| volver menú |
||||
| Episteme del “problema cubano”. Además de una frívola rivalidad (al menos consta la envidia del inspirador del Cratilo), Sócrates y Protágoras fijaron en la cultura Occidental dos maneras de entender la naturaleza y el destino del conocimiento. En sentido general, Sócrates creía en el saber como una búsqueda de la verdad, que él hacía residir en lo general, en el concepto. Una verdad que tendía a rebasar la obviedad del mundo sensible y que era pretendida con muy poco interés extra-intelectual; acaso con ninguno, si descontamos la satisfacción del ego y ciertas prebendas que propicia el ejercicio de un reconocido magisterio. El abderita, en cambio, enfocaba el saber como espectáculo, como “show”. El “agón”, el diálogo, como competencia donde la búsqueda de la verdad era un elemento vestigial. Lo importante era ganar el debate y para ello había que conseguir al menos dos cosas: a-El veredicto del árbitro. b-La simpatía del público (mucho tiempo después, en su Fenomenología del espíritu, Hegel introduciría un importante capítulo en torno a esta instancia: el “público”). En cuanto a la instrumentación del conocimiento, Protágoras era más “práctico”, y se dice que estuvo entre los primeros maestros que cobraron por enseñar. No obstante, parece que su “política intelectual” también tuvo sus fallos, pues el mal comienzo de un libro lo condenó a la censura. Ambas maneras de enfocar el destino del saber suponen diferentes moralidades. La búsqueda desinteresada de la verdad es un camino muy diferente al que implica el desvelo por encontrar simpatías a una creencia. Las sendas están ahí, coexisten, y no me atrevo a decir que una sea mejor que la otra. Son opciones. Michel Foucault, por ejemplo, simpatizaba mucho con la opción sofística, proponiendo una suerte de “relajamiento gnoseológico”. Nada de dar la vida por una proposición (tipo Urbano o Bruno), exiliarse o padecer por la concepción o expresión de un pensamiento: hay que saber jugar; “jugar para insertarse”, como después certificaría Jean Francois Lyotard en su conocido informe, redactado como cliente del Consejo Superior de Universidades de Quebec, La condición postmoderna (1979) Foucault y algunos pensadores posteriores consideraron que la epistemología sofística había triunfado; lo que representa una verdad parcial. Esta, en efecto, es la que mejor simboliza o se ajusta a la mentalidad dominante de la sociedad global, a la lógica de los medios de difusión y la “imagocracia”; pero la otra opción se mantiene vigente en las áreas epistémicas duras, por ejemplo, en las facultades de medicina o en los laboratorios de biología, en las salas de proyectos o en los estudios de diseño aeronáutico. En estas plazas, una confrontación con “lo real”, con “lo universal” socrático es fundamental; aunque eso fundamental sea la reacción de un conejillo o una persona a la administración de unos milígramos de determinada sustancia. En las áreas de culturas comparadas, de saber discursivo, la sofística predomina. En Georgetown University (Washington DC), por poner un ejemplo, esas dos epistemes tienen una distribución espacial, física muy definida. Mientras en el edificio Inter-Cultural Center (ICC) se cobijan disciplinas con soporte relativista y fenomenológico, en los edificios centrales suele regir la espisteme “clásica”. Hay disciplinas que han transitado de una concepción epistémica a otra, o se inclinan a uno u otro lado según circunstancias y contextos. La política es uno de esos casos. De alguna manera también la historia. Ch. Tilly lo advirtió en La Habana, en el Anfiteatro Manuel Sanguily de la Facultad de Filosofía e Historia: “El postmodernismo puede malograr toda una generación de historiadores”. Con la desparición de las “historias universales”, la historia económica es la garantía del socratismo en esa disciplina tradicional. Por su parte el llamado “problema cubano” parece ubicado ya definitivamente en el área epistémica sofística. De ahí que la mayor virtud que puede exhibir hoy un trabajo sobre la cuestión cubana es la de ser “equilibrado”, “moderado”. Tales adjetivos se han utilizado tradicionalmente para evaluar la actividad en la administración de justicia, o la gestión diplomática; ahora, al amparo de la episteme sofística, se adentran en el campo del pensamiento y la investigación social. Contrasentidos como “poeta sereno y equilibrado”, “escritor balanceado”, “artista prudente”, van rebasando fronteras. Un viejo precepto dialéctico supone que, en términos de búsqueda de la verdad, la expresión del objeto debe ajustarse a la naturaleza del objeto mismo. Algo reconocido hasta por el mismo Lenin en trabajos tempranos como El desarrrollo del capitalismo en Rusia, su gran obra intelectual. En el caso de Cuba, cuando se trata de hablar de una historia tan enfática, de gobiernos tan desarticulados o de una dictadura (tiranía mejor) como la de Fiidel Castro, la aspiración a la mesura o la objetividad es algo que, por definición, invalida la pretención de verdad. En el debate en torno al castrismo, si se fuera a buscar la verdad, si eso es lo que realmente interesara (que no es lo que interesa), tanto las defensas como las críticas deberían ser toscas, crudas, radicales, como es el mismo objeto que se trata de aprehender. No obstante, es comprensible que en el caso cubano lo importante no sea la verdad sino la conciliación, la convivencia, la articulación de una política posible que viabilice la reconstrucción de la isla y el exilio. La liminalidad de este último medio siglo cubano condiciona que nuestro pensamiento esté urgido de performatividad, de bondad práctica. Asistimos a una refundación de la nación; momento en el que, a decir de Ernst Renán (?Qué es una nación?, La Sorbona, 1882), se hace necesario no solo el error, sino hasta la mentira histórica. Lo verdadero tiene entonces, en el caso cubano, una importancia secundaria; debe ser ocultado, silenciado o desplazado a lugares iniciáticos de muy poca o privilegiada circulación. Pero ese lugar, hoy por hoy, es muy estrecho: universidades, ligas masónicas, templos católicos, etc., están copados por el ansia de decir “correctamente”, no “verdaderamente”. Son nichos políticos, no espirituales. Los académicos, salvo excepciones, también se conducen según patrones de comportamiento políticos; hay una legión de “cancilleres de la cubanología” dando vueltas por el mundo. Para quienes buscan la verdad, en archivos, entrevistas, en el ejercicio sincero de la memoria, no queda (por el momento) otro espacio que la conversación de amigos o las hojas de revistas anodinas. Acaso de una página web o el desprestigiado “correo electrónico colectivo”. El “descubrimiento” es un empeño menos recompensador que la “propaganda”; se puede investigar con libertad, pero no ocurre lo mismo con el divulgar. De ahí que la “verdad cubana”, de existir, tenga que configurarse como una “misión” o un objetivo gremial, de ghetto. No es problema de falta de iniciativa en el “cross over”, o de visión, o de expresión idiomática (decenas de libros en inglés sobre el tema cubano pasan inadvertidos por la crítica; aunque digan “Hollywood” y Fidel Castro en su portada), a veces ni siquiera de dinero: es un requirimiento epistémico natural (también temporal) del tema. La promoción, publicidad y propaganda del problema cubano está ya hoy apresada en la episteme sofística, y los profesionales de la cubanología han comprendido que no tiene sentido apartarse del show. Para que el espectáculo funcione los contendientes no pueden aniquilarse; son cómplices en una función que exige tolerancia y autocontención. Como decimos hoy, el “escenario” cubano es diverso; se trata de una puesta en escena donde la verdad debe permanecer oculta. Hay una lista mínima de grandes verdades sobre Cuba que a nuestro cuerpo social le costará trabajo aceptar. Tanto dentro como fuera de la isla. A los cubanos nos unen hoy más falsedades y ficciones que verdades. Y esas ficciones y falsedades, por útiles, deben ser cuidadas, protegidas y utilizadas con habilidad. Ese es el problema, el dilema cardinal del intelectual cubano. En Cuba y en el exilio. Emilio Ichikawa. Julio-2005. |
||||