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| Miami después de Castro. Imaginemos una comunidad humana medianamente racional; formada por hombres comunes, no por santos ni por bribones. El sistema de intereses de dichos hombres distaría tanto del egoísmo radical como del altruísmo extremo. Podría estar centrado, por ejemplo, en la búsqueda del bienestar propio, de la familia y, quizás, del vecindario más inmediato. Ello significa que esos hombres desplazarían a un segundo plano la batalla por ciertos ideales abstractos que sucesivamente han sido llamados “felicidad humana”, “libertad del pueblo”, “emancipación de los oprimidos”, etc. Lo más importante para ese buen hombre, lo repito, es él mismo y su entorno físico y humano inmediato. Imaginemos además que en la consecusión de esos objetivos concretos a nivel personal y familiar el 50% de esa comunidad tiene éxito, mientras que el resto ha fracasado o triunfado a medias. En ese caso, solo el 50% exitoso está en condiciones legítimas de practicar el “socialismo”; es decir, de desbordar con responsabilidad los límites del interés propio y comenzar a preocuparse por el interés social. Un indigente que se disponga a ayudar al prójimo no es más que un iluso o un irresponsable. Supongamos por último que ese grupo imaginario es la comunidad cubana de Miami y que, en el instante en que Castro muere, hay un miembro de ella (Pepe, por ejemplo) que está preocupado por una lista de tres problemas fundamentales: 1-La novia le ha abandonado. 2-Su cuenta de ahorro no rebasa los 150 dólares. 3-Padece de obesidad. Son apenas tres líos sencillos al alcance de nosotros al más mínimo descuído. Cualquiera reconocerá que la combinación de los mismos es bastante problemática y se necesita mucha energía para salir del bache. Si analizamos detenidamente la situación creada comprobaremos que la caída de Castro, y aún más, la subida al poder de cualquiera de las fórmulas posibles de la oposición, es en general indiferente a la solución de esos tres problemas esenciales. Pepe, nuestro sujeto imaginario, debría apoyar a un gobierno que le ayudara con sus tres líos; problemas muy específicos que nada tienen que ver con el tan trajinado “porvenir de la patria” sino con la política específica que corre en esta ciudad del sur floridano. Ni una continuidad castrista bajo nuevo ropaje, ni una sublevación popular que lleve una convención criolla al poder o el ascenso de cualquier figura “postcarismática” de la oposición, ayudará realmente a un cubano de Miami a conseguir el amor, a aumentar las cuentas o bajar de peso. Los profetas, los políticos con aspiraciones de poder, los empresarios ávidos y algunos artistas sin mercado podrían capitalizar un cambio político en la isla; la suerte del hombre común de Miami, en general, permanecerá indiferente al suceso. Es entonces recomendable que ante las propuestas salvíficas de los líderes políticos de dentro y de fuera conservemos la calma, cierta sopecha y cautela: los cubanos de Miami disponemos, respecto a la política, de todo el tiempo del mundo. Las consecuencias de un cambio político en La Habana no se harán sentir en Miami sino después de un tiempo. Un tiempo relativo: breve para la historia, pero excesivamente largo para un cubano que, como Pepe, tiene pendientes problemas del corazón, de economía familiar y de salud. Esta situación nos lleva a una conclusión: lo que pase en la isla después de la muerte de Castro será para Miami menos importante de lo que hemos venido imaginando. He llegado a pensar que el propio día de la noticia será poco relevante. La velocidad de los tiempos disminuye la grandeza de las muertes; la de Castro incluída. La aparición de zonas de emergencia histórica vinculadas al terrorismo mundial y la sobrevivencia de la humanidad y la naturaleza restan importancia a conflictos tradicionales heredados de la guerra fría. Más acá de la subversión de una costumbre histórica, La Habana ofrecerá cosas muy concretas tras la desaparición física y política de Castro. Puede aspirar a capital cultural de las Américas, o a constituirse en el nuevo Tanger de una población necesitada de realización turística. Puede ser una nueva feria de vanidades políticas y Miami, en compensación, el paraíso de la memoria y las nuevas expresidencias insulares. Emilio Ichikawa. Homestead. Enero-2003. |
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