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| Raimundo Menocal y Cueto: carta a Ernesto Dihigo. (1) La Habana, julio 24 de 1965. Dr. Ernesto Dihigo, La Habana. Mi querido amigo: De primera intención tuve el propósito de llamarte por teléfono, después de haber leído tu excelente trabajo acerca de tu padre, que salió publicado en el Boletín de la Academia Cubana de la Lengua (Volumen XI, No. 1 de 1964), pero a continuación reflexioné sobre el mismo, y me vinieron tantas ideas a la mente, que he resuelto felicitarte por escrito, añadiendo otras consideraciones, que espero no han de lastimar tu sensibilidad, por lo mismo que me has hecho meditar sobre los graves problemas cubanos, que han sido objeto de mi reflexión, casi desde que tengo uso de razón. Ciertamente que siendo estudiante de la Universidad, tu padre era objeto de reflexiones, por aquellos que como yo no se destacaban como aventajados en los estudios a que nos dedicábamos. En efecto, lo veíamos pasar por el banco que estaba debajo del laurel,y que servía de sombra para los que no asistían a clase puntualmente, enfundado en su traje negro y sombrero del mismo color con paso rápido, y con mirada vaga e indefinida, que más bien parecía un monje laico, que perseguía alguna quimera, sin haberla objetivado. Te confieso que, aún cuando desconocía entonces sus aptitudes científicas o literarias, no hay duda que me hacía pensar, en las actividades de un hombre tan raro y tan poco adaptado a nuestro ambiente social. Desde luego, como te digo, aunque no tenía nexo con él de ninguna clase, su segundo apellido me recordaba el de una ilustre familia cubana, y para mi ya eso era una credencial para que lo tomara en consideración. Posteriormente, me interesé por saber y conocer las actividades de una persona que era profesor de asignaturas, que la mayoría de los estudiantes de derecho ignoraban su aplicación en la vida diaria, si bien su pequeño número de alumnos y discípulos lo celebraban como una eminencia y un especialista en las materias que enseñaba. Nadie de aquella época podía sospecharse los puntos que calzaba aquel excelente señor, que lo creíamos perdido en un páramo, dedicado a la enseñanza de estudios de poca utilidad práctica, y cuyas opiniones sobre los problemas nacionales se desconocían, tanto más si no estaba afiliado a ninguna de nuestras organizaciones políticas. Pero es que su gran inteligencia lo hacía inhibirse de nuestras contiendas partidistas, para elevar su mente a cosas que los hombres pensantes de la época destacaban como primordiales para la creación y consolidación de nuestra incipiente nacionalidad, por no decir, para el desarrollo de nuestra cultura, muy quebrantada como resultado de nuestras contiendas libertadoras, y a causa del encumbramiento a la vida pública de nuestros bajos fondos sociales, cuya intervención en la política se hacía cada vez más influyente. No te quiero decir que yo haya recibido una educación defectuosa, pero es lo cierto que desde pequeño tuve un pensamiento bastante descarriado, sin rumbo fijo, aunque bueno es hacer constar que siempre me preocupé por el mejoramiento cubano y el adecentamiento de nuestra política nacional. En mi niñez, después de los diez años, vivíamos en Prado esquina a Trocadero, y era de ver la lucha entre las pandillas de los barrios, la mayoría de aquellas formadas por negros que, generalmente, asaltaban a los grupos de niños blancos que se reunían en los parques y paseos, en las horas de la tarde. En estas contiendas, es claro, salíamos lastimados o lesionados los que le hacíamos frente a los llamados invasores, los cuales no tenían otra intención que la de humillar a quienes estimaban de mayor jerarquía social o de mejor condición económica, sin que para restablecer el orden se apelara a la policía o a familiares mayores de los atacados. Pero es el caso, que en vista del poco adelanto que mostraba en mis estudios de la primera enseñanza, y de las continuas pendencias en que estaba enfrascado, mis padres decidieron mandarme a un colegio del extranjero, para que disciplinara mi mente y voluntad, ya que el ambiente cubano no se prestaba para mi educación, ni menos para hacerme un hombre provechoso en el futuro. Y así, en 1903, me embarcaron con mi hermano segundo para los Estados Unidos, donde habíamos residido emigrados durante los tres años de la guerra de 1895; si bien posteriormente, llegaron a la conclusión de que era más conveniente mandarme a un colegio de Europa, desde cuyo lugar, me sería más difícil regresar a Cuba, aunque fuera en concepto de vacaciones. En Octubre de 1903 me embarcaron en New York en un trasatlántico inglés, que hacía la travesía entre New York y Liverpool, y desembarqué en ese puerto, cogiendo el tren para Londres, donde me esperaba la familia de Pepe de Armas (Justo de Lara), con la que pasé el domingo para salir de viaje, al siguiente día, a fin de llegar al colegio, donde me esperaban cartas de mi madre, recomendándome que dejara bien plantado el nombre de Cuba y de mi familia. No hay duda que me impresionó considerablemente la cortesía sin afectación del pueblo inglés en general, así que, cuando asistí el primer día a clase, sabía de antemano que no había de tener pendencias personales, ya que los niños de mi clase todos eran muy atentos y deseosos de ayudar a un extranjero que venía de tan lejos. Mi clase estaba compuesta de unos cuarenta alumnos, y lo curioso del caso es que alrededor de la tercera parte (niños entre trece y quince años) estudiaban griego y latín, a horas extra, o sea, después del té que se tomaba a las cinco de la tarde. De modo que, como se ve, el estudio del griego y del latín era voluntario, y cuya enseñanza se efectuaba a la hora en que los alumnos podían expansionarse en los juegos, lo cual no sólo me asombraba por este sacrificio que no comprendía, sobre todo por el deseo de aprender lenguas muertas, porque de las vivas se podía optar entre el francés y el alemán. Por sugestión de mi madre, opté por el francés, pues pensábamos hacer un recorrido por Francia en los meses de verano, que se frustró por la grave enfermedad de mi padre. Así se explica el desarrollo de la cultura inglesa, y pienso lo que hubiera gozado tu padre en aquel ambiente, donde se tomaba tan en serio la cultura y la lengua de aquellas civilizaciones que habían desaparecido hacía dos mil años. Cuando volví de Inglaterra, si bien me eran odiosas las costumbres de aquel pueblo tan exclusivista, al menos las de sus clases ilustradas, sin duda que la educación que recibí dejó un residuo en mi mente, que ha influido poderosamente, en lo sucesivo, en mi moral y en la manera de ver la vida, sobre todo, la influencia que ejercieron en mí las recomendaciones de Montoro de leer ciertos autores ingleses, entre otros (a Darwin y al historiador Buckle) me abrieron el camino para formarme un nuevo concepto de la vida, y de esta manera me fui reconciliando con la orientación inglesa, tanto más, si los cubanos anteriores a 1868, estaban influidos por las teorías de Burke, el cual, sostenía la teoría iluminista: “todo para el pueblo sin el pueblo”, además de combatir la revolución francesa y a los impostores y demagogos, como Rousseau, que crearon el mito de la soberanía popular y de la voluntad general, que no era otra cosa que la preponderancia del vulgo y la incapacidad para destruir la teoría del contrapeso social y la preponderancia en la gobernación del país de los más morales y capacitados. Al poco tiempo de haber llegado a Cuba, pude observar la agitación que existía en el país, es decir, se podían observar los preliminares de la revolución de Agosto de 1906 (que fue una revolución social), las algaradas de la escoria social, que en las manifestaciones tumultuosas enarbolaban la chancleta, símbolo del predominio de la plebe, al paso de pedir el restablecimiento de la lotería y la lidia de gallos. Esta conmoción, ciertamente que despertó en mi espíritu la idea de la comparación, esto es, la idea del contraste, entre aquel pueblo inglés, tan respetuoso y educado, con la chabacanería de la plebe cubana, cuya incapacidad para mantener y desenvolver una civilización estable y progresista estaba en pugna con su cultura y educación. Andando el tiempo y cuando me familiaricé y empapé con la cultura inglesa, y pude escarbar en su sabiduría, se me descubrieron los conocimientos y las orientaciones de profesores y escritores tan distinguidos como Matthew Arnold, el Cardenal Newman, J.A. Symonds, R.W. Livingstone, C.M. Bowra, D. Page, y sobre todo el m·s eminente de los propugnadores de la cultura griega Gilbert Murray, los cuales han insistido en mantener la necesidad de conocer los clásicos de la antiguedad, claro, sin excluir a los latinos, que tanto contribuyen al buen gusto de la expresión inglesa. Como se sabe, la significación de los estudios griegos y del Lacio, tienen distinta finalidad. El conocimiento de los clásicos griegos tiende a crear y promover en la conciencia de los que estudian esta disciplina, la idea de libertad, de favorecer por encima de todo el espíritu de tolerancia, en todos los aspectos de las actividades humanas. El conocimiento de los filósofos como Aristóteles y Platón, de los dramaturgos como Esquilo y Sófocles, y del comediógrafo Aristófanes, es decir, de los propugnadores de la edad de la razón, en que el hombre piensa y reflexiona, esto es, que razona sobre lo que piensa, que es el hombre civilizado, en que sabe que su defensa y evolución descansa en el poder de su razón; aparte de que los ingleses estiman que la educación de un caballero ha de descansar en los estudios clásicos, griegos y latinos, tanto para mantener su libertad de pensamiento como para expresarse con la debida corrección. Por lo demás, la conciencia inglesa cree y está convencida que, para que la vida pública pueda desenvolverse plácidamente, ha de estar dirigida por caballeros; de ahí que en el colegio, me llamaba la atención de el mayor castigo que se le podÌa imponer a un alumno por el director del colegio, cuando cometía alguna falta reprensible, era decirle que había dejado de ser un caballero. Figúrate tu, lo extraño que eso significaba para un cubano que venía de un país, donde es tan corriente, por vía de gracia, referirse a la madre del amigo o del otro interlocutor, aunque bueno es consignar respecto de mi, que ni de niño permití a mis amigos mencionar a mi progenitora en algún sentido deprimente. La enseñanza y divulgación de la cultura inglesa se centraba entonces en los grandes colegios llamados públicos, o de segunda enseñanza, como Eton, Harrow, Trinity, Rugby, Winchester, Westminster, por no citar otros de menos significación, que se dedicaban con preferencia a la enseñanza de los estudios clásicos, los cuales como he dicho, tenían por finalidad inculcar la libertad y el buen decir, con el conocimiento del helenismo y del latín. No se si tu padre se había hecho un helenista con la idea y propósito de aplicar las ideas de libertad y la correcta expresión en la prosa y poesía, a fin de despertar en la conciencia p·blica cubana el amor a la tolerancia, a la libertad y a la belleza de la expresión hablada y escrita. De todos modos, lo cierto es que él estaba entregado a estudios que la intelectualidad cubana no ha sabido apreciar en toda su integridad. Para mí, si la conciencia cubana se propone cruzar en el futuro el puente de los burros, por necesidad tendrá que dedicarse sistemáticamente al estudio del griego y del latín, base para la expansión de la cultura, que es el único medio de crear en la conciencia del país el deseo de conocer civilizaciones que, por su excelente modo de actuar en la vida, se distinguieron tanto en el orden moral como en el intelectual. Por eso, tu padre aparte de haber sido un hombre distinguido, como la mayor parte de los cubanos eminentes que nacieron en el siglo pasado, hay que convenir que era un hombre que no encajaba en el ambiente cubano, chabacano y vulgar. En cambio, podía haberse distinguido como profesor en las universidades inglesas de Oxford y Cambridge o en la Sorbona de París; no incluyo a las universidades americanas, infectadas sus escuelas de ciencias sociales y políticas de un izquierdismo, de un bizantinismo demoledor y disolvente, a virtud de lo cual han creado en el país la repulsión a las ideas de contrapeso en lo político y social, que han dado al traste con baluartes como los Estados del Sur, que tanto contribuyeron al fortalecimiento de la grandeza americana, por su espíritu conservador y mantenedor de las tradiciones de ese país, que había de recibir la inmigración de hombres de todas partes del mundo, que huían de sus países respectivos en busca de un clima apropiado de libertad, donde pudieran realizar sus aspiraciones de mejoramiento económico. Como decía antes, cuando regresé de Inglaterra, me encontré que la sociedad cubana, al menos, sus elementos más cultos y distinguidos estaban dominados por el presentimiento de que algo había de ocurrir próximamente. Máximo Gómez, que en 1902 había propugnado la elección de Estrada Palma para la Presidencia de la República, había estado agitando al país antes de su muerte, para que se rebelase contra el hombre austero que había acumulado en el Tesoro más de veinte millones de pesos. Y, ?cuál era la causa de que Gómez combatiese a Estrada Palma? Se ignora. ?Lo movía a derrocar al Presidente Estrada Palma, por haber éste dejado de cumplir el programa ofrecido al país, cuando aquel grupo de cubanos distinguidos le ofreció la Presidencia? Si Estrada Palma había cumplido su ofrecimiento en la totalidad, lo cual en los Estados Unidos lo hubiera favorecido para reelegirse sin oposición, ?cuál es la razón de que Máximo Gómez apoyara a un grupo de hombres desacreditados, como lo demostraron, cuando fueron administradores de la cosa pública en 1908 y 1920, confirmando la triste opinión que de ellos tenía la parte sensata del país, cuando anticipaba que tanto José Miguel Gómez como Alfredo Zayas habían de hacer mangas y capirotes de la administraciÛn pública, en beneficio propio, de familiares y amigos, y en detrimento del buen nombre de Cuba? Luego, está visto que la revolución de Agosto de 1906, promovida por Máximo Gómez, fue en nuestra vida independiente la primera etapa de la revolución social, vaticinada por Saco, al decir que la revolución política en Cuba, implicaba la revolución social. Ciertamente que el eminente bayamés tenía la visión del verdadero estadista, al paso que nadie le podía ganar en el desprecio a España y a sus oligarquías dominantes, que no se cansaban de explotar a Cuba, por cuantos medios les fuese posible. Pero si la insurrección significaba la revolución social, no hay duda que para salvar la civilización cubana que llegó a adquirir tanto auge con anterioridad a 1868, sin duda que era preferible sufrir los ultrajes de la dominación española, antes que lanzarnos a una contienda con la metrópoli, que había de culminar en el encumbramiento de la plebe cubana, representada por los cubanos blancos, incapaces de crear riqueza, y los esclavos y emancipados que habían importado los contrabandistas españoles de acuerdo con las autoridades coloniales. ?Se podía esperar algo de la inteligencia y perspicacia de los elementos que prepararon la revolución de 1868? ?No se puede dar por cierto que los elementos de Bayamo, de Manzanillo y del Camaguey no estaban al margen del conocimiento de las verdaderas necesidades y aspiraciones cubanas? ?Previeron ellos las consecuencias de una revolución, en la que habían de intervenir los esclavos y emancipados, como factores de importancia en la formación de los ejércitos insurrectos? En efecto, la revolución social empezó cuando la Asamblea del Centro, inspirada y dominada por los camagueyanos, decretó la abolición de la esclavitud, sin ofrecer ninguna medida para contrarrestar sus efectos y para confirmar sus tendencias falsamente filantrópicas, acordaron en la ConstituciÛn de Guaimaro (cuya ponencia se debió a Ignacio Agramonte, Antonio Zambrana y Rafael Morales) donde se fijó la igualdad política y social de los supuestos cubanos, muchos de los cuales, por no decir la inmensa mayoría, desconocía por completo el idioma castellano, amén de no saber a derechas donde se encontraba Cuba, ni menos cuáles eran sus necesidades políticas y económicas, ni en qué consistía la civilización cubana, que se afirmó al morir Ignacio Agramonte en Jimaguayú, en 1874, empezando desde entonces el encumbramiento de los hombres que por razón de su raza y posición social tenían que hacer caso omiso de las conveniencias de éste país; y que por su valor y capacidad de dirección en cuanto a la guerra cubana, habían de ser en lo sucesivo sus dirigentes, aunque carecieran de capacidad intelectual y moral para responder a las aspiraciones de la parte progresista de la sociedad cubana. Así empezaron a surgir los Máximo Gómez, los Maceo, Los Moncada y los Vicente García, que respondían a las aspiraciones de la revolución social, como representativos de las masas inferiores de cubanos. Vencida la revolución de 1868, como resultado de la intervención de Gran Bretaña y los Estados Unidos, que obligaron a España a conceder reformas a los cubanos, por el Pacto del Zanjón, el cual no fue más que una tregua para preparar los acontecimientos que habían de dar al traste con la dominación española sobre Cuba. Aparte de la llamada Guerra Chiquita, de 1879, y los levantamientos esporádicos que se sucedieron hasta 1895, la propaganda de Martí en los Estados Unidos y en otras partes del hemisferio, ?no respondió al fin de promover la revolución social en Cuba, a virtud de lo cual habían de elevarse los elementos inferiores de la sociedad cubana para en definitiva hacerse dueños de la cosa pública en 1959, con lo cual quedaba destruida nuestra civilización, que se estuvo elaborando por los cubanos durante el siglo XIX, a pesar de España, y sin más auxilio exterior que el de comprar nuestro azúcar y tabaco, que con posterioridad a la abolición de la esclavitud, en 1886, se trabajó con obreros libres? ?Se me puede afirmar con lealtad de que no existe una diferencia entre las ideas de Martí, expresadas en la emigración (su programa se basaba en el establecimiento del sufragio universal, sin limitaciones, y en otras proyecciones de izquierda) y las medidas implantadas por Fidel Castro después de 1959? Soy de los que creen que de haber vencido la revolución de 1895, dirigida por Gómez y Maceo, sin la intervención americana, el sistema de cosas implantado por Fidel Castro después de 1959, se hubiera establecido después del cese de la soberanía española por representar esas medidas las tendencias de la mayoría del pueblo inferior cubano (blanco y Negro), aparte de que habían otros elementos de color tan influyentes como Juan Gualberto Gómez y Martín Morúa Delgado, que hubieran alentado a muchos jefes militares de la insurrección a realizar la revolución social, que era la principal aspiración de los que se proponían convertir a Cuba en otra República de Haití. Por algo Maceo se había afiliado a la Liga Antillana, cuyo programa consistía en hacer de los países del Caribe una sucursal del Continente africano. Si el movimiento iniciado en Yara tuvo todos los caracteres de una revolución social, la propaganda de Martí no dejó de tener el mismo sabor; con la particularidad de que sus ofrecimientos a las masas se hacían más expresivos y categóricos, a fin de contrarrestar sus deficiencias como caudillo militar, y como medio de imponer con el apoyo de sus simpatizadores su reconocimiento como jefe del movimiento insurreccional (en lugar de Gómez y de Maceo) que se proponía desplazar a España de Cuba. Es un hecho evidente que Martí ha sido endiosado injustificadamente, pues hay que advertir que sus ideas fundamentales eran disolventes y estaban en pugna con las necesidades de la sociedad cubana. La mayor parte de nuestra intelectualidad se ha estado amparando a la sombra del supuesto apóstol, para obtener alguna ventaja de orden personal, tanto más, si Martí no representaba ninguna idea superior cubana. Es más, su moral periodística era muy discutible. Me remito al tomo 69, pag. 19, de la Editorial Trópico, en que hace una proposición deshonesta a Mercado. Por su parte, es inexplicable que Martí no escribiera en las revistas cubanas de la época, y de esa manera se podría haber calibrado el alcance de su cultura y la bondad de sus tendencias literarias, ya que lo que hubiera escrito hubiera sido escudriñado por críticos tan eminentes como Ricardo del Monte, Manuel Sanguily y Enrique José Varona, que estaban al tanto de lo que se escribía en los principales centros de la cultura del mundo civilizado. Vencedor el movimiento insurreccional de Agosto de 1906, el próximo Presidente de Cuba había de ser un representativo de ése movimiento aparte de responder a las simpatías del Gobierno de los Estados Unidos. Es evidente que el vulgo cubano estaba bien penetrado de la propaganda disolvente que hacían los elementos políticos liberales. No obstante advertir las simpatías de las masas cubanas de apoyar al candidato liberal, acompañé al cochero negro de mi padre a votar en el colegio electoral que le correspondía, y que se encontraba en la calle de Someruelos, en La Habana. En efecto, se podía observar la coacción de los elementos de color con todos aquellos que ellos estimaban contrarios al candidato de sus simpatías. El cochero de mi padre se llamaba Rafael, y se podía contar como de la familia. Así, antes de entrar al colegio le mostré cómo había de anotar su voto a favor del candidato conservador. Ciertamente, la situación se mostraba adversa a la candidatura conservadora, pero cumplía con mi deber de llevar a un elector a las urnas que se decidiera a votar por lo que yo estimaba la candidatura más conveniente para los intereses generales del país. Al salir del colegio electoral, el cochero subió al pescante y yo, me senté en el interior, y aunque tenía la seguridad que él había votado por el candidato a quien había conocido desde niño, sin embargo, candorosamente le pregunté, ?Rafael por quién has votado? Y me contestó, con una espontaneidad que me dejó frío: “Me gustó el gallo y el arado”, o sea, que votó bajo el emblema del partido contrario, el Liberal. Luego, se ha de convenir que el atractivo del vicio ejercía mayor influencia en la mente de la inferioridad social que el afecto de la familia y otras consideraciones públicas. No soy de los que niego o trato de ocultar por mi parentesco que el General Menocal, como gobernante defraudó a la masa de los conservadores que esperaban de su administración la regeneración de la cosa pública cubana, y el cumplimiento de lo ofrecido de realizar una administración eficiente, honrada y económica, es decir, que se cumpliera con el programa de Honradez, Paz y Trabajo. El gobierno conservador fue un fracaso. El Vice-Presidente de la República, Dr. Enrique José Varona, lo expuso así en su discurso de ingreso en la Academia de las Artes y Letras, en 1916. Posteriormente el Gobierno descansó en la fuerza armada, que impuso la elección de Alfredo Zayas en 1920. Lo que sucedió después es de todos conocido. Machado sucedió a Zayas, y para salvarse tuvo que huir. A continuación el movimiento del 4 de Septiembre, encabezado por Batista y auspiciado por el Directorio Estudiantil Universitario, el cual intensificó la revolución social. Bueno es que te informe que, durante la campaña contra la dictadura de Machado, una mañana me encontraba de visita en casa de Montoro, llamándome aparte Carlos Saladrigas para proponerme que nos reuniéramos en mi oficina un grupo de hombres jóvenes, a fin de promover un movimiento de opinión que movilizara al país al objeto de salvar a la sociedad cubana del caos que atravesaba. Nos reunimos una tarde, Carlos Saladrigas, Joaquín Martínez Saenz, Jorge Mañach, Luis Baralt, Carlos Felipe Armenteros, y algunos otros, cuyos nombres no recuerdo. Yo había publicado un folleto proponiendo un programa de espíritu liberal para solucionar el problema cubano, a virtud del cual me dejaron cesante en el cargo de Fiscal de Partido de La Habana. En aquella reunión, no se le puso atención a mi programa, y después de haber hablado Martínez Saenz una serie de incoherencias, Carlos Saladrigas, propuso que en la siguiente reunión cada uno de los concurrentes llevara su programa; y cual no sería mi sorpresa cuando en esa reunión posterior, el Dr. Saladrigas presentó un programa de ideas socialistas, de sentido muy radical, que fue aprobado por los Sres. Mañach, Baralt y Martínez Saenz. Respecto al Dr. Carlos Felipe Armenteros propuso un programa comunista, cuya copia no pude obtener. Estos Sres. salieron de mi oficina, a fin de formar una agrupación terrorista para combatir a Machado. A los pocos meses, y cuando se había formado el movimiento A.B.C., se publicó el programa manifiesto de esa agrupación, que era de inspiración liberal, no obstante ser la mayoría de sus directores de ideas socialistas, como lo habían expresado en mi oficina. Yo tuve el propósito de desenmascarar a los dirigentes del A.B.C., y así demostrar que sus ideas no convenían con el programa que habían lanzado a la consideración del público, pero desistí de hacerlo porque los iba a comprometer, además de estar la situación muy tensa y delicada, con motivo de los atentados que se estaban efectuando. Como es sabido, la caída de Machado trajo una nueva situación en el país, auspiciada por el Embajador Welles, a virtud de lo cual, se puede decir, que el A.B.C. quedó integrado en la revolución social. Como resultado de la rivalidad demagógica entre Batista y el Directorio Estudiantil, aquel se esmeró en promover medidas de carácter disolvente, como la Ley de Alquileres y la Moratoria Hipotecaria. Para contrarrestar estas medidas de tendencia radical, se fundó la agrupación “Asociación Pro Restauración del Crédito Cubano”, un movimiento de tendencia conservadora, que se estaba afirmando en el país, y que hubiera creado un nuevo estado de conciencia en Cuba, si es que no se aprueba y adelanta la Constitución de 1940, que estuvo auspiciada por todos aquellos que, como José Manuel Casanova, se proponían apoderarse de las propiedades, que habían adquirido a base de hipotecas, para lo cual sobornaron a muchos constituyentes que apoyaron y aprobaron, mediante dinero, una de las Disposiciones Transitorias que favorecía a los deudores influyentes. Al amparo de la “Asociación Pro Restauración del Crédito Cubano” fundé el periódico El Siglo y la “Asociación Conservadora”, y así pude arremeter contra la revolución social y las falsedades y la propaganda disolvente de la demagogia, la inmoralidad administrativa; al paso de pedir el reconocimiento de los derechos individuales de los cubanos. En esta etapa de mi vida escribí mi obra Origen y Desarrollo del Pensamiento Cubano. El Siglo, lo tuve que cerrar a fines del Gobierno de Batista, por mi campaña oposicionista, aunque no me pesa haber expuesto mi pensamiento liberal durante más de tres décadas. Después de la caída de Batista, seguí escribiendo en el Diario de la Marina hasta que lo clausuraron. Es evidente que la nación cubana tendrá que resurgir, pero bueno es hacer constar que, si el defecto de nuestra orientación educacional ha consistido en no seguir nuestras tradiciones de cultura, y entre ellas los estudios sobre las civilizaciones antiguas: la griega y la latina, hemos de convenir que no adelantaremos un solo paso para ampliar nuestra cultura si no adoptamos un nuevo programa de estudios. Estas ideas me la han venido a confirmar la lectura del excelente trabajo sobre tu padre, que merece ser leído por todos los hombres pensantes cubanos. Te vuelvo a felicitar, y sabes que siempre te tiene en la misma estimación, tu viejo amigo, Raimundo Menocal. Nota: (1)-Al recibir esta carta le comuniqué al Dr. Raimundo Menocal Simpson (nieto del autor) la necesidad de dar a conocer su contenido excepcional. El Sr. Menocal Simpson nos contestó afirmativamente, asegurando que tanto él como su padre deseaban que este documento circulara irrestrictamente entre los cubanos del exilio y de la isla. Ese deseo, que es ya un compromiso, fue reiterado en una reunión celebrada el día 1ro. de noviembre de 2004, en la ciudad de Miami. (EIM-nov.2/04). |
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