Zoo-ciología
Tanto en La Habana como en Miami he participado de ambientes que, en sentido general, pueden
calificarse de xenofílicos. El que viene “de afuera” es consentido de una manera tan intensa como
efímera. Es recomendable que el visitante se tome esto con calma, pues el compadreo, que tiene en su
fundamento la curiosidad, de repente puede convertirse en desinterés y este, a su vez, ser vivido como
abandono.
La relación de los cubanos con lo extranjero también tiene matices; La Habana, por ser puerto de mar
(como Nuevitas), es asimilativa y fácil; las “villas de interior”, como Remedios, son un poco más ariscas.
Pero en cualquier sitio reina un ambiente general de gusto y acatamiento con ”lo llegado”, que para el
caso de una isla equivale a decir lo nuevo.
Nuestro imaginario cotidiano recoge una interesante relación con animales exóticos, muchos de los cuales
son desconocidos por la mayoría de las personas que le han dado un salvodonducto para que participen
en sus vidas de manera simbólica. Hay dichos que recogen comparaciones, metáforas, equivalencias y
distancias con una zoología que rebasa la experiencia inmediata con la fauna criolla. Fauna que por
demás es tan noble, que la necesidad de espanto ha tenido que satisfacerse calumniando a criaturas
realmente feas, pero comparativamente inofensivas. Es lo que sucede con la “araña pelúa” y el alacrán
en la tierra; con el “rascacio” y la “morena” en el mar (y el “cativo” en las lagunas, que es una versión de
majá de agua dulce).
De alguna fuente exótica el imaginario cubano eligió, para referir una zona de muy mal olor una
equivalencia extraordinaria: “huele a cojón de oso”; o para afirmar un amarillo intenso, tirando al
“mostaza”, el color de la mierda de mono. (?)
Ilustramos las noches cerradas diciendo que son “oscuras como la boca de un lobo”, y le decimos al que
bien ve que tiene “vista de águila”.
El tipo duro es el león, o el tigre. El alto es la jirafa; observación que suele hacerse de manera cautelosa:
“fulano parece una jirafa”. El jorobado de Nuestra Señora de París, de vivir en la Catedral de La Habana,
no sería otro que el camello. Los gordos no lo son como cerdos, sino como hipopótamos.Y a los niños los
trae la cigueña, no la tiñosa ni el totí.
Pudiera seguir dando ejemplos que demuestren esta curiosa propensión a abultar nuestro imaginario con
seres de otra galaxia, o de otra selva o pradera, pero mis amigos Heidi y Luis insisten en que vaya a
comer unas lentejas. Invitación que rechazaré con amabilidad pues, a pesar de que el plato es exquisito,
estoy tan lleno que no me cabe ni una lasquita de la pechuga del ave fénix.
Kendall.
Enero-2004.