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| Muchas nueces y poco ruido. El profesor Manuel Jiménez Redondo ha dejado de traducir al filósofo Jurgen Habermas al castellano. Dijo que por inaceptables condiciones de censura. Profesor en días de semana en la Universidad de Valencia, donde enseña Teoría Crítica, Jiménez Redondo se refugia a escribir el resto del tiempo en su casa de Lliria, la ciudad de los coros, entre brisas y naranjales mediterráneos. En Jiménez Redondo confluyen las vertientes del pensamiento judío y del racionalismo grecolatino. Solía mostrar estas fuentes como parte de una cotidianidad intelectual. Ninguna pose: el magisterio solo en el aula. Era de forma sencilla que conversaba acerca de la amistad entre Habermas y Scholem, quien le visitaba semestralmente en Frankfurt para disfrutar del diálogo y de un pacto firmado con picardía: -Jurgen, ¿el filete no será de cerdo, cierto?. -De ninguna manera Gershom. Jiménez Redondo y su esposa Gloria acogieron el tema cubano y latinoamericano, incluso árabe (hospedaban a un joven inmigrante magrebí en la época en que les visitaba), con más propositividad que negativismo. Antes que limitarse a criticar los dictadores, reflexionaban sobre el concepto e implementación del estado de derecho. En todo momento miraban al futuro como tratando de atajar los excesos. Por eso hoy recuerdo como una advertencia cierta observación hecha una noche: “Cuando Adorno y Horkheimer regresaron a Alemania, instauraron una dictadura académica tan férrea como la que padecieron ellos mismos. Acabaron por echar a los `jóvenes popperianos`, que habían mantenido viva la tradición democrática desde el nazismo.” Imagino lo que el profesor Raúl Miranda, que enseña en Columbia y conoce a Karl Popper, puede pensar de la escuela crítica de Frankfurt a estas alturas. A pesar de ser una figura que incursiona en el debate jurídico y moral público, el profesor Jiménez Redondo es un defensor de la economía como base estructurante del estado moderno fundado por la burguesía liberal. No serán en fin de cuentas los letrados ni los políticos profesionales los protagonistas de la democracia, sino los hombres de empresa. En una Cuba futura un negocio exitoso que ofrezca trabajo a los ciudadanos y contribuya al bienestar público, estará tan comprometido con la libertad como una universidad o una editorial. Hace poco, mientras analizaba un debate sostenido entre Habermas y el entonces Cardenal Ratzinger, actual Papa, el profesor Jiménez Redondo recordó un lema teológico medieval de gran sentido político: “Tuitiu iurium et copia bonorum”; es decir: protección del derecho y abundancia de bienes. O lo que es lo mismo: Ruido, está bien, pero primero nueces. En este 20 de mayo, nuevo aniversario de la República cubana, podríamos entender que los afanes sociales, el de justicia el primero, dependen de la solvencia económica de la sociedad. La libertad económica es el fundamento de las demás libertades. No tiene que ser necesariamente una nueva Constitución, no tiene que ser un gobierno honesto, no tiene que ser un milagro: un simple decreto, una norma (o incluso un error) que desencadene la iniciativa de los cubanos, su capacidad para comerciar y producir, no parará hasta desmantelar todo el aparato burocrático y el ruido ideológico con que la propaganda política intimida el entusiasmo de la democracia y el sabor de las nueces. Emilio Ichikawa. Mayo-2006. |
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