Cuba es la noche*


                                 “Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche.
                                   ¿O son una las dos?…”

                                                        (Jose Martí).

El filósofo francés Gilles Lipovetsky escribió un texto donde hacía constar la

predominancia del “relativismo moral” de nuestros días basándose en “cifras”. Citaba,

por ejemplo, una encuesta a la juventud francesa donde se preguntaba acerca de la

legitimidad de la cooperación con la ocupación alemana si el objetivo de la misma fuera  

el bienestar material individual. Al parecer, 3 de cada 5 jóvenes encuestados estaría

dispuesto a colaborar con las tropas extranjeras por sobrevivir materialmente. La vida lo

justifica: vale todo.


El título de su libro no puede ser más sintomático: El crepúsculo del deber. ( A este

oscurecimiento han antecedido el “crepúsculo de los ídolos, de “los héroes”, de “los

dioses” y, por supuesto, esa más concreta que es la de “Occidente”. Y a cada uno de

ellos, desde Nietzsche hasta Lukacs y Garaudy, desde Levi-Strauss hasta Francis

Fukuyama, corresponden los respectivos decretos de muerte.


La sensibilidad cubana, por cierto, padece este ánimo anti-sacrificial; como la de los

jóvenes franceses, está más cercana al “placer” que al “deber”. Este es el eje axiológico

de los recientes “post-balseros”: no nos pregunten por Castro, nosotros venimos aquí a

comer jamón (jamón, símbolo del bienestar en la imaginería criolla) igual que ustedes.

Muy a tono con lo anterior están los crecientes cuestionamientos a la convocatoria a la

inmolación que hace el Himno nacional cubano: “morir por la patria es vivir”. Lo ha

objetado, por ejemplo, el profesor de North Carolina Univ. Gustavo Perez Firmat, quien

le ha recordado a los bayameses con postmoderna ironía que morir por la patria, es morir;

o que hay “otras noticias para los bayameses”: vivir lejos de la patria es tambien vivir.


Es curioso también que La Bayamesa, una muestra de las devociones francofílicas de la

burguesía cubana en el ámbito de la música (remite inevitablemente a La Marsellesa),

gire, en un texto dedicado a la exaltación de la naturaleza y la mujer criolla, hacia el

nacionalismo sacrificial cuando asegura que, a pesar de todo el bucolismo amoroso en

que está envuelta, ella (la cubana, la bayamesa) lo abandona todo cuando “siente de la

patria el grito”. Esa fuga hacia el deber desde el placer es tratada de manera fideista en

la propia canción al significarla como “lema” y  “religión”.


A partir de un bocadillo deslizado en un drama martiano de juventud titulado Abdala, se

ha llegado a nombrar precisamente como síndrome de Abdala a ese hábito inducido

desde los espacios de fabricación de lo nacional  que recomienda la inmolación personal

(individual, familiar y comunal) como liturgia de la religión nacionalista. En el citado

drama Martí hace que el protagonista califique como “ridículo” al amor sencillo

profesado a “la tierra que pisan nuestras plantas”; y trata a su vez como amor patriótico

legítimo al “odio invencible” y  al “rencor eterno” a quien esa tierra ataque.


Jose Martí trabajó la reivindicación americana desde la perspectiva de la “otredad

invasora”, que el apreciaba como “perturbadora” y “contaminadora” de un pasado áureo;

cuestión que es, por demás, de ascendencia helénica. Las edades de Hesíodo, por ejemplo,

están coronadas por la suprema Edad de Oro, que es el nombre de la revista infantil

fundada por Martí. La infancia, Grecia, es esa edad donde la sociedad era naturaleza

intocada, virgen. Igual que las tierras de América antes de la llegada del invasor, del

“tábano fiero”. Pero lo más curioso de todo esto es que la voz reivindicativa de Martí se

alza precisamente desde el centro mas pujante de la modernidad Occidental, lo que le

crea eso que llamamos un problema de legitimidad de discurso.


En su Flores del destierro aparece un curioso poema titulado Al extranjero: ?quién es ese

que de afuera viene o que afuera esta? ?que busca el alien que en la otredad florece o

desde la otredad domina?. Quizás el propio Jose Martí. Ha visto desde lejos lo que le

parece errado, aunque no injusto; y opta por advertirlo. Pero advierte a la vez que

amonesta, y por eso destroza lo escrito, porque no puede regañar, desde lejos, a quienes

considera su familia (“El crimen es al fin de mis hermanos”). Desde un lugar de emisión

de sentido caracterizado por la diafanidad, desde un sitio donde no hay confusión alguna,

quiere Martí revelar la gran verdad: “… !que mi patria/ Piensa unirse al bárbaro

extranjero!.”


La rica ambivalencia que le provocan a Jose Martí los anexionistas cubanos se puede

percibir claramente en una Carta abierta a Néstor Ponce de León. Es un bello poema

cuidadosamente censurado por la edición de las Obras Completas de Jose Martí realizada

por la Editorial Ciencias Sociales, donde este se excusa, aunque no piense como ellos, de

haberle dicho “viles” a los anexionistas. La reconciliación con “las ideologías cubanas”

avanza paso a paso con la madurez intelectual de nuestro tiempo: casi habiéndose ganado

en el empeño por que no se consideraran “flojos” a los autonomistas, ya empiezan a salir

voces que reivindican la cubanía del anexionismo. Una ideología aún más compleja y

desafiante en este mundo globalizado, donde la soberanía cultural prima sobre la ya ilusa

independencia política.


Abdala es, ciertamente, un texto de juventud; pero mucho tiempo despues Martí seguía

predicando, en la misma línea sacrificial, que la patria no era “pedestal”, sino “ara”. Martí

promovió casi siempre una relación de mortificación con la cubanidad, gente y naturaleza

incluídas; quizás sea por eso, por constituir una excepción, que Lezama Lima celebrara el

Diario de campaña de Cabo Haitiano a Dos Ríos como un manifiesto de la festividad

cubana. Fue ese Diario el verdadero requiem de la martianidad; la preparación gustosa,

incluso gastronómica (en su programa “revolucionario” Cocina al Minuto Nitza Villapol

llegó a recomendar “sabrosas” recetas martianas), para la incorporación a la eternidad.


El síndrome de Abdala es visible en los arrebatos de solemnidad del catolicismo

nacionalista cubano, al igual que en el milenarismo de los apocaliptólogos ateos del

castrismo. Es curioso percibir como esos dos polos de la modernidad (?) cubana arrastran

al resto de las denominaciones religiosas hacia el dogma patriotico. Lo pude ver en una

visita al Seminario de Matanzas donde se analizaba la significación del año 1898 para la

historia cubana. Allí se desplegó el Programa Nacionalista Protestante (y sacrificial

también, a pesar de Max Weber) que trataba de acusar a los católicos como papistas

aliados a la corona española, mientras los pastores que llegaron incluso como elementos

de la parte civil de la intervención norteamericana se construían ante nuestros ojos como

evangelistas de la racionalidad tecnológica con miras puestas en el mejoramiento

nacional.


El tremendismo político con frecuencia obvia el candor naturalista martiano reconocido

incluso en sus imágenes mas elementades en el ámbito sentimental-propagandístico; me

refiero, por ejemplo, a ese que segura que “el arroyo de la sierra” le “complace más que

el mar”. Por supuesto, aquí puede encontrarse también un desliz simbólico. Resulta que

entender “arroyo” en el sentido de sencillez natural y “mar” como fuerza bárbara,

sofisticada, obliga a regresar al tópico del “bárbaro extranjero”; es decir, a reincidir en la

variable política de la interpretación.


Uno de los poemas más interesantes y menos referidos de José Martí se titula Odio el

mar, y cobra mayor diemensión aún si tenemos en cuenta la importancia de este

elemento, el mar, y en general “el agua” (el “fundamento” de lo existente para Tales de

Mileto), en la definición cultural de una isla.


La relación incómoda que con el mar ha tenido la sensibilidad literaria cubana es algo

que está aún por estudiar. Hasta la aparición de la “marinera” obra de Reinaldo Arenas,

donde el agua rebota por los cuatro costados, la literatura cubana muestra un aire

marcadamente “continental” y un regusto notable por los reinos y las monarquías

ancestrales. Aquí las islas parecen tierras perdidas dentro de otras tierras anchas, y el

agua asoma como elemento incidental. Algunos títulos de la narrativa cubana del siglo

XX evidencian esta inclinación hacia la continentalidad de lo “rancio aristocrático” y no

hacia la teluricidad de la ola o el arrebato del cacique: El reino de este mundo

(Carpentier), El palacio de las blanquísimas mofetas (Arenas), Un rey en el jardín

(Paz), Tuyo es el reino (Estevez), El rey de la Habana (Gutierrez).


Guillermo Cabrera Infante hizo la observacián de que, en el malecán habanero, la gente

se sienta de frente a la calle, dando la espalda al mar; asi parece comportarse la media de

nuestros escritores. En Odio el mar Jose Martí convierte al agua en el vehículo a través

del cual llega el invasor, y este a su vez en el heraldo de la maldad. Su elección estaba

desde ya elegida, por lo que es doblemente simbólica su muerte en Dos Ríos: enterrado

entre afluentes perdidos en la tierra adentro de la isla cubana.


Es también curiosa la creciente popularidad de este epigrama de Nicolás Guillén, titulado

por la revolución de 1959 como el “poeta nacional”, en detrimento de Heredia, el

candidato republicano a esa plaza. Nicolás Guillén recordó una vez la sospechosa

distancia del arcaico imperativo de la segunda persona del plural de un verso del Himno

nacional cubano que rige: “Al combate corred bayameses/ que la patria os contempla

orgullosa/ no temais una muerte gloriosa/ que morir por la patria es vivir.” Después de

citarlos, pregunta con suspicacia: “?Y por qué no corramos?.” Hoy se suele ver en ese

ejercicio epigramático el deslizamiento de una sutil sospecha sobre la productividad real

de los sacrificios a la patria, la nación, la revolución; es decir, a esos metarrelatos

holísticos con que la modernidad pretendía disolver las rebeldías de la singularidad.


A pesar de que algnos historiadores como Rafael Acosta de Arriba han documentado la

voluntariedad y entusiasmo con que los bayameses se lanzaron a un acto de inmolación,

dándole fuego a su villa antes que cayera en manos enemigas, desde el punto de vista del

sentido comú cuesta trabajo entender que un sujeto concreto, digamos un vendedor de

vinos, le resulte má injurioso comerciar bajo bandera azul que bajo bandera roja. Los

móiles reales de los hombres, decía el propio Jose Martí mientras defendía el

“tacitismo” en sus Cuadernos de apuntes, están muy lejos de las operaciones de

elaboración conceptual con que la historiografía pretende organizar la información de que

dispone.


José Martí escribe Nuestra América en enero de 1891, para ser publicado en un periódico

mexicano llamado El partido liberal. Es decir, escribe desde el punto más dinámico de la

modernidad Occidental para afianzar un proyecto de mancomunión multinacional que

haría, al fin y al cabo, de varias proto-naciones una sola gran nación que el llama Nuestra

América.


En su artículo José Martí emplea un estilo discursivo totalizante, lleno de sonoridades

tribunicias que revelan su insercion en el costal político-religioso de la modernidad. Su

contacto permanente con las esferas religiosas durante su estancia en los Estados Unidos

tuvo que marcar definitivamente su trabajo; en particular, debió haber sido definitivo ese

estilo norteamericano de “estetizar”, mediante cantos e invocaiones, el mensaje religioso

y político. En rigor Nuestra América no está escrita sino que está dicha; es un dictum, no

un scriptum.


El artículo, cuya asimilación por sus lectores-destinatarios está aén por precisar,  

comienza con una objeción a lo que Martí llama “el aldeano vanidoso” quien “cree que el

mundo entero es su aldea”; sujeto que se desentiende de los macro-problemas

"universales" si el círculo de sus intereses individuales marcha bien en varios ámbitos.

Estos pueden resumirse en:


1-Ambito de poder político (“con tal que el quede de alcalde”).

2-Ambito de satisfacción emocional y prestigio individual (“le mortifiquen al rival que le quitó la novia”).

3-Ambito económico (“le crezcan en la alcancía los ahorros”).


Considerar que un individuo deba condenar, criticar o “revolucionar” un orden más o

menos transcendental, natural o histórico, que le está garantizando una satisfacción en

esta triple escala revela una de las características más notables de la política martiana: la

ilusividad. En sentido estricto Jose Martí no tenía un conocimiento cabal, a nivel de

convivencia, del indio, el campesino, el guerrero americano. Desde el punto de vista de la

"racionalidad moderna" resultaría patológico que un sujeto se revele contra un orden que

le beneficia.


Por si fuera poco, el hecho de emitir su discurso “nuestroamericanista” desde el epicentro

de la modernidad anglosajona le crea un problema que conocemos hoy como de   

“legitimidad de discurso”(The problem of speaking for another). A un nivel más  

concreto, digamos el militar, se le presento cuando el jefe (de origen dominicano)

Máximo Gómez le dio el grado de general sin haber participado en una acción combativa,

levantando el natural celo de la tropa.


En su análisis social, que servirá de base a su accion política, José Martí parece

desconocer el sistema de coordenadas motivacionales que, en base a intereses, conforman

los programas políticos. ?Por qué debe “el aldeano vanidoso” querer cambiar un orden

que le beneficia?. La respuesta martiana a esta pregunta se basa en argumentos morales,

poéticos y religiosos; es decir, está considerando “naturaleza humana” lo que es en

verdad distinción de la una vanguardia etica. Arturo de Carricarte, en un polémico libro

que la República paso por alto (y para la Revolución ni ha existido), y titulado La

cubanidad negativa de Jose Martí (La Habana, 1934) parece adelantar una respuesta:

poco se parecía Martí al pueblo cubano que queria redimir.


Este libro ha sido tan silenciado antes y después de la revolución de 1959, que algunos

estudiosos contemporáneos de las connotaciones históricas de la obra martiana repiten

sus tópicos sin reconerse como parte de una tradición discursiva (que, por cierto, incluye

el conocido “Bobo” de Abela) que situó en la polisemia de la verbosidad martiana una de

las fuentes principales de las incomprensiones políticas cubanas.

La combinación de estos dos hechos complementados con sendas desatenciones:

1-que el pensamiento cubano haya alertado acerca de la falibilidad de edificar una república política
sólida utilizando como texto fundacional (?sagrado?) la obra (prosa y verso) poética de José Martí,

2-que a pesar de todo las diferentes formulas políticas de la isla (incluso el anexionismo) se hayan
legitimado en su letra,

muestra una vez más, en esta ocasión de cara a la propia historia cubana, que la

“realpolitik” no se factura a la medida de la legibilidad política de los textos en que se

inspira o, en cualquier caso, confiesa inspirarse. El saber social poco ha tenido que ver

realmente con los resultados “civilizatorios” de Occidente, ya sea en el sentido negativo o

positivo. Conocimiento y política han tratado de protegerse mutuamente. De ahí también

que la posibilidad de ese encuentro se perfile como una fuente de esperanza utópica o, en

el otro extremo, como la vía más segura para la autodestrucción definitiva de la especie.


Lo anterior revela entonces que con el uso político de Martí pasa algo bien distinto a la

simple persistencia en un error avisado; se trata de un código, un estilo, de algo así como

el abece de la política cubana. Esto previene sobre un asunto muy importante que

podemos ubicar en el campo del marketing político: a pesar de todo el hastío que parte de

la intelectualidad cubana, y una parte mayor aún del resto de la población, siente por los

usos (que han llegado a ser abusos) públicos de José Martí, ninguna demagogia política

serú exitosa si no se afinca en la autoridad apostólica del legado martiano.


Al escribir la nota  “Al lector” de La cubanidad negativa del Apóstol José Martí,

Manuel I. Mesa Rodríguez, su editor, dice refiriéndose al cubano: “… este pueblo

plasmado en todas las formas, menos la que Martí aspiraba que tuviera…”; esta frase

muestra toda la fuerza compulsiva con que la martianidad (que pudiera aspirar a ser el

verdadero terreno de la identidad cubana si su imagen no estuviera tan lesionada dentro

de la isla) obliga a los intelectuales cubanos. Mesa Rodríguez está prologando un folleto

que dará cuenta inequívoca de la vacuidad de la invocación a José Martí y, sin embargo,

no puede librarse de asumir ese síntoma como carencia salvable, transitoria y rectificable.


Arturo de Carricarte firma su texto el 10 de agosto de 1931, es decir, en pleno desenlace

del machadato, cuando todas las facciones en pugnas hacen una enfática profesión de

martianidad. Ese panorama le hace escribir: “… muy poco se conoce al Maestro entre

nosotros y que le corresponde lugar conspicuo entre los grandes fracasados del mundo.”

(op. cit. p.7) Carricarte, de hecho, tampoco renuncia a la autoridad  aunque amoneste

sobre la distancia real entre su pensamiento y la gente que lo pretende públicamente; de

paso consigue algo interesante: vincular esa situación con la versión escéptica del

discurso axiológico acerca de la cubanidad.


Llamar a Martí fracasado es un juicio muy significativo si consideramos el punto de vista

de la sensibilidad dominante en el público que debería consumir el veredicto. Como se ha

asegurado más de una vez, se ha de tener en cuenta, al menos por su honestidad, aquella

opinión que perjudica abiertamente a quien la emite. Siempre que no se trate de una

simple ingenuidad, por supuesto.


La cuestión sobre la que Carricarte basa sus reflexiones es aun de pertinente actualidad:

“?En qué concepto, pues, puede considerarse a Martí `representante` de un país que

pensaba distintamente, que tenía principios diferentes, que se expresaba de manera

totalmente diversa del modo habitual de conducirse en la tribuna y con la pluma que es

característico del Apóstol?.” (op. cit. p.16)


Es importante considerar que la divulgación editorial de Martí, a nivel de pueblo, se

llevaba a cabo a través de necesarias maniobras editoriales. Es el caso, por ejemplo, del

tomo Granos de oro, colección asistemática de aforismos de Martí seleccionados por

Rafael Arcilagos y, según se asegura, pagado por la familia Bacardí. Ese era, según

asegura Carricarte, la principal fuente documental por la que se conocía a Jose Martí.    

Pero no solo “fracasado” llamo Carricarte a José Martí, tambien le dijo “espejismo”:

“Vivimos en y a costa de un espejismo, que por estimarlo realidad está produciendo

inúmeros y trascendentales daños: el creer que la invocación constante, cotidiana y en

los más casos `bona fide` de las ideas de Martí, significa que este plasmándose la

República a la manera que el quería.” ( ibid. pp. 21-22)


Ya Carricarte ve conjugarse un manejo abusivo de José Martí por parte de las élites políticas y

sus publicistas, con una indiferencia real de los receptores populares invocados en las

arengas de aquellos. Por esta razón, si bien podemos decir que las élites entreveían la

importancia y pertinencia del estudio y utilización de los escritos martianos, el tan

pretendido (incluso por el mismo Martí) “pueblo cubano” solo conocía las versiones más

reiterativas en la oferta propagandística.


Que este pasado esta vigente y muestra una continuidad ritual entre la República y la

Revolución lo demuestra la edición de la revista Bohemia (25 de enero de 2002. Año 94,

No. 2) dedicada a conmemorar este año otro aniversario del nacimiento martiano un 28

de enero (fecha en que, excepcionalmente, ocupó la presidencia en 1909 José Miguel

Gómez, la única señaladamente martiana anterior al traspaso de poder en

Estados Unidos, y distinta a la establecida en Cuba para el evento: un 20 de mayo, día de

resurrección después del de su muerte, el 19 de mayo).


En el artículo editorial de esa edición de Bohemia, firmado por Ibrahim Hidalgo de Paz,

se afirma con poco disimulada intención ideológica: “Para el dirigente político que

llamaba a su pueblo a una guerra de liberación nacional contra un poder absoluto,

intransigente, antidemocrático, no bastaba con formar combatientes para las batallas que

se librarían con fusiles, sino para los enfrentamientos ideológicos que tendrían lugar

antes, durante y después de la contienda.” (edic. Cit. p.6) En la esquina de la página, una

foto de la Plaza de la Revolución plagada de manifestantes y, junto a ella, una paráfrasis

de la anterior sentencia.


La problematicidad con que Carricarte trabaja el asunto de la cubanía de Jose Martí pone

de manifiesto toda la vanalidad que estas manipulaciones políticas pueden entrañar: “El

`cubanismo` de Martí en lo que significa amor a Cuba, -que en el fue pasión desbordada,

abnegadísima- es obvio; por nadie ha sido superado y aun téngolo por insuperable, ni

siquiera igualable en punto a desinteres y perseverancia; pero, su `cubanidad`, en lo que

ella implica de identificación entre el país y su redentor, forzoso resulta confesarlo: es

absolutamente negativa.” (op. cit. p.23)

Las relaciones de José Martí con el elemento de base fueron siempre complejas,

ambivalentes. Hay frases donde demuestra intuir cabalmente el grupo con quien trata,

pero otras que lo distancian notablemente de la realidad, lo que solo estaría justificado en

el caso de una frase performativa, de marketing antropolígico para la (demagogia)

política, donde no se dice lo que es sino lo que se quiere que sea.  Es decir, Martí busca

en el desajuste con lo real un estímulo para que la misma realidad se alce hasta el nivel

del discurso.


Esta agónica relación de desajuste y resignación con los términos de la cubanidad pueden

observarse en su poema Isla famosa.  En el primer verso Martí enuncia un estado de

ánimo que, dado el “yoísmo” tan intenso de su poesía, podemos considerar como el suyo

propio. Confiesa:

“Aquí estoy, solo estoy, despedazado.”

“La roca”, el fundamento originario sobre el que funda la cristiandad, tan visible en él al

menos como cultura, está ceñida (otras vez) por “vapores del mar”. Su condición

espiritual la presenta de manera muy precaria:

“Sacra angustia y horror mis ojos comen”

Y piensa entonces, duramente, en lo fútil que puede ser su intento fundador:

“A qué, Naturaleza embravecida,
A qué la estéril soledad en torno
De quien de ansia de amor rebosa y muere?
Dónde Cristo sin cruz, los ojos pones?
Dónde, oh sombra, enemiga, donde el ara
Digna por fin recibir mi frente?
En pro de quién derramaré mi vida?.”

De inmediato el vigía cubano se repone y desde una dura altura, mirando, logra por un

instante extasiarse con los reales soldados, con los héroes reales (no inventados en una

tribuna tendenciosa) de su proyecto revolucionario:

“El hombre triste de la roca mira”

Mira, decíamos, y se encanta con la cubanidad real:

“En lindo campo tropical, galanes
Blancos, y Venus negras, de unas flores
Fétidas y fangosas coronados:
Danzando van: a cada giro nuevo
Bajo los muelles pies la tierra cede!”

Y al final, claro está, la recuperación de la capacidad de juicio de un hombre tan sensitivo como racional:

“Y cuando en ancho beso los gastados
Labios sin lustre ya, trémulos juntan,
Sáltanles de los labios agoreras
Aves tintas en hiel, aves de muerte.”


La ambivalencia identitaria de Martí (de la cual no duda, sin embargo, Carricarte) se

percibe en la frase: “Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche”; así como la afectiva en esta

otra: “yo no puedo ser feliz, pero sé la forma de hacer feliz a los demás.”

Pero es más interesante aún que Martí se cuestione, en el segundo verso de su poema, la

efectividad de esa escisión:

“?O son una las dos? …”

Y esta es, en verdad, una de las cargas de José Martí, de muchos de nosotros: Cuba es la noche.


Igual partición encontramos en los juicios martianos acerca de la modernidad

norteamericana: unas veces la halaga, otras como le asusta. En Nuestra América hay

mucho de espanto en su consideración de norteamerica; alerta agudamente sobre el

porvenir, tal parece como ha entrevisto algo que le alarma; no tanto una realidad como un

destino. Por eso hace ruido en la felicidad presente del “aldeano vanidoso”, para

despertarlo; y le intimida con el “gigante de siete leguas” que puede ponerle la bota

encima o los cometas que, en sus querellas, pueden engullir mundos.


El estilo escritural de Marti también esta signado por esta dualidad. Combina el "estilo

duro" con el "estilo suave"; es decir, adelanta una oración diafana, una "idea clara y

distinta", e inmediatamente la relativiza. Martí se retrae, se contiene ante su propio

hallazgo. Y es que no escribe una idea previamente concebida, sino que le adviene en el

instante mismo de la escritura. Es como el profesor que no va al aula exponer lo que sabe

sino que va, precisamente, a saber, a sacar de dentro de sí una idea que solo puede ser

parida ante el alumno expectante y cuestionador: se trata de la reinvención crítica del

capítulo pedagógico de la Ilustración. En Martí hay una meditación creadora, pero hay

también, a todas luces, una escritura de creación.


Partiendo de Nuestra América podemos tomar al menos tres ejemplos de esta prudencia

martiana ante una afirmación tajante. En el mismo primer párrafo enuncia una idea que

puede tomarse como un emblema de ciertas tentaciones martianas por la violencia: "Estos

tiempos no son para acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de

almohada…"; pero inmediatamente acota la afirmación con una frase que a su vez puede

regir cualquier programa de lucha no violenta: "… las armas del juicio, que vencen a las

otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras." (Op. cit. Obras

escogidas, Costa Rica, 1976. p.355)


En una frase halagadora de la "docta ignorancia", que recuerda aquella anécdota de los

campesinos de Chesterton, Martí postula que "… el libro importado ha sido vencido en

América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados

artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico." (ibid. p.358) Pero

después de afirmar esto, asegura que, de cualquier modo, el "buen ignorante" exhibe su  

natural sabiduría cuando es capaz de reconocer al portador del saber verdadero (?al

propio Martí?): "El hombre natural es bueno y acata y premia la inteligencia superior,

mientras esta no se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende prescindiendo de él, que

es cosa que no perdona el hombre natural, dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de

quien le hiere la susceptibilidad o le perjudica el interes." ( ibid. p.358)


Sobre esta frase pesa una gran sospecha de populismo epistémico al servicio del interés

político; Martí parece halagar al "militante de fila", al "votante", al feligres y oponerlo al

"criollo exótico" que, como el, esta pretendiendo la masa. Martí necesita seguidores para

ejercer su apostolado, y no los puede conseguir sino arrebatándoselos a los otros

demagogos que les echaron mano con suerte primera. La "inteligencia superior" del

"criollo natural", portador (como el) ya no de la "falsa" sino de la "legitima erudición",

acapara la atención y los anhelos de los hombres naturales; pero a la vez hay que

considerar que es más alto, un “apóstol”, el hombre que es capaz de considerar todo esto.


Por eso Martí, a diferencia del "criollo exótico":

-No daña al hombre natural valiéndose de su sumisión.

-No le ofende prescindiendo de él.

-No le hiere la susceptibilidad.

-No le perjudica el interés.


No hay una poética de la política en este José Martí, sino una política de la poética. Martí

pretende forjar un continente político cuyos cimientos son metáforas. Está proponiendo la

transformación de un pueblo; sin embargo el objeto de tal transformación, el propio

pueblo en su estado presente, es definido con esta figuración descomunal: “pueblo de

hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la

acaricie el capricho de la luz, o le tundan y talen las tempestades”.


Para decirlo de una vez: Martí desconoce los fundamentos de la política moderna. Por eso

su Partido Revolucionario Cubano pretende la unidad de todas las fuerzas, a la manera de

una fraternidad o mancomunión total. Puede parecer irónico, pero el Partido Comunista

de Fidel Castro, pretendiendo engullir todas las bases sociales de la sociedad cubana, está

más cerca de ese tipo de "partidismo martiano" de lo que muchas veces estamos

dispuestos a reconocer.


Martí descaracteriza aquí con rara cábala el objeto de su querella; resulta que quienes

prefieran ser “aldeanos vanidosos” son por ello hombres sin fe, de “siete meses”, la

cantidad justa, siete, con que recorre leguas el gigante. Una complicidad matemática que

está más cerca de la numerología que de la política.


No es tampoco infundada esa cercanía calibanesca que Roberto Fernández Retamar ha

descubierto en el José Martí de Nuestra América. Hay en sus páginas un elogio de lo

plebeyo, de lo “bruto” (en el sentido de no-refinado) como naturaleza. Esto puede

explicarse de varias maneras; quizás, como una reverencia del poeta a las fuerzas

vírgenes (la virginidad es una “gracia” muy desprestigiada, e incomprendida, por la

modernidad), o como un ejemplo del escape que algunos intelectuales hacen del grupo al

que pertenecen por ciertas discordias mantenidas en su seno. Los ejemplos clásicos,

según Isaiah Berlin: Marx adorando al mismo proletariado que despreciaba, y Disraeli

moviéndose entre la nobleza inmaculada.


Las tres condiciones del hombre relegado que la Biblia canta como objeto de salvación

son destacadas en las preferencias emancipatorias de Martí; él también apuesta  por una

humanidad:

-fuerte,

-sufrida,

-pobre.


Dice en Nuestra América al respecto: “No les alcanza al úrbol difícil el brazo canijo, el

brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede

alcanzar el árbol.” Y prescribe a continuación: “Si son parisienses o madrileños, vayan

al Prado, de faroles, o vayan a Tortoni, de sorbetes.”


En Martí se percibe claramente la agonía de la identidad. Afronta, y de alguna manera

recrea para la conciencia posterior, el tema de la copia, invención o adaptación de las

teorías europeas a nuestra realidad; problema que es casi un tormento en Simón

Rodríguez. La posición de Martí tiene fuerza utópica: no debemos copiar lo hecho, hay

que “inventar” (un verbo emancipatorio de Rodríguez). El busca algo “revolucionario”,

radicalmente nuevo. Por esa razón llama a EE.UU. “país naciente” y a los de Nuestra

América “pueblos originales” (?originarios?).


A un “país naciente” le es dado buscar en la vieja Europa las fórmulas de su propia

modernidad; en él es natural el pedir “formas que se le acomoden y grandeza útil”; pero

esto les está vedado a los “pueblos originales” caracterizados por una “composición

singular y violenta”. Estos pueblos originales no deben imitar a Europa, y tampoco a los

EE.UU., el “país naciente”, que lleva cuatro siglos ensayando las leyes europeas en plena

libertad.


Para Nuestra América José Martí quería una teleología autóctona, crecida con “métodos e

instituciones nacidas del país mismo”. El telos de la ruta martiana es, como él mismo

dice: “un estado apetecible, donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de

la abundancia que la naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo

y defienden con sus vidas.”


Solo vale apuntar ahora que en 1875, mientras glosaba el Proyecto de Programa de

Gotha (para la unificación de la socialdemocracia alemana), Marx había avanzado los

fundamentos básicos de su utopía, el otro "estado apetecible" que, junto al martiano, han

conformado la tensión futurista del presente cubano en la segunda mitad del siglo XX. A

diferencia de Martí, Marx no se confía de la naturaleza sino del trabajo; pero a semejanza

de el, diseña un futuro de "abundancia" plena (dijo Marx: "donde corran a chorro los

manantiales de riqueza colectiva").


Fue en algún momento de los años `60, no antes, cuando el guevarismo torció esta tesis

de la "abundancia" (reivindicada por Fidel ante Sartre) y se generó una versión

"franciscana", "sacrificial", "deberista" de la utopía. El "deber", justo el valor que hoy

está derrotado en el ámbito de la cultura por el "placer", sirvió a Martí como elemento de

fascinación política conducente hacia una república utópica de satisfacción. Ese mismo

"deber", se convirtió en un momento de la historia cubana en la fachada pública en que, a

la manera de Bernard de Mandeville, los cubanos disimulaban sus placeres (?vicios?)

privados.


Gonzalo de Quesada, en el año 1886, le dijo a José Martí "apóstol" de Cuba. El aceptó

con gusto la insinuación del amigo. Dicen que un dia, al llegar a Tampa, y después en

Cayo Hueso, le aseguró a quienes le esperaban: "Yo traigo la estrella, y traigo la paloma".

El mesianismo de Nuestra América la hace más un documento poético con fuerza moral

que un programa intelectual efectivo para lograr claridad en la política latinoamericana

concreta. Su aliento redentorista y su sonoridad celestial lo distancian bastante de la

sensibilidad de este mundo que, mas que salvar a otros a través de la verdad vislumbrada,

lo que quiere es jugar, jugar para ganar.


NOTA:

*Una versión de este ensayo fue leída el sábado 25 de mayo en el Roger Smith Hotel, de New York City,
donde el Centro Cubano que dirige Iraida Iturralde organizó un memorable homenaje a la República
Cubana en su centenario.

 

 


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