Mandarines, estrellas y demás

“... una amistad mantenida en silencio,
como si no existiera, pero sostenida por
ambas partes con suficientes muestras de
voluntad”
Osvaldo Navarro. “Hijos de Saturno”


La palabra “mandarín” no tiene sentido peyorativo; aunque algunos escritores hayan rescatado leyendas donde los
mandarines quedan como farsantes al lado de los verdaderos maestros e incluso de los apetentes discípulos.

El “mandarín” es un comisario encargado de servir al poder y servirse del saber; como parte de su empeño, tiene
privilegios y límites. No posee conexión con el cielo y reside por debajo de lo sagrado; pero sin dudas acumula una
gran influencia burocrática bajo cierta cobertura intelectual (púdica formalidad que antes se centraba en la religión,
igual que hoy en la ciencia). Cuando Ciril Connolly presenta al “mandarín cultural” en su libro “Enemigos de la
promesa” (1938) no es a la limitación sino a esa influencia a la que se refiere. A su ostentación y su ejercicio.

Resumiendo, el “mandarín cultural” premia y castiga (dos maneras de dominar) al aprendiz, en este caso al escritor
joven, administrando los cuatro méritos abisales de la profesión, los enemigos de la promesa:

1-La divulgación (particularmente a través del periodismo).

2-El éxito.

3-La pereza.

4-El compromiso.

Pero la época del mandarinato cultural, donde el poder se ejercía en grande y desde la grandeza, en que el escritor
era verdaderamente una promesa y el maestro un sabio, está palideciendo. Algunos incluso dicen que es cosa del
pasado. Parece estar hecha historia al menos en el campo de la llamada “cubanología”; o más allá: en la zona
epistémica de los estudios literarios hispanoamericanos.

“Mandarines culturales” auténticos eran Rodríguez Monegal, Ureña, Rama, Alonso y Castro, por citar algunos
ejemplos. De esa estirpe apenas sobreviven unos pocos, como Díaz Quiñones. Y Arrom, que es un milagro del
transcurrir. Viejos guías con discípulos; palinuros amonestadores y lustradores de talentos, se rodeaban de un
alumnado leal con aspiraciones estrictamente definidas en el terreno fijado por ellos.

El “mandarín” no es un Emperador, pero es un ministro poderoso. Inspiraba obediencia, al menos admiración,
porque también infundía seguridad: la cita adecuada, la anécdota reveladora, la referencia imprescindible. Incluso,
la solidaridad política innegociable.

Sin embargo, cada día se habla menos de sabios, de “mandarines”, de “maestros”, y se introduce el término de
“estrella”; se escucha con frecuencia: “fulano es una estrellita de la cubanología”, “un lucero de los estudios
hispánicos”.

La nueva “función estelar” responde a una exigencia de los tiempos prevista por el Magister Ludi en “El juego de
abalorios” de Hesse; la condición de la metamorfosis puede leerse en su carta de renuncia a Castalia. Ya hoy no se
trata solo de publicar; incluso no es suficiente tampoco que los profesores justifiquen la edición de populares libros
de cocina, béisbol o brebajes como parte de los programas departamentales; se debe también cantar, bailar,
incursionar en la moda. El profesor postmoderno no es ya una variante retraída del “intelectual” sino de la “celebrity”.

Como Madonna o Shakira la estrella de los estudios hispánicos producirá su participación en congresos.
“Producirá” a la manera en que las vedettes planifican sus apariciones: discutirán el día, la hora y la mesa de trabajo
con criterios exhibicionistas. Entrarán al aula un poco retrasados para asegurar el suspenso e incluso se
ausentarán del evento sin dar explicaciones. Resulta que una “estrella” no se excusa, solo brilla.

Hace unos años, mientras se terminaba de organizar una reunión de estudios insulares en Florida International
University, un profesor se negó rotundamente a participar pues había sido programado para un sábado. Aún más
grave: quien organizaba el evento, en la misma lógica, le aseguró que precisamente el sábado era cuando asistía el
mayor número de oyentes.

Pero el concepto de “show” que maneja una “estrella de la cubanología” implica además cierto manejo de la
corporalidad, el uso de fajas, peluquines, disfraces que ellos creen en armonía con sus temas de estudio. Maletas
de pieles, referencias, opiniones sobre sitios para vacacionar; en fín que, como decía Paul Feyerabend en su
beligerante libro “Adiós a la razón”, eso que llamamos “comunidad científica” es en el fondo un grupo de presión
política, y habría que agregar que existencial.

Aunque la autoestima pueda estar en su punto más bajo, el ego de las “estrellas” es desbordante; se autocitan con
frecuencia: “como digo yo”, “como me gusta decir a mí”, “como a veces le digo a mis estudiantes”.

Pero lo más preocupante es el proceso de mediocrización impuesto a la escuela por las “estrellas”. Si bien el paso
del “mandarín” a la “estrella” implicó una pérdida de estatura, la obediencia que estas imponen a sus seguidores
es casi abusiva. De ahí que no quepa esperar algún tipo de continuidad porque, como se sabe, la sumisión
desmedida solo puede sanarse con la más radical venganza intelectual: el parricidio. Los hijos de Saturno, irán a
una revancha, aunque la vida se les exija más voluntad que talento.

 


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