Muerte y muertes de José Martí

El Sábado 11 de febrero (2006) el periódico “El Nuevo Herald” de Miami publica un artículo “representativo” del Sr.
Carlos Ripoll titulado “Martí no ha muerto”. Representativo en el sentido emersoniano; un texto que resume un
tiempo, una época. Una época que, si no es ya arcaica, al menos representa un espíritu que hemos buscado
superar.

No hablo aquí de política sino de estilo de pensar, incluso de léxico. Es más, tan distanciada está nuestra
consideración de lo esencial político que, en lo que busca resaltar, observo a Carlos Ripoll más cercano a Cintio
Vitier, un ideólogo en sus antípodas, que a otros estudiosos de Martí que comparten su exilio.

Ripoll es, como muchos especialistas saben, uno de los grandes conocedores de Martí. Y digo “especialistas” con
toda intención, pues no sé si tal conocimiento es del dominio de esa gente común que, como diría el propio Martí,
sostiene esta tierra. Su archivo es legendario entre los investigadores del tema, y se asegura que siempre tiene
alguna frase a mano, una cita exclusiva, para desmontar cualquier interpretación inconveniente. Los medios más
prestigiosos le conceden dicha autoridad, por eso aparece casi siempre, como ahora, corrigiendo afirmaciones,
enmendando la plana a los perplejos, cronometrando fechas, ajustando credos. Ripoll tiene convicción martiana,
sin duda alguna; mas no sé si a esta altura posee curiosidad, tentación, martiana sencillez.

Este posicionamiento rectoral en torno al legado martiano determina muchas veces (como en Vitier) el tono
didáctico de sus escritos, la intención escolar y hasta esa irritación explícita que tan incómoda hace su lectura. Pero
veamos en detalles el artículo de Ripoll que es ante todo el resultado de una mezcla conocida: por una parte, la
suficiencia martiana, por otra, la incomprensión radical de la sociedad cubana emergida de los eventos de 1959.
Evito decirle revolución o tiranía y brego en perífrasis. Por ahora.

El propio título del artículo, “Martí no ha muerto”, es de carácter fideísta. Ripoll lanza una aspiración romántica
“prewertheriana” contra el sentido común. ¿Con qué objetivo? Pues con el no muy noble propósito de insinuar, ya
que no una falla cronológica (el erudito puede al menos conceder que sabemos que Martí murió el 19 de mayo de
1895), sí una insuficiencia moral: hemos dejado morir a José Martí. La culpa otra vez, nuevamente, siempre nuestra
culpa.

La primera oración es ya como para ponerse a la defensiva: según Ripoll quien habla en Cuba, o de quien se habla
en Cuba, tiene una cuestionable relación con la justicia y la libertad. O ha hecho alguna concesión porque de lo
contrario, piensa el articulista, estaría condenado al silencio. No toma en cuenta que, así como él mismo tiene
lectores y hasta seguidores que le admiran el tono grave por simple simpatía grupal, hay otros escritores cubanos,
de dentro y de fuera, que conectan con un público por simpatía epocal, por formas (cierto que a veces muy
singulares) de entender la vida y la muerte, la alegría y la tristeza, que es lo que Octavio Paz llamaba civilización. Hay
gente muy honesta que habla y publica en Cuba. Incluso sobre Martí.

Dice Ripoll que “en Cuba han sometido al silencio a Martí”. Analizada en toda su exactitud esa afirmación es falsa. Si
el estudioso hubiera interpuesto un adjetivo a “silencio” o a “Martí”, si hubiera dicho, por ejemplo, que “en Cuba han
sometido al silencio al `verdadero` Martí”, entoces su sentencia pasaría como aceptable. Por lo menos transferiría la
discusión a las nebulosas áreas de la interpretación, salvando así su crédito. Pero tomada literalmente, es una
equivocación: Martí ha hablado mucho en la Cuba de Castro, ha hablado demasiado. Le han hecho decir todo, lo
han forzado a opinar de cuanta fantasía ha brotado de la descomunal imaginación política del tirano. Martí carga un
niño en el “protestadero”, los libros de cocina hablan de sus descubrimientos gastronómicos y hasta los ingenieros
le han colocado frases en la pantalla de los televisores Panda fabricados en China y ensamblados en la isla.

En cambio, sí adjetiva Ripoll cuando debe referirse a las ediciones martianas. Sabe que el castrismo se ha cuidado
mucho de asir demagógicamente el legado y para ello, entre otras cosas, ha publicado millones de páginas.
Páginas que con alguna razón y todo el derecho no satisfacen al articulista porque no incluyen una “antología seria”
ni una “somera biografía”: pero dónde, o mejor, quién radica lo “serio” o lo “somero” de un libro. Crear un poder
espistémico con atribuciones para determinarlo, así esté presidido por el mismo Ripoll, es reincidir en
autoritarismos. La crítica, igual que en sus virtudes, debe ser libre en sus errores. Y Martí deber ser objeto de esa
crítica. A la discusión en torno a Martí no se debe ir con más autoridad que el ejercicio sincero del juicio.

Por demás, filosóficamente hablando, el preámbulo de la Constitución que refiere Ripoll ni siquiera es cínico: es a-
moral, a-jurídico, políticamente descarado.

Calificar moralmente la elección de un tema sí es autoritario. Tenemos miles de ejemplos al respecto. La ciencia,
como se sabe, está sujeta a fuertes presiones políticas y sociales, pero esos influjos se dan de forma indirecta,
sutil. De ahí que el investigador deba hacer un esfuerzo para descubrir los nexos. Max Scheller, en su libro
“Sociología del saber”, introdujo un capítulo sobre la “Sociología de la metafísica”; por tanto, si la metafísica está
sometida a sobredeterminaciones, ¿qué podemos esperar de otras disciplinas (como la historia) tan ligadas a los
intereses políticos y la consolidación o destrucción de las naciones?.

Pero lo que hace Ripoll nada tiene que ver con sutilezas; acusar de “maldad” un ejercicio intelectual es partir de la
consecuencia, es preavisar una conclusión que busca imponerse prescindiendo del  razonamiento que debe
conducir a ella. Por demás introduce la idea del exilio como una zona de asepsia política y moral (donde no deben
ocurrir estas “maldades”) que nada tiene que ver con la comunidad exiliar real. Acaso con la que Ripoll imagina,
pero no con la que día a día acumula y sobrevive; espera y despespera.

El exilio puede ser tan perverso como la sociedad cubana de la isla porque básicamente lo conforman las mismas
gentes que vivían allá; nadie sufre una metamorfosis radical por haber viajado más de 90 millas o por haber durado
más de 70 años. Y esto lo digo incluso incordiando con el propio Montaner, quien confía en la capacidad de
rectificación radical que la racionalidad puede operar sobre las personas. El ser humano, despues de los tres años,
es una sagrada continuidad.

Lo que ha tenido Ripoll con el texto “La segunda muerte de José Martí” de Carlos Alberto Montaner no es una
diferencia sino un desencuentro. El erudito persiste en pensar con su propio léxico, poniendo y componiendo sus
sanos prejuicios; está encerrado en sus propios límites sin comprender que hay también legítimos límites de otros,
un nuevo vocabulario en que un grupo exiliar trata de expresarse; de pensar y traducir sus inquitudes intelectuales
entre las que no solo está la obra de Martí, sino incluso la imprescindible obra que acerca de su legado acumula el
mismo Ripoll.

A diferencia de Ripoll, Martí fue sensible a las diferencias de tiempo y no se dejó cegar por celos, ni lo angustió la
novedad, ni calificó a los aparecidos como advenedizos. Le celebraba a una amiga “el abanico coqueto” o “el
corpiño atrevido”, pero igual se inclinaba ante el acero del paso a Brooklin o la velocidad de Manhattan. Ripoll, en
cambio, parece hasta disgustado con el texto que considera; su texto regaña, alecciona, cuestiona con la misma
negligencia del autoritarismo paternal.

Más de la mitad del artículo está escrito de manera confusa y apenas se distingue cuando glosa a Montaner de
cuando él mismo expone. A pesar de que jamás acata, tampoco propone.

Repite etiquetas lamentables, como esa de “cinismo de salón”, o aquella otra de “artera ironía”. Se queja de “la
apatía de allá y de aquí”, de la ausencia de “líderes capaces” y de la falta de un programa “real y puro”. Ante este
negativo balance sus evocaciones a la esperanza me parecen más un cumplido que una exhortación real.

Ripoll ha confundido un tema de discusión intelectual con un problema moral. Ha preferido una resucitación forzosa
de Martí a su muerte feliz. Imagino que el Apóstol de Cuba, igual que el celo de sus albaceas, agradece la simpatía
sin carga, el amor “grácil y sonriente” de sus hijos alegres y suspicaces.

Como dijo Abilio Estévez una tarde de mayo de 1998 en el Convento de San Francisco de Asís: quien murió en Dos
Ríos no fue un mártir amargo dolido por la incomprensión, quien allí cayó fue un hombre bueno, un hombre feliz.

Emilio Ichikawa.
Febrero-2006.


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