El peligro amarillo


Algunas gentes memoriosas del pueblo de Bauta recuerdan al chino Wong y su pariente “Flanchisco”.
Tenían una huerta de unas decenas de metros frente a la opulenta finca “El Pilar”, hoy convertida en el
motel El Lago.

Con un español dudoso, pero con suficiente sabiduría y dedicación, los chinos (¿alguien sabe por qué
“narras”?) eran capaces de abastecer de frutas y vegetales a los barrios de El Belica, La Minina, Santa
Emilia y El Callejón de los Perros, rebautizado después de conseguir aceras como Avenida de los Canes.

Recuerdo con felicidad aquellas visitas con mi padre y el Tío Alberto “Quirindinga” a la finquita de Wong a
recoger rábanos frescos, y también los saludos desde la cerca de almácigos de un vecindario sano que
no había podido envilecer esta tríada fatal: la escasez, la delación y la envidia.

Un día, no puedo precisar cómo, sucedió aquello: los chinos se perdieron. Quizás en virtud de un amor
ancestral fueron a un reencuentro, llevándose consigo todo lo bueno que les rodeaba: la bondad de sus
vecinos, el tren de cañas, la sombra de los mangos, el palmar, en fin, todo. En su huerta se desempeña
hoy una Cooperativa Agropecuaria con apoyo del Ministerio de Agricultura, que emplea tecnología
moderna, una junta de administración, dos decenas de trabajadores y los mecanismos de estímulos de la
Emulación Socialista.

Los resultados: montones irremediables de coles chamuscadas, perejil y bija para lo que venga, boniatos
picados y mucha, muchísima calabaza. En algún lugar del cielo, junto al famoso médico chino, Wong  se
ríe de tanta ineficiencia: Cubanos estal jolío, necesital Den Xiao, no Lage ni Felipito.

Años después, mientras estudiaba en la Universidad de La Habana, volví a escuchar noticias sobre los
chinos. Todas malas, por cierto. Se decía que apoyaban al bando equivocado en Africa, que adularon a
Nixon y se rendían ante el capitalismo. Aunque hoy el gobierno cubano está de plácemes con Beijing, en
los 70 y 80 solo se atrevió a expresarle públicamente sus simpatías el viejo comunista Carlos Rafael
Rodríguez. Tuve la oportunidad de revisar su biblioteca del Consejo de Estado y aseguro que existe allí
material suficiente para escribir varias tesis sobre historia contemporánea de Asia.

Ya en los años 90, cuando contraje algunos amigos diplomáticos, les escuchaba referir a  los chinos con
una rara y, por lo general, admirativa preocupación: “el peligro amarillo”. En efecto, no son los rusos, ni
los árabes, ni la cultura exótica de las excolonias quienes pueden disputar a largo plazo la hegemonía
cultural de Occidente; el “otro”, como vislumbraron Hegel y Churchill, viene de la China.

China es el único Imperio contemporáneo que utiliza la “comodidad” como recurso de  intervención
cultural. El chino es el “conquistador” pertinente. Es incapaz de violentar una costumbre ajena, de
imponer su lengua, de verter un chorro de salsa de soya encima de una hamburguesa desabrida. La
“evangelización amarilla” no obedece a la cruz, al martillo o la hoz, se trata de un gesto vestal, de un trato
que triunfa a base de silencio y encantamiento.

Los chinos, antes que enseñar, tratan de aprenderlo todo; se les ve presentes, pero igual ajenos a los
rituales fútiles del trato social. Si les aburre una fiesta sacan un libro o se van a dormir. Y punto. Les
obsesiona el resultado y pueden ser disscretos aún en la más  tremenda diversión.

A esta altura no es exacto decir que saben “adaptarse” a los modos de Occidente; los chinos han
acabado por ser co-protagonistas de la invención postmoderna de lo Occidental. Es impensable
Manhattan sin su barrio chino, Hollywood sin sus temas y actores, una dieta sin su arroz, un laboratorio
sin los miles de talentos que inventan y observan las pequeñas piezas que compondrán los
monumentales cambios tecnológicos que se avecinan.

Millones de chinos nos saludan en la mañana y despiden en la noche. No se percibe en el horizonte una
cultura o civilización más apta para entrar de una vez en comunión con Occidente. Sería una alianza
mutuamente ventajosa, incontestable; como aquella conjunción de diferencias que una vez existió entre el
chino Wong y el pueblo fuerte y bondadoso de la infancia.


New York. nov. 2002.


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