Cándido o el hedonismo.* (Un paseo por la novela El

paseante cándido, de Jorge Angel Pérez).



                Al pintor de los tulipanes nocturnos;
                cuya inteligencia alegre, ahora duerme.
                Al pintor iconoclasta,
                detenido ante sí mismo.




I. Los síntomas.

En una reunión de historiadores celebrada en La Habana en el año 1998 con motivo del

centenario de la guerra  hispano-cubano-norteamericana un historiador militar afirmó

que, respecto a otro, un ejército no podía ser sino tres cosas:

1-Interventor.

2-Aliado.

3-Cooperante.

Agregó que, en el caso del ejército norteamericano en 1898, quedaba descartada la

primera opción; es decir, no se trataba, al menos por ese instante, de una fuerza

interventora. Restaban dos opciones: cooperante o aliado. Encualquiera de las dos

se suaviza mucho la valoración que de la presencia Americana se tiene en la

historiografía cubana.

Ese historiador ostentaba en aquel momento los grados de Teniente Coronel de las

Fuerzas Armadas Revolucionarias, por lo que más que un juicio profesional, estaba

enviando un aviso político a los estudiosos, un guiño tan serio, que no podía provenir

exclusivamente de la iniciativa del investigador; por demás muy competente, respetado y

querido por nosotros, para decirlo todo.

Por aquella fecha Fidel Castro  y José María Aznar, complementando a Borges, se habían

querellado con metáforas ajedrecísticas: “mueve ficha”, “no, mueve tú primero”;

escaramuza pública que terminó cuando Fidel Castro llegó a significar al presidente del

gobierno español con el diminutivo de un título muy sobresaliente en el argot cervantino.

Lograban malograr así una visita del Rey a La Habana, que solo se pudo se pundo

concretar en el contexto de la Cumbre Iberoamericana, lo que diplomáticamente

considerado no significa lo mismo.

En una charla de homenaje el historiador de la ciudad habanera, el Sr. Eusebio Leal, a la

par que se alineaba entre los “cespedistas” de la historia cubana (había escrito un Prólogo

al Diario de Céspedes, adjetivado como “perdido”, que le ganó el grado de Doctor en

Historia de Cuba), proponía la necesidad de escapar de los lugares comunes y ser más

“creativos” en la interpretación de la “intervención norteamericana” de 1898.

Leal, una suerte de “amauta” de la política cubana, enviaba la señal definitiva: tras el

colapso del campo socialista, que en Cuba se conceptualizó como “desmerengamiento”

(palabra en desuso en la machería criolla que proponía una perspectiva “moral” y no

histórica y socioconómica del evento), un nuevo paradigma ideológico metropolitano se

ceñía (ya ahora explícitamente) sobre la isla.

En el nivel intelectual esta rectoría equivalía al predominio de la academia

norteamericana en las relaciones internacionales de la cultura cubana.

De esta manera se aceleraron, y en cierta medida se “tergiversaron” muchos de los

campos intelectuales que se venían gestando según una dinámica de orientación

centrípeta. Por ejemplo, la expresión teórica que gestaba la necesidad de manifestar el

descontento de la mujer cubana con el hogar machista lo parió de una vez otra necesidad:

la de optar por una beca en “estudios de género” en las universidades norteamericanas; la

traducción teórica del plante del solar y la cultura afrocubana se metafmorfoseó en

paticipación en estudios étnicos o de antropología cultural; la expresión literaria del

destino personal se tornó microhistoria, historia de vida y otros epifenómenos de la

micrología.

Fue un proceso en dos sentidos: expectativas de “viajar” y de manifestarse; investigación

y diplomacia epistémica, necesidad y curiosidad; y aquí es mejor hacer a un lado

cualquier elemento valorativo, aún más si es despectivo. Todo tiene legitimidad: el

movimiento endógeno, pero además la oportuna política espiritual; la curiosidad y la

urgencia por con los nuevos agentes metropolitanos, en este caso los

programas de intercambio propuestos por la solvente academia norteamericana.

En el `98 (pésimo guarismo para los peninsulares) la “armada” intelectual norteamericana

arrasaba en La Habana y el resto de la isla a una España reconquistadora que había vuelto

por sus fueros en 1992, utilizando el vacío dejado por la incoherencia ideológica

soviétiva y los pálidos intentos de aprovechar el desconcierto por el neo-mandarinismo

mexicano, la teología de la liberación, la antropología europea (particularmente suiza) y

la “idea suche” norkoreana.

A fines de los `90 los intercambios culturales con España palidecían ante la fuerza de la

nueva competencia. La seducción de la academia norteamericana se hizo irresistible y

España perdía su rol de mediadora en las relaciones de la intelectualidad cubana con

Europa y los Estados Unidos. De “la historia común”, los estudios de transición, el

materialismo científico y la memoria del exilio español se pasó a los movimientos civiles,

los estudios de géneros, la antropología comparada, la reivindicación de minorías, etc.

El resultado sociopolítico de todo esto no es, mas parece paradójico: intelectualmente

hablando el pensamiento discursivo cubano es hoy más nortemericano que nunca.

Entre esta doble fuerza, interna y externa, centrípeta y centrífuga, puede registrarse la

novela El paseante cándido (La Habana, 2001) de Jorge Angel Pérez. Como se podrá

notar, esta opción interpretativa, “contextualista”, debe mucho a la tradición marxista,

que es una variante radical de los sociologismos posibles.

Hay varios niveles para situar esta novela cuya pertenencia al linaje de la literaura cubana

está fuera de dudas:

1-El nivel del talento y la biografía personal del autor, elementos intransferibles que

conforman la condición de “inconmensurabilidad”.

2-El nivel del diálogo con la literatura, la música y otras zonas de la cultura cubana del

momento (la música popular, los narradores de su generación…).

3-El nivel de eficiente acomodo a las exigencias del mrcado y otras fuerzas

promocionales vigentes, incluyendo la política, a la cual se le ubica de manera tangencial.


Entre estas “fuerzas promocionales” podemos señalar la correcta adecuación narrativa

según la porción temática que la división internacional de estereotipos parece haber

asignado al arte cubano: color, rocambolismo, sexualidad, alusisividad y elusividad

políticas, etc. Acople a los nuevos elementos de sensitividad postmoderna: hedonismo,

misticismo, frivolidad, modelo débil de heroicidad, rejuego con creencias y practicas

orientales, en este caso el budismo zen, que no escapa al sentido del humor; a veces,

ciertamente, muy cercano al choteo y hasta al mal gusto.




II. El paseante.

Cándido es el protagonista de la novela. Ha nacido en Encrucijada, Las Villas, producto

de la relación entre un periodita asignado a cubrir la zafra de los diez millones y una

muchacha del pueblo. Un nacimiento con marca que implica abandono, peculiar relación

con la madre, descubrimiento tardío del padre y la ciudad, madrasta, intensidad destinal

de las relaciones de pareja y de amistad, nomadismo y naufragio.

Es un héroe peculiar. Fuerte a su manera pero sujeto a una avalancha de sucesos que

exceden su voluntad. Cándido es cándido, ingenuo como el héroe volteriano, y se entrega

con pasión al disfrute de su propia desgracia. No se marcha a cultivar la huerta sino que

pasea al edén a disfrutar. El hedonismo lo conduce de vuelta al paraíso.

Cándido es como un niño, un adulto es incapaz de soportar el exceso de vivencias a que

el autor le ha condenado. La vida de Cándido es una avalancha y se forja en un

torbellino de personajes que aparecen y desaparecen de la trama con una velocidad

inusitada, creo que excesiva.

La sensación de prisa con que estos cumplen su rol y cuentan sus historias contrasta con

el  peso de lo sucedido. La galería de desatenciones narrativas, de historias

explícitamente pospuestas dejan una equívoca sensación de incompletitud que,

comprendemos después, obedece realmente a una novela que no tiene la oportunidad de

culminar en sí misma.

Y es que El paseante cándido es esencialmente eso, una novela, una historia de muchas

historias que se precipita sin hacer trampas, sin docentismo, sin disgresiones ensayíticas,

sermones morales o fascinaciones historiográficas.

Tiene, para usar una propuesta simbólico-crítica de Italo Calvino, la meticulosidad y a

ratos hasta la paciencia de Vulcano, pero lo más visible aquí es la agilidad narrativa de

Mercurio. Aunque es una categoría en desuso, y siguiendo a Schiller, queda la impresión

de que Jorge Angel Pérez escribe con el don del genio, que todo se le da “en forma”, y

que hasta el desvarío se le convierte en recurso.

Si hay un escritor que recuerda a Arenas es él. Libre de imitaciones, heredero auténtico

de su estilo huracanesco; comparten el vértigo narrativo, el lenguaje febril y el exceso de

eventos que acaba cargando de significación a lo simple. La maldición del Siglo de Oro

español alegra el elemento testimonial de esta novela. Si El color del verano de Arenas

culmina el paseo “carajicómico” con un carnaval, El paseante cándido cerrará con una

procesión que implica la visita del Papa a La Habana.

Un elemento a considerar aquí es el posicionamiento “autobiográfico” de esta novela. He

leído sobre unas encuestas realizadas acerca de los ítems que caracterizarían a la

novelística europea y latinoamericana. Mientras en el caso de la primera se recordaron

básicamente personajes, en el segundo se afirmaban fundamentalmente a autores. La

conclusion que se sacaba de este resultado es falible, pero en cualquier caso considerable:

comparativamente, carecen de fuerza los peronajes creados por la literatura

latinoamericana. Los autores tienen, en cambio, una densidad social, histórica o política

de primera línea. Constituyen una “clase”, en el sentido autorrevisionista del Marx de El

18 Brumario de Luis Bonaparte.

Pero como dije, es una conclusion debatable. Lo que quiero afirmar aquí es que El

paseante cándido abandona el protagonismo y propone una muestra de personajes tan

fuertes que son estos los que van determinando la propia peronalidad del “héroe”. De ahí

que el elemento biográfico se disuelva en un retrato determinado por los cursos

narrativos; la vida de Cándido está protagonizada por la vida de  los personajes

que se la hacen: que le abandonan y que le buscan, que le aman y que le odian, que le

ofender y le admiran, que le encarcelan y le salvan. La narración de sus propios sueños,

ya sea la historia de su rolex o los proyecyos con el Capitolio Nacional, el Gran Cándido,

elaboran de manera mediada la biografía del propio personaje disolviendo la posibilidad

del autor.

Personajes que hacen el peronaje, narradores de Cándido que hacen a Cándido;

potenciales protagonistas que se pierden en la función de delinear a otro y que apenas

son captados en un débil perfil. Vidas literarias sacrificadas por la función literaria. Un

desperdicio, un recurso, una promesa, todo eso pensamos cuando aparecen y después se

largan de la narración, por nuevas exigencias caracterológicas de Cándido; gentes tan

fascinantes como Raquel, la abuela terca, el abuelo mormón, Flora, Emilio Ugarte,

Ernesto, Christo, Justina, se mueren de intensidad, de impaciencia literaria.

Esta disolvencia del autor en el personaje, del personaje en los personajes, este aún

incompleto viaje hacia lo que pudo ser Dickens y Stevenson, distingue no obstante la

novela de Jorge Angrel Pérez. Quiere, pero no puede hablar de sí. El autor cede ante las

tribulaciones narradas del personaje, una doble emission de sentido que le distancian del

testimonio, del periodismo, y le dan ciudadnía a su escritura en el extraordinario mundo

del arte.

Jorge Angel no enseña, crea. No alecciona ni moraliza, sencillamente juega. Escritura

lúdica, trabajo hednista que encarna en forma estrema Babilonia, Babi,  que llevó la

felicidad hasta los límites de un placer puntualista y efímero: orinar cuando la vegiga está

repleta, observar a un hombre hambriento chuparse los dedos, beber agua en el momento

de sed más plena.

Escribir, observar y volver a escribir: la literatura como destino, el destino como encargo

no sacrificial, como la vida de Babi: “La providencia había marcado su destino: el,placer

era como un bicho en su sangre, incontrolable. Predispuesta estuvo desde la infancia. De

pequeña hacía pasar sus piernas por entre los barotes de la cuna, y contra la madera

frotaba su bollito tierno e infantil.” (edic. Cit. pp. 263-264). En fin, la vida como alegría,

a la manera de Lessing, de Shafsterbury y cualquier circo donde se pueda hacer magia

con el sol.


III. En la novela.

El Cándido de La habana, que nació en Encrucijada, no es como el Rey de esa ciudad. Es

también un “luchador” un “metedor de cabeza”, pero las cosas se le dan, no las busca. La

vida le sucede y aunque habita los submundos habaneros, tiene como un refinamiento

ancestral que traspasa a su propio nacimiento. No utiliza el sexo, sencillamente lo hace,

sus relaciones están cargadas de una afectividad radical. No hay comercio, hay naufragio

amoroso.

El Cándido ha conocido los viajes tóxicos en el malecón habanero, los maltratos de su

madrasta, la Guerra en Africa, los asedios de hombres y de mujeres; ha disfrutado la

juventud sexual complicádola con una infancia presentista. Ha visitado la locura, la

cárcel, el hambre, los celos.

Pero Cándido ama, se enamora, goza, no quiere zafarse de su desgracia con un puesto en

el gobierno o un pasaporte extrangero. No desea huir sino disfrutar la vida, disfrutar

incluso sufriendo, en su locus domicilial. Hay aquí una audaz propuesta de

reconciliación, de aceptación, una piedad casi ausente en el espíritu cubano.

En medio de esas coordenadas aparece la política; más bien asoma, discreta, prudente,

“políticamente”. Por ejemplo, a través de la desacralización de las proezas laborales de la

zafra azucarera, donde las hazañas sexuales de su parentela opacan los esfuerzos de loa

macheteros” “Así pasaron la zafra del setenta. En ella, decía abuela cuando su irritación

rayaba en el colmo, su hija fue una heroína del trabajo. `Promedió diez millones de

mamadas.” (edic. Cit. p. 37).

En la novela se registra también una denuncia de la delación en sentido radical; los niños

participan en ella con crueldad y afán de venganza, al peor estilo de los protagnistas de El

señor de las moscas. Este comportamiento cruel era el que con toda intención promovía

la directora de la casa de infancia: “Quien estaba muy furiosa era la directora. En su

amonestación dijo, refiriéndose al delator, que tal comportamiento era el que esperaba de

todos los niños, desde los parvulitos a los de preescolar.” (op. Cit. p. 47).

Existe además un cuestionamiento al proceso originario de las intervenciones

revolucionarias; pero igual un proceso de aceptación en el setido de inevitabilidad

histórica. La novela de Jorge Angel fija los tiempos revolucionarios en las dimensiones

de presente y pasado, escamoteándole actualidad a  problemas insolubles vinculados a

los orígenes de la revolución. Es curioso que el abuelo del protagonista, un interventor,

este relegado a esa lejana línea de la genealogía que remite al tiempo pasado: “A papá le

encantan la porcelana y el cristal de murano, el bacará y el cristal de roca. Su padre, mi

abuelo, a quien nunca conocí, el que fue primero mormón y luego comunista, intuyó el

gusto de mi padre y se hizo interventor en el año cincuentinueve. El padre de mi padre

entraba en las casas de la gente rica e incautaba sus riquezas. Así se apropió de una

buena colección de porcelana, candelabros de bronce, de plata y hasta de oro.” (op. cit. p. 67).

Ejercitando un agudo sentido de la ironía, el novelista imagina una psibilidad de

combinar el hurto intencionado del intenventor con una de las poses de más cache en el

arsenal político revolucionario, el “antiyanquismo”: “Seguro que el abuelo de Cunegunda

fue interventor en jefe, por eso consiguió más que mi abuelo paterno, pero eso no me

importa tanto: el fin justifica los medios. Si un interventor es una persona de buen gusto,

puede tocar a la puerta de una persona rica e interveirlo todo, para que no se lo lleven al

norte.” (op. cit. p. 68).

Jorge Angel, valiéndose de su libertad novelística, toma una decisión narrativa que nos

priva de uno de los personajes más perspectivos, se trata de la abuela de Cándido quien,

después de haber superado muchos sufrimientos no puede superar que se haya nombrado

“Lenin” a un parque de La Habana. La vieja, pudiéramos decirlo así, muere de una

hipertensión ideológica.


Cándido también aparece protagonizando uno de los negocios más lucrativos de los

últimos años en Cuba, el comercio de obras de arte. En este caso se involucra en un robo

que acontece con ribetes absurdos. El propietario, atado a la cama, hace consideraciones

estéticas sobre las obras hurtadas. Es así como se detiene ante una obra de Lam que

impresiona por su luz sobre los verdes. El poeta victimizado le da la lección al ladrón

quien, con una estética más práctica le dice que sí, que le interesan los verdes, pero en los

tonos de los dólares que le dejará esta jugada.


En la novela los sucesos y personajes aparecen y desaparecen vertiginosamente. No de

manera forzada sino (quizás) sorpresiva; me recuerda la entrada del Enterrador, sin

justificación narrativa aparente para el peso que muestra; la muerte de los padres de Flora

en el incendio, así como el rezo del Cura donde se mezclan el sexo y Dios, me recuerda la

fulminante solución de Flaubert en La Educación sentimental cuando una herencia

insólita de un pariente casual envía a Frederick al lugar adecuado para continuar la

narración. Una genial arbitrariedad narrativa.


Humor hay también en un personaje que parece haber confundido los códigos cuando

cuenta su historia. Resulta que antes de 1959 vivía en un prostíbulo de la calle Colón,

entonces llegó Fidel y, para mantener la diversion, tomó una decisión tan heroica como

desconcertante: se alzó en Miami.


Tampoco aparecen de manera directa la consideración sobre eventos sociales de los

últimos años de la historia cubana; los lances de “interés” político-social de El paseante

Cándido están estetizados y el humor esperpéntico es una vía fundamental en su

tratamiento. El capítulo de la Guerra en Africa, por ejemplo, logra hacernos pensar una

vez más, pero sobre todo hacernos reír. Lo desconcertante de esa campaña bélica en

nuestra historia se presenta (o sencillamente “aparece” pues no tiene por qué haber sido la

intención del autor) en una candonga donde, por falta de kwansas, un soldado cubano  

vende al “socio” mulato por haber sido confundido por un curioso americano,  Stephen

Burn, nacido en Filadelfia y radicado en Namibia con un esclavo en excelentes

condiciones: “Estoy muy acostumbrado a sus servicios; es fiel y trabajador. Lo tengo

desde que era un niño.” (ibid. p. 168)


Las consideraciones acerca de las relaciones intelectuales que han dado cobertura a

hechos culturales cubanos en los útimos años, tampoco aparecen de manera directa sino

atravesados por sucesos de otros órdenes. Por ejemplo, la dinámica del intercambio

académico, su devenir en el “nivel fenomenológico”, por decirlo de alguna manera,

adquieren aquí una formalidad sexual, con momentos narratives cuasi pornográficos.

Referimos el pasaje donde la profesora Literartura Griega y latina de CUNY palpa el

sexo de Lisístrata, (op. cit. p. 145), o cando la murciana María de la Josefa de la

Fuensanta aparece en la cárcel donde termina Cándido después de haber obtenido una

beca fabulosa para “estudiar al hombre”. (op. cit. p. 178)

La integración narativa entre humor y política es un capítulo del hedonismo general que

cubre esta obra en calidad de cobertura filosófica. Es hedónica la escritura de

Jorge Angel, que juega a la manera en que Schiller consideraba debe jugar el creador

verdadero; y percibo también hedonismo en el ambiente y en el conducirse de los

personajes. Aún los más trágicos, aún los que mueren de amor y cellos como el onanista

ingenuo, salen de la trama haciéndonos un guiño de cómplice felicidad: mi mujer me ha

engañado con un plátano, la mancha en su sexo la delata.


Aunque la feliz maldición de esta escritura recuerda a Reinaldo Arenas, también le

rebasa. Arenas tiene límites que trangrede Jorge Angel:

1-Comprensión deberista y sacrificial de la literatura; definición del arte como misión, la

estética como catecismo y el escritor como monje (Fray Servando era para él la

encarnación estilística de la vocación literaria).

2-Veneración intelectual martiana (a Martí estuvo dedicado, con toda conciencia, el

ultimo número de la Revista Mariel).

3-Elaboración de un canon de la literatura cubana.

4-Concepción lineal de la libertad como anticstrismo radical.

El paseante Cándido continua en ruptura estos límites expuestos, con ocasionales

desbordamientos, en El color del verano.


V-La culpa alegre.

Si nos fijamos bien, hay un estilo de escritura demasiado homogéneo en parte importante

de la crítica de arte contemporánea; un elemento muy notable lo determina: se escribe,

escribimos, presuponiendo que el lector o público no conoce la obra de que hablamos,

por lo menos, que no ha visto lo que hemos visto nosotros. De ahí la pesadez de contar,

de manera descriptiva, un fragmento de la obra sobre el que suponemos se va a realizar

un hallazgo. A veces es preciso escribir como si nos estuviéramos dirigiendo al autor que,

con seguridad, sabe de su obra más que el crítico. Presuponer la ignorancia, no ofender al

público advirtiéndole de qué va el asunto; ese debe ser el punto de partida del estudioso.


Quiero que este encuentro propiciado por el Instituto de Estudios Cubanos y el Miami

Dade College me  sirva para comenzar a dejar esto atrás. Por eso estos hábitos ejercitados

sobre esa excelente novela que narra la historia de un niño hermoso, un “Adonis” que

crece cándidamente y avanza hacia un mundo que reporta violencia, obscenidad y gozo;

un mundo intenso donde alcanza, bajo el azote de la historia, un poco de inmortalidad,

donde el ser humano se convierte en personaje, este en narrador y finalmente en público.


NOTAS:

*Texto presenado el 25 de junio de 2004 en el Wolfson Campus del Miami Dade College.

 


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