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Sancho y el arte de gobernar.

                        
 
                                                                   En política, las ambiciones sinceras
                                                                       son más creíbles que el altruísmo.
                                                                                                         L. de Pitha.
                                            
                                                                             I.

No son pocos los pensadores y filósofos que refieren la gestión administrativa de Sancho en la ínsula
como un paradigma de sabiduría y racionalidad política. Hegel utilizaba este pasaje de la novela
cervantina en sus Lecciones de historia de la filosofía para ilustrar aquella parte de la filosofía sofística y
socrática que tenía que ver con el arte de gobernar; lo que significaba, implícitamente, que Sancho había
sido hábil hasta en el manejo de los elementos retóricos del poder.

Ese hecho, destacable aunque sea por el marcado germanocentrismo del prestigio filosófico, nos lega un
interesante problema. Si era Sancho apenas un "panza", una persona entregada a la ansiedad vulgar
por la satisfacción de las necesidades más elementales de la vida, ?cómo pudo alcanzar ese nivel de
certeza en la toma de decisiones?; o lo que es lo mismo, ?cuáles fueron las fuentes de su imaginación
política?.

Estas llamadas "fuentes" pueden agruparse al menos en dos grupos: las de carácter externo y las de
carácter interno. Entre las primeras se encuentran aquellas que contemplan épocas, intereses,
tendencias históricas, presupuestos, entorno social (del autor o del personaje), etc. Las segundas tienen
que ver con el universo intraliterario. Aquí lo que interesa es el mundo de la obra (la obra como mundo),
donde incluso eso "externo" se subordina a la lógica novelística.

Es esta segunda perspectiva la que me interesa ahora; específicamente, busco presentar algunos
elementos de la realidad y la vida (literaria) de Sancho, avanzados a lo largo de la novela, que pudieran
hacer comprensible, coherente e incluso predecible, su conducta política en la ínsula.

                              II.

Anque fue un coleccionista de constituciones y un conocedor de la política de primera mano, tampoco
podemos decir que la llamada Política de Aristóteles fuera un manual de técnicas para gobernar. Se
carteó con Alejandro, le supervisó en sus gestiones, y a pesar de ser un tracio fue aceptado como
"ciudadano" en Atenas, centro político de la Hélade, pero su obra está plagada de mitología y
especulaciones.

No obstante, el mito puede ser revisado científicamente para extraer de él categorías que permitan el
ejercicio del pensamiento; (1) además, aunque no es él mismo una técnica del poder, sí lo es el uso del
propio mito para "redondear" el proceso de dominación. Pero nada de esto hizo el filósofo.

No obstante, aunque cuestionable, es lícito (y cómodo por su nivel de generalidad) partir de la noción
aristotélica de la política como "arte de gobernar" para revisar los alcances y, lo que es más interesante
aún, las fuentes de la imaginación política de Sancho. Cualidad que le permitió resolver "casos" con
profundidad y perspectiva. (2)

Cuando utilizamos la palabra "arte" para referirnos a la gobernación, optamos explícitamente por una
estetización de la política. En este sentido, en el proceder político de Sancho destacarán elementos como
perspectiva, medida, proporción, equilibrio. En resumen, es la imagen, la plasticidad, lo que hace
admirable el paso "imaginario" (3) de Sancho por el poder. No es de extrañar, por tanto, esa inclinación
natural que tienen los pintores hacia la política; se mueven, o ellos creen que se mueven, en una misma
dimensión. Me atrevo a decir que, históricamente hablando, si los poetas han tendido a ser víctimas del
poder político, los pintores han sido cómplices.

La dimensión de "el mundo al revés" a que enredan los personajes de la novela, abre la posibilidad de
que un vulgar escudero como Sancho llegue a las cumbres del poder. Ya desde el inicio, cuando Don
Quijote opta por definirse negativamente, se abren las puertas (narrativas) políticas de Sancho en un
mundo que puede voltearse "... porque aquel bastardo de don Roldán me ha molido a palos con el tronco
de una encina, y todo de envidia, porque ve que yo solo soy el opuesto de sus valentías." (I. 140) (4)

Es el "mundo opuesto" al mundo, la propia novela cervantina, la circunstancia que da fuerza ontológica a
las posibilidades políticas de Sancho. Cuando el escritor actúa o se imagina como personaje, la
circunstancia que habita es "el alrevés" de su circunstancia. No hay nada que le limite social, psicológica
o ideológicamente para aspirar a la gobernatura en el amplio mundo de la imaginación literaria.

En el Capítulo X de la Primera Parte don Quijote dice algo a Sancho que conecta con lo que después le
acontecerá a este en la ínsula que gobierna. Dice don Quijote: "... hágote saber, Sancho, que es honra de
los caballeros andantes no comer en un mes, y, ya que coman, sea de aquello que hallaren más a
mano..." (I. 166) La abstinencia que el médico prescribe a Sancho en la ínsula viene a ser como una
imposición, por la vía de la farsa facultativa, de esta misma regla caballeresca. La simplificación del ritual
del poder es parte del sentido común con que el escudero ejerce su mandato.

Habría que atender la forma en que el ideal de caballería llega a influir en el propio Sancho. Creo que en
la ínsula hay algunos procederes que pueden encontrar antecedentes en ciertas afirmaciones de Don
Quijote adelantadas en la primera parte la obra. No tiene que ver esto, por supuesto, con la presencia de
un ideal político en sí mismo, sino con creencias adquiridas mediante el trato real (literario) entre estos
personajes. Nada más normal que el Sancho gobernador, ya en la segunda parte de la obra, después de
tanto tiempo, dé pruebas de haber asimilado valores de su señor; o, por lo menos, que los lectores seamos
capaces de tender puentes, más o menos artificiales, entre la conducta política de Sancho y el discurso
caballeresco desperdigado por don Quijote.

Aunque Sancho aplica justicia manejando diferencias, puede percibirse en su proceder una tendencia al
establecimiento del equilibrio; las diferencias que legitima, en todo caso, no son pre-establecidas sino
derivadas del análisis de la situación concreta; "lo igual" está más cerca de esta dimensión que "lo
distinto".

El moralismo de don Quijote gravitará así en la gestión de Sancho, yendo más allá de un simple archivo
de las reglas de caballería concebido para hacer entender a su escudero una lógica de vida. La
caballería, le dice, encierra un "bien", (I. 168) concepto rector en cualquier sistema de eticidad; un bien
que puede alcanzar todo en el mundo, al menos en principio: "... porque de la caballería andante se
puede decir lo mesmo que del (amor se dice): que todas las cosas iguala." (ibid)

Además de un "ambiente político", de un convivio, que permitirá en fin de cuentas a Sancho gobernar,
aunque sea transitoriamente, una realidad que conoce, existe en la novela un "clima de moralidad" del
cual puede sacar pautas para ejercer gobierno, para "regir". La moralidad es tan radical que alcanza al
mismo Rocinante.

Es perceptible en el Capítulo XV de la Primera Parte cuando Don Quijote le dice a Sancho: "A lo que yo
veo, amigo Sancho, éstos no son caballeros, sino gente soez y de baja ralea. Dígolo, porque bien me
puedes ayudar a tomar la debida venganza del agravio que delante de nuestros ojos se le ha hecho a
Rocinante." (I. 202)

Un Rocinante "agraviado" introduce ya, desde aquella época, una dimensión de la eticidad considerada
universalmente, según "natura", lo que resulta de hecho muy contemporáneo.

A través de toda la novela los personajes están trazando un código moral en el que lo caballeresco no es
más que el eje más visible. Las acciones de don Quijote le permiten ir haciendo ese sumario de moral;
literariamente hablando, este logra situarse lejos del panfleto de corte "senequista" pues son los propios
sucesos novelados quienes abren paso a la prédica, no a la inversa. Por ejemplo: el incidente con los
arrieros le permite a don Quijote considerar con más efectividad que no debe un caballero andante
enfrentarse a alguien que no sea de su mismo rango; (ver: I, 203) o el suceso con los cabreros que le lleva
a considerar que debe un caballero andante dormir poco: "... que los de mi profesión mejor parecen
velando que durmiendo." (I. 174) O el lance con los "desalmados yangueses" que le hace evidente el
honor que en un caballero andante producen las "feridas que se reciben en las batallas." (I. 207)

Cuando es la prédica quien pretende amarrar el suceso, dominar los eventos de la vida, más que de ética
hablamos, como solía decir el mismo Hegel, de "cháchara moralizante". Ahora bien, ese archivo moral que
se va forjando a lo largo de la novela, y que decíamos puede nutrir de alguna manera la imaginación
política de Sancho, le ha servido también para resolver otras cuestiones. Cito esto ya que el proceso
puede someterse a analogía; es decir, podemos ver en el nivel novelístico el proceso a través del cual
Sancho convierte en principios de su acción maquinaciones que hace Don Quijote en el nivel general de
la eticidad. Evento análogo al que se operará después en la ínsula.

Por ejemplo, en el capítulo XVII de la Primera Parte, don Quijote se va sin pagar al hostalero esgrimiendo
argumentos de caballería incomprensibles para este. Ya que se le escapó el hidalgo, pretende entonces
cobrar a Sancho quien hace una "aplicación retórica" de lo que ha escuchado a su amo: "... dijo que,
pues su señor no había querido pagar, que tampoco él pagaría; porque siendo él escudero de caballero
andante, como era, la mesma regla y razón corría por él como por su amo en no pagar cosa alguna en
los mesones y ventas." (I. 223-224) De esta manera, deduce de una relación funcional la subordinación a
una norma igual.

La distinción entre ficción y realidad es muy compleja en esta novela. Podemos decir incluso que hay
varios niveles de ficción dentro de la misma realidad ficticia. Desde el Capítulo XVII de la Primera Parte
Don Quijote  empieza a dar muestras intermitentes de dominio conciente de lo real. Ahí dice al ventero:
"Engañado he vivido hasta aquí; que en verdad que pensé que era castillo, y no malo..." (I. 222)

Este es un elemento metodológicamente importante en el análisis de las fuentes de la racionalidad
política de Sancho pues casi descarta la primera opción; es decir, la posibilidad de encontrar fuentes
"objetivas" más allá de lo estrictamente novelístico. No es tanto que se haga imposible, sino que se torna
fútil.

Las valoraciones morales de don Quijote pueden ser motivo de burlas para el lector, incluso el autor
puede haber estado jugando con ellas, pero son muy serias en el universo mental de los personajes.

                                          III.

De cualquier modo hay que tener en cuenta que existe un universo no escrito que hay que considerar en
el estudio de esta novela. Entre la aparición de la Primera Parte de Don Quijote y la Segunda Parte ha
pasado algo. Cenvantes juega con eso; es un espacio (no vacío) a-literario muy importante en la definición
de los personajes.

Ha sucedido algo que no sabemos, no lo ha escrito el autor, no se presagia tampoco en el libro aparecido
y que hubiera podido ayudar a comprender, quizás a solucionar, el enigma de por qué un "panza" como
Sancho puede alcanzar un nivel tan alto de racionalidad política. Cervantes mismo introduce esta
posibilidad en el Capítulo VII de la Segunda Parte: "Admirado quedó el bachiller de oir el término y modo
de hablar de Sancho Panza, que puesto que había leído la primera historia del su señor, nunca creyó
que era tan gracioso como allí le pintan..." (II. 79)

De igual modo, Cervantes nos permite "admirarnos" de lo que puede hacer Sancho en poltica práctica en
esta segunda parte, en contraste con lo que cabría esperar de la información que sobre él tenemos a
partir de la primera. Es entonces esa realidad literaria no textual entre las dos publicaciones, donde los
personajes seguirían operando (fuera de la novela), el espacio que contiene la explicación de estas
mutaciones.

No es imposible concebir que entre ambos momentos a Sancho le hayan sucedido cosas (o las haya
hecho suceder) que incidan después en la lógica de su gobernatura. Una de ellas pudo haber sido la
entrada en conocimiento, al menos indirectamente, de un libro de gobernación no dirigido a gente como
él.

En el lenguaje político moderno la temporada de Sancho en el poder, diez días de carnaval, sería llamado
sencillamente "estado de excepción". Nada disminuye pues el mérito del buen gobierno de Sancho:
durante un "estado de excepción" se debe gobernar tan correctamente como fuera de él, aún cuando los
raseros sean diferentes y la "velocidad de poder" diferente. Esa racionalidad se alimenta, según el mismo
Sancho, no de las letras sino de Dios: "Letras, pocas tengo, porque aún no sé el A, B, C; pero básteme
tener el Christus en la memoria para ser buen gobernador." (II. 339)

Agrego a este recurso el sentido común. Y según el propio Duque, quien le abre las puertas del poder,
para gobernar bien cuenta Sancho además con la memoria: "Con tan buena memoria -dijo el Duque-, no
podrá Sancho errar en nada." (ibid)

En Sancho no hay fascinación por el poder, pero sí intuye las gratificaciones que este aporta: "... yo
imagino que es bueno mandar, aunque sea a un hato de ganado." (ibid) El Duque hace un ofrecimiento
generoso, pero se queda por debajo de las expectativas de Sancho quien desea una porción del cielo: "Si
Vuestra Señoría fuese servido de darme una tantica parte del cielo, aunque no fuese más de media
legua, la tomaría de mejor gana que la mayor ínsula del mundo." (II. 338)

Esta es la geografía del poder que se le otorga a Sancho, el locus político que le dará fama: "Lo que
puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada, y sobremanera
fértil y abundosa, donde si vos os sabeis dar maña podeis con las riquezas de la tierra granjear las del
cielo." (II. 339)

Gobernar el cielo o la tierra fue un elemento importante de la teología política medieval. El mismo San
Agustín dividió radicalmente las posibilidades de gobernar con justicia en un lugar u otro. Así, imaginó
una Ciudad de Dios donde el egoísmo se contrajera de manera absoluta; y una ciudad terrera donde el
interés individual primara por encima de los demás. Que Sancho deseara gobernar el cielo, así fuese en
una pequeña porción, antes que una notable ínsula del mundo, revela cuando menos una aguda
intuición. Es el sentido común refrendado en muchos de sus refranes, que no considera justicia en la
tierra sino de una forma muy irónica. El refranero es casi siempre muy incrédulo respecto a los hombres.

Aunque significamos que a Sancho pudiera interesarle realmente el poder, que llega a intuir sus
bondades, también es cierto que en el límite en que se dirime su salvación sabe escoger y rebaja la
importancia del mismo. Así replica: "Señor, si a vuestra merced le parece que no soy de pro para este
gobierno, desde aquí le suelto; que más quiero un solo negro de la uña de mi alma, que a todo mi cuerpo;
y así me sustentare Sancho a secas con pan y cebolla, como gobernador con perdices y capones..." (II.
347) Y termina sentenciando: "... más me quiero ir Sancho al cielo que gobernador al infierno." (II. 348)

Sancho alcanza además a nutrirse de los consejos directos de Don Quijote, quien muestra poseer un
concepto idealizado de la monarquía. En sentido general, Don Quijote le recomienda a su escudero basar
el gobierno en las siguientes virtudes:

1-Temor a Dios.

2-Conocimiento de uno mismo.

3-Equidad.

4-Compasión (piedad).

5-Misericordia.

La utilidad de estos consejos de Don Quijote es certificada por el propio narrador, quien autoriza: "Pero,
como muchas veces en el progreso desta grande historia queda dicho, solamente disparaba en tocándole
en la caballería, y en los demás discursos mostraba tener claro y desenfadado entendimiento, de manera
que a cada paso desacreditaban sus obras su juicio, y su juicio sus obras; pero en esta de estos
segundos documentos que dio a Sancho, mostró tener gran donaire, y puso su discreción y su locura en
un levantado punto." (II. 343)

Don Quijote también hace recomendaciones prácticas, por ejemplo, acerca de cómo usar el arte oratoria.
La revisión de los "discursos" políticos de Sancho muestra que son simples, dedicados a la solución de
casos muy específicos. No intenta fijar doctrina sino establecer justicia. Esto muestra que, descontando
algunos instantes en que se inclina a ser sentencioso, siguió de manera fiel los cosejos de su señor:
"También, Sancho, no has de mezclar en tus pláticas la muchedumbre de refranes que sueles; que
puesto que los refranes son sentencias breves, muchas veces los traes tan por los cabellos que más
parecen disparates que sentencias." (II. 344)

                                   IV.

En los capítulos XLV, XLVII, LI, y LIII, se narra en lo fundamental el tránsito de Sancho por el gobierno de
un singular país: una Insula Barataria, con una población de 1000 vecinos y fronteras de villa cercada,
iglesia incluida. El rango que allí ostenta Sancho: Gobernador perpetuo.

La clave del gobierno de Sancho es el sentido común. La praxis política que en ese ámbito se concibe
puede ser inclinada por el lector avisado a alguna que otra fuente erudita; lo mismo a algún manual de
gobierno que a teorías de la época, como puede ser el maquiavelismo. Sin embargo, este ejercicio es
problemático desde la perspectiva del análisis literario (quizás no del sociológico o histórico). Es casi
improbable que un personaje como Sancho pueda haber leído a Maquiavelo en un hostal o dehesa de
las visitadas en compañía de su señor; lo es también que leyera un manual de gobierno, por la sencilla
razón de que no estaban dirigidos a gente como él.

Uno puede encontrar, en efecto, frases "maquiavelistas" en los parlamentos de Sancho ubicados en los
capítulos señalados con anterioridad, pero eso no significa de ningún modo que Sancho se haya guiado
por tales ideas y libros en la práctica de gobierno. En el capítulo XLV de esta segunda parte Sancho dice
algo efectivamente muy "maquiavelista": "... Dios me entiende, y podrá ser que si el gobierno me dura
cuatro días, yo escardaré estos dones, que, por la muchedumbre, deben de enfadar como los mosquitos.
Pase adelante con su pregunta el señor mayordomo; que yo responderé lo mejor que supiere, ora se
entristezca o no se entristezca el pueblo." (6) (II. 360)

No hay que tener mucha información acerca de la historia del pensamiento político occidental para
descubrir aquí uno de los consejos básicos que ofrece Maquiavelo a el príncipe en su obra homónima.
Sin embargo, tal afirmación brota en Sancho de una sentencia moral que su amo le ha dado con
anterioridad: no mentir. Y tiene que ver, además, con los enredos que ha visto Sancho que puede traer el
inventarse para vivir un mundo de mentiras y fantasías.

La óptima racionalidad política de Sancho puede entenderse a través de la lectura del texto de Agustín
Redondo Otra manera de leer El Quijote; en particular, en los capítulos II.1 y II.11, donde se estudia la
concepción cervantina del personaje de Sancho Panza.

La "locura racional" que lleva a una práctica política suficiente tiene que ver con un tipo específico de
desquiciamiento allí descrito. La "locura racional" que embarga a ciertos intelectos en época de carnaval
puede encontrarse en Sancho, y es precisamente ella la que conduce a tan buen gobierno. Un gobierno
"bueno" en el sentido aristotélico que anunciamos al principio: en tanto ayuda a mantener la cohesión de
la "polis"; una "polis" que en este caso es la misma ínsula que gobierna.

Dice Redondo al respecto: "El calificativo de `loco` o `tonto` ... se lo da a sí mismo, sabe en qué consiste
su `locura` o `tontería`, no necesita que los demás le llamen de tal modo, a diferencia del demente, al
que la sociedad recluye. El `loco` carnavalesco goza de un suplemento de poder: no es un idiota, no está
enfermo; es un hombre de la naturaleza, de mente sana, que es ingenuo, inocente o se hace el `tonto`, el
`bobo`." (Redondo, 1998, 199-200)

No hay espacio para entrar a analizar caso a caso los problemas de gobierno a los que se enfrenta
Sancho. Aquí están los que consideramos más relevantes:

1-El asunto del labrador y el sastre. Este caso lo resuelve Sancho de forma sencilla. Es genial que aprecie
casi como una evidencia, como un sobrentendido una solución que se le podía haber enmarañado a
otro. Esta es la sentencia de Sancho: "Paréceme que en este pleito no ha de haber largas dilaciones, sino
juzgar luego a juicio de buen varón, y así, yo doy por sentencia que el sastre pierda las hechuras, y el
labrador el paño, y las caperuzas se llevan a los presos de la cárcel, y no haya más." (II. 361)

2-El asunto de los dos ancianos y el dinero prestado. En este caso lo más interesante es comprobar cómo
Sancho recurre al uso del "precedente"; se fija también en la tradición, apela al derecho consuetudinario.

3-El caso de la mujer y el ganadero rico. Se trata de un caso de violación al que el pensamiento
contemporáneo debería prestar mayor atención. Desde el punto de vista feminista la decisión de Sancho
podría ser cuestionable; pero es igual una buena oportunidad para discutir el grado de su eficacia
política.

4-El caso de la boda entre la Perlerina paralítica y el endiablado hijo del labrador. En este caso no se
trata en rigor de un pleito sino de una "petitio"; que se resuelve de la manera más justa posible.

Bien, en resumen estos son los casos fundamentales en los que se ocupa Sancho como gobernante;
aunque se pueden citar otros. Por ejemplo:

a-el caso de los jugadores ("Ahora, yo podré poco, o quitaré estas casas de juego, que a mí se me trasluce
que son muy perjudiciales." (II. 393);

b-el asunto de "el mozo que dormía";

c-un curioso problema de travestismo donde Sancho, al atribuir toda la confusión a un asunto de "poca
edad" (II. 399), da una muestra insuperable de mesura política.

Durante su ejemplar mandato, la única vez que este gobernador pierde su temple nos hace reír
abiertamente. Pierde el control con su médico, lo amenaza, quiere caerle a garrotazos por quitarle la
comida y someterlo a dieta rigurosa; estalla en cólera y dice que, si ese médico que le prohíbe sabe en
verdad tanto, pues él no desea más que rodearse de médicos ignorantes.

Por lo demás, Sancho consigue un gobierno estable, sereno, que se abre paso "case to case": Sancho es
el mejor discípulo que el liberalismo británico encontrará en los énfasis hispanos.  Entre los caminos poco
abstractos del sentido común, Sancho se convertirá en una dimensión de futuro. Es ahí, en el "sensus
communis", donde yo buscaría la fuente primera de la imaginación política de Sancho.

Lo anterior mostraría a Don Quijote, en tanto libro, como una novela que rebasa las fronteras de ese
universo que solemos conocer como "hispanidad". Ciertas tesis de la ilustración, particularmente
expuestas por Adam Smith en su Teoría de los sentimientos morales, encajan con facilidad en esta
tradición "quijotesca" ("sanchesca" en este caso) fundada por Cervantes y puesta en práctica por uno de
sus personajes dilectos mientras ejerció gobierno en la ínsula Barataria.

                                   V.
Sancho ha sido objeto de una broma, pero ha sabido gobernar ejemplarmente. Tampoco podemos
considerar que estuviera totalmente ajeno a la circunstancia excepcional en que se le ofreció el gobierno.
Sabe que el poder otorgado es de alguna manera inmerecido, por lo que desde el primer momento
empieza a justificar la ostentación del mismo. Es por eso que avanza esta duda: "Pero esto paréceme a
mí que no hace al caso: que no todos los que gobiernan vienen de casta de reyes." (II. 341) Y más
adelante: "Innumerables son aquellos que de baja estirpe nacidos, han subido a la sima dignidad
pontificia e imperatoria, y desta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran." (ibid.)

Sancho sabe que no tiene estirpe, que le es casi imposible inventarse un linaje; pero se prepara
moralmente para lo que viene, que es el ejercicio de la gobernatura.

Al final comprobamos que lo ha hecho bien. Tanto, que esos días políticos de "mundo al revés" han sido
la admiración de grandes mentes del pensamiento político occidental.

Sancho abandona su ínsula. Es lo que le corresponde. Es lo que debe suceder para que se restablezca el
orden de las cosas. Se va Sancho, mas no sin decir una frase cargada de gran nostalgia; la nostalgia de
haber probado el poder y desde ese momento ya saberlo significar entre todas las tareas de la
cotidianidad que le volverán a ocupar su ingenio: "?Quién pensara que esperanzas tan grandes como las
que en pecho de mi mujer Teresa Panza engendraron las nuevas de mi gobierno habían de parar en
volverme yo agora a las arrastradas aventuras de mi amo Don Quijote de la Mancha?. (II. 451) Se acaba
el hechizo. El hechizo vuelve.

Emilio Ichikawa.

Notas:

1-Algunos temas básicos de lo que sería una indagación científica del mito fueron expuestos por Hans-
George Gadamer en: Mito y razón. Paidós Ibérica, 1997. Ver: pp. 47-53.

2-La solución de "casos" en Sancho es muy importante ya que a pesar de ser un personaje que satisface
los patrones de cierto estereotipo hispánico, cuando hace política, es decir, cuando gobierna, no se atiene
dogmáticamente a religión, ideología o doctrina sino a su sentido común. La importancia de esta
capacidad en el "arte de gobernar" fue destacada por Shaftesbury en: Sensus Communis. Traducción de
Agustín Andreu. Editorial Pretextos, Valencia, 1995.

3-El arribo de Sancho al poder, por supuesto, deja de ser casual y se convierte en necesario desde el
punto de vista de la lógica de la novela. Es por eso que se anuncia, al menos como posibilidad, desde la
primera parte de la obra.

4-Todas las citas de la novela en este trabajo corresponden a la edición de Cátedra, España, 2000. En
este trabajo se cita indicando la parte en número romano y la página a continuación.
Cursivas EI.

5-Cursivas EI.

6-Cursivas EI.

Bibliografía:

-Castro, Américo. El pensamiento de Cervantes. Imprenta y Casa Edit. Hernando, Madrid, 1925.

-Cervantes, M. de Don Quijote de la Mancha. Edic. Cátedra, España, 2000.

-Redondo, A. Nueva lectura del Quijote. Madrid, Castalia, 1998.

-Riley, Edward C. Teoría de la novela en Cervantes. Taurus Edic. Madrid, 1966La rara invención (Estudio
sobre Cervantes y su posteridad literaria). Editorial Crítica, España, 2001.