Norberto Fuentes: el arma como historia.
(A propósito de una autobiografía de Fidel Castro)
Hay un clamor general por una historia nueva, por una
forma distinta de ver el pasado...
M.M.Fraginals "La historia como arma" (1966).
I.
A mediados de los años `90 un grupo de funcionarios ideológicos del Comité Central del Partido Comunista de
Cuba logró hacer creer a algunos círculos intelectuales y tertulias filopolíticas de Estados Unidos,
particularmente de Miami que Fidel Castro, efectivamente, mandaba en Cuba, "ma non tanto"; es decir,
divulgaron la creencia de que en la isla se estaría dando un movimiento hacia la democracia al margen,
incluso contra la voluntad del Comandante en Jefe.
Se puso de moda entonces el imperativo de "no mencionar a Fidel Castro", y en algunos cócteles se
considerava "chic" una paradójica operación: nombrarle el innombrable. Era en verdad un plagio a la forma
en que María Zambrano se refería a Franco, pero sin el aliento helénico y sufí que le daba la pensadora
malagueña.
Como de costumbre, no ha aparecido una autocrítica intelectual de dichos funcionarios, un sencillo "nos
equivocamos". En fin de cuentas, la aptitud para hacer pronósticos (sobre todo a mediano plazo) no es
imprescindible para ser un profesional del pensamiento social, como demuestran los casos de Marx y Weber,
que se equivocaron casi siempre en sus diagnósticos. No en sus utopías proféticas, claro está: las profecías no
tienen verificación empírica.
Aunque con más modestia, aún siguen insistiendo en que son "académicos", hacen antologías donde
embaucan a ingenuos cómplices y, de paso, descaracterizan a sus colegas, incluso a sus amigos con tal de
sobrevivir como "familia letrada". Hay antologías aparecidas en los últimos años que son una verguenza
intelectual.
No ha existido, en rigor, una ideología de la revolución cubana. Es cierto que podemos llamar "castrismo" al
conjunto de discursos e intervenciones de Fidel Castro a lo largo de su historia en el poder, pero eso no es
propiamente ideología; es decir, un conjunto de argumentos legitimantes concebidos por un grupo
especializado en el pensamiento y la producción discursiva. Ni siquiera lo hicieron esos "académicos", cuyos
informes eran, en el mejor de los casos, dudosas noticias semi-garantizadas por el cotilleo en torno al poder; en
el peor, cumplidos que se redactaban según los deseos previsibles del interlocutor.
Hubo, ciertamente, un intento responsable de generar un pensamiento de la revolución cubana en los años
`60, pero esos intelectuales orgánicos murieron en su propia potencia. Uno de los proyectos intelectuales
pendientes en el campo de la "historia de la ideas" es la reconstrucción de ese "pasado inmediato" de la
revolución; algo realmente complicado pues la mayoría de los protagonistas están vivos y su memoria influye
necesariamente hasta en la valoración de quienes han muerto. Como dijo Américo Castro, el "pasado
inmediato" puede ser tan complicado como la gran propuesta de la Ilustración: hacer una exégesis (una
historia inmediata) del presente.
En la mutilación de lo que pudo haber sido una fuerte ideología de la revolución se entrecruzaron dos factores:
1-El desinterés del poder revolucionario en fomentar una casta con protagonismo político-intelectual.
2-La comprensión por parte de los propios intelectuales de ese desinterés del poder, y la opción calculada por
otras tareas menos peligrosas: la literatura, la diplomacia o el profesorado, incluso la música (algunos
ejemplos: Aurelio Alonso se convirtió en un polemista y tertuliano; Jorge Gómez, se entregó a la dirección del
Grupo Moncada, Germán Sánchez, se dedicó a la diplomacia, etc).
Es decir, el hecho de que la naciente ideología de la revolución cubana en los años `60 haya quedado trunca,
no solo obedece a la intolerancia del poder, sino también a la escurridiza actitud de una intelectualidad que
simpatizaba con ese autoriatrismo y comprendió, quizás por "realismo", que era mejor adaptarse a él. Ninguno
de los nombres de candidatos a ideólogos del castrismo del los años `60 pueden considerarse, en rigor, como
"tronados" por el poder; en verdad fueron "desactivados" como pensadores e inscritos en otros sectores. Desde
el punto de vista práctico-existencial, algunos fueron incluso "beneficiados".
A esa institucionalización trunca se le sumó cierta falta de imaginación, de criterio y originalidad a la hora de
considerar el autoritarismo castrista. Los cubanos no comprendemos aún qué es el castrismo; a lo sumo,
hemos elaborado algunos decentes trabajos de historia de la revolución. Pero hasta ahí.
Bajo los efectos de los prejuicios, de una comprensión moral-valorativa y no científica de algunos conceptos de
la ciencia social, se negó o ignoró en Fidel Castro su condición de dictador o de tirano. En lugar de
comprender o incluso de justificar la acumulación de poder como era deber de intelectuales que aspiraban a
la "organicidad gramsciana", estos intelectuales y funcionarios del partido "embarajaron", incluso negaron el
carácter autoritario del gobierno de Fidel Castro, mientras en las universidades se insistía en que en Cuba no
había culto a la personalidad.
A diferencia de los ideólogos del stalinismo, que justificaron el autoritarismo en la guerra o en la amenaza
exterior, o de los ideólogos del nazismo, que lo hicieron en la necesidad de arribar ordenadamente a una
"nueva era", los funcionarios castristas (a veces el propio Castro) se han dedicado sistemáticamente a negar
que la revolción cubana sea un proceso autocrático. Han negado la esencia de lo que es esa revolución: el
ejercicio de una "voluntad de poder" descomunal a lo largo de medio siglo; personalismo autoritario
perceptible incluso antes del propio triunfo de 1959.
En cuanto al tema del autoritarismo creo que es mejor no mentir: era evidente desde las primeras incursiones
de Castro en la política cubana. En este punto creo que no engañó a nadie. Quizás es diferente el asunto de
su "comunismo"; es decir, se puede permitir que alguien diga que no sabía que Castro era, o que se iba a
"convertir" en comunista, pero es inaceptable que se diga que se ignoraba que era una persona embriagada
de voluntad y que podía convertirse en un déspota. Repito: quien no vio la pasión de Castro por el poder
absoluto incluso desde sus primeros pasos en la vida pública cubana fue porque no quiso, o no pudo.
No puede haber ideología de la revolución cubana, intelectualidad orgánica real, si no se da cuenta de ese
autoritarismo y, lo que es más coherente con un ideólogo, si no se justifica (incluso se celebra), ese desborde
de la autoridad. Un verdadero ideólogo del castrismo sería aquel que lograra racionalizar la fascinación que el
despotismo de Fidel Castro ejerce sobre algunas personas y grupos sociales. ?Existe esa figura en el panorama
intelectual relativo al castrismo?, ?existe en la isla o en el exilio un digno apólogo de la revolución?.
Técnicamente hablando conozco al menos una vía para cumplir ese rol, aunque admito que es sumamente
falible pues se contrapone en la formalidad demagógica a uno de los elementos básicos de la retórica
castrista: el nacionalismo. Pues bien, una de las variantes apologéticas del castrismo podría salir por la vía de
esta fórmula: montar la necesidad del autoritarismo en la vertiente negativa del discurso de la identidad.
Me explico. Una historia de las ideas en Cuba podría mostrar que existen dos sensiblidades paralelas,
coexistentes, a la hora de considerar "lo cubano" y "al cubano" desde el punto de vista axiológico:
1-Una vertiente laudatoria, a veces paroxística en sus celebraciones, que considera al cubano como una
ejemplar creación del mundo. Es básicamente esta quien ha alentado el nacionalismo, elemento que, una vez
echado a rodar, se convierte él mismo en una de las fuentes de producción más importantes de esa misma
discursividad positiva acerca de la cubanidad.
2-Pero existe además una vertiente negativa de la discursividad sobre la identidad cubana que complementa
la anterior. En ella "el cubano" es considerado de forma crítica, a veces muy crítica; en nuestra historia
discursiva al cubano se le ha considerado como "fulanista", "avestruz del trópico", ser "de poca memoria",
miembro inerte de una congregación de "galanes blancos y venus negras", etc.
Estas "vertientes" no aparecen siempre como conclusiones lógicas de una experiencia continuada o de una
investigación histórica minuciosa; a veces son sensibilidades, estados de ánimo que nos visitan un rato y
después se escapan. Son contradicciones cómplices. Ellas coinciden sincrónicamente en nuestra historia, en
una de sus épocas, en un pensamiento, en nosotros mismos. La sensación de fuga y permanencia de la
cubanidad, el orgullo y el bochorno por la nacionalidad cubana, pueden darse en el mismo corpus de una
sensibilidad compleja.
Es necesario observar que si bien es la "vertiente positiva" la que preferentemente utiliza la discursividad
política, existe cierta alternativa perversa para considerar con implicaciones nacionalistas a la "vertiente
negativa". A veces se hace una lectura exclusivista de la cubanidad a través de un rebajamiento altivo; por
ejemplo, cuando se dice "el cubano es lo peor de todo", "lo más malo del mundo", existe también en esa
consideración un afán de singularidad de muy poca modestia. En la conocida película Alicia en el pueblo de
maravillas (Daniel Díaz, 1991) el cubanísimo personaje del actor Carlos Cruz alcanza esa extraordinaria
satisfacción en el rebajamiento cuando grita: "!Yo soy un hijo de puta!".
Yo tengo la impresión de que Martí, en ciertas ocasiones, celebraba demagógicamente al cubano en sus
discursos políticos como queriendo inducir una actitud, una creencia. Es lógico, el primer requisito para llegar
a ser una cosa es creérselo de veras. En su poesía, en cambio, a veces fustigaba al cubano; todo esto se
puede apreciar en su enérgico y confesional poema Isla famosa.
Es muy cubana además la actitud de fuga ante lo cubano; esa de "yo no tengo que ver con lo cubano", donde
la actitud elusiva, el tratar de evitar la cubanidad, obliga a una demasiada alerta sobre la misma, y, por tanto,
condena a vivir "en cubaneo". Hay escritores donde lo cubano se afinca ante nuestros ojos, por ejemplo, en
Milanés o Pedro Juan Gutiérrez, otras, donde se presenta fugándose: Casal y Juan Manuel Prieto. En Nieve de
Casal y en Livadia de Prieto, lo cubano aparece como sopecha. A veces no se lee, solo se respira. Como podría
creer Lezama Lima, aquí la cubanidad asiste como accidente respiratorio, como asma.
La primera persona con rango intelectual que escuché relacionar sin vacilación al autoritarismo con la
"vertiente negativa" del discurso acerca de la identidad cubana fue a Monseñor Carlos Manuel de Céspedes,
en una reunión celebrada en el Salón de Conferencias del Hospital Ortopédico Frank País (La Lisa, Ciudad
Habana) en 1999.
Pero Céspedes no trataba de hacer una apología del castrismo, quizás peor, enfocaba el autoritarismo como
una suerte de fatalidad de cara a lo que entendía como una "substancia étnica nacional". En esa época,
donde se hablaba mucho sobre la fórmula política del postcastrismo, Céspedes se mostró simpatizante de una
"dictadura receptiva" capaz de realizar eficientemente una doble función:
1-Controlar los excesos de un pueblo que considera según los parámetros de lo que hemos llamado "vertiente
crítica o negativa" de la identidad ("No somos suizos", dijo Monseñor apelando a una tradición aforística de la
nación);
2-Escuchar las voces políticas de la isla, en este caso a la voz de la Iglesia Católica, en particular, del
Arzobispado de La Habana. Como se podrá comprender, se trata de una de las más viejas aspiraciones de la
Ilustración: el despotismo ilustrado.
En sentido general considero clausurada la polémica acerca de si el gobierno de Fidel Castro es o no es
autoritario. Claro que lo es. Desplazaría la discusión al punto en que se cuestione si se puede hacer política
(incluso micro-política) en Cuba de una manera no-autoritaria, lo que implicaría discutir si pudo ser más o
menos efectivo, en dependencia de ciertos parámetros a fijar, el despotismo castrista.
Creo que los libros de Norberto Fuentes ponen la discusión en este nivel, por lo que además considero que, en
rigor, ha sido el verdadero ideólogo de la revolución cubana. No sólo porque acepta con objetividad el carácter
personalista y autoritario de ese proceso, sino porque declara su intención de sublimar, intelectualizándolo, un
evento que muchas evidencias históricas muestran como un rencor encauzado con éxito por un ejército que
suele funcionar como una banda armada.
Si en Dulces guerreros cubanos (Seix Barral, 2000) Fuentes había mostrado que el hedonismo podía ser el eje
de una ética revolucionaria, por lo demás severa y hasta cruel, en la primera parte (de tres prometidas) de La
autobriografía de Fidel Castro. I. El paraíso de los otros (Edic. Destino, 2004) el autor se empeña en dar
veracidad histórica a esa propuesta.
II.
La autobiografía de Fidel Castro es, a la vez que una creíble confesión de Castro, una novela de Norberto
Fuentes. Una novela que se multiplica a veces en varios géneros. Hay en ella reportaje, periodismo de opinión,
testimonio, prosa historiográfica, "pamphlet", moralismo... casi todo, lo que le da la perennidad de un libro de
consulta.
No todos los pasajes de una vida, aún la de Fidel Castro, aún la de Fidel Castro sublimada por Norberto
Fuentes, son imprescindibles. Pero Fuentes se las ingenia para encontrar mensajes hasta en los gestos más
prescindibles.
Solo el virtuosismo del escritor le permite salir airoso de un proyecto tan descomunal, de esta confesión
megalomaníaca que considera biografiable hasta los detalles más fútiles de una vida que, paradójicamente,
debe resultar ella misma descartable si se le mira desde la perspectiva del historicismo filosófico que inspira la
filosofía que le sirvió para ejercer la dominación sobre un pueblo maleable.
Entre los frecuentes pasajes donde esa maestría narrativa nos cautiva, me gustó particularmente este: "... y
Abdón le vació al unísono los dos cartuchos calibre 12 de una escopeta Remington de cañones recortados a
segueta que portaba y le despedazó la cabeza. Yo estoy convencido de algo desde entonces: Cowley todavía
no sabe que lo han matado." (p. 162)
El uso de la primera persona del singular confirma el doble juego entre autor-personaje; a veces se nos va de
control el narrador y el lector se encuentra reclamándole a Fuentes una acción que en verdad corresponde a
Castro. Y viceversa.
A pesar de su extensión (886 páginas), del libro emana una fuerza inevitable; la prosa atrapa, suelta y
sorpende con algún giro agudo, con una observación magistral. Por ejemplo, del asalto a Radio Reloj, tan
trajinado por la historiografía cubana, Fuentes hace un comentario sensacional: la emisora no fue a la noticia,
por esa vez la noticia fue a la emisora. Un cambio radical en el catálogo del periodismo.
A diferencia de los atajos dilatadores que toman algunas novelas, y de las que no se excluye Paradiso, de
Lezama Lima, en La autobiografía... Fuentes se desvía, da una nota, regresa y dice que regresa de la manera
más descarada y, sin embargo, parece que todo está ahí, justificado, en su sitio.
No se escapa este libro al interés académico, que puede discurrir acerca de la red de voces, la relación entre
la historia y la ficción, el nivel de astucia autobiográfica, etc. Yo encuentro sello autoral hasta en la lectura de
los créditos, en cada uno de los epígrafes y advertencias, que a veces parecen estrenar la amenaza como
género literario.
Hay un diálogo muy sutil entre la escritura autobiográfica, que se adjudica a Fidel Castro, y las notas, que no
deben ser vistas como pertenecientes a la editorial sino a Norberto Fuentes. La notas complementan,
rectifican, por momentos casi desmienten el pasaje del que son cotas. Este es entonces un libro de siempre, de
sucesivas lecturas. Hasta qué punto es citable por la investigación historiográfica, pues eso lo determinará el
gremio. En todo caso, debe ser analizado en el marco de la "metahistoria" como uno de los discursos de
órdenes superiores que genera el suceso; como una de las mitologías generadas por la propia revolución
cubana.
Hay, eso sí, una vocación de exactitud, una intención de esas que solían llamarse "positivistas". El autor, el
editor, mejor decir que "el libro", advierte algo que debería ser supérfluo tratándose de una autobiografía: "El
autor ha eludido cualquier hecho cuya verificación, aparte de su propio testimonio, sea inaccesible". Es una
advertiencia irónica, pues la narración de una vivencia es imposible de deslindar de la vivencia narrativa.
Ahora bien, la Cronología de Fidel Alejandro Castro Ruz (op. cit. pp 17-33) aparece narrada en tercera
persona; lo que puede ser explicado al menos con dos hipótesis: o es un precedente que establece Norberto
Fuentes como autor, un despojo al narrador Fidel Castro que por demás acepta la Editorial Destino en aras de
una "pragmática de la lectura", o el propio Fidel Castro está adoptando aquí el estilo del "autoinforme" o la
"autocrítica" que su propia revolución impuso como un gesto emparejador de las individualidades. La modestia
aparente de la voz en la organizaciones políticas del castrismo era en verdad la dictadura del sujeto hacia sí
mismo.
Es curioso recordar que los llamados Informes que Fidel Castro hacía en los primeros congresos quinquenales
del Partido Comunista, incluían un tópico titulado "Los errores cometidos" que viajaban entre la tercera del
singular y la primera del plural, como si fuera otra persona y no el Secretario General, o sea él mismo, quien
había errado.
Desde el comienzo el narrador advierte con habilidad una de las cuestiones principales de La autobiografía...,
un problema acaso consustancial a este género de expresión literaria. Me refiero al ingrediente apologético,
justificativo, presente incluso cuando se calzan las culpabilidades con explicaciones causales tan convincentes
que hasta los crímenes parecen poco menos que inevitables. Entiendo por ello la preocupación del narador: "Y
tengo buen material. Que no siempre, les confieso, tiene por qué arrojar una luz favorable sobre mi persona y
conducta. De más está decir algo que ya he dicho en mis discursos. Yo me tengo en alta estima..." (p. 43)
Esta confesión, esa excesiva intelectualización que nos previene contra la sinceridad del documento, es una de
las razones que nos obliga a tomar distancia de esta historia, al menos a la hora de ser utilizada como
documento. Lo aconseja el propio autor, y eso se lo agradecemos: confesar la subjetividad de su escritura es
ya el colmo de la sinceridad en el marco de una inteligencia que pretende veracidad.
El vuelo intelectual del narrador es sospechoso. Las referencias, a veces desmesuradamente cultas (?cree
alguien de veras que Yourcenar o Stein pudieran estar en el referente espiritual de Fidel Castro?), no logran
convencer que Castro sea un espíritu sublime. Si algo sabe, en efecto, es mandar sobre cubanos; y para ello
más que estudiar debe compartir una psicología, estar "en la concreta". Por eso es sincero cuando confiesa:
"He demostrado que la estrategia -...- es un fracaso, que sólo la táctica vale la pena". (p. 47)
Imagino la lectura de este libro en la isla, su pasar de mano en mano, el reconocerse de la gente en el mismo,
las sorpresas, los asentimentos. Quien lo haya escrito, Fidel Castro o Noberto Fuentes, muestra un gran
conocimiento de la demopsicología cubana. En ningún caso se trata de alguno de esos documentos
normativos donde se habla del cubano con ajenidad, sumando a este error el de usar para expresarlo un
vocabulario y una gramática carentes de autenticidad. Ni es el cubano tan almidonado en su lenguaje como
los académicos que le manipulan, ni tan maledicente como da a entender el Ministro de Cultura de la isla
cuando ejerce profesión de cubanidad.
Algunos deslices fácticos del libro son simpáticos, y recuerdan una vieja tradición cubana en el ejercicio de la
memoria fabuladora. José Miró Argenter dijo, sin calcular bien, que la hamaca de Maceo en San Pedro se
sostenía entre dos ceibas; Castro, en su autobiografía, recuerda el tamarindo de la finca paterna como de 25
metros de altura y, lo que es más atrevido, con un tronco de 8 metros de ancho. (p. 49)
Aprovecho de paso para desmentirle al Comandante que la mitología martiana fuera reducida hasta que
llegara la revolución; (p. 61) nada de eso, la cantidad de legislación emitida durante la República obligando a
las alcaldías a nombrar calles, a poner placas y erigir monumentos a Martí es decomunal. El famoso olvido de
José Martí es una de las más grandes falsedades de la historiografía y la política cubana. De antes y después,
de dentro y de afuera.
Otro lance que me causa dudas, y que me gustaría discutir con Castro de darse la oportunidad, tiene que ver
con un tema de historia del pensamiento marxista. En verdad es muy difícil coincidir, si no con la valoración
(de valoraciones dicen que no se discute) excesivamente entusiasta (pp. 262-265), al menos con la descripción
que hace del libro de Lenin El estado y la revolución. Este es acaso uno de los textos más triviales del
revolucionario ruso, un manual de divulgación que si se revisa bien, no pasa de ser una suerte de antología,
una selección de textos de Marx, y sobre todo de Engels, acerca del estado y la disputa en torno a su
"eliminación" o "extinción", lo que no era en verdad un punto importante en 1917, cuando estaba en juego la
toma del poder.
Ni Lenin, y mucho menos Castro, se hicieron con el poder leyendo, escribiendo o interpretando libros; de ahí
que la orden de "volver a leer a Marx" que periódicamente se da en Cuba es un entretenimiento para
profesores cándidos. Aunque el narrador de La autobiografía... hace un gran esfuerzo por intelectualizar el
proceso que conocemos como revolución cubana, solamente lo logra a medias. Existe hasta cierta ambiguedad
en el propósito, si juntamos comparativamente algunos momentos del propio texto.
Existen pasajes donde el narrador hace consideraciones generales acerca de su vocación de poder que
hacen del autor de La autobiografía..., como apuntamos al principio, el único (o de los pocos) ideólogo de la
revolución cubana. Es coherente con el planteamiento general del libro: Fidel Castro no necesita, es más,
subestima, desprecia, a una casta que pudiera encargarse de dar cobertura intelectual a su revolución: él es
el único ideólogo que soporta su ego, es el teórico de sí mismo.
Fidel Castro podría haber entendido su revolución en clave jesuíta, asumiría para sí mismo el estandarte de
Ignacio de Loyola. Este enfoque tendría un inconveniente según la lógica del libro, que ha tratado de
presentar a Castro como "la causa", como el gran generador: visto desde arriba, el Comandante muy bien
pudiera ser no más que una pieza de importancia parcial en una estrategia mayor ni siquiera trazada, sino
encomendada a San Ignacio hace mucho tiempo por una fuerza que excede a toda esa ansiedad insular de
cuentos y recuentos. La autobiografía ... se pondría así muy lejos del epicentro histórico que supone el
narrador. El no es el fundamento: es parte de lo fundamentado.
De cualquier modo, ser el humilde servidor caribeño de un místico, que a su vez sigue a un santo, que a su
vez...etc., es más sublime que ser el esclavo de una grosera ambición, como es también posible examinar a
Fidel Castro. En un momento de inspiración este dice: "El Dios existe, por lo tanto yo obedezco del estandarte
espiritual de Ignacio de Loyola pudo haber sido el lema cerrado y firme de nuestra Revolución sin necesidad
de cambiarle una palabra, ni siquiera Dios, si entendemos Dios como la suma de todas las posibilidades y
ambiciones de los hombres que quieren alcanzarle, es decir, la Revolución como última posibilidad mística del
ser para entregársele a esa posibilidad y alcanzar el absoluto." (p. 133-subrayado EI.)
Norberto Fuentes, digámoslo así, al abrir esta posibilidad, se ratifica como el más arriesgado ideólogo de la
revolución, o mejor, del castrismo: comparado con argumentos como el anterior, la explicación de ese proceso
político como una consecuencia del golpe de estado de Fulgencio Batista (1952), como el resultado de un afán
de justicia de un pueblo explotado, o como parte de la puja imperial entre potencias mundiales, parece una
grosería.
La fuerza del elemento intelectual en el proceso político cubano aparece también como parte de un ejercicio
comparativo: "Pero Batista y yo nos movíamos en áreas muy diferentes de la estructura del gobierno. El poder
de Batista eran los negocios. El mío es la ideología. Batista pagaba -y muy bien. Yo de lo único que dispongo es
de una abstracción y de una voluntad." (pp. 167-168)
En el propio título del libro anterior, Dulce guereros cubanos, Norberto Fuentes recoge una contradicción que
atraviesa toda la revolución cubana y, por tanto, la personalidad de Fidel Castro: esa mezcla inseparable de
premio y castigo, brutalidad e ilustración, guerra y dulzura. En La autobiografía... esas tendencias se disputan
al narrador: "Claro, al final de todas las cosas, a veces me es complicado actuar como un soldado profesional
y no como el intelectual que soy, por eso la tendencia inconciente pero dominante a contemplar el
comportamiento del objetivo que acaba de recibir los balazos." (p. 181)
Hay pasajes del libro que atentan directamente contra la estrategia narrativa de sublimar la revolución y, en
particular, de su episodio armado. Ocurre cuando se niega que la revolución pueda asumir complejidades
morales, cuando se plantea una relación de exclusión entre ética y sobrevivencia. Por otra parte, mientras el
narrador trata de ser realista consigue desvalorizar las guerras en Africa; en particular, y quizás sin
percatarse, prefiriendo ser inteligente alcanza a presentar la presencia cubana en Angola como una
contrarrevolución. Por si fuera poco, una "epopeya" mimada por la fabulación histórica del comandante sufre
un descalabro narrativo: "De ahí es que yo creo que hubiese más fusilados en la Sierra Maestra por latas de
leche condensada que muertos en combate contra las tropas de Batista." (p. 245)
En momentos como este se produce la mímesis: el tránsito entre el escritor y el caudillo, entre el político y el
guerrillero, entre el soldado y el mercenario, o el "condotiero", como gustaba reconocerse a sí mismo a Ernesto
Guevara. De cualquier modo, siempre será más fácil aceptar que Norberto Fuentes es un escritor, a que sea
Fidel Castro un soldado profesional. A pesar de La autobiografía... todavía hay más evidencias de lo primero
que de lo segundo.
III.
En este libro existe un revisionismo de la historia en aras de la continuidad. Se trata, en cualquier caso, de una
parcialidad intelectual legítima. Para evitar traumas en la aparición de un presente sin "pedegree" en la
propia historia de la revolución cubana, o quizás por una exigencia narrativa, el narrador evoca nombres que
apenas se refieren en las crónicas de la época. Personajes como Serguera, Pascualito, Tomassevich (p. 243)
que, en efecto, son parte de la historia reciente, son ungidos con un protagonismo en la génesis del proceso
revolucionario que parece desproporcionado. Quizás sería mejor mostrar a estos personajes como el resultado
de un arribismo ya en el poder y no simplificar la historia haciendo desaparecer el proceso.
Es importante que La autobiografía... insista en la conspiración como una actividad y hasta una aptitud
esencial en la historia de la revolución cubana. Cuestión que haría comprensible la imposibilidad de que surja,
por definición, una sociedad transparente si esta ha sido promovida a través de la mentira, el chantaje y
mediante una comprensión del silencio como deber. No es que en la política cubana se mienta, es que mentir
se ha convertido en un valor; el hombre sincero, crezcan o no palmas a su alrededor, es un tonto si lo
analizamos desde el punto de vista de la ética de la política cubana contemporánea.
La autobiografía... es por demás un libro que siempre está contrastando sus verdades con las verdades que se
dicen en Miami. Es, en este punto, un manifiesto dependiente, contestador y a veces contestatario. Tiene una
función terapéutica en la comunidad, o mejor, en un Miami que es un "país cubano en el exilio"; en él los
estratos sociales menos favorecidos, sobre todo los que han arribado a La Florida tras años de formación en
una sociedad emergida de los eventos que aquí se narran, pueden regocijarse de ser los herederos
inmediatos, víctimas o héroes, de la iniciativa de un hombre que es presentado como el único protagonista de
la historia cubana de este último medio siglo. Cosa que, claro está, es una ilusión.
La afirmación triunfalista que asegura que "Castro es un caballo que ha estado ahí por el tiempo que ha
querido" tiene, quizás sin saberlo, un efecto compensador. Usándola se pude ripostar al que lleva ventaja que
aún ella es el subproducto de un protagonista ("el caballo") que le ha ganado la batalla.
Estar por medio siglo en el poder es un hecho que probablemente un alto porcentaje del pueblo cubano
considere un valor, hasta algo deseable; pero igual hemos de reconocer que hay grupos humanos donde esa
desmesura no es necesariamente un indicador de éxito. Se adjudica a un político del exilio cubano en Miami la
siguiente confesión: "Fidel Castro no me engañó, a mí Fidel Castro me ganó". Como decía, se trata de una
contienda que va más allá del caudillo, pero que tampoco envuelve a la totalidad de la gente.
Por demás, es falso que Fidel Castro, como él mismo dice, ha logrado su sueño de desbancar de su lugar
social a las altas familias (para no decir clases) cubanas: en efecto, las sacó de Cuba pero se les reprodujeron
en el exilio, con modales, gustos, altivez y todo lo demás. Y conste que no digo que esto haya sucedido para
bien.
Ese es el gran fracaso de Castro, su gran frustración; de ahí que no sea descabellado ver en el llamado
problema cubano una querella entre las dos familias políticas cubanas más poderosas de la actualidad: los
Castro y los Díaz-Balart. Dije querella, pero igual pude haber dicho "puesta en escena".
Esta hipótesis es más válida si observamos esta relación: el peso del capricho individual en la historia es más
fuerte en la medida en que nos alejamos de los centros de alta densidad histórica.
Esa frustración, por demás, ha servido para explicar al Presidente venezolano Hugo Chávez que debe ir
enviando simpatizantes al exilio e impedir que se le forme un país antichavista en Miami.
Lo que sí ha hecho Fidel Castro, y que consagra a su epopeya como una revolución, es haber estremecido la
estructura social cubana incorporando (más que desplazando) nuevos apellidos a la alta genealogía. Hay una
"aristocracia de verdeolivo" con la que habrá que contar ya en cualquier fórmula política futura, como
tuvieron que contar los Borbones cuando, después de la restauración, se encontraron con la existencia de una
"aristocracia napoleónica" emergida del imperio y de la revolución.
Estas aristocracias cubanas tenderán puentes entre sí utilizando algunos engranajes que la historia tiene
dispuesto para estos casos. Tres de ellos:
1-El amor.
2-El dinero.
3-La costumbre.
Ante esta realidad inexorable el heroísmo de la revolución cederá: el hedonismo de la vida cotidiana es
implacable; los guerreros olvidarán sus proezas en manos de la dulzura de las nuevas amazonas y pasarán al
museo del recuerdo algunos mitos que, tal vez, ni siquiera haya que volver a cuestionar; por ejemplo, el
antiamericanismo sacrificial de Fidel Castro y la supuesta independencia respecto a los mandatos de los
camaradas del samovar ardiente.