volver
menu
De la Filosofía del absoluto a la Metafísica pop.
("Escape" y praxis en la filosofía).


                                          La gaviota es un ave estúpida.
                                          Ama la noche y, sin embargo,
                                         non volanno mai nel buio.
                                                        ( Anónimo habanero)


Un viejo prejuicio filosófico asegura que la historia del pensamiento especulativo es tan compleja, que no
todos llegan a aprehender su simplicidad. La filosofía, “quizás”, trate apenas de la exposición y la lucha por el
manejo de lo obvio. Esto último es lo que llamamos "praxis". Su cultivo exige aptitudes distintas, aunque no
incompatibles: aquellas que tienen que ver con el enunciado de juicios abstractos y las que se ponen en
juego cuando se indaga por una salida práctica para los mismos; ya sea fundando una escuela o haciendo
una revolución.

En su nivel abstracto la filosofía puede ser incluso contrafactual. No solo inverificada en la realidad histórica,
sino inverificable. Así es también el mito, eje intelectual sobre el que se funda una gran parte de la vida
cotidiana de los hombres. Damos por sentada aquí la tesis de que la ciencia es una forma extrema en que se
presenta la parte racional de la imaginación mitológica.

Pensemos por un momento en una de las leyes más ordinarias de la mecánica clásica e imaginemos un
espacio vacío; vacío absolutamente. Si ponemos un cuerpo en él y le imprimimos un impulso, pues ese cuerpo
se moverá eternamente hacia el infinito. ?Qué significa esto?. Pues que nunca sucederá. Lo que no impide
que sea verdadero.

Lo inasible aparece aquí como una dimensión legítima de la verdad, incluso de la práctica. Lo contrafactual
puede ser el "obstáculo" que conduce al resultado, aunque sea hipotético. En lo “no acontecido” se
acumulan nociones que están en la frontera de la ciencia, el mito y la filosofía, formando niveles de acceso
privilegiado para  personas cuya estructura intelectual posee quiebres, abismos epistémicos que son capaces
de cobijar, "obstaculizándola", un tipo de verdad tan abarcadora como sospechosa.

No hablo aquí del  talento de los locos ni de la habilidad de los burócratas, apenas de esa lucidez escindida
que mezcla "obstáculo" y meta, pasión y razón, intuición y cálculo. Newton, como se sabe, era un iniciado en
el Curso de la Noche, además de un buen comunicador “diurno”, como diríamos hoy. El malabarismo
intelectual que es preciso hacer para avanzar en el campo de la filosofía me recuerda una frase de San
Agustín que con frecuencia comparto con un amigo: "Yo soy dos, y estoy en cada uno de los dos por
completo."

De más está decir que la claridad mental a que se puede aspirar en este límite roza la esquizofrenia.
Articular un pensamiento formalmente coherente bajo el acecho de la perplejidad y el descarrío, lo sabía
Maimónides, es uno de los placeres más dignos de la inteligencia humana.

La verdad viva, esa que contiene un germen o posibilidad de práctica y que sirve al hombre para "escapar"
en su vida, adviene como resultado de una faena intelectual de naturaleza híbrida. Plotino y San Agustín,
luego Igmar Bergman en algún filme, le llamaron "Iluminación".

Iluminado es el hombre erguido sobre el "obstáculo" y a punto de saltar. Iluminista es el erudito cargado de
conocimientos que de tanto archivar se ha dejado robar el tiempo de crear. El primero es el acusado,
inocente y culpable en el proceso; el otro es el notario que aspira a las prerrogativas del juez.

La Iluminación es un estallido del espíritu, una revelación de baja escala aunque de máxima intensidad (no
hablo aquí de las "apariciones", menos aún de aquellas que se dicen haber tenido de Dios), que se da
solamente en inteligencias arduas que "aman" la búsqueda y no cejan en el trabajo.  Ni basta con la
inspiración ni es suficiente la voluntad; el hallazgo es resultado de una combinación de los dos ingredientes.

El obrero voluntarioso intocado por la gracia, provoca lástima. El aprendiz brillante y apresurado llega a
irritar. Una gitana me aseguró en "Graná" que el primer semestre en la Escuela de Brujas siempre se
dedicaba a enseñar a los aprendices que no se pueden parar las escobas. Isaiah Berlín lo exaltaba como
legado judaico: "El agón con la tradición es cosa de epígonos", y a Buñuel le encantaba encontrarlo en
Eugenio de O`rs: "Lo que no es tradición, es plagio".   

Encontrar la luz es oportunidad tan ardua, que Porfirio, discípulo y biógrafo de Plotino, aseguró haberle visto
en "éxtasis de amor" en contadas ocasiones.

De esta dualidad "emanan" (verbo neoplatónico por excelencia) las proposiciones filosóficas fundamentales,
fundadoras y fundamentadoras; esas evidencias abstractas que cualquier persona estaría dispuesta a
aceptar: El Ser es, el no-Ser no es; Nada surge de la nada;  Apoyo a quien me beneficia, me querello con
quien me perjudica; etc. Ellas conjugan en una misma alquimia lo simple y lo complejo, entrando en franca
mímesis con la vida cotidiana donde somos y dejamos de ser perpetuamente.

Vida y muerte a la vez. Vida para la muerte. Muerte para la vida. Una filosofía en busca de una resurrección
humanista a la manera en que los florentinos tardomedievales buscaban la novedad de un hombre infinito
en su finitud. "Los hombres matan la cosa que aman", decía Oscar Wilde, pero no aclaraba que ese crimen
es un gesto de amor, la aspiración a la resurrección de lo amado, la búsqueda de la eternidad a través del
crimen.

No existe pues una desnudez perfecta; en nuestras búsquedas el objeto está contaminado per definitionem.
Dios es pudoroso y antisocial: no le gustan los mítines embriagadores donde se buscan salidas definitivas; por
eso obstaculiza el ejercicio de una razón pura y una pura pasión. Nos induce a la verdad absoluta, pero nos
la permite solamente de manera analítica, no sintética.

Le verdad total ciega; decir que encandila es ya un acto reflexivo solo posible después del fogonazo
barbarizador que nos deja sin lenguaje. En su novela Mi madre (la madre es tumba y fuente a la vez) Georges
Bataille asegura que hay cosas que no se pueden o no se deben mirar de frente. Se esquivan  como para
evitar pensarlas hasta sus últimas cosecuencias. Los cubanos llamamos a esta operación "embaraje", que
equivale al "quite" en la tauromaquia andaluza.

Pensaba Bataille seguramente en la muerte, o en ese tipo de amor que cuando uno lo tira en perspectiva solo
se le ve final: el hombre viejo que sedujo a la virgen de piel lisa, el Capitán que disfruta la espalda del
grumete, o la prima que cautiva el barrio en sus visitas de verano.

La frontalidad es chocante. El "osbtáculo", la "pared" por encima de la cual nos asomamos es el límite que
nos hace videntes y reflexivos. Karl Jaspers llamaba "situaciones límites" a ese estado donde la indigencia
resucita en flor; en tal sentido, su Psicología de las concepciones del mundo puede ser leída de manera
kitsch, como un catálogo de esperanzas.

En esa frontera fértil y "obstaculizadora" adviene la angustia creativa, "la angustia (es el precio) de ser uno
mismo", como decía nuestro inmerecido Orfeo. Entonces es cuando el enamorado viejo se resiste a decir
adiós, el sabio no acepta que está equivocado y el Mesías elegido (dicen que había otros menos dilectos) se
desespera de soledad en la cruz.

Bataille sigue reflexionando en el límite: "La vejez renueva el terror a lo infinito. Devuelve al ser aún sin
terminar al principio. El principio que al borde de la tumba entreveo es el cerdo que en mí ni la muerte ni el
insulto pueden matar. El terror al borde de la tumba es divino y me hundo en el terror que me engendró." (1)

Por su parte, estas verdades simples de la filosofía no son inofensivas; se puede morir y hasta enfermar de
saber. Lo destaca toda una gran tradición antiintelectualista a lo largo de la historia espiritual del Occidente
Cristiano: "El árbol del conocimiento ha matado el árbol de la vida." En las proposiciones abstractas hay a
veces mucha frontalidad, ansia satisfecha, realización, y esto puede conducir a una seguridad ilusoria que
enfría la curiosidad.

Desde el fragmentario Poema de Parménides, hasta la Ciencia de la Lógica de Hegel; desde el comercio en
las riveras del Támesis y Toledo, hasta la visita a Sears o Burdines para las compras de navidad, nuestro
universo espiritual está surcado por esas verdades de primer orden. Con ellas vivimos a medias, que es el
modo más general de existir. La plenitud no es atributo de una criatura como la humana, condenada a vivir
subempleando las capacidades que les han sido otorgadas.

Todo el socialismo y anarquismo del siglo XIX incorporó a su diseño utópico el requerimiento de que el hombre
pudiera aportar según sus capacidades; el marxismo agregó a esto una distribución de acuerdo a las
necesidades, lo que ya estaba en la secta de los Iluminados de Baviera. Algo de esto llegó también a la Liga
de los Justos, que bajo exigencia de Marx y Engels se convertitiría después en Liga de los Comunistas.

De algún modo hemos sido un epifenófeno de conspiraciones, no de instituciones; de bandas armadas, no de
ejércitos; de dogmas, no de ideas. El primer nombre que Federico Engels seleccionó para titular su
declaración comunista fue el de Catecismo, sin dudas más revelador que el de Manifiesto.

Ahora bien, por precaución, por eso que podemos llamar "marketing epistémico", el pensador debe
abstenerse de solicitar contínuamente la atención sobre este tipo de saber básico. Si bien una mentira
repetida sucesivamente puede convertirse en verdad, según Goebbels, una evidencia reiterada
indebidamente se convierte en falacia.

Hay verdades para todos, nociones a compartir antes de llegar al círculo esencial que irrita y enemista al
aficionado. El conocimiento del "obstáculo" debe ser un punto de llegada, no un punto de partida.  Y se
requiere todavía más para seguir adelante; para montar sobre él un escape práctico cuya temporalidad exige
una negación contínua.

El primer "obstáculo" en el camino del saber filosófico es la ignorancia, que es la tábula sucia, ni siquiera aún
la tábula rasa. Sócrates, sin embargo, la convierte en punto de partida de la meditación y el diálogo (el el
método socrático, la mayéutica sucede a una catastrofe: la destrucción del saber previo); estoicos y
escépticos la elevan a fundamento gnoseológico de una moral, y Nicolás de Cusa le da rango de virtud en su
De Docta ignorantia.

El error y el desconocimiento pueden ser doctos, la estupidez no. La
estupidez es demasiado sólida, hermética, infranqueable como para funcionar en un planteamiento creativo.
La estupidez no obstaculiza sino que aburre, envuelve. No llega siquiera al nivel de ese sano adormecimiento
civil y espiritual que era llamado "stupere" o "idiocia".

Flaubert le tenía pánico a la estupidez. Se trataba en cualquier caso de un miedo justificado; es el rechazo a
la cegata insolencia de lo infalseable. He visto personalidades que rozan la genialidad dando golpes en la
mesa ante las gelatinosas oraciones de un tertuliano estúpido.

En sus Lecciones de historia de la filosofía Hegel, tras celebrar a Sócrates como el más grande en el linaje
intelectual “por tener la vida en unidad con su principio”, le reprocha el haber servido de pretexto, con su
manera dialéctica de hacer filosofía, a toda la cháchara moralista que posteriormente se hizo pasar por
filosofía. Cháchara que, además de cundir en la literatura filosófica, es casi aplastante en los medios de
difusión, desde los noticieros hasta las telenovelas.

Frente al concepto de “criatura divina”, el Renacimiento prueba con un hombre dignificado en sus propias
limitaciones. Reinterpreta de manera entusiasta el mito del “pecado original”: ya que estamos sucios desde el
mismo momento de nacer, debemos relajarnos. Es soberbia pretender una asepsia absoluta. Podemos vivir
orgullosos de nuestras propias manchas; es preciso brillar en los “obstáculos”. El hombre no renace entre
cenizas: vive en ellas, es poderoso entre las ruinas.

Esta doctrina, que ya venía amparándose en el Dios nominalista, encuentra una clara formulación en los
ensayos de Montaigne. En el trabajo titulado Filosofar es aprender a morir afirma: “Es incierto el lugar donde
la muerte nos espera; esperémosla, pues, en todas partes. La meditación de la muerte es la meditación de la
libertad. Quien aprende a morir deja de ser esclavo. Saber morir nos libera de toda sujeción y forzosidad. No
hay nada doloroso en la vida para quien ha comprendido que no es un mal su privación.” (2)

El alcance antropológico de esta premisa filosófica se relaciona con el rechazo pensado de la culpa, que
encontramos en su texto Del arrepentimiento: “Por lo que a mí respecta, en general, puedo ser diferente a
como soy; puedo condenar mi forma universal y desprenderme de ella, y hasta suplicar a Dios por mi
enmienda total, solicitándole el perdón de mis pecados; pero entiendo que no debe llamarse a esto
arrepentimiento, como tampoco lo es la posible contrariedad por no ser un arcángel…” (3)

Considerando su época y, lo que es aún más significativo, su medio, redondea su razonamiento con esta
conclusión audaz: “No puedo comportarme mejor, y el arrepentimiento no tiene nada que ver con las cosas
que superan nuestras propias fuerzas.” (4)

En plena modernidad Leibniz retoma estas afirmaciones humanistas y considera que vivimos en el mejor de
los mundos posibles, idea central de la  Teodicea. Es algo de lo que se burlará Voltaire en su Cándido; quizás
indebidamente, pues supongo que no debemos rebajar aquellos sofismas que ayudan a soportar la vida, y
aún más la naturaleza.

Ahora bien, en el plano gnoseológico quien verdaderamente se atreve a convertir el impedimento en recurso
es Nicolás de Cusa. En su obra De Docta Ignorantia (1440) se deshace de Dios utilizando la técnica del elogio
desproporcionado: (Dios) es tan “máximo”, arguye, que debe salir del círculo de enigmas inmediatos del
mundo de los “mínimos”.

El conocimiento es posible, según el Cusano, cuando existe cierta relación entre lo que se aspira a conocer y
lo que hay de conocido. A medida que se distancia más lo que se pretende conocer, el conocimiento se
dificulta. En un punto extremo, si el conocimiento pretende una naturaleza que le excede, una naturaleza tan
perfecta como la de Dios, debe declarar ante la misma un estado de ignorancia. Se trata entonces de una
ignorancia docta pues asume orgánimente ese abismo y, en lugar de postrarse en la esterilidad, se reubica
alegremente en el mundo accesible, que es mundo de los hombres.

Tendido entre “antiguos” y “modernos”, la circular querella, se encuentra Francis Bacon. Está asido al
Renacimiento con su “utopía” La Nueva Atlántida y abierto a la modernidad con su obra Novum organon. En
este alegato naturalista Bacon expone una peculiar doctrina de los obstáculos, que él llamaba ídolos o
errores. No se equivocó el pensador al detectarlos, sino al considerar a esos obstáculos desechables,
prescindibles.

Todo lo contrario, la filosofía debe ser también una reflexión acerca de la imposibilidad, un conocimiento
sobre los límites del conocimiento. Pero esto es ya lo que denominamos criticismo, que avanza desde Locke
hasta Kant.

Bacon, por ejemplo, detectó entre los obstáculos del saber lo que denominó Idola fori, o errores del teatro, del
pensamiento que trata de abrirse paso en los foros. Al soslayar este obstáculo, Bacon se distanciaba de lo
que ya es hoy uno de los temas más apasionantes de la autoconciencia intelectual: la relación episteme-
marketing-publicidad. El saber contemporáneo marca el triunfo de Protágoras sobre Sócrates: el saber
discursivo es una jugada de inserción en un sistema amplio de relaciones de poder; en ese entramado, el
poder económico es el principal. (5)

Aunque siempre se pueden encontrar antecedentes (Hidegger llamaba a la cultura griega “alba destinal” de
Occidente), podemos situar en este “programa general del Renacimiento” el inicio de la carrera hacia lo que
denominamos “Metafísica Pop”, que es una expresión sublimada de la “filosofía naïf”; esa natural meditación
que uno encuentra en cada hendija del tiempo que le ha tocado vivir; es decir, en el respectivo presente.

El mundo de las cosas en la dinámica de la vida cotidiana es un buen espacio para la especulación. Hay en
la tradición Occidental una filosofia que podemos llamar de bajo perfil que busca la dimensión de grandeza
en las cosas simples; o de simple apariencia. Es una filosofía complementaria en el sentido de que ella suple
el vacío de “realidad” que deja la tradición (normativista) dominante en la filosofía Occidental: Teología e
Idología, Historia y Biografía, Tratado y Novela, Iglesia y Tienda, Universidad y  Calle, Templo y Discoteca. Una
combinación de esas dos porciones que nos habitan, el cerdo y la mariposa, el laurel y la zarza, la patria y el
peregrinaje.

Hay que abrir un espacio a la frivolidad en la meditación filosófica; ir al encuentro de la gente, de la vida. El
mismo Montaigne después de considerar a Plutarco, emprende una reflexión sobre los coches, que les
parecían molestos, pero más tolerables que las literas. Muy atento a la moda, dijo en un ensayo titulado
precisamente Los coches: “Dios nos da el frío según las ropas y me da las pasiones según los medios que
tengo para hacerles frente.” (6)

Jonathan Swift escribió una meditación filosófica para mayordomos, otra aparentemente para niños; a Sade
le parecía que “el tocador”, el espejo, era una institución de alto grado de interés filosófico que el pensador
debía auscultar. Al gran George Simmel le preocupó el “caché” y escribió una Filosofía de la coquetería donde
el juego y el arte ocupan un lugar cardinal. Nos dejó también una Filosofía de la moda, donde desliza frases
que pudieran atrubuirse a cualquier estudioso contemporáneo del diseño: “El hecho de que el cambio mismo
no cambia presta a cada uno de los objetos en que se cumple cierta aureola de perdurabilidad.” (7) Las
cosas hablan, las mercancías hacen revelaciones. Esto es algo que se sabe desde Marx hasta Disney; desde
el más elemental hilozoísmo, hasta Truffau.

?Se puede siquiera imaginar a la sociedad norteamericana funcionando sin ordenadores? Ahora bien,? se
creó la máquina para que la sociedad funcionara, o fue una estructuración social dada quien hizo posible la
invención de la máquina?. La misma vida cotidiana nos lanza directamente a una Teología del ordenador, a
una Teleología de Microsoft.

Por demás Walter Benjamín, uno de los pensadores y críticos de arte más importantes de la modernidad, legó
todo un testamento programático para el  estudio de los juguetes, del circo, de las tiendas, del libro como
cosa, de la decoración humana y, sobre todo, del objeto decorativo (bello) por excelencia: Dios.

Ramón Gómez de la Serna descubrió universos significados en los escaparates, en las vitrinas, azoteas y en
las carteras de sus amigas. Yo encontré un día una cuchara en el bolso rojo de una hermosa mujer; no la
utilizaba para comer sino para ondular sus pestañas; aquel bolso era un sombrero de magia donde se
rectificaba la creación. Y ya, por último, Rolland Barthes nos lleva de la mano al mundo del wrestling, del cual
dice: “No es deporte: es espectáculo”.

El mundo de hoy, no sé si el de siempre, es eso: un espectáculo; y antes que renegar, hay que acceder a un
disfrute práctico e intelectual del mismo. Jacques Derrida imaginaba que una Gramatología podría ser la
disciplina que diera cuenta de la envolvencia social; quizás se haya equivocado: lo que nos hace falta es una
Dramatología social, una antropología radical de lo político como actuación; la comprensión de la “polis” en
términos de escenario.

Persona es máscara. La política, una trama que se aleja cada vez más del público que la paga. En la misma
medida en que el mundo se vuelve teatral, el teatro rompe sus paredes hacia el mundo. Considero pues un
lujo poder compartir ideas y practicas culturales con amigos que hacen teatro, y aún más, con amigos que
piensan el teatro.

La política misma, por ser menos representativa, se va convirtiendo progresivamente en más representacional.
Ronald Reagan, un actor, pasó por la presidencia del país más poderoroso de la historia humana, J.Ventura
ganó  la gobernatura de Minnessota depués de haber sido luchador de wrestling, el cantante Rubén Blades
aspiró a la Presidencia de Panamá;  mientras, el boxeador Félix “Tito” Trinidad se apresta a entrar en el
mundo de las leyes, Arnold Schwarzenegger es el flamante gobernador del poderosísimo estado de California
y una presentadora de televisión se  insertó en la casa real borbónica aclarando el azul, que es un color de
los llamados primarios. Como todos sabemos, desde hace medio siglo un dictador del Caribe, Fidel de Birán,
rectifica a Arquímedes de Siracusa: “Dame un televisor y moveré el mundo”.

Poco antes de morir el pensador Michel Foucault ofreció una conferencia en el Colegio de Francia titulada,
siguiendo una tradición, ?Qué es la ilustración?. Anotaba en ella que Kant había fundado las dos tradiciones
básicas del pensamiento moderno.

A saber:

1-Una meditación sobre el conocimiento.

2-Una ontología del presente.

Escribió su Crítica de la razón pura para satisfacer la primera demanda, haciéndose una pregunta entonces
fundacional que hoy ya nos parece un poco tonta: “?Cómo son posibles los juicios sintéticos a-priori?”.
Para satisfacer la segunda tuvo que vivir y sentir su vida toda, concibió un proyecto de “Paz perpetua” y
estudió los eventos más importantes de su tiempo.

Una ontología del presente es una meditación sobre nosotros mismos, sobre el mundo que nos rodea, sobre
esa forma en que se hacen específicos los problemas perdurables del ser humano: la libertad, la familia, el
sexo, Dios, la amistad, el amor. Son, en efecto, temas de telenovelas, de esta vida que con su gran sabiduría el
Siglo de Oro informara bajo el concepto de “teatro del mundo”.

Termino con una confesión que podré desarrollar en otro momento. La democracia es el contexto político
donde un ejercicio tan “empobrecedor” como la filosofia queda listo para su muerte. Es decir, para su
resurrección. Para que la filosofía apareciera en su forma clásica, fue preciso que algunos fueran libres;
donde nadie es libre, o donde lo es uno solo, no puede haber filosofía. Pero tampoco puede haberla en un
contexto como el nuestro donde todos pretenden la libertad. La democracia nos lleva de la mano de valores
como el respeto y la tolerancia al multiculturalismo, de ahí al relativismo y al cosmopolitismo. Lo contrario de
Universal no es lo Provinciano sino lo Cosmopolita; solo el provincianismo se tira a fondo en las redes de lo
absoluto y la monovalente universalidad que tiñe el estilo especulativo de pensar.

Pero hay un obstáculo agregado: resulta que la democracia tiene un adjetivo: “urbana”.

Las urbes no son buenas para la meditación, creo que jamás escucharemos hablar, por ejemplo, de “gran
filosofía neoyorquina”. La ciudad es belleza, vértigo; es arte y es brillo. Este estilo de vida, producto del gran
desarrollo de la dimensión comunicativa de la existencia humana, rige hoy la vida aún en el campo y en el
desierto. La urbanidad es virtual, y puede prescindir ya hasta de su modelo fisico de existir. En Sukupira, un
fleetmarket de una lejana región africana, el ídolo musical es Michael Jackson, y en la serie mundial de
béisbol, gran parte del pueblo de Bauta, en las afueras de La Habana, simpatizaba con los Yankees de New
York.

El pueblo es profundidad, es el palo vertical de la cruz; es la arquitectura de la espiritualidad abstracta: lo
que sucede es que el pueblo ya no es posible. La ciudad, en cambio, es superficie, horizontalidad y su
filosofia ideal es la Fenomelogía, curiosamente, la única gran tendencia clásica que no padece el uso del
prefijo post.

Mientras esta situación persista la filosofía sobrevivirá como un ejercicio agónico; por eso es necesaria la
autopoyesis, la automotivación, más que la polémica: un gesto intelectual sobrestimado. Son de plena
actualidad las consideraciones que sobre el filósofo hacen Diderot y d`Alembert en sus artículos políticos
para la Enciclopedia: ?y cómo es el filósofo? Pues (el filósofo)  “…es, por así decirlo, como un reloj, que se da
cuerda a sí mismo”. (8)  


Emilio Ichikawa.
Kendall.
enero-2004



Notas y referencias.

1-Bataille, Georges. Mi madre. Tusquets, Barcelona, 1986, p. 19.

2-Montaigne, M. de Ensayos escogidos. Colección Austral, Espasa Calpe. Argentina, 1949. p.138.

3-Ibid. p.62.

4- p.63.

5-No se me escapa que tras esta afirmación hay una reminiscencia metodológica marxista. Es un vestigio en
el cual creo. Esta idea ha sido traducida de manera más cruda por el pensamiento norteamericano: “Sigue el
rastro del dinero”. Hay individuos cuya ambición de poder es ante todo política, o epistémica, o estética;
incluso algunos que el poder no les fascina en primera instancia. De ellos se dice que son santos. Pero esa
excepcionalidad debe formar parte de una biografía, no de una filosofía de la historia.

6-Montaigne, Michel de Ensayos III. Edit. Cátedra, España, 1944. p.141.

7-Simmel, G. Cultura femenina. Revista de Occidente, Madrid. 1934. p. 172.
8-Diderot-d`Alambert. Artículos políticos en la Enciclopedia. Tecnos, Madrid,1986. p. 60.