Sentido común y sentido del humor en Fuera de juego*
Heberto Padilla entre Lord Shaftesbury y Mns.Voltaire


                                               I.

Si como aseguraron algunos panegíricos tras la muerte del poeta, la censura castrista no pudo lesionar la
influencia de la obra (poemas y actitudes en comunión) de Heberto Padilla en las nuevas generaciones de
escritores e intelectuales cubanos, entonces habría que concluir que las discriminaciones son fútiles. Sería
un error. Por un tiempo, quizás insignificante desde la perspectiva de la historia humana pero no de la
biografía de los individuos que la padecemos, la censura puede desaparecer un autor que le resulta
incómodo. Lo saca de su tiempo, lo priva de sus contemporáneos y en el mejor de los casos lo resucita a
deshora. La censura fabrica escritores “silenciados”, que no es lo mismo que escritores que no publican.

No provengo de ningún ambiente, grupo o círculo intelectual que me abriera las puertas al trabajo de
Padilla. En general puede decirse que me formé a su margen; lo que puede ser sin dudas una limitación,
pero no un pecado. No lo conocieron tampoco muchos de mis condiscípulos en la Universidad de La
Habana. Con el tiempo, claro está, me he empezado a entender con él. Es imposible no reaccionar, por
ejemplo, ante la profundidad con que me le ha referido Carlos Victoria, o al entusiasmo y alegría con que le
evoca Benigno Nieto.

Conozco a Heberto Padilla, pues, solo por sus libros. No puedo aportar ni una anécdota, ni un secreto
compartido, ni una carta privada que revele alguna clave perdida. La comunicación que presentaré es un
análisis del libro Fuera de juego; una exégesis personal que quizás contribuya con algún elemento a la
asimilación de la obra de un poeta cuyo dominio de la filosofía se me presenta como sobresaliente y
simpático.

                                                   II.

Hace unos años comprendí que la jerga dialéctica, igual que para dominar, también podía ser utilizada
para divertirse y, en cierta medida, para emanciparse. Fue un día en que el escritor  Enrique del Risco,
después de recibir sucesivas tundas de Materialismo Dialéctico e Historia de Cuba se me acercó en la
Facultad de Filosofía y me dijo: “La meteria ni se crea ni se destruye, se conquista con el filo del machete.”

Después conocí que con el ideologismo marxista bromearon Maiakovsky, Dalton y el propio Benedetti. Y ya,
más cercanos a nosotros, Luis Rogelio Nogueras, Guillermo Rodríguez Rivera y Jesús Díaz. No puedo pasar
por alto que en la película Hasta cierto punto, de Tomás Gutiérrez Alea, una criatura inocente juega con un
libro impropio: El materialismo dialéctico y la filosofía de Benedetto Croce.

Estas técnicas de descompresión social, como casi todo lo demás, las desarrollaron los griegos. La filosofía y
la comedia, la racionalización y la burla. En estos desmontajes Aristófanes parece haber ido un poco más
lejos que Aristóteles, pues en una tardía nota el estagirita confesó que nada habían podido él y Platón
contra los mitos de sus vecinos.

Hace unos meses, a instancias del amigo Benigno Nieto, empecé a revisar los libros publicados de Heberto
Padilla y, entre ellos, por supuesto, Fuera de juego, quien le marcó (a él y otras personas) el “juego” del
destino.

Un libro signado por equívocos y tragedia me provocó, en cambio, cierta alegría. Me sorprendí riendo y hasta
divirtiéndome entre versos explícitos y se me ocurrió que el escritor de aquellos poemas, Heberto Padilla,
había sufrido una revelación excesiva y se tomaba el mundo sin mucha gravedad.

Este señor, pensé, se burla de todo (lo que puede), incluso de nosotros mismos. Ha sabido de la
metamorfosis y sabe también que, por el momento, es preciso mantenerse del lado estático del cambio; que
acaso sea la misma muerte. Dicen algunos cubanos que en situaciones tales no queda otro remedio que
apelar a la variante de las tres “erres”: reír, remar, rezar.

La “risa” da el sentido del humor, cuyo santo patrón pudiera ser Voltaire. El “remo” (y el bote, la balsa) da el
sentido común, que se ampara en Shaftesbury. En medio de este par de ámbitos ubico al Padilla de Fuera
de juego. Por supuesto que falta la tercera “erre”, el “rezo”, que indica el sentido de trascendencia, que en el
caso del poeta no sé si lo inspiraba Dios, la poesía, algún autor, libro o persona afectiva.

En todo caso son las dos primeras dimensiones las que me interesan; en su plena conjunción, porque en un
lugar como la Cuba que le tocó vivir a Heberto Padilla, el sentido del humor es, debiera ser, el más común de
los sentidos. Malabarismo linguístico muy socorrido que le escuché una vez al profesor Jorge Luis Villate.

                                             III.

El poema Para acosejar a una Dama es una incitación a la felicidad: “Atrévase”, resume un verso
imperativamente. Luego añade otros:

“Echese ahí”
“Aúlle”
“Despiérteles”
“Quémese”

Y clausura con un irreverente malabarismo sobre la vulgata hegeliano-marxista:

“Que sus muslos ilustren la lucha de contrarios.
Que su lengua sea más hábil que toda la dialéctica.
Salga usted vencedora de esta lucha de clases.”

El sueño, que es, o debiera ser, el sentido común de los poetas, le ha sido arrebatado a los poetas cubanos,
subespecie insomne de la legión:

“Los poetas cubanos ya no sueñan
(ni siquiera en la noche)”

En los medios poéticos habaneros se hace cada día más difícil encontrar al snob, al dandy, a la bohemia. El
dinero, el manifiesto, el “viaje”, que ya ha dejado de significar una “fuga” para funcionar como parte de un
mecanismo de participación en el “orden”, convierten al “sentido común” en “necesidad prosaica”. Entra así
en querella con la gracia, el sueño, el sentido del humor: tengo que ganarme el pan: mátese el verso.

Dice finalmente Padilla:

“y el mundo encima de sus bocas fluye
y está obligado el ojo a ver, a ver, a ver”

El sentido común, a quien en filosofía moderna se le atribuye una raigambre británica, nos devuelve al
sensualismo, al naturalismo, al empirismo: “ver”. La percepción puede ser funesta en el caso del poeta, pues
le “bodeguiza” el espíritu. Pero se exalta en el hombre común, criatura bendita que Dios exime de la
imposición artificial de una diferencia.

El poeta percibe insanidad cuando por demasía de percepción el artista se abarata. Y también cuando por
carencia el paseante se torna insensible. Lo dice en El discurso del método:

“eres capaz de imaginar que no estás viendo

o que no estás oyendo”

Por otra parte, por momentos parece comprender y hasta justificar el silencio de los poetas. Reconoce en
Dicen los viejos bardos que cuando Historia (en mayúsculas y sin artículo) hace sufrir, el oficio se torna una
condena, la verdad misma es una suerte de inculpación:

“siempre estará acechándote algún poema peligroso”

Cuba se volvió un lugar difícil para vivir en la poesía; incluso, para vivir como poeta; que va más allá de
ordenar y publicar oraciones cortas, unas debajo de las otras. En el poema Siempre he vivido en Cuba la isla
es algo así como un lugar donde una vez hubo una revolución.

De los referidos “terroristas melancólicos” y “científicos supersticiosos” nos llegan los héroes. La heroicidad,
específicamente en su variante revolucionaria, se estructura en torno a la desmesura. Lo certifica Padilla en
su poema Sobre los héroes:

“A los héroes
siempre se les está esperando,
porque son clandestinos
y trastornan el orden de las cosas”

Esas criaturas de la excepcionalidad, carentes de contención, ajenas tanto al sentido del humor como al
sentido común, no conocen la fidelidad, el pacto, la negociación, el compromiso. Son más difíciles cuanto
más buenas son, pues pueden ser portadoras de una terquedad respetable:

“Los héroes no dialogan”

En el conocido poema En tiempos difíciles se advierte una atmósfera enrarecida, liminal. No se adoctrina,
sencillamente se ironiza:

“Y finalmente le rogaron
que, por favor, echase a andar”

Aquí se percibe un eco vallejiano. Una remisión al poema Masa, muy popular en la Cuba de los `60 y `70
por al fragor político populista y la musicalización del texto del poeta peruano por algunos cantores de la
Nueva Trova. Sin embargo, aquí el sacrificio y la muerte se descargan del estoicismo general y dejan el sabor
de una heroicidad fútil. Dan la vida por algo que no es la vida; gesto que no resulta práctico, ni siquiera
gracioso.

En El discurso del método se perciben como unas reglas cartesianas útiles para sobrevivir bajo el
totalitarismo. Un curioso estoicismo traducido al “no cojas lucha” (“que la vida es mucha”), al “total…”, “no
hay más ná”, que a veces, solo a veces, se puede llmar pesimismo o conformismo:

“…que puede crecer lo mismo
entre las ruinas
que en el sombrero de tu Obispo”

Y para rematar, una escala de imperativos que deben funcionar como recetas de sobrevivencia. Negativos,
abstinentes y, con seguridad, prácticos a pesar de (o gracias a)  resultar momentánemente contradictorios:

“No cojas nada”
“No pierdas tiempo”
“No te pongas a guardar escrituras en los sótanos”
“Ten desconfianza de la mejor criada”
“No le entregues las llaves al chofer”
“No te ilusiones con las noticias de onda corta”
“Párate frente al espejo más grande de la sala”.

El poema Oración por el fín de siglo es definitivamente volteriano. Debuta con este verso:
“Nosotros que hemos mirado siempre con
ironía e indulgencia”

El poeta toca aquí un punto importante; urga, quizás, en la gran diferencia que existe entre Vives y Loyola,
supongo que a favor del primero, como era el parecer del maestro Agustín Andreu. El hombre irónico, si sabe
controlar el exceso que a través de la ironía lleva a la estupidez, puede ser tocado con la indulgencia, que es
una de las dimensiones que constituye la grandeza.

Gusto en esta poesía una excelencia natural basada en cierta ausencia de pretensiones. No se inventa el
poeta acreedores, historias o genealogías tremendas. Apenas confiesa que se sabe hijo, nieto, de los citados
“terroristas melancólicos” y “científicos supersticiosos”. Paradojas aparentes, complicidades probadas.

Y como un gran volteriano acaba en la sospecha y, a la vez, en un determinismo que no me recuerda a
Laplace sino, otra vez, al divertimento en el Cándido con la armonía leibniziana:

“deambulamos, incapaces de improvisar un movimiento
que no haya sido concertado”

Antes de ponerlos a “pastar en su jardín” (locus poético por excelencia), Padilla revela el altercado del
“héroe” con el sentido común. Describe algunas características del personaje heroico, descomunal y
extraordinario. Los héroes, definamos nuevamente:

-Trastornan el orden de las cosas
-“planean con emoción la vida”
-“no dialogan”
-“hacen ruido con las botas”
-“Y al final nos imponen
la furiosa esperanza”

El héroe es, pues, un verdugo del sentido común y, entre solemnidades, pierde ligereza y “cae” como un
“chorro de plomo”. Se fuga de lo común, se ceba en la extracotidianidad y se hace exigente allí donde el
hombre simple es forzado a convivir. Néstor Díaz de Villegas (poeta y según él mismo “opinionated”), ha
confeccionado su propia galería  heroica en su libro Héroes. La Historia es capaz de devorar a sus propios
elegidos cuando
necesita entrar en una fase de normalidad. Es curioso que, a pesar de toda esta pretensión de
trascendencia, Padilla considere que un signo distintivo del héroe es la clandestinidad.

El poeta tiene la posibilidad de acceder a una peligrosa dimensión heroica a través del uso de la palabra o
la explotación actoral de su obra. Y esa posibilidad se multiplica en las sociedades cerradas, donde el habla
es una temeridad, un desafío. En estas condiciones el poeta casi siente la necesidad de acceder a la
historia, experimenta la seducción de la heroicidad; pero a la vez comprende que hay en lo frívolo y
cotidiano algo más humano que en la victoria heroica descomunal. ?Qué es lo que acaba haciendo el héroe
ya convencido de la futilidad revolucionaria? Algo muy sencillo: pastar.

En el poema Mis amigos no deberían exigirme repite sucesivamente la resistencia a la posibilidad heroica.
Evalúa incluso el estímulo heroico como una traición:

“No deberían exigirme”

“Yo rechazo su terca persuación de última hora,
las emboscadas que me han tendido”

Quizás el poema más cuestionador del cuaderno sea La sombrilla nuclear. Se trata de una objeción poyética
con fuerza autobiográfica; obtiene así la legitimidad discursiva de la narración de una experiencia propia e
irrepetible.

El poeta opta por una autodefinición heroica y compasiva:

“No soy más que un viajante de Comercio Exterior,
un agente político con pasaporte diplomático,
un terrorista con apariencia de letrado,
un cubano (sépanlo de una vez),”

El poeta desinfla la utopía afrontando las implicaciones que ese “no lugar” ha tenido para un “sí humano”.
El contexto utópico es incómodo y sobre todo estéril para esa criatura común, no-heroica, que simplemente
desea vivir. Lo dice Heberto Padilla: la utopía es lo que la gente llama “un embarque”.

Es precisamente con este término que la sabiduría popular (la filosofía “naif”) ha significado uno de los
eventos genésicos de la era castrista. Ante la pregunta: “?Cuál es el barco más gran del mundo?”, se
responde: “El Yate Granma, porque desembarcó a 82 y embarcó a un pueblo entero”.

El “embarque”  es el punto desencadenante de la fuga; y esta, quizás, nuestra acción fundadora. Adán y
Eva: ?fueron realmente expulsados del paraíso o se fugaron?. La fuga en globo, balsa, verso, es además un
escape participativo, activo; por consiguiente, ilusorio:

“Se salvará el que pueda, y el resto a la puñeta”

Desde el punto de vista ético filosófico hay una cuestión que rige el poemario: ?se salvará el poeta?. Aún
más: ?se salvó? ?nos salvaremos? ?nos salvarán los héroes otra vez?.

Por último, reitero la tensión interna que conecta estos poemas; a veces como que se querellan entre sí
rozando lo incompatible; no lo inconsecuente. La normatividad ambivalente del mensaje moral de esta
poética se mueve entre la tentación heroica del artista y la necesidad de paz del hombre, más necesitado de
felicidad que de fama.
Estos contrastes se pueden percibir con un ejercicio sencillo: la lectura del poema Fuera de juego en diálogo
con el titulado Poética. En el primero, usurpando la voz del censor, se amonesta al poeta; en el segundo, se
le incita a la rebelión poética por encima de la mesura que aconsejan los tiempos. El poema es todo un
presagio:

“Dí la verdad.
Dí, al menos, tu verdad.
Y después
deja que cualquier cosa ocurra:”

Es una adivinación desconcertante. Al poeta le fue dada una virtud castigadora; pudo ver la vida por vivir
antes de vivirla efectivamente. Quien es capaz de adivinar lo que vendrá paga, con el escamoteo de lo
sorpresivo, la mucha luz que Dios le ha dado.

Nota:
*Este trabajo fue leído en el encuentro “Padilla: poética y política”. University of Miami, abril 7-2001.


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