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    Raimundo Menocal y Cueto: carta a Ernesto Dihigo.


                                                                    (1)
                                           La Habana, julio 24 de 1965.



Dr. Ernesto Dihigo,
La Habana.


Mi querido amigo:

De primera intención tuve el propósito de llamarte por teléfono, después de
haber leído tu excelente trabajo acerca de tu padre, que salió publicado en el
Boletín de la Academia Cubana de la Lengua (Volumen XI, No. 1 de 1964), pero a
continuación reflexioné sobre el mismo, y me vinieron tantas ideas a la mente,
que he resuelto felicitarte por escrito, añadiendo otras consideraciones, que
espero no han de lastimar tu sensibilidad, por lo mismo que me has hecho
meditar sobre los graves problemas cubanos, que han sido objeto de mi
reflexión, casi desde que tengo uso de razón.


Ciertamente que siendo estudiante de la Universidad, tu padre era objeto de
reflexiones, por aquellos que como yo no se destacaban como aventajados en los
estudios a que nos dedicábamos. En efecto, lo veíamos pasar por el banco que
estaba debajo del laurel,y que servía de sombra para los que no asistían a
clase puntualmente, enfundado en su traje negro y sombrero del mismo color con
paso rápido, y con mirada vaga e indefinida, que más bien parecía un monje
laico, que perseguía alguna quimera, sin haberla objetivado. Te confieso que,
aún cuando desconocía entonces sus aptitudes científicas o literarias, no hay
duda que me hacía pensar, en las actividades de un hombre tan raro y tan poco
adaptado a nuestro ambiente social. Desde luego, como te digo, aunque no tenía
nexo con él de ninguna clase, su segundo apellido me recordaba el de una
ilustre familia cubana, y para mi ya eso era una credencial para que lo tomara
en consideración.

Posteriormente, me interesé por saber y conocer las actividades de una persona
que era profesor de asignaturas, que la mayoría de los estudiantes de derecho
ignoraban su aplicación en la vida diaria, si bien su pequeño número de alumnos
y discípulos lo celebraban como una eminencia y un especialista en las materias
que enseñaba. Nadie de aquella época podía sospecharse los puntos que calzaba
aquel excelente señor, que lo creíamos perdido en un páramo, dedicado a la
enseñanza de estudios de poca utilidad práctica, y cuyas opiniones sobre los
problemas nacionales se desconocían, tanto más si no estaba afiliado a ninguna
de nuestras organizaciones políticas.

Pero es que su gran inteligencia lo hacía inhibirse de nuestras contiendas
partidistas, para elevar su mente a cosas que los hombres pensantes de la época
destacaban como primordiales para la creación y consolidación de nuestra
incipiente nacionalidad, por no decir, para el desarrollo de nuestra cultura,
muy quebrantada como resultado de nuestras contiendas libertadoras, y a causa
del encumbramiento a la vida pública de nuestros bajos fondos sociales, cuya
intervención en la política se hacía cada vez más influyente.

No te quiero decir que yo haya recibido una educación defectuosa, pero es lo
cierto que desde pequeño tuve un pensamiento bastante descarriado, sin rumbo
fijo, aunque bueno es hacer constar que siempre me preocupé por el mejoramiento
cubano y el adecentamiento de nuestra política nacional. En mi niñez, después
de los diez años, vivíamos en Prado esquina a Trocadero, y era de ver la lucha
entre las pandillas de los barrios, la mayoría de aquellas formadas por negros
que, generalmente, asaltaban a los grupos de niños blancos que se reunían en
los parques y paseos, en las horas de la tarde. En estas contiendas, es claro,
salíamos lastimados o lesionados los que le hacíamos frente a los llamados
invasores, los cuales no tenían otra intención que la de humillar a quienes
estimaban de mayor jerarquía social o de mejor condición económica, sin que
para restablecer el orden se apelara a la policía o a familiares mayores de los
atacados. Pero es el caso, que en vista del poco adelanto que mostraba en mis
estudios de la primera enseñanza, y de las continuas pendencias en que estaba
enfrascado, mis padres decidieron mandarme a un colegio del extranjero, para
que disciplinara mi mente y voluntad, ya que el ambiente cubano no se prestaba
para mi educación, ni menos para hacerme un hombre provechoso en el futuro. Y
así, en 1903, me embarcaron con mi hermano segundo para los Estados Unidos,
donde habíamos residido emigrados durante los tres años de la guerra de 1895;
si bien posteriormente, llegaron a la conclusión de que era más conveniente
mandarme a un colegio de Europa, desde cuyo lugar, me sería más difícil
regresar a Cuba, aunque fuera en concepto de vacaciones.


En Octubre de 1903 me embarcaron en New York en un trasatlántico inglés, que
hacía la travesía entre New York y Liverpool, y desembarqué en ese puerto,
cogiendo el tren para Londres, donde me esperaba la familia de Pepe de Armas
(Justo de Lara), con la que pasé el domingo para salir de viaje, al siguiente
día, a fin de llegar al colegio, donde me esperaban cartas de mi madre,
recomendándome que dejara bien plantado el nombre de Cuba y de mi familia. No
hay duda que me impresionó considerablemente la cortesía sin afectación del
pueblo inglés en general, así que, cuando asistí el primer día a clase, sabía
de antemano que no había de tener pendencias personales, ya que los niños de mi
clase todos eran muy atentos y deseosos de ayudar a un extranjero que venía de
tan lejos.

Mi clase estaba compuesta de unos cuarenta alumnos, y lo curioso del caso es
que alrededor de la tercera parte (niños entre trece y quince años) estudiaban
griego y latín, a horas extra, o sea, después del té que se tomaba a las cinco
de la tarde. De modo que, como se ve, el estudio del griego y del latín era
voluntario, y cuya enseñanza se efectuaba a la hora en que los alumnos podían
expansionarse en los juegos, lo cual no sólo me asombraba por este sacrificio
que no comprendía, sobre todo por el deseo de aprender lenguas muertas, porque
de las vivas se podía optar entre el francés y el alemán. Por sugestión de mi
madre, opté por el francés, pues pensábamos hacer un recorrido por Francia en
los meses de verano, que se frustró por la grave enfermedad de mi padre. Así se
explica el desarrollo de la cultura inglesa, y pienso lo que hubiera gozado tu
padre en aquel ambiente, donde se tomaba tan en serio la cultura y la lengua de
aquellas civilizaciones que habían desaparecido hacía dos mil años.

Cuando volví de Inglaterra, si bien me eran odiosas las costumbres de aquel
pueblo tan exclusivista, al menos las de sus clases ilustradas, sin duda que la
educación que recibí dejó un residuo en mi mente, que ha influido
poderosamente, en lo sucesivo, en mi moral y en la manera de ver la vida, sobre
todo, la influencia que ejercieron en mí las recomendaciones de Montoro de leer
ciertos autores ingleses, entre otros (a Darwin y al historiador Buckle) me
abrieron el camino para formarme un nuevo concepto de la vida, y de esta manera
me fui reconciliando con la orientación inglesa, tanto más, si los cubanos
anteriores a 1868, estaban influidos por las teorías de Burke, el cual,
sostenía la teoría iluminista: “todo para el pueblo sin el pueblo”, además de
combatir la revolución francesa y a los impostores y demagogos, como Rousseau,
que crearon el mito de la soberanía popular y de la voluntad general, que no
era otra cosa que la preponderancia del vulgo y la incapacidad para destruir la
teoría del contrapeso social y la preponderancia en la gobernación del país de
los más morales y capacitados. Al poco tiempo de haber llegado a Cuba, pude
observar la agitación que existía en el país, es decir, se podían observar los
preliminares de la revolución de Agosto de 1906 (que fue una revolución
social), las algaradas de la escoria social, que en las manifestaciones
tumultuosas enarbolaban la chancleta, símbolo del predominio de la plebe, al
paso de pedir el restablecimiento de la lotería y la lidia de gallos. Esta
conmoción, ciertamente que despertó en mi espíritu la idea de la comparación,
esto es, la idea del contraste, entre aquel pueblo inglés, tan respetuoso y
educado, con la chabacanería de la plebe cubana, cuya incapacidad para mantener
y desenvolver una civilización estable y progresista estaba en pugna con su
cultura y educación.

Andando el tiempo y cuando me familiaricé y empapé con la cultura inglesa, y
pude escarbar en su sabiduría, se me descubrieron los conocimientos y las
orientaciones de profesores y escritores tan distinguidos como Matthew Arnold,
el Cardenal Newman, J.A. Symonds, R.W. Livingstone, C.M. Bowra, D. Page, y
sobre todo el m·s eminente de los propugnadores de la cultura griega Gilbert
Murray, los cuales han insistido en mantener la necesidad de conocer los
clásicos de la antiguedad, claro, sin excluir a los latinos, que tanto
contribuyen al buen gusto de la expresión inglesa. Como se sabe, la
significación de los estudios griegos y del Lacio, tienen distinta finalidad.
El conocimiento de los clásicos griegos tiende a crear y promover en la
conciencia de los que estudian esta disciplina, la idea de libertad, de
favorecer por encima de todo el espíritu de tolerancia, en todos los aspectos
de las actividades humanas. El conocimiento de los filósofos como Aristóteles y
Platón, de los dramaturgos como Esquilo y Sófocles, y del comediógrafo
Aristófanes, es decir, de los propugnadores de la edad de la razón, en que el
hombre piensa y reflexiona, esto es, que razona sobre lo que piensa, que es el
hombre civilizado, en que sabe que su defensa y evolución descansa en el poder
de su razón; aparte de que los ingleses estiman que la educación de un
caballero ha de descansar en los estudios clásicos, griegos y latinos, tanto
para mantener su libertad de pensamiento como para expresarse con la debida
corrección.

Por lo demás, la conciencia inglesa cree y está convencida que, para que la
vida pública pueda desenvolverse plácidamente, ha de estar dirigida por
caballeros; de ahí que en el colegio, me llamaba la atención de el mayor
castigo que se le podÌa imponer a un alumno por el director del colegio, cuando
cometía alguna falta reprensible, era decirle que había dejado de ser un
caballero. Figúrate tu, lo extraño que eso significaba para un cubano que venía
de un país, donde es tan corriente, por vía de gracia, referirse a la madre del
amigo o del otro interlocutor, aunque bueno es consignar respecto de mi, que ni
de niño permití a mis amigos mencionar a mi progenitora en algún sentido
deprimente.

La enseñanza y divulgación de la cultura inglesa se centraba entonces en los
grandes colegios llamados públicos, o de segunda enseñanza, como Eton, Harrow,
Trinity, Rugby, Winchester, Westminster, por no citar otros de menos
significación, que se dedicaban con preferencia a la enseñanza de los estudios
clásicos, los cuales como he dicho, tenían por finalidad inculcar la libertad y
el buen decir, con el conocimiento del helenismo y del latín. No se si tu padre
se había hecho un helenista con la idea y propósito de aplicar las ideas de
libertad y la correcta expresión en la prosa y poesía, a fin de despertar en la
conciencia p·blica cubana el amor a la tolerancia, a la libertad y a la belleza
de la expresión hablada y escrita. De todos modos, lo cierto es que él estaba
entregado a estudios que la intelectualidad cubana no ha sabido apreciar en
toda su integridad. Para mí, si la conciencia cubana se propone cruzar en el
futuro el puente de los burros, por necesidad tendrá que dedicarse
sistemáticamente al estudio del griego y del latín, base para la expansión de
la cultura, que es el único medio de crear en la conciencia del país el deseo
de conocer civilizaciones que, por su excelente modo de actuar en la vida, se
distinguieron tanto en el orden moral como en el intelectual. Por eso, tu padre
aparte de haber sido un hombre distinguido, como la mayor parte de los cubanos
eminentes que nacieron en el siglo pasado, hay que convenir que era un hombre
que no encajaba en el ambiente cubano, chabacano y vulgar. En cambio, podía
haberse distinguido como profesor en las universidades inglesas de Oxford y
Cambridge o en la Sorbona de París; no incluyo a las universidades americanas,
infectadas sus escuelas de ciencias sociales y políticas de un izquierdismo, de
un bizantinismo demoledor y disolvente, a virtud de lo cual han creado en el
país la repulsión a las ideas de contrapeso en lo político y social, que han
dado al traste con baluartes como los Estados del Sur, que tanto contribuyeron
al fortalecimiento de la grandeza americana, por su espíritu conservador y
mantenedor de las tradiciones de ese país, que había de recibir la inmigración
de hombres de todas partes del mundo, que huían de sus países respectivos en
busca de un clima apropiado de libertad, donde pudieran realizar sus
aspiraciones de mejoramiento económico.

Como decía antes, cuando regresé de Inglaterra, me encontré que la sociedad
cubana, al menos, sus elementos más cultos y distinguidos estaban dominados por
el presentimiento de que algo había de ocurrir próximamente. Máximo Gómez, que
en 1902 había propugnado la elección de Estrada Palma para la Presidencia de la
República, había estado agitando al país antes de su muerte, para que se
rebelase contra el hombre austero que había acumulado en el Tesoro más de
veinte millones de pesos. Y, ?cuál era la causa de que Gómez combatiese a
Estrada Palma? Se ignora. ?Lo movía a derrocar al Presidente Estrada Palma, por
haber éste dejado de cumplir el programa ofrecido al país, cuando aquel grupo
de cubanos distinguidos le ofreció la Presidencia? Si Estrada Palma había
cumplido su ofrecimiento en la totalidad, lo cual en los Estados Unidos lo
hubiera favorecido para reelegirse sin oposición, ?cuál es la razón de que
Máximo Gómez apoyara a un grupo de hombres desacreditados, como lo demostraron,
cuando fueron administradores de la cosa pública en 1908 y 1920, confirmando la
triste opinión que de ellos tenía la parte sensata del país, cuando anticipaba
que tanto José Miguel Gómez como Alfredo Zayas habían de hacer mangas y
capirotes de la administraciÛn pública, en beneficio propio, de familiares y
amigos, y en detrimento del buen nombre de Cuba?

Luego, está visto que la revolución de Agosto de 1906, promovida por Máximo
Gómez, fue en nuestra vida independiente la primera etapa de la revolución
social, vaticinada por Saco, al decir que la revolución política en Cuba,
implicaba la revolución social. Ciertamente que el eminente bayamés tenía la
visión del verdadero estadista, al paso que nadie le podía ganar en el
desprecio a España y a sus oligarquías dominantes, que no se cansaban de
explotar a Cuba, por cuantos medios les fuese posible. Pero si la insurrección
significaba la revolución social, no hay duda que para salvar la civilización
cubana que llegó a adquirir tanto auge con anterioridad a 1868, sin duda que
era preferible sufrir los ultrajes de la dominación española, antes que
lanzarnos a una contienda con la metrópoli, que había de culminar en el
encumbramiento de la plebe cubana, representada por los cubanos blancos,
incapaces de crear riqueza, y los esclavos y emancipados que habían importado
los contrabandistas españoles de acuerdo con las autoridades coloniales.

?Se podía esperar algo de la inteligencia y perspicacia de los elementos que
prepararon la revolución de 1868? ?No se puede dar por cierto que los elementos
de Bayamo, de Manzanillo y del Camaguey no estaban al margen del conocimiento
de las verdaderas necesidades y aspiraciones cubanas? ?Previeron ellos las
consecuencias de una revolución, en la que habían de intervenir los esclavos y
emancipados, como factores de importancia en la formación de los ejércitos
insurrectos? En efecto, la revolución social empezó cuando la Asamblea del
Centro, inspirada y dominada por los camagueyanos, decretó la abolición de la
esclavitud, sin ofrecer ninguna medida para contrarrestar sus efectos y para
confirmar sus tendencias falsamente filantrópicas, acordaron en la ConstituciÛn
de Guaimaro (cuya ponencia se debió a Ignacio Agramonte, Antonio Zambrana y
Rafael Morales) donde se fijó la igualdad política y social de los supuestos
cubanos, muchos de los cuales, por no decir la inmensa mayoría, desconocía por
completo el idioma castellano, amén de no saber a derechas donde se encontraba
Cuba, ni menos cuáles eran sus necesidades políticas y económicas, ni en qué
consistía la civilización cubana, que se afirmó al morir Ignacio Agramonte en
Jimaguayú, en 1874, empezando desde entonces el encumbramiento de los hombres
que por razón de su raza y posición social tenían que hacer caso omiso de las
conveniencias de éste país; y que por su valor y capacidad de dirección en
cuanto a la guerra cubana, habían de ser en lo sucesivo sus dirigentes, aunque
carecieran de capacidad intelectual y moral para responder a las aspiraciones
de la parte progresista de la sociedad cubana. Así empezaron a surgir los
Máximo Gómez, los Maceo, Los Moncada y los Vicente García, que respondían a las
aspiraciones de la revolución social, como representativos de las masas
inferiores de cubanos.

Vencida la revolución de 1868, como resultado de la intervención de Gran
Bretaña y los Estados Unidos, que obligaron a España a conceder reformas a los
cubanos, por el Pacto del Zanjón, el cual no fue más que una tregua para
preparar los acontecimientos que habían de dar al traste con la dominación
española sobre Cuba. Aparte de la llamada Guerra Chiquita, de 1879, y los
levantamientos esporádicos que se sucedieron hasta 1895, la propaganda de Martí
en los Estados Unidos y en otras partes del hemisferio, ?no respondió al fin de
promover la revolución social en Cuba, a virtud de lo cual habían de elevarse
los elementos inferiores de la sociedad cubana para en definitiva hacerse
dueños de la cosa pública en 1959, con lo cual quedaba destruida nuestra
civilización, que se estuvo elaborando por los cubanos durante el siglo XIX, a
pesar de España, y sin más auxilio exterior que el de comprar nuestro azúcar y
tabaco, que con posterioridad a la abolición de la esclavitud, en 1886, se
trabajó con obreros libres?

?Se me puede afirmar con lealtad de que no existe una diferencia entre las
ideas de Martí, expresadas en la emigración (su programa se basaba en el
establecimiento del sufragio universal, sin limitaciones, y en otras
proyecciones de izquierda)  y las medidas implantadas por Fidel Castro después
de 1959? Soy de los que creen que de haber vencido la revolución de 1895,
dirigida por Gómez y Maceo, sin la intervención americana, el sistema de cosas
implantado por Fidel Castro después de 1959, se hubiera establecido después del
cese de la soberanía española por representar esas medidas las tendencias de la
mayoría del pueblo inferior cubano (blanco y Negro), aparte de que habían otros
elementos de color tan influyentes como Juan Gualberto Gómez y Martín Morúa
Delgado, que hubieran alentado a muchos jefes militares de la insurrección a
realizar la revolución social, que era la principal aspiración de los que se
proponían convertir a Cuba en otra República de Haití. Por algo Maceo se había
afiliado a la Liga Antillana, cuyo programa consistía en hacer de los países
del Caribe una sucursal del Continente africano.

Si el movimiento iniciado en Yara tuvo todos los caracteres de una revolución
social, la propaganda de Martí no dejó de tener el mismo sabor; con la
particularidad de que sus ofrecimientos a las masas se hacían más expresivos y
categóricos, a fin de contrarrestar sus deficiencias como caudillo militar, y
como medio de imponer con el apoyo de sus simpatizadores su reconocimiento como
jefe del movimiento insurreccional (en lugar de Gómez y de Maceo) que se
proponía desplazar a España de Cuba.

Es un hecho evidente que Martí ha sido endiosado injustificadamente, pues hay
que advertir que sus ideas fundamentales eran disolventes y estaban en pugna
con las necesidades de la sociedad cubana. La mayor parte de nuestra
intelectualidad se ha estado amparando a la sombra del supuesto apóstol, para
obtener alguna ventaja de orden personal, tanto más, si Martí no representaba
ninguna idea superior cubana. Es más, su moral periodística era muy discutible.
Me remito al tomo 69, pag. 19, de la Editorial Trópico, en que hace una
proposición deshonesta a Mercado. Por su parte, es inexplicable que Martí no
escribiera en las revistas cubanas de la época, y de esa manera se podría haber
calibrado el alcance de su cultura y la bondad de sus tendencias literarias, ya
que lo que hubiera escrito hubiera sido escudriñado por críticos tan eminentes
como Ricardo del Monte, Manuel Sanguily y Enrique José Varona, que estaban al
tanto de lo que se escribía en los principales centros de la cultura del mundo
civilizado.

Vencedor el movimiento insurreccional de Agosto de 1906, el próximo Presidente
de Cuba había de ser un representativo de ése movimiento aparte de responder a
las simpatías del Gobierno de los Estados Unidos. Es evidente que el vulgo
cubano estaba bien penetrado de la propaganda disolvente que hacían los
elementos políticos liberales. No obstante advertir las simpatías de las masas
cubanas de apoyar al candidato liberal, acompañé al cochero negro de mi padre a
votar en el colegio electoral que le correspondía, y que se encontraba en la
calle de Someruelos, en La Habana. En efecto, se podía observar la coacción de
los elementos de color con todos aquellos que ellos estimaban contrarios al
candidato de sus simpatías. El cochero de mi padre se llamaba Rafael, y se
podía contar como de la familia. Así, antes de entrar al colegio le mostré cómo
había de anotar su voto a favor del candidato conservador. Ciertamente, la
situación se mostraba adversa a la candidatura conservadora, pero cumplía con
mi deber de llevar a un elector a las urnas que se decidiera a votar por lo que
yo estimaba la candidatura más conveniente para los intereses generales del
país. Al salir del colegio electoral, el cochero subió al pescante y yo, me
senté en el interior, y aunque tenía la seguridad que él había votado por el
candidato a quien había conocido desde niño, sin embargo, candorosamente le
pregunté, ?Rafael por quién has votado? Y me contestó, con una espontaneidad
que me dejó frío: “Me gustó el gallo y el arado”, o sea, que votó bajo el
emblema del partido contrario, el Liberal. Luego, se ha de convenir que el
atractivo del vicio ejercía mayor influencia en la mente de la inferioridad
social que el afecto de la familia y otras consideraciones públicas.

No soy de los que niego o trato de ocultar por mi parentesco que el General
Menocal, como gobernante defraudó a la masa de los conservadores que esperaban
de su administración la regeneración de la cosa pública cubana, y el
cumplimiento de lo ofrecido de realizar una administración eficiente, honrada y
económica, es decir, que se cumpliera con el programa de Honradez, Paz y
Trabajo. El gobierno conservador fue un fracaso. El Vice-Presidente de la
República, Dr. Enrique José Varona, lo expuso así en su discurso de ingreso en
la Academia de las Artes y Letras, en 1916.

Posteriormente el Gobierno descansó en la fuerza armada, que impuso la elección
de Alfredo Zayas en 1920. Lo que sucedió después es de todos conocido. Machado
sucedió a Zayas, y para salvarse tuvo que huir. A continuación el movimiento
del 4 de Septiembre, encabezado por Batista y auspiciado por el Directorio
Estudiantil Universitario, el cual intensificó la revolución social.

Bueno es que te informe que, durante la campaña contra la dictadura de Machado,
una mañana me encontraba de visita en casa de Montoro, llamándome aparte Carlos
Saladrigas para proponerme que nos reuniéramos en mi oficina un grupo de
hombres jóvenes, a fin de promover un movimiento de opinión que movilizara al
país al objeto de salvar a la sociedad cubana del caos que atravesaba. Nos
reunimos una tarde, Carlos Saladrigas, Joaquín Martínez Saenz, Jorge Mañach,
Luis Baralt, Carlos Felipe Armenteros, y algunos otros, cuyos nombres no
recuerdo. Yo había publicado un folleto proponiendo un programa de espíritu
liberal para solucionar el problema cubano, a virtud del cual me dejaron
cesante en el cargo de Fiscal de Partido de La Habana. En aquella reunión, no
se le puso atención a mi programa, y después de haber hablado Martínez Saenz
una serie de incoherencias, Carlos Saladrigas, propuso que en la siguiente
reunión cada uno de los concurrentes llevara su programa; y cual no sería mi
sorpresa cuando en esa reunión posterior, el Dr. Saladrigas presentó un
programa de ideas socialistas, de sentido muy radical, que fue aprobado por los
Sres. Mañach, Baralt y Martínez Saenz. Respecto al Dr. Carlos Felipe Armenteros
propuso un programa comunista, cuya copia no pude obtener.

Estos Sres. salieron de mi oficina, a fin de formar una agrupación terrorista
para combatir a Machado. A los pocos meses, y cuando se había formado el
movimiento A.B.C., se publicó el programa manifiesto de esa agrupación, que era
de inspiración liberal, no obstante ser la mayoría de sus directores de ideas
socialistas, como lo habían expresado en mi oficina.

Yo tuve el propósito de desenmascarar a los dirigentes del A.B.C., y así
demostrar que sus ideas no convenían con el programa que habían lanzado a la
consideración del público, pero desistí de hacerlo porque los iba a
comprometer, además de estar la situación muy tensa y delicada, con motivo de
los atentados que se estaban efectuando. Como es sabido, la caída de Machado
trajo una nueva situación en el país, auspiciada por el Embajador Welles, a
virtud de lo cual, se puede decir, que el A.B.C. quedó integrado en la
revolución social.

Como resultado de la rivalidad demagógica entre Batista y el Directorio
Estudiantil, aquel se esmeró en promover medidas de carácter disolvente, como
la Ley de Alquileres y la Moratoria Hipotecaria. Para contrarrestar estas
medidas de tendencia radical, se fundó la agrupación “Asociación Pro
Restauración del Crédito Cubano”, un movimiento de tendencia conservadora, que
se estaba afirmando en el país, y que hubiera creado un nuevo estado de
conciencia en Cuba, si es que no se aprueba  y adelanta la Constitución de
1940, que estuvo auspiciada por todos aquellos que, como José Manuel Casanova,
se proponían apoderarse de las propiedades, que habían adquirido a base de
hipotecas, para lo cual sobornaron a muchos constituyentes que apoyaron y
aprobaron, mediante dinero, una de las Disposiciones Transitorias que favorecía
a los deudores influyentes.

Al amparo de la “Asociación Pro Restauración del Crédito Cubano” fundé el
periódico El Siglo y la “Asociación Conservadora”, y así pude arremeter contra
la revolución social y las falsedades y la propaganda disolvente de la
demagogia, la inmoralidad administrativa; al paso de pedir el reconocimiento de
los derechos individuales de los cubanos. En esta etapa de mi vida escribí mi
obra Origen y Desarrollo del Pensamiento Cubano.

El Siglo, lo tuve que cerrar a fines del Gobierno de Batista, por mi campaña
oposicionista, aunque no me pesa haber expuesto mi pensamiento liberal durante
más de tres décadas. Después de la caída de Batista, seguí escribiendo en el
Diario de la Marina hasta que lo clausuraron.

Es evidente que la nación cubana tendrá que resurgir, pero bueno es hacer
constar que, si el defecto de nuestra orientación educacional ha consistido en
no seguir nuestras tradiciones de cultura, y entre ellas los estudios sobre las
civilizaciones antiguas: la griega y la latina, hemos de convenir que no
adelantaremos un solo paso para ampliar nuestra cultura si no adoptamos un
nuevo programa de estudios. Estas ideas me la han venido a confirmar la lectura
del excelente trabajo sobre tu padre, que merece ser leído por todos los
hombres pensantes cubanos. Te vuelvo a felicitar, y sabes que siempre te tiene
en la misma estimación, tu viejo amigo,


                  Raimundo Menocal.
Nota:

(1)-Al recibir esta carta le comuniqué al Dr. Raimundo Menocal Simpson (nieto
del autor) la necesidad de dar a conocer su contenido excepcional. El Sr.
Menocal Simpson nos contestó afirmativamente, asegurando que tanto él como su
padre deseaban que este documento circulara irrestrictamente entre los cubanos
del exilio y de la isla. Ese deseo, que es ya un compromiso, fue reiterado en
una reunión celebrada el día 1ro. de noviembre de 2004, en la ciudad de Miami.
(EIM-nov.2/04).