Miami de reojo
Para Iván de la Nuez que fundó este asunto.
Los sociólogos han establecido cierta relación entre la calidad del coche que un vecino
parquea en el portal de su casa y el lugar que ocupa en la estratificación de la sociedad
o, para decirlo “en norteamericano”, el monto de su “incometax”.
Esta ecuación no es válida (o lo es relativamente) para una ciudad como Miami. No sólo
porque el inmigrante latino se juega sus ahorros y hasta su moral económica en el asunto
–el coche sería el síntoma más visible de que se ha accedido a un nuevo estatus, el más
visible y el más comunicable como prueba de que en el dejar hubo algo de razón-, sino
porque el estilo de vida miamense supone una larga y crucial (la vida siempre en juego)
permanencia en las carreteras.
El parque de autos visible en los “expressways” de Miami supera en calidad al de las
carreteras que conectan a New York con Long Island por el sur, donde se ubican los
legendarios Hamptons, para no hablar de los que circulan por el Garden State
Expressway-New Jersey Turnpike, que se adentra en los “towns” de ese estado del “sur”
(desde el punto de vista neoyorquino).
La vida en la autopista persuade al driver-consumidor acerca de la necesidad de búsqueda
de un confort, genera en el mismo una “concepción residencial del coche” que implica
cambios; por ejemplo, el rol predominante de la radio sobre la televisión y el de la
propaganda dinámica sobre la estática.
Revísense todas las acciones que un individuo emprende en el automóvil, que ya no es
una “cápsula” como pensaban algunos escritores franceses de la década del ´60 sino
toda una nave abierta a la vida. El coche es a la vez discoteca, salón de belleza, centro
telefónico, cuartel general para tomar decisiones, parlamento, alcoba de enamorados,
guardería infantil, prisión, taller y escuela; es decir, todas las homoestructuras de Michel
Foucault ahora en un movimiento que puede alcanzar las 90 millas por hora (90 millas:
precisamente la distancia que separa a Cuba de los Estados Unidos por el Punto Cero de
Key West, transitable en una hora).
En unas notas antropológicas sobre las “instituciones itinerantes” (el viaje, el turismo)
recogidas en el cuaderno El viaje imposible (Editorial Gedisa, Barcelona, 1998) Marc
Augé señala: Nuestra relación con la imagen y con el espacio se presenta en un doble
aspecto: recibimos imágenes (fijas o móviles) y fabricamos imágenes. Fabricar imágenes
(fotografiar, filmar) significa a la vez apropiarse del espacio y en cierto modo transformarlo,
consumirlo. De manera que la ´toma de vistas´ asigna como finalidad última al espacio y
a la historia el espectáculo, un espectáculo al que espacio y tiempo históricos dan la
materia prima; la toma de vistas impone un cambio de naturaleza, de lugar y de
temporalidad. (edic. cit. P. 124)
Al tipo de imágenes tipificadas por Augé como “móviles recibidas” pertenecen las
inscripciones que se insertan en las matrículas de los autos y que cada estado de la
nación americana ofrece como lema, como “marketing” de su constitución. Durante todo
el día el ciudadano-viajero, el “driver-citizen” considera y se considera como pieza
participativa de una entidad política verbalmente definida.
Según este modo de vida, entonces, la ciudad de Miami sería un espacio político-
existencial ubicado al sureste del “Sunshine State”, que es La Florida. La ciudad de
Miami pertenece al Condado de Dade, que limita al sur con el Condado de Monroe y al
norte con el Condado de Broward.
En el imaginario geopolítico de la cubanidad es al Condado de Dade (a todo el condado) a
lo que se le llama Miami. Sin embargo, la Ciudad de Miami (City of Miami) es solamente
una ciudad entre las más de una decena que conforman el Dade County; cada una con
sus diferencias específicas en cuanto a gobierno, administración, prensa local, niveles de
vidas y geografía.
Si bien la Ciudad de Miami es emblemática en torno a la presencia de un exilio tradicional
cubano que tuvo a Little Havana como capital, la Ciudad de Hialeah ocupa hoy la
preponderancia simbólica respecto a la conformación de una identidad cubana exiliar
cuyos ingredientes básicos lo aportan los cubanos llegados en los últimos quince años y
que, en su mayoría, son un resultado de las maneras y los estilos entronizados en la
sociedad conformada (o emergida sin diseño intencional) a partir de los eventos políticos
de 1959 y que solemos reconocer como Revolución Cubana.
Sentenciosamente la comunidad cubana en el sur de La Florida suele significar que “hay
en Miami un millón” de cubanos. Una expresión inexacta si se considera
demográficamente, pero muy certera como mensaje demográfico-político. Un texto
desafiante que se dirige tanto al gobierno de Fidel Castro, que tiene una relación de
penetración-confrontación con este exilio, como hacia el gobierno norteamericano, que
periódicamente pretende el voto electoral de los cubanos del sur de La Florida y mantiene
respecto a los mismos una relación cautelosa.
Según el censo del año 2000 (www.miamidade.gov) esta es la presencia cubana en el
Condado (elegimos a tres ciudades de notable presencia cubana para destacar la
necesidad de estudios diferenciados al interior del propio Condado de Dade):
State of Florida:
Total population: 15.982.378.
Hispanic, Latino and race: 2.682.715.
Cuban: 833.120.
Dade County:
Total: 2.253.362.
Hispanic, Latino and race: 1.291.737.
Cuban: 650.601.
Miami City:
Total: 362.470.
Hispanic, Latino, and race: 238.351.
Cuban: 123.763.
Hialeah City:
Total: 226.419.
Hispanic, Latino, and race: 204.543.
Cuban: 140.621.
Miami Beach City:
Total: 87.933
Hispanic, Latino and race: 47.000.
Cuban: 18.038.
Como quiera que sea, es harto notable la presencia de una comunidad cubana en el sur
de La Florida; aún más si consideramos su éxito en una actividad muy arraigada en la
cultura insular de la cual proviene: la política.
Parte del saldo político percibido como “cubano” en los Estados Unidos es el siguiente:
dos senadores federales, tres congresistas de la nación. Jueces, legisladores y notables
cabilderos en el gobierno estatal en Tallahassee; por demás, los alcaldes Julio Robaina,
de Hialeah, Manny Díaz de la Ciudad de Miami y Carlos Alvarez, de Miami Dade, son
cubanos también.
Esta notoriedad, que se extiende a otras esferas de la vida social como el arte, los
negocios, los deportes, no siempre es premisa para una buena relación con otros
sectores de la población. Por momentos las relaciones han sido tensas con la comunidad
anglosajona y afroamericana, lo que puede ser visible en época de elecciones locales o
en determinados momentos, como en los meses en que se disputó el regreso a Cuba del
niño Elián González.
Estas enemistades étnicas se dan también con otros sectores de la hispanidad o
latinidad. En las recientes manifestaciones en torno a la política migratoria de la Casa
Blanca, fue muy baja en Miami la participación cubana. Si bien algunos líderes habían
advertido acerca de la conveniencia de mostrarse solidarios con los emigrantes
latinoamericanos ilegales, la mayoría de la comunidad cubana permaneció al margen,
pues está especialmente protegida por el Acta Democrática Cubana, conocida como Ley
de Ajuste Cubano, que legisla la aplicación de la residencia para los cubanos después de
un año y un día de permanecer en territorio norteamericano, sin peligro de ser deportado
en ese período de tiempo. Aunque en general la convivencia se da sin problemas, hay
cruces de chistes relativos a la identidad nacional y expresiones informales de
discriminación mutua.
A pesar de todo de ello, no importa si por motivos políticos, lo cierto es que las leyes
federales que en los últimos años beneficiaron a la comunidad de emigrantes
centroamericanos, salieron de la oficina de la congresista cubano americana Ileana Ross
Lehtinen y no de la de la de Nancy Pelosi.
Este tipo de disputas intra-minoritarias abarcan muchos niveles, desde inminentes
vandalizaciones hasta el cuestionamiento de que a esta altura la comunidad cubana en
Miami merezca efectivamente la denominación de exilio. “Exilio”, a diferencia de
“emigración”, tiene una suerte de “glamour libertario” que los cubanos no están dispuestos
a perder, ni sus críticos a conceder.
El problema en torno al calificativo que merece la comunidad cubana en Miami se discute
al interior de la misma en varios niveles; desde “el insulto de bakery” hasta la academia.
Esa tensión nominalista también se percibe en la elección de nombres para referirse a los
hechos que han formado parte de la política cubana en el último medio siglo, cada uno de
los cuales contiene intencionalidades políticas muy definidas. En este sentido, podemos
captar un mensaje inicial cuando se le dice a Fidel Castro “dictador”, “presidente” o
simplemente “doctor Castro”, o cuando se habla distintamente de “revolución” o
“castrismo”. Tampoco es lo mismo hablar de “emigración” o “comunidad cubana en el
exterior” que de “exilio”; incluso, se adicionan más matices cuando estas palabras se
escriben con mayúsculas o minúsculas. Recuerdo que el escritor Carlos Victoria fue
acusado de “extremista” en un encuentro de escritores en Europa, sencillamente por
escribir con minúsculas el sustantivo “revolución” en el contexto de una novela.
Entre todas las denominaciones recibidas me parece particularmente reveladora para el
Miami cubano la de “país cubano en el exilio”. En efecto, después de un exilio tan largo la
comunidad cubana de Miami ha conformado una suerte de patria exiliar que funciona a la
manera de un país; con todo lo bueno y malo que puede tener haber alcanzado ese nivel
de fundación.
Como todo país, los cubanos cuentan en Miami con cláusulas de salvación, con
estructuras solidarias y acumulación de prestigio, con una cultura cotidiana que debilita la
sensación de extranjería y amplias zonas de relaciones humanas intranacionales. Pero
por otro lado, este nuevo país exiliar está nítidamente estratificado, exige niveles de
realización social y competencia que constituyen una carga adicional a la ya pesada
carga del destierro, alcanzándose en estas diferenciaciones escisiones tan precisas que
socialmente es posible hablar de clasismo y racismo en la relación cubano-cubano.
En la comunidad cubana exiliar existe un profundo sentimiento nacionalista que se acopla
formalmente al nacionalismo vigente en la isla, incluso a nivel oficial. Es decir, existe una
identificación en el valor nacional que se esgrime, aunque las formas de culto y los
contenidos puedan variar de un lugar a otro, o de una a otra “orilla”, como suele decirse.
Este nacionalismo exiliar se centra en el valor de la capacidad cubana para triunfar en un
contexto democrático, por lo que se torna altamente exigente, volcando el problema
sociológico del éxito hacia su zona moral. Es la literatura la forma de expresión artística
que ha rescatado para la memoria la zona oscura de la cubanidad exiliar; un par de obras
paradigmáticas en este sentido son la novela de Guillermo Rosales Boarding Home (Edit.
Salvat, Miami-Barcelona, 1987) y el poemario de Eddy Campa Little Havana Memorial
Park (Edit. Dilemma, USA, 1998).
El nacionalismo cubano en Miami adiciona nuevas especificidades a las ya existentes.
En efecto, el cubano resulta un nacionalismo que parece sacar las energías de sus
carencias antes que de sus reivindicaciones positivas. El nacionalismo cubano se crece
sobre sus propias incompletitudes, de ahí que pueda calificarse como un “nacionalismo
anómalo”:
1-Carece de texto sagrado.
2-Carece de tipo racial coherente.
3-Carece de reivindicación lingüística.
Al insertarse al sur de una nación angloparlante, la tercera reivindicación asoma con más
razones que en la propia isla; de ahí que tenga un marcado carácter nacionalista la
creación y manejo de instituciones bilingües o en idioma español por parte de los
cubanos de Miami. Este fenómeno podemos apreciarlo, por ejemplo, en la fundación de
dos instituciones miamenses de rango nacional: el Colegio de Jesuitas de Belén y la
Colección Cubana adjunta a la Biblioteca Otto Richter de la Universidad de Miami.
Si, como decíamos, la elección de un nombre para designar a la comunidad cubana en
Miami es problemática, también lo es la de un adjetivo que acompañe al nombre
seleccionado. Quienes coinciden en que se trata de un exilio, por ejemplo, pueden
diferenciarse en torno al calificativo que adjuntan; el mismo puede ser elogioso o
cuestionador: “exilio exitoso”, “exilio patriótico”, “exilio democrático” o, en su lugar, “exilio
batistiano”, “exilio extremista”, “exilio mafioso”.
Hay otros adjetivos que se emplean no tanto para indicar una dimensión política sino más
bien social. Por ejemplo, igual que en la isla se utiliza el adjetivo “histórico” para
diferenciar a los militares que obtuvieron sus grados en la gesta revolucionaria de la Sierra
Maestra de los que se destacaron en tareas administrativas o estratégicas de los años
posteriores al triunfo de la revolución de 1959, en Miami se llama histórico al temprano
exilio de los ´60, que se diferencia de la llamada generación Mariel que corresponde a los
´80 o al de los últimos tres lustros, que es tratado más bien en términos de emigración
económica. Un tratamiento ordinario correspondiente al fin de la Guerra Fría, sin el
carisma que antes tenía el perseguido político, que comparten ciertos sectores del exilio,
el gobierno de Fidel Castro y algunas cláusulas migratorias de la propia administración
norteamericana. Para no hablar del raro fenómeno del autorrebajamiento moral que
aceptan algunos de los recién llegados, tratando de lo perjudicar las posibilidades de un
pronto regreso.
Las cohesión cubana en Miami presupone entonces muchas diferencias. Cada una
alimentada por tres ejes formativos distinguibles:
1-Cubanos con formación e información en el contexto de las aspiraciones republicanas,
es decir, vigentes antes de 1959 o prolongadas inercialmente después de esa fecha.
2-Cubanos nacidos o básicamente formados en el contexto institucional y valorativo de la
sociedad emergida en la isla tras los eventos de 1959.
3-Cubanos educados o nacidos en los Estados Unidos, cuya formación se centra en los
estilos y maneras de la nación norteamericana.
Son sectores de la cubanidad exiliar que se diferencian lingüística, demográfica y
culturalmente, entendiendo aquí “cultura” en su sentido más amplio: como una forma
específica de entender la vida y la muerte. Es decir, cultura en un sentido que roza lo
civilizatorio mismo. Aquí se concretan diferentes modos de entender la dieta, la moda, el
sexo, la música, la prensa, la radio, la televisión, los deportes; la ida y la vuelta; la familia
y el vecindario; la moral, Dios, el tiempo y el espacio.
Como indicamos al inicio del texto, igual que California se hace llamar “The Golden State”
(“state nickname” oficializado en 1968), o Conecticut, que se hace llamar “Constitution
State” (“state nickname” aprobado por acta de la legislatura en 1959), Florida se auto
percibe como el “Sunshine State”(“state nickname” aprobado por la legislatura en 1970).
A pesar de ser un estado productivo, con centrales termonucleares, un centro espacial de
transbordadores, minas, agricultura y decenas de universidades, el valor imaginario que la
nación le confiere a este estado, y que él mismo asume, es el del esparcimiento y la
relajación, la pesca y el hábitat natural (todo esto, por supuesto, matizado por la violencia
y el tráfico de drogas). En este sentido, si bien Tallahassee es la capital política del
estado, ciudades como Orlando, San Agustín, Key West y Miami son sus consulados
simbólicos.
En el caso específico del Condado de Miami Dade tenemos que si bien el Down Town es
el eje bancario y legislativo de la ciudad, es decir, su epicentro comercial, Miami Beach
es su núcleo postmoderno. La velocidad, transitoriedad y levedad moderna tienen en la
playa una manifestación vertiginosa. La postmodernización de esta parte del condado,
que incluye la conversión planificada de la costa en balneario, demuestran que se trata de
un proceso conciente. En la playa todo se hace ola y superficie; empezando por el horario
y terminando por la moral.
En Miami, donde se disipan en cada primavera estudiantes y profesores de las
univeridades de toda la Unión Americana, para no decir del mundo, proliferan los bares y
discotecas. No se viene a Miami a realizar investigación académica; todo lo contrario, el
objetivo visible es obviarla. Incluso más: por momentos las reuniones académicas (sobre
todo las que se dan en la llamada área de “saber discursivo”) son un pretexto, un medio
para conseguir un pasaporte temporal al universo hedonístico del condado.
Reiteramos: Miami Beach es el núcleo postmoderno de Miami, el Downtown su centro de
modernidad. La playa es la costa superada, la cultura leve del “surf” y la ola, la de la ropa
insinuante y las pieles “etnizadas” por un sol que se multiplica en unos 90 grados F casi
perennes. En el “Downtown” está el “Goverment Center”, las cortes de justicia, los
grandes bancos y las oficinas de negocios de gran importancia. Existe por demás una
modernidad rural ubicada en Homestead, al sur del condado, donde trabaja una fuerte
comunidad de emigrantes mexicanos, guatemaltecos y salvadoreños.
Pero es la playa quien monopoliza el aporte simbólico de Miami al imaginario cultural
norteamericano; la playa de Scarface y Miami Vice. En un estudio sobre la peculiar
modernidad australiana, la profesora Ma. Mercedes García Bolós ha destacado la
importancia de un cambio de actitud hacia el mar en este proceso. La playa implica un
nuevo sentido, una rectificación de finalidades y un nuevo cambio en los cánones de
belleza. (1)
El filme Scarface (B. de Palma, 1983) se estrenó poco tiempo después de la oleada
migratoria de El Mariel. En 1980 miles de cubanos, de todos los matices clasistas y
raciales llegaron a los Estados Unidos desbordando sus capacidades migratorias.
Repartidos en campamentos por diversos estados, la mayoría de ellos se radicaron en el
sur de La Florida.
Para sobrevivir, algunos tomaron atajos alternativos a la corriente dominante y se
dedicaron a negocios ilícitos. Los personajes de Scarface, atrapados en el submundo de
las drogas, violento y hedonista la vez, acabaron por monopolizar la imagen que del Miami
“cubanizado” se conserva a nivel general. Hay que decir también que, además de
desmentir esa imagen mostrando índices de modernidad convincentes, en Miami se ha
acabado por asumir esa propuesta hasta el punto de que entre algunos grupos de jóvenes
se repiten parlamentos enteros del personaje Tony Montana (Al Pacino) como si se
tratara de un catecismo.
El flujo migratorio de El Mariel marca un hito importante en la comunidad cubana de
Miami. A partir de ahí comienza a conformarse un sector migratorio que posee una
memoria no existencial, no biográfica de la Cuba Republicana (pre-revolucionaria), y que
se ha formado básicamente en la dinámica de la sociedad emergida de los eventos de
1959.
Es difícil hacer una clasificación diacrónica rigurosa de un exilio tan plural y, sobre todo,
tan duradero. Su carácter contínuo, es decir, el hecho de que cada día nuevos eventos y
motivos avalen la incorporación de exiliados a la comunidad de Miami, todos con sus
irrepetibles apologías, condenan a la parcialidad a todas las generalizaciones.
A un nivel que podemos llamar fenomenológico, las diferencias existen. Diferencias en el
ejercicio de la memoria, en la percepción de los propios Estados Unidos, en las formas
de divertirse, de vestir, en los héroes que se admiran, en los apóstatas que se critican. La
comunidad cubana de Miami, que es un sistema heterogéneo de convivencia, ni siquiera
se proyecta unánimemente respecto a Fidel Castro. Una buena parte lo rechaza, otra lo
acata, otra postula una cierta indiferencia hacia el mismo. Una indiferencia precaria, como
todas aquellas poses a-políticas que propician los sistemas de matriz totalitaria.
En una familia cubana de Miami puede existir los siguientes niveles arquetípicos: cubanos
exiliados, hijos llegados muy pequeños o nacidos en los Estados Unidos, nietos. En esos
estratos pueden comprenderse las diferencias y las regularidades, que siempre estarán
rectificadas por las primeras.
Si uno realiza un pequeño tour gastronómico-musical por Miami, podrá percibir algunas
diferencias según los tiempos de exilio. Es una tesis que se afirma en estereotipos, pero
esos modelos son por lo menos fenomenológicamente comprobables.
El Restaurante Versailles, por ejemplo, es el emblema culinario del llamado “exilio
histórico”. Situado en la Calle 8 y la 36 avenida del South West de Miami, es una
empresa donde la política forma parte esencial de su identidad y de su marketing. Al
Versailles van a hacer campaña los políticos locales, pero también los aspirantes a la
gobernatura estatal y al Congreso Federal. Aunque se considera una suerte de cuartel
general del anticastrismo miamense, lo cierto es que el restaurante es visitado por
personas de todas las tendencias políticas. En décadas, no se ha registrado allí un acto
de violencia por un motivo político. (2) Un par de millas al Este, en la 27 evenida, se ubica
el Retaurant Ayestarán, uno de cuyos lemas publicitarios dice: “Restaurán Ayestarán:
donde los patriotas van.”
Hay que mencionar también, en la propia calle 8 de Little Havana, el predominio de los
resturantes cubano-españoles “Casa Juancho” y “Casa Panza”. Como se sabe, en
historia y en política la isla cubana posee dos paradigmas metropolitanos hacia los
cuales gravita alternativamente: España y los Estados Unidos. Las clases cubanas
disponen de un refrán que sintetiza el enfoque pragmático de esta dualidad: “Los carros
americanos, la comida española.” Aún hoy los cubanos dicen que el futuro de Cuba
tendrá que ver mucho con las decisiones que tomen los otros dos presidentes cubanos
cuando Fidel Castro salga del escenario: el presidente de turno en los Estados Unidos, y
el Presidente de España.
Existe otro nivel de exilio que llegó a Miami en los años 60 pero que no tuvo una conexión
con los estratos dominantes en la República; y en los años 70, habiendo vivido una
temprana experiencia política y cultural bajo el castrismo, que suele frecuentar plazas
diferenciadas al menos por mostrar una menor intensidad política. Cito en este caso el
Restaurante-Club “Los Marinos”, situado en la Calle Flager y la 37 avenida.
“Los marinos” ha sido una plaza de cultura cubana que abarca la música, el deporte y por
supuesto la política. La porción exiliar que allí se reúne es menos radical aunque
igualmente politizada. Como estamos en el ámbito de la cultura culinaria, me ciño a
destacar que el menú que se propone es de un nacionalismo más tenue. No se centra,
como su mismo nombre indica, en los frijoles negros, el arroz y el cerdo sino en los
manjares marineros. Cuba, ha pesar de ser una ínsula marinera, tiene una vocación
continental que se refleja de muchas maneras: en la desmesura política, en el olimpismo
deportivo, en la terrenalidad de su dieta. La transformación del pescado en cerdo es una
de las metamorfosis predilectas del alquimista cubano. “Tenemos tan buen pescado, que
parece cerdo asado”, anunciaba un típico restaurante cubano.
El ícono musical de “Los marinos” es la bolerista Blanca Rosa Gil, aunque se venera
también la música de otros importantes boleristas cubanos como Vicentino Valdés, Marta
Estrada y José Tejedor. Este grupo, por haber alcanzado una notable experiencia en el
marco de los primeros lustros del castrismo, aprecia e interpreta la música de antiguos
colegas que siguen llevando su carrera dentro de la isla como Héctor Téllez y Beatriz
Márquez, por poner dos ejemplos de los más notables.
En este circuito artístico informal, donde aficionados y profesionales se juntan por
amistad y desinteresado amor a la música, destaca el cantante Lázaro de los Reyes, un
bolerista natural que rejuega con los trabajos de Vicentico Valdés. “Lazarito” (su nombre
artístico) tiene un disco editado con ayuda de sus amigos; se titula “Canciones del ayer”
y contiene notables interpretaciones de piezas famosas como “Plazos traicioneros”,
“Envidia” y “Piel canela”.
Cuentan que un cubano recién llegado de la isla se asomó un día a la puerta de un “night
club” situado en la esquina de la 8 calle y la 22 avenida y, al repasar las caras de los
asistentes, exclamó antes de huir: “!Esta es la UNEAC con Heineken!”. En esa dirección
se encuentra el club “Hoy como ayer”, entre cuyos clientes hay, efectivamente, un gran
porcentaje de exiliados de los últimos tres lustros. Es un espacio para escuchar y bailar
música, beber copas y relacionarse. Además de los invitados ocasionales, el “Hoy como
ayer” ofrece un programa centrado en los artistas Amaury Gutiérrez, Malena Burke, y Luis
Bofill.
En la sala de baile del referido club el exilio se hace tenue; la sensación de pérdida,
desgarradora o lánguida, desaparece al borde de la medianoche. Bailar en el “Hoy como
ayer” es un exorcismo parecido a la escritura, solo que con exigencias físicas más
visibles.
Notas:
1-Ver: García Bolós, Ma. Mercedes. “El mar, cordón umbilical de Australia”. Malleus.
Revista de Estudios Culturales. Segunda Época, Año I, Número 1, Primavera 2005, pp.53-
61.
2-El restaurante Versailles fue fundado el 27 de junio de 1971 por el empresario Felipe
Valls. La calle 8, en esa zona de la ciudad, lleva su nombre. El día 31 de julio el
Presidente George W. Bush visitó el Versailles donde dialogó con periodistas, elogió la
comida cubana y aclaró algunos puntos controversiales de su política hacia Cuba con
evidente finalidad partidista.