Alexis Jardines y la entrada (eingang) de la filosofía

clásicacubana.



Alexis Jardines, autor de “Filosofía cubana `in nuce`. Un ensayo de historia intelectual”,  inaugura su libro
declarando en una nota que este “fue concebido para servir de preámbulo a mi propio sistema”. (p. 9) Y
agrega: “Con `Filosofía cubana in nuce` doy a mi sistema –hasta ahora pensado en sintonía con el
pensamiento europeo-una legitimación en la cultura nacional.” (ibid) Es decir, el autor se empeña
explícitamente en formular un sistema de filosofía, lo que significa un desafío a la misma tradición
intelectual que trata de salvar.  Ensaya una manera de pensar especulativa, abstracta, fiel al
mandamiento preferido de los filósofos: “no adorarás imágenes”, lo que puede traducirse de esta manera:
“tratarás de pensar sin poner ejemplos”.

Distanciándose del “primer” postmodernismo al adherirse a un nacionalismo epistémico bastante radical,
dice respecto a esta relocalización “política” de su trabajo: “Este arraigo era realmente necesario. Lo que
carece de anclaje, por fastuosa que sea su imagen y opulenta su estructura, no perdura.” (ibid)

Jardines se eleva sobre la evidencia de que el “tratado” no es el género de expresión en que nuestros
pensadores han resuelto literariamente sus ideas: “...todavía hoy no hemos podido salir de la trampa en
que cayó Varona: estamos obligados a ser positivistas o literatos”. Ardid cultural que ha condicionado
esta realidad: “...nuestro potencial narrativo siempre ha sido superior a nuestro potencial especulativo o
conceptual.” (pp.39-40)

Ahora bien, esta situación, que puede constatarse con un repaso bibliográfico, no posee una explicación
satisfactoria pues, como la serpiente que se muerde la cola, esa misma tradición literaria no ha generado
una autoconciencia teórica (ni siquiera una crítica) capaz de dar cuenta de sí misma.

Al gunas de las explicaciones avanzadas en nuestra tradición para “comprender” esta a-sistematicidad
expositiva son más bien hipótesis caricaturescas.

La explicación de Jardines es más “iluminista” y parece que se atiene al lema “Sapere aude!”, ten el valor
de servirte de tu propia capacidad de pensar. No hay sistema porque no existe el valor, la voluntad de
hacerlo. Y esto va más allá de la sobredeterminación política o exiliar porque, como el mismo Jardines
cree, él ha concebido (y publicado en varios libros) un sistema de pensamiento “con legitimidad filosofica”,
y lo ha hecho siendo paradójicamente libre, bajo un sistema político totalitario y, lo que es peor, atado a
una tradición que no se ha inventado un linaje teológico-metafísico y que en los últimos 47 años ha dado
marcha atrás respecto a lo que había conseguido.

Es atrevido el programa intelectual de Jardines. Y es valiente. Nosotros que lo conocemos, y el pensador
español Jacobo Muñoz que ha prologado uno de sus libros en España, podemos dar fe de una audacia
intelectual que por momentos alcanza la “insolencia creativa”.

El autor ha cultivado varios géneros de escritura filosófica: el panfleto fenomenológico (su “Réquiem” fue
todo un evento a fines de los `80s), la epístola, el diálogo (su “Diálogo entre un ebrio y un sobrio”, inédito,
un eco de Berkeley), el artículo, la conferencia, el tratado  y el ensayo, donde se incluye precisamente el
título “Filosofia cubana in nuce”, que hoy presentamos.

Alexis Jardines Chacón, nació en Holguín pero es por formación un habanero; adquirió trato con artistas
del medio, interpretó canciones de Mike Porcel y posee un peligroso sentido del humor. Se graduó en
filosofía por la Universidad de San Petersburgo en 1983, con una tesis sobre la Filosofía de la Naturaleza
de Hegel. Fue discípulo y estudioso de la gran filosofía rusa. Admiraba también, yo diría incluso que se
identificaba, con otro gran estudioso de filosofía de su generación: el ajedrecista Garry Kaspárov.

Y es que el problema no radica en que se importara filosofía rusa, incluso soviética, sino en que se
compraran selectivamente las “futilidades” espirituales del bolchevismo.

Es como si existiera un método oculto, una estrategia de mediocrización intelectual que permanece en pie
aunque se haya cambiado el contenido: se sigue llevando a La Habana lo peor de Latinoamérica, lo peor
de España, lo peor de la misma izquierda europea y, hay que decirlo también: salvo algunas excepciones,
lo más mediocre de la academia norteamericana. Por demás, Castro les corresponde permitiéndole
contactar con su endémica mediocridad universitaria, impidiendo el acceso a interesantes pero polémicos
intelectuales desperdigados por el interior del país y no solo en La Habana.

El libro de Jardines tiene un subtítulo muy importante: se trata de un “Ensayo de historia intelectual”. Es
decir, que el autor se centra en una tarea de reconstrucción del linaje filosófico donde ancla él mismo y
su generación, que identifica como “G-80”, por la década en que aquellos a quienes admite como colegas
sentaron los fundamentos generales de su actual trabajo.

En este punto Jardines trabaja en la línea de José Zacarías González del Valle, quien hacia 1838 escribió
un folleto-conferencia titulado “De la filosofía en La Habana”, que después siguiera Mestre,
configurándose así, quizás, como nuestro primer historiador “conciente” de la filosofía.

Pero Jardines esboza también en su libro una “ontología de nosotros mismos”, una meditación acerca del
presente que incluye aquel capítulo de la historia que Luis González y González y Américo Castro
consideraran el más difícil de todos: el espacio adyacente, el “pasado inmediato”. Este libro desespera en
polémicas y compromisos, e involucra a muchos autores de la forma en que debe hacerse: desechando la
perífrasis alusiva y yendo a los nombres y apellidos concretos, al elogio y ataque descarados. Los lectores
no deben demorar la lectura del capítulo titulado “La escolástica marxista en Cuba: 1960-2000. Hacia un
rescate de la tradición reformista”, donde se resuelve positivamente la crítica a la propuesta
historiográfica de los profesores Pablo Guadarrama y Miguel Rojas desplegada a lo largo de todo el libro.

Jardines cuestiona en su libro reconstrucciones del pasado que no resisten el análisis de los hechos. Por
ejemplo, según los últimos credos, la revolución cubana habría generado en los `60s un pensamiento
auténtico, nacionalista, inocente de la sovietización de la cultura cubana que califica como “posterior”. La
revista “Pensamiento crítico”, dirigida por los profesores Fernando Martínez Heredia y Thalía Fung, sería
una muestra de esa autenticidad intelectual.

Pues bien, Jardines  relativiza bastante este enfoque considerando que, a los efectos del desarrollo de la
filosofía, la revista “Pensamiento crítico” se mantuvo en los límites de la importación marxista, solo que un
marxismo más occidentalizado.

Esta revista, en efecto, es meritoria en el universo comparativo del pensamiento en el contexto
revolucionario castrista, sobre todo si tenemos en cuenta la dimensión de sus reemplazantes quienes,
como dice Jardines, no pasaron de conformar un “intrascendente círculo de (los) marxistas ilienkovianos.”
(p. 226); pero ya no lo es tanto contrastada con la historia intelectual cubana en general, sobre todo, con
ese hito de mayor altura por el que vota Jardines que son años `40 de nuestro siglo XX. El Capítulo  I de
la Parte II de su libro, dedicada a plantear el tránsito hacia lo que llama “generación del `40”, concluye:
“Cuba no ha conocido hasta hoy un período de esplendor filosófico tan intenso como el abarcado entre
1947 y 1957.” (p.77)

Por supuesto, Jardines tampoco es ingenuo en cuanto a que la salida de la filosofía cubana deba
asumirse en términos de una restauración republicana.

En su ensayo Jardines endorsa abiertamente a Máximo Castro Turbiano como el más grande filósofo de
su momento; elogia el alcance moral y epistémico de su “solidez granítica” y pasa de llamarlo “uno de los
más destacados pensadores” (p.61) a preguntarse de forma aleccionadora: “?Qué cubano sabe hoy que
Máximo Castro Turbiano es su más grande filósofo?.” (p.84)

Las valoraciones histórico-filosóficas de Jardines no dejarán de causar controversia. Aleternativamente,
una parte del exilio siempre consideró a Humberto Piñera Llera el filósofo cubano contemporáneo por
deficinión, mientras en la isla el ExMinistro de Cultura Armando Hart elogia el pensamiento revolucionario
de Rafael García Bárcena, a quien considera un precursor legible de la Teología de la Liberación. Creo
que en estas disonancias ayudarán al crecimento filosófico cubano y, en la medida en que nuestros
intelectuales se decidan a participar en el desencuentro, el material factual de la investigación de
Jardines se verá complementado.

 


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