década en el
Decanato de la Facultad; todo un récord, según él mismo decía. Sobrevivió a dos Rectores: José Eustaquio
de los Remedios (exEmbajador en Bulgaria, el verdadero “modelo constitucional cubano”) y Fernando
Rojas, “el profe”, médico de formación. Intentó sepultar un tercero: el Dr. Armando Pérez, físico-
matemático, profesor en ejercicio.

El Dr. Oscar Guzmán no era muy valorado intelectualmente por el claustro de profesores de la Facultad,
específicamente por los miembros de la conservadora Escuela de Historia, con más coherencia pero con
menos poder. En las últimas décadas ningún “ministro de la fama” (eso son los historiadores según
Gracián) ha llegado a la oficina del sótano del Edificio José Martí (descontando “sigilosas” semanas o días
de algunos emergentes a la orden como los doctores Sergio Guerra, Oscar Loyola y quizás Alberto Prieto).

No obstante, para decir verdad, el Decano Guzmán era una persona hábil; también sincera, o cínica (según
quiera recordarse). Supongo que su defensa del castrismo era real, y aunque no hubiera leído mucho, tenía
la vivencia. Le recuerdo una lectura bastante original del folleto de Lenin Imperialismo: fase superior del
capitalismo, donde aparece el concepto de “semicolonia”; es decir, un estado intermedio entre la colonia y
la neocolonia donde la dependencia política se prolonga después de la liberación por alguna cláusula
político-jurídica. El Dr. Guzmán creía que ese concepto aplicaba mejor para la República Cubana de 1902
que el tan trajinado de “pseudo república”. Su hipótesis tenía una óptima capacidad explicativa para
comprender la Enmienda de Platt.

El Dr. Oscar Guzmán, durante algún tiempo, afincó su autoridad en dos aliados importantes: el prof.
Eduardo Dominic Oliva, Secretario General del Partido en la Facultad de Filosofía e Historia, quien acabaría
como especialista en Filosofía Clásica Alemana, y el prof. Jorge Núñez Jover, egresado de la Facultad de
Química con una tesis sobre la entropía y reciclado en el circuíto universitario como especialista en
Materialismo Dialéctico. Le conocía a ambos sus lados débiles, por lo que su tolerancia era recompensada
con el apoyo político del primero y la cobertura intelectual del segundo.

A pesar de su satisfactorio récord político, el Dr. Oscar Guzmán era una imagen demasiado arcaica para
los tiempos de reforma que advinieron hacia fines de los años `80 (“glastnoscita”, la llamó Carlos Aldana, el
intérprete cubano de la Perestroika). Llegado el momento, aparecieron los problemas y escándalos
necesarios (pretextos) para la sustitución.

Arribó entonces a la Facultad, que incorporaba a sus dos licenciaturas (Filosofía e Historia) la de
Sociología, el Dr. Antonio “Tony” Toledo, un ideólogo profesional vinculado a las escuelas e instituciones del
Partido Comunista. El apodo de “Tony” resultó muy pertinente, pues el Dr. Toledo era lo que se dice una
persona “chévere”, de amplia sonrisa y simpática miopía. Formaba, junto a los profesores Eduardo Dominic
y Juan Francisco Fuentes, un trío de mulatos intelectuales, hábiles y populares que ameritan ser
recordados en una novela antes que en un ensayo. El Dr. Toledo conducía un auto de fabricación soviética,
marca Moskvich, que le ayudaría a sobrevivir con honestidad el primer lustro de los `90, que fueron años
durísimos.

El Dr. Toledo se presentó un día en el Departamento de Filosofía, en la esquina habanera de 19 y K,
Vedado, y soltó un lema que presidiría su gestión: “Aquí no hay nadie imprescindible.” Una noticia ambigua
pues, por un lado, estimulaba a los factores reformistas; por otro, daba garantías a la mediocridad si era
amenazada desde arriba. El nuevo Decano tenía una amable conversación y un trato gentil; no conozco a
nadie que lo recuerde de mala manera. Trabajaba temas de Materialismo Histórico con mucha dignidad y
daba buenas clases. Todavía le veo llegar al aula, con su guayabera clara, su pulso de bronce y una cartera
bajo el brazo que los guapos de La Habana bautizaron dulcemente.

El profesor Antonio Toledo tenía una vicedecana de lujo con la que compartía estrechamente la dirección de
la Facultad: la Dra. Teresa “Teresita” Muñoz, quien acabaría sustitiyéndolo en el Decanato. La nueva
decana, especialista en Materialismo Histórico y Sociología General, era una mujer de mucho carácter. Su
risa tremenda y su juventud, sin embargo, le hacían merecer el cariñoso apodo. Su ascenso fue favorecido
por el Rector Armando Pérez, un físico-matemático; y estremecido sin llegar a la catástrofe por la
designación de un sucesor, el Doctor, médico por más señas, Juan Vela Valdés, un hombre de naciente
calvicie, sereno y con gran capacidad de mando, del cual se decía tenía un teléfono directo a la oficina de
Fidel Castro.

El Dr. Juan Vela llegó a la Universidad a encabezar dos procesos:

1-La re-ideologización ortodoxa de la Universidad (era la consecuencia de la interpretación de Fidel Castro
de los cambios en la Europa del Este en términos de “desmerengamiento”).

2-La dolarización de la institución a como fuera posible (desde la potenciación de las investigaciones
farmacológicas, hasta la apertura de tiendas de ropa, comida y bebida en las áreas de la universidad).

El Dr. Juan Vela no tuvo una entrada feliz en la colina universitaria. Su designación, si bien coherente con la
política nacional, interrumpía un ciclo de notable desarrollo académico universitario que lideraba el Rector
Armando Pérez, a quien se le vería semanas después de la destitución transitando La Habana en su
bicicleta china. Sin embargo, el apoyo político era tan fuerte, que la burocracia epistémica de la universidad
no tardó en convertirse al nuevo rector. El médico sabía hacer política, sabía repartir, dar y negar, para lo
que generó una férrea legislación universitaria con esenciales cláusulas de excepción. En la universidad no
se podía hacer nada (y la nada de la nada era viajar a los Estados Unidos), si antes no se demostraba que
eso repercutía en el “interés institucional”. Un “interés” que el rector trazaba personalmente. De ahí que
emergiera para él el apodo de “mediavela”: en efecto, el rector Vela alumbraba, pero no lo hacía parejo.

Una de las sustituciones más riesgosas que hizo el nuevo rector fue la del psicólogo Fernando González
Rey, Vicerrector de Investigaciones, quien acabaría en un semiexilio en la Universidad de Campina, Brasil.
Sin embargo, creo que este desplazamiento le hizo bien ya que el Vicerrector se estaba viendo obligado a
sumarse a la línea dura, tomando por un tiempo decisiones que dejaban bastante que desear. La más
impopular de todas fue la negativa de permiso al gran historiador y erudito Enrique Sosa para viajar a
Mérida, donde dictaba cursos y era querido, casi adorado por su comunidad intelectual.

El profesor Jorge Núñez Jover, quien había servido al Dr. Oscar Guzmán como Jefe de Departamento en los
años `80, era el Director de Postgrado del Dr. González Rey; después, o durante su misma destitución, el
Dr. Núñez Jover se acercó al Rector Vela convirtiéndose en uno de sus más solícitos ejecutivos; incluso,
haciendo consideraciones bastante críticas del paso de González Rey por la Vicerrectoría.

Igual que Núñez Jover, quien ante la presencia del Rector Vela Valdés se ubicó automáticamente a la
izquierda del antiguo Vicerrector, uno de los Vicedecanos de la Dra. Teresa Muñoz le haría una
metamorfosis radicalista sustituyéndola en las preferencias del nuevo rector y, en consecuencia, en el
Decanato de la Facultad de Filosofía, Historia y Sociología. Se trata del Dr. Rubén Zardoya Loureda,
graduado de filosofía en la ex Unión Soviética con una tesis en Crítica de la Filosofía Burguesa
Contemporánea. A su llegada a nuestra Facultad, el Dr. Zardoya portaba ideas reformistas, incluso en el
campo de la filosofía, donde trabajó la reforma de un programa de enseñanza en el área de Ciencias
Naturales centrado en el legado intelectual del pensador ruso Edvard Vasílievich Ilienkov.

En verdad la idea no era de él sino del prof. Eduardo Albert Santos, quien enseñaba filosofía en el Instituto
Superior Politéctico, situado muy cerca de su casa en la barriada habanera de El Palmar. Desde que el Dr.
Albert hiciera algunas consideraciones críticas acerca de la política del régimen cubano, dejó de existir en
la memoria de su (me consta) admirado discípulo.

Hacia el liminal año de 1993, casi sin que nos diéramos cuenta, el Dr. Zardoya protagonizó un cambio
ideológico expectacular: pasó, sin tránsito, del “gorvachovismo” a un oficialismo ideológico radicalista.
Radical y Kitsch. Recuerdo el día en que el Dr. Rubén Zardoya imaginaba un bombardeo norteamericano
sobre La Habana y él resistiendo con las armas en la Universidad.

La profesora Madeline Izquierdo debe recordar el día que salimos de un helado en Coppelia con la
constancia del nuevo Dr. Zardoya. Unos meses antes había dicho: “Muchachos, hay que cuidarse para los
nuevos tiempos”. Se refería a la Perestroika, no a la revancha de la ortodoxia que él capitanearía en la
Facultad. Pero también hicieron conversiones de baja intensidad, bastante dolorosas por cierto, los
profesores Marial Iglesias y Pilar Díaz Castañón; sobre este evento, vinculado a los famosos “viajes al
extrajero”, específicamente a la reunión de Latin American Studies Asociation (LASA-Washington, 1995)
escribiré en otro momento.

El Dr. Zardoya consiguió recursos para fundar la revista Contracorriente, empezó a tener contactos
regulares con las instituciones cubanas encargadas de la censura y cada mañana, al llegar a la
Universidad, visitaba al Dr. Vela en su oficina para ajustar criterios. Formó un equipo entusiasta de
profesores contrarreformistas, por llamarles de alguna manera; antiguos especialistas en temas de
sociedad, apostaban ahora a la teoría de los medios de comunicación, las religiones afrocubanas y el
marxismo latinoamericano. Sus seguidores más fieles fueron los profesores Mario Rodríguez Pantoja (a
quien se le encargaría contestar el ensayo de Rafael Rojas titulado El epitafio de Saco), Rosa María Lahaye
y Octavio Carreras. Todos estos caminos les servirían a algunos para asimilarse a la más fuerte avalancha
cultural que ha recibido alguna vez la isla: la llegada en bloque de la academia norteamericana a partir del
año 1998.

El doctor Rubén Zardoya, junto a Enrique Ubieta (investigador literario, especialista en ensayística cubana),
Eliades Acosta Matos (historiador militar y tribuno excepcional), Rosa Miriam Elizalde (periodista) y Arturo
Arango (editor) constituyen el “dream team” de la joven ideología de la (post) revolución cubana. Dígase lo
que se diga, se trata de un equipo más diverso y difícil que los paleocastristas de siempre.

La carrera ideológica del Dr. Zardoya ha sido tan exitosa que fue llamado de la Facultad (no sustituído) a la
dirección de las Escuelas Bolivarianas en Cuba. Cargo que, o le queda chico, o encubre nominalmente
tareas mayores a las estrictamente intelectuales, e incluso ideológicas. Por esa razón la Facultad de
Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana cuenta con un nuevo decano: el profesor José Carlos
“Pepe” Vázquez.

El profesor Vázquez es un especialista en Lógica Formal, entrenado además en Lógica Metemática. Junto
a Noel de la Noval pudo mantener viva esa tradición formalista del pensamiento filosófico, cuyo pasado
inmediato fue el profesor Justo Nicola, entre otros méritos prologuista de la edición cubana de los estudios
de Lógica de Aristóteles bajo el título de Organon.

Vázquez ha salido a la luz pública recientemente gracias a un discurso que dictó en La Habana con motivo
de la clausura del tradicional “Encuentro de Filósofos Cubanos y Norteamericanos” (2005). Como era de
esperar, se opuso al bloqueo, reiteró la disposición de todo el claustro a luchar hasta el final por la
revolución y celebró lo que llamó la “valentía” de esos filósofos que, desafiando al imperio, viajan a La
Habana a confraternizar con sus colegas cubanos. El Decano Vázquez, quien fuera mi profesor de
silogismos y lógica monovalente, debe considerar al menos estos puntos en su próximo discurso:

1-Además del bloqueo norteamericano, debe levantarse también el bloqueo  castrista al pueblo y
profesorado cubano. Debe revisarse toda la legislación universitaria que controla los viajes al extranjero y
que permite manipular, chantajear y domesticar al claustro. Debe, en sentido general, criticarse la Ley 77-
95, el “autobloqueo” castrista, que controla la libertad económica en el país.

2-En la medida en que los profesores (y no solo la burocracia epistémica) sean libres, la cultura nacional
estará protegida, sin necesidad de que malgasten su tiempo en entrenamientos fraudulentos, en
donaciones para milicias teatrales y demostraciones de fe ideológica humillantes como las que ejercita el
propio profesor Vázquez.

3-No se trata de valentía sino de garantía. Tanto el profesor Cliff Durán, como el resto de visitantes afiliados
a la Radical Philosophy, están protegidos jurídicamente y apoyados económicamente para viajar a Cuba;
incluso, si ese viaje incluye discursos en contra de las propias instituciones que les cubren sus gastos.

El Decano Vázquez sabe que, a pesar de toda su bondad (el “volunteer” americano se parece más al
hombre nuevo que todos nosotros), y hasta ingenuidad, la Seguridad del Estado atiza el ánimo de
confrontación contra los visitantes norteamericanos, a quienes consideran lobos disfrazados de ovejas. De
esa deslealtad hacia quienes defienden a Castro en los Estados Unidos también debería hablarles, al
menos comentarles en privado por pudor o agradecimiento.

A pesar de todo el compromiso ideológico que el cargo de Decano supone, el hecho de que tres de los
cinco que ha tenido la Facultad de Filosofía, Historia y Sociología en el último cuarto de siglo se
identifiquen con familiaridad (Tony, Teresita, Pepe), supone en el fondo cierta complicidad a favor. Al Dr.
Oscar Guzmán se le decía simplemente Guzmán porque era un Teniente Coronel del Ejército; al otro se le
llama Zardoya, a veces Rubén. Personalmente veo esos tientos como muestras de desconfianza, como
una resuelta decisión de no querer. De no quererle.

El Decanato y la Rectoría universitarias son instituciones que resumen, a manera de síntoma, la marcha
política del país. Una buena memoria espera el momento de ser considerada.

 

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