| Utopía low profile. “¿Es verdad, preguntaba una niña pequeña en un texto de Nietzsche, que el `buen Dios está presente en todas las cosas? (…) Me parece indecente`”. (S. Courtine-Denamy). Si eliminamos todos los elementos de floritura histórica y teológica de la obra de Hannah Arendt acerca del totalitarismo nos quedará un sentencia inequívoca: el totalitarismo es el mal. Aún aceptando este presupuesto, los posicionamientos ante el mismo pueden ser muy diversos: -complicidad. -indiferencia. -beligerancia. -aceptación. -fuga. S. Courtine-Danamy, por ejemplo, encontró un elemento de positividad en la indiferencia que Simone Weil mostró hacia el exterminio judío, del cual pudo enterarse sin problemas en The New York Times durante su estancia en esta ciudad norteamericana a principios de los años `40. Resulta que, según un curioso punto de vista acerca de la piedad, la “distancia” es necesaria para comprender realmente el horror de un crimen, en caso contrario, el miedo podría torcer la percepción del evento. Todas estas posiciones cuentan con un soporte teórico justificativo, lo que permite afirmar que, a nivel discursivo, todo el mundo parece estar de acuerdo. Una defensa descarada del holocausto no existió ni en los más extremistas partidarios intelectuales del nazismo. En la historia del Occidente cristiano, prejuiciada a favor del bien, todo se hace con una coartada axiológica. No obstante, el totalitarismo padece una “terrible originalidad”, es como si funcionara con una inversión de cada uno de los mandamientos. Es notable, por ejemplo, que los mecanismos de sometimiento y obediencia totalitaria descansan en la extensión del desprecio de sí mismo hasta el desprecio del prójimo, hasta el límite de la propia vida, o la propia muerte. “Matarás”, ese coqueto con una muerte omnisciente, es uno de los mecanismos de pretrificación activa de la sociedad totalitaria. En el totalitarismo, en cuya variante de matriz bolchevique hay una trascendentalidad “atea”, el desprecio del ser humano se lleva hasta una sobrevaloración de Dios; es decir, al convertir a Dios en peregrino expusándolo del templo, se le da “residencia en la tierra”; es decir, se le pone a morar en cuanta singularidad insectea por el barrio, tirándole de una vez a ras del suelo. El totalitarismo es también una vulgarización de lo divino por medio de una transformación en masa. Como decía Elías Canetti, hay una complacencia en verificar que Dios nos resulta accesible, que está lo mismo en la cena, la fábrica, el ejército o la escuela. De aquí resulta además una contracción del espacio de libertad humana, una solemnización policial del cuerpo hedónico pues no hay área legítima donde el hombre pueda realizarse como criatura efímera sin embarrar lo divino. No hay, por ejemplo, sitios supérfluos donde tirar los orgasmos porque, al parecer, todo va a significar a la larga un escupitajo en la cara de Dios. Entonces, si el totalitarismo es el mal, este mal no es más que una metástasis del bien. El totalitarismo es la solemnización del espacio humano, la negación de los capítulos biográficos carentes de significado. Una mano en alto y la repetición de una consigna: el hombre a la merced de la plenitud de una misión. André Malraux gustaba traducir el conocido libro de Robert Musil como El hombre disponible, es decir, la critura a merced de los antojos del plan. En consecuencia con lo anterior, la libertad es también el derecho a lo frívolo, lo que concuerda perfectamente con la defensa que, resonando en Simmel, hizo Walter Benjamin a los nuevos objetos de la filosofía; es decir, el circo, la juguetería, las tiendas de ropa. Si alguien se averguenza por disfrutar la visita a las tiendas, debe comprender que aún participa de los límites de la decrepitud moderna. El mall es hoy la Plaza Cívica en lo moral, la “universitas” en el saber y la casa de contratación en economía; como antes fueron las plazas de Toledo y las riveras del Támesis las grandes escuelas multicurales de las lenguas y el comercio. Ramón Gómez de la Serna descubrió para el pensamiento retórico el universo insondable, cósmico, de una cartera de mujer: un sitio donde cabe todo, aunque nunca quieran llevarnos nada. Una cartera de mujer es no solo universo sino mundo, es decir, universo revelado. Si antes, en la lógica de esa sensibilidad que nace según algunos en los pliegues de la canción provenzal, regalar una flor a una mujer era el gesto de transmisión de poder más significativo de la modernidad, hoy día lo es el regalo de una cartera. Al regalar una cartera se está haciendo cesión de poder; se está legando un continente a la única criatura capaz de poner orden en el universo revelado, es decir, en el mundo. Este es un elemento que, por supuesto, no se encuentra en el Ars Amandi de Ovidio: solo podemos preciarnos de haber conquistado el corazón de una mujer si hemos sido capaces de regalarle la cartera adecuada. Marca y color incluídos. La lucha por la libertad es también la defensa del derecho a la frivolidad. No es casual que los totalitarismos hayan sido también dirigismos de alta cultura: grandes proyectos educativos, grandes planes deportivos, enormes metas médicas. El olimpismo es la esencia del régimen totalitario. Como he dicho otras veces, es curioso el hecho de que este campionismo se reproduce incluso allí donde sus propios críticos se han rebelado. Muchos estudios del campionismo totalitario no han sido reemplazados por la frivolidad metodológica correspondiente sino por la reedición de un campionismo de baja intensidad. Porngamos un ejemplo. Ya en los años `80 una generación de jóvenes historiadores alemanes reaccionó contra los estudios macrológicos sobre el nazismo; proponían moverse hacia abajo de los análisis filosóficos, teológicos, éticos y estéticos; hacia una suerte de narración de archivo que aportara datos concretos y, a mediano plazo, inocencias y culpabilidades localizadas. Si esto fuese necesario. Es decir, ya no más análisis de partidos políticos, potencias extranjeras, universos macrosimbólicos. El caso era que existían en los archivos suficientes datos para dar a conocer, por ejemplo, quién administraba la estación de trenes donde llegaron los vagones A desde el pueblo B cargados de vítimas; o qué taquígrafo redactó tal condena, o qué director de correos envió esta o aquella orden de exterminio. Y en efecto, empezaron a estudiarse casos, pero casos que utilizaban la micrología para reedificar desde esos pequeños espacios nuevas historias trascendentales y heroicas: asesinos con sensibilidad estética, rendiciones honorables, traiciones con mensaje amoroso, etc. Es decir, ya no el totalitarismo, pero sí su lógica despreciativa de la tranquilidad cotidiana se reproducía en un ambiente que va más allá de la postguerra; desgraciadamente, antes que se haya podido reencausar aquella demanda de la joven historiografía alemana, hoy resurgen sin más nuevos relatos totalitarios; incluso uno muy peligroso por su apariencia legítima: el terror de los “vencidos”, lo que una vez ejercido da lugar al terror de las víctimas del terror. La frivolidad es pues una vía de descompresión totalitaria, antibelicista, en los momentos actuales. Resulta por eso paradójico que la mayoría de las posiciones pacifistas estén encerradas en un discurso redentor, de suma gravedad moralista donde se sigue considerando de baja estatura a la cultura cotidiana (o la cotidianidad como cultura). La naturaleza intelectualista de las reivindicaciones de izquierda, esa incpadidad que tiene para sensibilizarse con el cine y la tevisión de bajo perfil, con la comida amable, con la flor en el huerto, se da de alianza con la esclerosis totalitaria que nace y renace disfrazada de notas decomunales en la música, enormes records en los deportes, altas sonoridades en la poesía, monumentalidad en la historia. El museo contra la discoteca, Dios contra la gracia, el deber contra el placer; la pose contra el roce, así avanza el totalitarismo en el ámbito de la sensibilidad, poniendo una preposición allí donde debería funcionar una conjunción inclusiva. |
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