Un gesto en Miami

El escritor chileno Roberto Bolaño fue un decidido cuestor de la utilidad de la palabra “exilio”; la consideraba
insuficiente por demasía: ya que toda experiencia humana posee un carácter exiliar, es apenas un sobrentendido
predicar esa calidad de cualquier acción. La misma escritura supondría un exilio, toda vez que a través de ella se
genera otro espacio para habitar, que es la nueva patria de la escritura.

En un libro de entrevistas editado por Andrés Braithwaite, titulado Bolaño por sí mismo (Ediciones Universidad
Diego Portales, Chile, 2006), se puede leer lo siguiente: “…para un escritor eso es una bendición. El oficio de
escritor es un oficio de exiliados. Un escritor, de una u otra manera, siempre está al borde del exilio. Y el exilio es la
quintaesencia de todo viaje. El exilio es o sería la perfección de escribir.” (p.60)

No sería entonces el exilio sino el “destierro” o la “expatriación” ese naufragio o travesía existencial que consiste en
un riesgo de soledad; la prueba del vacío que condiciona la posibilidad de un renacimiento.

Es el destierro entonces quien precipita al aferramiento, quien hace de las manos un garfio y del abrazo un encierro.
Conocí aferramientos en La Habana; detenciones, gritos disparados por la falta de sostén, apareamientos dictados
por el viaje emprendido desde cada (toda) cosa. Un día, en la barriada de Lawton, una amiga llevó la temperatura de
su plancha hasta punto de fusión para atravesar la ropa que un marido elusivo pretendía llevarse en su abandono. Y
fui testigo también de nitrazepanes licuados en el jugo de frescas mandarinas, y de diazepanes enmarañados en
rojas masas de mameyes interpuestos como postre.

Comprobé, en fin, un deseo desmedido por amarrar los cuerpos, las manos, el cabello (que a veces terminaba
arremolinado en piras insensatas), pero no por atar la palabra; más que el deseo de poseer, en torno a la palabra
percibía negligencia, incluso desprecio.

Es en Miami donde he tratado con un tipo de cubano esencialmente retórico, interesado en la sabiduría y en el oficio
de fascinar; desvelado sobre todo por aquella fascinación que refulge en palabras, que brilla en diálogos. Hay un
gesto muy singular en Miami que ilustra lo anterior. Se trata del punteo digital que se hace sobre el oyente presente,
del énfasis prensil que define una mano o un hombro ajeno entre el paréntesis que forman el índice y el pulgar del
expositor.

A veces, mientras se habla en Miami, la criatura prensa a su interlocutor quizás por temor a su partida, como un
medio de frustrar el abandono y hacer notar la esencialidad de una verdad que está siendo(supuestamente)
revelada.

La fisicalidad del diálogo es uno de los síntomas más visibles de la tertulia miamense. No es finalmente con la
boca sino con sus manos que un parlador intentará retener uno, dos, tres oyentes. El primero enfundado en los
ojos, los otros dos en cada mano. La velocidad y la presión confabuladas en un diálogo que no tiene otro objetivo
que la conquista, el amarre que alivie otro instante de soledad, de desespero.

Junio, 2006


Inicio | US-Mundo | Cuba | Colaboraciones | Crítica | Entrevistas | Ensayos | Literatura | Galería | Libros | Bio | Blogroll | Contacto | RSS |
Copyright © Emilio Ichikawa. Todos los derechos reservados.