La izquierda, el cine y el fascismo


Cada día es más frecuente leer acerca de la propuesta de un  paralelo entre Bush y el fascismo. No se
trata de un argumento sino apenas de un postulado; más bien una acusación cuyo aval más
convincente es el parecido entre el atuendo de las (sus) tropas norteamericanas en Iraq y la
maquinaria militar nazi; esto es particularmente visible en el uso del casco ovalado. Se trataría en todo
caso de una complicidad en el diseño, no en la política.

Curiosamente el pentágono acaba de anunciar el diseño de unos novísimos uniformes cuya
sofisticación emula los tejidos de cualquier pasarela. Igual que a los Hummer en las autopistas hoy,
mañana veremos las telas gravitatorias en las discotecas.

En La Habana, por ejemplo, se exhiben fotos de Bush con el recorte de bigote que popularizó el Fuhrer
en la imaginería histórica; un gesto parecido a aquel que durante años hizo la prensa cubana al escribir
el nombre de Nixon usando la cruz svástica en el lugar de la letra “x”. Pero hasta aquí se trata
solamente de propaganda o, quizás, de una elemental falta de respeto en una “izquierda” que por
alguna razón que aún no ha sido revelada es muy grosera en las polémicas. Tanto, que a esta altura la
desfachatez es una tradición y parte de su moral: la vulgaridad es entendida como valentía, la
estupidez como provocación y la extravagancia como originalidad.

Es una regularidad rastreable en la historia de las ideologías desde la Revolución Francesa hasta
nuestros días. No hace mucho, desafiando las muestras de solidaridad luctuosa y las lágrimas de la
familia Reagan, la radio cubana sentenció: “Acaba de morir quien nunca debió haber nacido”; mientras,
el “poeta” Mario Benedetti se hacía atribuir una blasfemia de estatura similar sobre la muerte del ex
presidente.

En este punto es necesario recordar que en algunas legislaciones acusar a alguien de fascista,
particularmente de nazi, está considerado un delito contra el honor. La actual reconstrucción ética del
fascismo, que pasa por la sublimación estética de la derrota, ha debilitado un tanto la connotación
ofensiva del fenómeno. No solo Hitler, incluso Mussolini, cuya nieta es una sensacional política en la
legislatura italiana, están como de vuelta en el gris imaginario del heroísmo contemporáneo.

Precisamente ayer, en el treinta aniversario de la muerte de Juan Domingo Perón, algunos
manifestantes no tenían reparos en conectar toda esta herencia populista con las ansias torcidas de un
nuevo autoritarismo que pusiera manos a una distribución subjetiva; como todos sabemos, el fascismo
tuvo muchos “logros sociales” en la implementación de su ideología estatista y, aunque no se ha dicho
casi nunca, la utopía racial de la izquierda latinoamericana de clase media coincide con el modelo
propagandístico nazi.

Quien ha estado familiarizado con los círculos intelectuales latinoamericanos sabe el prejuicio
biologicista y clasista que, más allá o más acá de Marx (habría que ver lo que este decía de su yerno
Paul Lafargue), predomina en su escala valorativa.

Pero resulta que la acusación de “fascista” que se hace a la administración Bush (y a él
personalmente) está cruzando la frontera de lo propagandístico y, con cierta discreción, empieza a ser
asumida por algunas publicaciones de rango más intelectual. Detrás de este fenómeno considero que
hay al menos una razón de compensación teórica.

Si nos detenemos a considerar el programa político de la izquierda contemporánea comprobaremos
que es muy poco sublime y, comparado con algunos objetivos históricos de la socialdemocracia o el
movimiento sindicalista anterior, de un alcance mucho menor.

No solo falta profundidad en su propuesta, también escasea la imaginación. Su posicionamiento es
reactivo, a la riposta: la izquierda, aunque no ha perdido su energía, sí ha cedido su inciativa. No hace
la paz sino que critica la guerra; no crea riqueza sino que amonesta la que existe; no distribuye mejor
sino que objeta la desigualdad.

Ya no tiene en sus manos, como en el siglo XIX, una utopía sino una contrautopía, o mejor, una
respuesta a la “utopía de derecha” que, paradójicamente, es quien hoy posee los sueños. Se trata de
una izquierda anti: antiBush, antiglobalizadora, antiguerra, etc. No hay que crear alguna filosofía sino
intentar combatir la que existe; y si se da el caso de que la propia filosofía de la derecha es poco
imaginativa, pues lo que a su sombra produce la izquierda no pasa del rango editorial. Si, en efecto,
Bush no es un presidente que destaca por sus ideas sino por sus convicciones, entonces el aporte
intelectual de esta izquierda es la anticonvicción: una convicción de signo contrario, un dogma, trátese
de lo que se trate.

El economista F. Hayek afirmaba con razón que el prestigio intelectual que tiene la polémica es muy
sospechoso. Es uno de los clichés de la convivencia espiritual: afirmar que debatir es bueno para el
intelecto, cuando todos sabemos, por experiencia propia, que la querella es por lo general un ejercicio
de vanidades. En cualquier caso, un grupo intelectual que no tiene otra alternativa que “cuestionar”
adquiere un hábito inquisitivo bastante suficiente. La interrogación sucesiva era uno de los elencos
sofistas; nadie puede soportar una serie de preguntas más allá de la tercera o cuarta inquisición.

De ahí que la izquierda, condenada a la faena destructiva, sea radicalmente insolente. Los polemistas
de izquierda son una suerte de “trapiches éticos” cuyas bocas no perdonan prestigio alguno. El
pensamiento cubano, dicho sea de paso, es insolentemente cuestionador; carece de automotivación: la
iglesia, el estado y la empresa dirigista hoy cobran el precio de nuestra creatividad. El castrismo, por
demás, es la grosería elevada a rango de idelogía. Resulta paradójico, pero a pesar de la intensidad
histórica en que se mueve, el “intelectual” cubano está demasiado a gusto consigo mismo.

Jamás en su historia la ideología de izquierda fue tan dependiente de la iniciativa de su enemigo. La
hipocresía es entonces uno de sus ingredientes axiológicos esenciales. Solo si la derecha actúa la
izquierda puede contra-actuar. Podemos suponer el disloque general que se formaría en sus filas si
Kerry gana las elecciones en noviembre; solo una reelección de Bush le garantizaría cierta continuidad,
por lo que la izquierda debe estar deseando lo contrario de lo que declara.

El pensamiento que acompaña a esta izquierda es muy poco fascinante. Sus portavoces principales
(como es el caso de Chomski) no son interesantes en el nivel ideológico, apenas se dedican a predicar
en estos límites basados en un prestigio obtenido en sus campo de trabajo específico. Es una
resonancia política que renta los logros en el ámbito de la ciencia social, el arte u otra especialidad. No
hay, en este momento, una ideología de izquierda interesante; el marxismo, por ejemplo, no pasa de
ser una pose en la voz de gente que ignora su historia y hasta las propias condiciones en que fue
concenbido. Salvando algunas escuelas historiográficas, la investigación sociología concreta o su
combinación herética (“revisionista”) con la filosofía analítica, el pensamiento marxista vive de “defender
el marxismo”.

Ni siquiera hay una “crisis del marxismo” que señale un advenimiento; tampoco hay “base social”. Al
hacer un balance de su obra, el gran pensador marxista Perry Anderson lamentó que nada de aquello
que habían escrito valiera la más ligera página de un discurso de Kautsky o Rosa Luxemburgo. Lo que
existe en la izquierda es una plena abulia intelectual; no se producen ideas, solo gestos
propagandísticos (muy caros por cierto) y quejas.

Ahora bien, al tratar a Busch de fascista y acercar el movimiento antiglobalizador al pacifismo de los
años `60 esta izquierda  renta el brillante pensamiento antifascista que se produjo dentro y fuera de la
academia ( como recuerda Martin Jay en La imaginación dialéctica la Escuela de Frankfurt emergió casi
descolocada de la academia; aunque en Francia se dio el movimiento inverso: lo revolucionario se hizo
en la escuela) a partir de los años `30 y `40; además, pueden reivindicar como suya la energía
revolucionaria y el arte de los `60 para llenar este vacío. Las evocaciones de Marcuse y el
resurgimiento de los Beatles (La Habana inauguró una polémica estatua de Lennon y prepara una
suerte de festival conmemorativo de los `60) son algunos pasos concretos en esta dirección.

Es decir, que en lugar de pensar creativamente su tiempo, este tiempo, la izquierda se empeña en una
suerte de renacimiento ideológico basado en la arbitraria identificación del enemigo presente (la
administració Bush) con un enemigo pasado: el fascismo. Es curioso que al comparecer ante un juez
para escuchar sus cargos, Saddam Hussein comience a repetir titulares de izquierda: “en este teatro el
principal criminal es Bush”.

El programa ideológico de la izquierda contemporánea puede resumirse en unos puntos tácticos que se
circunscriben, más que a la ideología, al activismo político:

1-AntiBusch.
2-Antiguerra.
3-Antiglobalización.

Este programa se desmonta en diversos capítulos cuya conversión en “arte” o “ideología” no es un
problema; hay traducción incluso a nivel cotidiano pues existen conductas que ya se empiezan a fijar
como típicamente de izquierda.

La cadena de razonamientos que a ellas lleva no es muy clara, quizás se trate solo de un acto de fe,
pero el resultado es palpable. A la izquierda, por ejemplo, le es cada día más difícil consumir Coca-
Cola, usar pieles, escuchar un CD de Sinatra o considerar la calidad futbolística de Pelé. La mayoría de
las personas que conozco que no beben Coca-Cola son críticas de la política de Bush en Iraq. Por
demás, conocí una persona que me consideró que haber tomado un café en Starbucks un día de San
Valentín había sino una imperdonable concesión al imperialismo transnacional.

A pesar de haber asistido al cine en compañías muy diferenciables (un estudiante de cine de NYU y
una exitosa bussines woman), suelo confundir con quién vi el filme Super Size Me, de Morgan Spurlock,
y con quien Farenheit 9/11 de Michael Moore. Y es que, aunque tratan de temas cinematográficamente
distintos, están sobredeterminados políticamente desde el mismo interés y se ubican en la misma lógica
de contestación (aparencial) a los poderes dominantes. En efecto, comer una hamburguesa (más aún
una de esas apellidadas “deluxe” y que llevan bacon, queso y mucho ketchup) es una concesión (una
claudicación mejor) al poder desde la más elemental ideología de izquierda. En algunos medios llega a
ser casi un desafío a la moral izquierdosa, con el rango de “(contra) revolución” si apelamos a la lógica
surrealista.

Al parecer es en el campo del cine donde se darán las polémicas ideológicas más apasionantes de
nuestros días; la televisión aguarda y la literatura acudirá de forma indirecta, como marco referencial o
sublenguaje, como sucede en el filme de Moore. A pesar de toda la fascinación que tiene el pesimismo,
el mundo está de lo más interesante. Y si París fue una fiesta, nosotros vamos a serlo también.


Julio-2004.


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