Volver
Menu


Un patriotismo escéptico.

Una de las ventajas existenciales de la República sobre la Revolución radica en que, mientras aquella supo
reírse de sí misma esta, menos segura o mas suspicaz (!ni el río puede ser “Cauto”!, exigía un conocido
personaje de Reinaldo Arenas), se enreda entre lo grave y lo solemne para terminar en el ridículo y la
“pesadez”. Para oficiar cubanía el peso es más insoporable que cualquier “levedad”, según rezan algunos
estereotipos.

No quiere decir, claro está, que la Revolución carezca de su “política cómica”; hubo muy buenos tiempos para
los tabloides Dedeté, Palante, Melaíto y un gremio visible de caricaturistas: desde Nuez y Manuel, pasando por
Carlucho y Ajubel y llegando recientemente a Ares y Lauzán. Es curioso: he referido un ciclo que abre y ciera
por San Antonio de los Baños. Lo que trato de significar es que las notas más altas de estos artistas se logran
en un espacio crítico que dentro de la Revolución fue muy improbable y que cuando se dió provocó una
reacción adversa. La clausura del “humor” no es de ninguna manera un “error” sino un punto constitutivo del
castrismo. Cuando Marcos Behemaras o Hector Zumbado, que nadie puede tildar de “contestatarios”, tocaron
alto, molestaron a los comisarios culturales.

El primero de ellos, un comunista probado desde los tiempos en que era peligroso serlo, tuvo muchos líos con la
burocracia cultural castrista. A Behemaras, que le daba lo mismo “deconstruir” a Shakespeare que al ajedrez, a
la CIA que a los marcianos, le fue imposible lidiar con el extremismo de los funcionarios.

Es un hecho: no existen chistes a favor de la Revolución; “Pepito”, por el contrario, es un personaje muy
incómodo. Apenas hay “pujos” castristas, como aquel performance consistente en tirar un pañuelo encima del
cronómetro de la ONU para conseguir no sé que efecto. “La revolución lo único que tiene que ofrecer es
sacrificio”, decía Castro en un temprano discurso; el amigo Luis Soler, por demás, descubrió en un diálogo
publicado la censura de chistes a los obreros de la Textilera Ariguanabo por parte de Ernesto Guevara.

En un ensayo titulado El chiste y su relación con el inconciente Freud da algunas claves que pueden explicar
esta falta de simpatía y gracia en el ejercicio del poder: es un contrasentido hacer chistes “a favor” de quienes
dominan, en este caso de los encumbrados “revolucionarios” . Ellos no necesitan ahorrar un gasto psíquico, al
contrario, un poder  eficiente consume las energías hasta el límite de lo exánime. Acaba con la iniciativa. El
chiste probablemente no sea un arma, pero al menos es una fuga.

La República (1902-1959), sin embargo, conoció una peculiar forma de ejercer el patriotismo haciendo de la
crítica un ejercicio feliz. Fueron dudas amables las que se expusieron, por ejemplo, en el temprano folleto
Cubilinganga (Imprenta y Papelería La Alianza, La Habana, 1908), que de forma muy relajada y hasta “chota”
dice haber sido escrito en inglés por Mr. James Toopinje Scaye y traducido al castellano por Joscampay.

El texto comienza con un epígrafe: “Si el ridículo matara, !Cuantos muertos contemplaríamos ahora en el campo
de nuestra política! Pero aquí el ridículo no mata”. Se trata de una burlona incursión por el “género utópico”. Un
viajero visita una hermosa isla ubicada a la entrada del Golfo de México; se llama Cubilinganga y sus habitantes
destacan por ciertas costumbres civiles: “…los cubilangueses solo pescan para el consumo interior y eso no
mucho, porque allí por suerte en tierra hay muchos pejes, y !qué pejes!…” Según nos cuenta, estos indios “con
levita”, “…apenas si comían otra cosa que cativía y bolitas de fufú hecho con plátano hembra”.

Cubilinganga ha vivido una historia tensada entre los “godos” (españoles) y los bárbaros de “yanquilandia”,
quienes “…declararon ante el mundo que iban a realizar hazaña igual a aquella que realiza el águila cuando
ataca a la tiñosa”. Es un libelo decididamente antiintervencionista y muy escéptico con norteamérica, cuya
presencia en Cuba considera que es “pa` rato”. Critica con sorna  a la Enmienda Platt y dice que los yanquis
ayudaron a crear una República lo suficientemente débil como para que no perdurara.

No determinado aún el punto sobre la capacidad cubana para “prosperar” con “gobierno” propio, toda vez que
resulta discutible que tanto la República como la Revolución hayan funcionado con una idea suficientemente
nítida  de lo que significa prosperidad y gobernabilidad.  

Por lo pronto está claro que mantener una paz sepulcral basada en el miedo, o coexistir en medio de un
ambiente de guerra civil reprimida, no es aún gobernar. Cubilinganga cuestiona a la República en toda la línea:
la justicia, la administración, la policía y, por supuesto, la política. Concluye con el pretexto de referirse a una
isla ajena: “Así fue que la tal República fue una rumba para unos, un filón para otros, un Jordán para varios, un
traje holgado para unos tantos, una verguenza para todos, una burla para los extraños y una ocasión para los
yanquilandeses”.

El texto comparte  los estereotipos de la nación cubana. Insiste en la idea del crisol étnico de la cubanidad,
participando del recurso de expresarlo a través de una metáfora gastronómica. La mezcla de razas esta vez
resulta un “congris sui generis”. Se ironiza  además con una tradicional idea sobre las mujeres que existe en la
isla, particularmente en la capital, “Abanecua”,  y con esa frecuente  autopercepción histórica  en términos de
vanguardia de la cultura moderna: “Cubilinganga literariamente considerada es una potencia de primer orden.
Gran número de bibliógrafos, historiadores y noveleros lustran e ilustran las letras en aquella tierra. !Cuanto
poeta ripioso! !Cuanto crítico de a`burujón”.

El folleto cierra de forma muy graciosa. El viajero narrador cuenta que, durante su visita, un  periódico
“cubilangués” titulado El choteo convocó a un concurso para premiar a quien mejor respondiera esta pregunta:
“?Qué es la República?”. El autor recoge las  respuestas, simpáticas e ingeniosísimas, de dos docenas de
figuras relevantes de la vida republicana del momento cuyos apodos son muy significativos. Solo revelo el
resultado: gana “San Gul” con la siguiente definición: “La República es la única forma de gobierno que da maíz”.

Como he referido, creo que estas visiones críticas, a veces burlescas, muestran un amor franco hacia la
República cubana, un patriotismo escéptico; que es mejor que nada o
demasiado.                                                      
                             
Emilio Ichikawa Morin.