Jorge Mañach: revisando el concepto de “alta cultura”


Poco tiempo antes de morir, Italo Calvino fue invitado por el “Charles Eliot Norton Poetry Lectures” a
ofrecer un ciclo de seis conferencias. Alcanzo a preparar cinco, quedando inconclusa la sexta que debía
titularse “Consistency”.

En la cuarta de esas conferencias dedicada a la dimensión de la “visibilidad” en la escritura, Italo Calvino
propone dos vías para rescatar a la literatura fantástica de lo que llama “creciente inflación de imágenes
prefabricadas”. Como casi siempre sucede con este escritor, aquello que piensa respecto a la literatura
reviste un valor filosófico que excede el contexto primario de la emisión intelectual. Ellas son:

1)-Reciclar las imágenes usadas en un nuevo contexto que les cambie el significado.

2)-Hacer el vacío para volver a empezar de cero.

Creo que si enfocamos la primera opción con perspectiva metodologica, podemos refrescar bastante la
aprehensión de nuestra tradición intelectual; actualizarla, es decir, hacerla un poco más seductora. Se
puede leer así por lo menos el conocido texto de Jorge Mañach La crisis de la alta cultura en Cuba (La
Habana, Imprenta y Papelería La Universal, 1925), cuyos conceptos rectores resultan bastante obsoletos
si uno los asume pasivamente.

Este folleto recoge las  tesis leídas por Mañach en una conferencia donde había sido bastante critico con
la situación de la “alta cultura” en la isla; razón por la cual se ve en la obligación de publicar sendos
artículos en el Diario de la marina, los días 23 y 24 de junio, donde intenta superar el reproche de haber
sido, respecto al asunto en cuestión, “poco generoso en halagos”.

¿Qué nos dice en esas paginas Mañach y como puede releerse su texto en el nuevo contexto de
“democratización” de los cotos intelectuales, de los cañones de lectura, de las universidades?, ?como
trabajar con el concepto de “alta cultura” en este proceso de progresiva norteamericanización del mundo,
uno de cuyos signos mas visibles es, como apunta Peter Sloterdijk en su ensayo Normas para el parque
humano (Siruela, España, 2000), la consagración de la historia del amansamiento humano a través de
medios masivos de disfrute?.

Como era de esperar, Mañach mueve su análisis en el marco de un sereno nacionalismo de corte cultural;
es ese nacionalismo quien le da contornos al concepto de “alta cultura”, por la sencilla razón de que actúa
como valor organizador de la diversidad creativa en el ámbito de la cultura. Reacciona contra el
modernismo ya que según cree había puesto de moda elementos que atentaban contra sobriedades
imprescindibles a la  “alta cultura”; por ejemplo, la “fiebre de oro” o bienestar material, el “descuido de
ideales”, el “cinismo arribista”, el “mando plebeyo” y el “desplome de dignidades”.

El tema del “mando plebeyo” y el “desplome de dignidades” nos remite a las claras a una visión de la
cultura como “aristos” que se puede comprobar a lo largo de toda la obra del escritor cubano; incluso al
nivel del tema y estilo de su prosa. Su paternal reacción contra el “choteo” lleva el signo de distinción de
la recriminación moral-pedagógica; se distancia hache bastante del pragmatismo intelectual que sirve a
Saco para criticar, en la misma dirección, instituciones (y no “vicios”) de la sociedad cubana como son el
juego y la vagancia. Lo entendió, sin embargo, Vicente Tejera, quien enhebra un curioso culto a la
hamaca.

Mañach celebra la “alta cultura” por la intensidad que esta supone y el énfasis en la invidualidad que la
acompaña. A los bandos intelectuales que critican o elogian sin contención las fallas o virtudes de la
cubanidad los llama “reyes igualmente mansas”, y se desmarca de ellas con la tensión aristocrática que
exige esa “alta cultura”.

Esto no significa, claro esta, que viera a la cultura como el resultado visible de una “titanomaquia”; valora,
y exige, el reconocimiento de la “opinión social”, y dirige sus esfuerzos sobre la cultura toda. Hay zonas
muy importantes de lo que llama cultura de “función extensa” en las que participa con entusiasmo, como
es el caso de la “instrucción publica”. Como se sabe, llega  a desarrollar el proyecto de Universidad del
Aire, que estuvo marcado por un “populismo de elite”; quería arrancar a las masas de su cultura de base
y llevarlas a un nivel espiritual que, según sus patrones, era el óptimo. La Universidad del Aire fue la
apoteosis de la lógica de la Ilustración en el siglo XX cubano.

La “alta cultura” para Mañach exige dos sostenes básicos, sobre todo en el caso de los “pueblos jóvenes”
(otro concepto básico del iluminismo: la minoría de edad): un Estado que muestre la vocación de
independencia política; y una nación que exhiba la disposición para la independencia social. No se
percibe en Mañach la intención de vincular el concepto de “alta cultura” con las artes en general, ni
siquiera con algunas de sus manifestaciones digamos que mas sofisticadas. Se trata de un concepto
sociológico-político y hasta civilizatorio; se mueve en el plano de la filosofía social. Mas que un diagnostico
del arte  o la cultura en su sentido mas especifico, el diagnostico de “crisis” en la “alta cultura cubana” nos
remite a una suerte de estado de pereza y rezago nacional. Una de las pocas veces que Mañach accede
a quejarse de una carencia creativa es cuando disminuye el estado de la cultura literaria de aquel
momento en comparación con el siglo XIX cubano.

El concepto de “alta cultura” en Mañach se salva si se abre al interior de lo que se establece como
“cultura nacional”, y a continuación se entiende lo “nacional” en toda la amplitud que puede reportar un
concepto tan impreciso como ese. La nación cubana no solo se ha dislocado territorialmente, sino
también culturalmente. Es legítimo registrar en ella las formas más populares de gestión y cotejarlas, para
protegerlas y no para rebajarlas, con el concepto de “alta cultura”.

A esta altura la aplicación de ese concepto a la cultura cubana debe ser tan amplificador y problemático,
como lo fue aquella vez en que decididos pensadores comenzaron a aplicarlo a la cultura norteamericana.

Como dice un estimado profesor, para poner en relación los “signos de la calle” y el plan de estudios
universitarios de literatura; o el menos ecológico hambergue con la exquisita lectura de Las comidas
cristianas de Occidente, de Álvaro Cunqueiro, no hay que hacer esfuerzo alguno, solo es cuestión de
dejarse llevar ante el ordenador por las mismas promiscuidades que atraviesan el curso de nuestra propia
vida.

Long Island. Nov. 2001.



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