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| Una polémica sobre la libertad. George Lakoff, un linguista de Berkeley, ha clasificado sus propios libros en dos clases: 1-Non political books. 2-Applications to politics. De esta forma presenta su obra como un sistema donde el “pamphlet” estaría avalado por premisas científicas legitimantes desarrolladas en el primer tipo de trabajo. Lakoff reclama así una ventaja en la discusión política por no atenerse solo a valores sino a autoridades prestigiadoras como son las neurociencias y las disciplinas cognitivas; entre ellas la lingüística, que es su especialidad. Es lo que le dice al profesor Steven Pinker, un psicólogo de Harvard que reseñó de forma cuestionadota el libro Whose Freedom? ( Farrar; Straus & Giroux, 277 pp.), que el propio Lakoff considera un trabajo de “aplicación política”. En una extensa nota bibliográfica titulada Block That Metaphor! aparecida en The New Republic (Online), Pinker entiende correctamente el objetivo político de Whose Freedom?: relativizar la forma dura en que el discurso político conservador refiere valores como la libertad y el bien que, según Lakoff, tendrían una base metafórica debilitadora que alcanza para desautorizar el manejo ideológico lineal que se les da. Al relativizar el fundamento teórico de la ideología conservadora, se debilita por extensión la racionalidad de prácticas políticas legitimadas en ella, como la guerra y las restricciones democráticas por necesidades de seguridad nacional. Sin embargo, Pinker coincide con Lakoff en que la vida social tiene una base metafórica indiscutible, pero igual objeta que le otorga a la metáfora un rol exagerado. Es más, cree que Lakoff dota a la metáfora de cierta ubicuidad. Pinker opone a este relativismo cognitivo una convicción en lo real que no está exenta de ingenuidad. Sus argumentos se reducen a la evidencia del sentido común; señala, por ejemplo, que los impuestos, la bancarrota y la policía son algo más que imágenes o eventos lingüísticos en la vida de la gente. Esto, por supuesto, es cierto, pero ello no muestra necesariamente que la metáfora no exista, sino más bien que la metáfora (y el lenguaje en general) puede tener una fuerza política descomunal. Si bien es cierto que Lakoff cae en el escepticismo, el corolario epistémico de Pinker es el eclecticismo. Su propuesta, más que un punto de vista que se atreve a arriesgar algo en la discusión termina como un tibio pacto entre la existencia de modos metafóricos y una realidad entendida en términos ontológicos tradicionales. Curiosamente, a Lakoff le molestó muchísimo esta nota de Pinker y respondió a la reseña en con un texto titulado Defending Freedom. Confiesa que esta rivalidad intelectual entre él y Pinker (ambos discípulos de Chomsky en sus inicios) existe desde hace tiempo, pero nunca había rebasado los límites estrictamente académicos. Justifica así la fuerza de sus argumentos, que se centran en señalar a su glosador como un cartesiano extemporáneo aún enredado en una concepción lineal (no sistémica) de la racionalidad. Lakoff considera que el discurso político conservador, cuando se refiere de forma absoluta a la libertad, olvida elementos intencionales y emocionales que forman parte del sistema donde se produce lo metafórica. No cuestiona el uso de la metáfora “libertad”, sino reclama que se pregunte de quién y para quién es esa libertad, qué efectos concretos, qué servicios presta esa metáfora. Y tiene razón Lakoff: Pinker está enfrascado en una concepción del “Ser” pasada de moda; se trata, finalmente, de la concepción eleática que tiene en el universalismo socrático su versión gnoseológica más conocida. Pero olvida que el relativismo es también una episteme muy antigua cuyos más consecuentes expositores retóricos fueron los sofistas y sus líderes conductuales los cínicos. La polémica, en sentido general, es positiva. Es capaz de adecentar el debate político partidista norteamericano demostrando que, a pesar de lo simple que parece el gesto de votar, hay cosas en juego que exceden con mucho la simpatía o antipatía que puede sentirse por el presidente republicano. |