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| Pretending art. Todo empezó en Cuba. Una isla con facultades excepcionales para los proyectos; con excelentes futuros, presentes arduos y pasados inciertos. Una isla donde se acabó el contrapunteo: el tabaco ha vencido al azúcar. Todo el Carnegie Hall disfrutó el Buena Vista Social Club entre pausas de humo, mientras el Ministro de Comercio Exterior negocia la compra de lo que fue alguna vez nuestro primer renglón de exportaciones. La revolución de 1959 fue una utopía onírica encabezada por el "aserito" con más sentido práctico que conoce nuestra historia. Tenía los pies tan pegados a la tierra que se metió en el fango. Sin embargo, Fidel Castro está convencido de que, aunque soñar es de tontos, presentarse públicamente como soñador es algo muy práctico; una treta que reporta un capital político. Castro practica la usura del corazón: renta los buenos sentimientos de los cubanos enrolándolos en guerras y planes estúpidos. Una epidemia regional: los tiranos más inclementes de Latinoamérica se han vendido como idealistas y soñadores.88888 Los cubanos somos, sin embargo, soñadores sinceros; y lo que es más importante aún: leales. La lealtad es una suerte de sinceridad en campaña. Llevamos medio siglo edificando proyectos de nombres multicolores: Paideia, Varela, Minerva, Lawton, Proposiciones ... Para quien no lo sabe: Proposiciones fue un hermoso proyecto cultural concebido por Pablo Milanés y reprimido por la propia revolución. Nuestro problema no ha sido soñar, sino carecer de la posibilidad efectiva (no hablo de la capacidad) para realizar esos sueños. Cada cubano anda con un proyecto bajo el brazo; como en cualquier lugar del mundo, unos pueden realizarse, otros no. Lo extraordinario no está en el evento sino en el desbalance: no es razonable la relación que existe entre proyectos concebidos-proyectos realizados para el caso cubano; existe entre ellos como una grieta, un abismo. En Cuba la realización de los proyectos tiene dos enemigos fundamentales: la falta de libertad y una pobreza de recursos cuyo máximo responsable es precisamente el Soñador en Jefe. Se atribuye a Samuel Feijoo una frase que capta la lógica de esa suerte de masacre de iniciativas que constituye el castrismo: "En el comunismo existe un problema para cada solución." Al llegar al exilio hemos encontrado la posibilidad de realizar muchos de los citados sueños, y la capacidad para alcanzar algunos. Pero de toda aquella situación, como demostrando que lo hecho está hecho y el daño asentado, han perdurado al menos dos sensibilidades importantes: 1-Una desconfianza en las promesas y las intenciones del prójimo. 2-Una inercia onírica que nos inclina a soñar por soñar. Esta materia prima espiritual, que la amiga Rosy Inguanzo precisaría como "emocional", ha consolidado en Miami una forma insólita de expresión artística que pudiéramos llamar Pretending Art. Aqui el arte es la esperanza del arte; la obra es pretender la obra. Un ejemplo. Cualquier trabajador de Miami ha recibido una invitación a cenar o ir de pesca para escuchar un proyecto: "Voy a abrir una galería y me interesan tus cuadros", "Tengo una plata ahí y quiero hacer un libro contigo", "Compré unas tierritas en Occala y me hace falta un administrador", etc. Y cualquiera ha vivido también la gran decepción que provoca verificar que, después del encuentro en el resturant o el viaje en el yate, adviene el olvido; que se trataba solo de un juego, de la manipulación de un sueño. Sin embargo, yo creo que la decepción obedece a no saber identificar que estamos en presencia de un "performance", que también esa promesa incumplida puede reporta un placer estético. Creo que no puede, ni debe, darse un paso en el sentido de la realización del proyecto. Si se hace, ya no estaríamos en presencia de un "pretending art" puro. La realizaciones incompletas, una llamada telefónica de disculpa, la mediación de un amigo, restarían calidad a un "pretending art". Asistamos puntual y responsablemente a nuestros mítines de sueños y no pidamos peras al olmo que, tal y como van las cosas, las puede dar. eichikawam@hotmail.com Emilio Ichikawa. feb. 2004. |
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