Los gérmenes del totalitarismo
Los esfuerzos de la propaganda oficial cubana por revivir los gestos y sobre todo el ánimo de los años 60s
están dictados al menos por un par de razones:
1-En lo externo: la necesidad de sintonizar con un movimiento internacional que por causas a su vez más
amplias se ha propuesto lo mismo, es decir, encontrar en los 60s el fundamento de su inclinación política.
Curiosamente Cuba cumple aquí un doble rol: ella es sujeto de este punto del programa propagandístico
internacional de la izquierda, y es también objeto pues Cuba, su revolución, es parte de esos 60s a revivir.
Como he dicho otras veces, en términos analógicos Fidel Castro es el Compay Segundo de la política
internacional.
2-En lo interno, el afán por elevar, apelando a los viejos tiempos, una textura revolucionria que ha perdido
notablemente su estatura. Para comprender la regresión apelemos comparativamente a lo que las mismas
biografías “revolucionarias” dictan. El “techo histórico”, como se dice, ha bajado bastante. Algunos ejemplos:
a-De Juan Marinello a Juan Vela en el Rectorado de la Universidad de La Habana.
b-De Raúl Roa a Felipe Pérez Roque en el MINREX.
c-De Alfredo Guevara a Enrique Ubieta en la Cinemateca de Cuba.
d-De Alejo Carpentier a Soledad Cruz (o sustitutos) en el comisariado cultural en París.
etc.
En el exilio, por supuesto, se ha operado el mismo movimiento. Al funcionar reactivamente, la crítica asume la
altura (o bajura) del objeto criticado.
Resta Fidel Castro quien, dígase lo que se diga, sigue subido al trono. Aunque se haya encogido algunos
centímetros, desde el punto de vista del foro sigue midiendo más o menos lo mismo. Lo que define este medio
siglo reconocido bajo el nombre de Revolución Cubana es el ejercicio de una voluntad de poder descomunal.
Fidel Castro es el Ser, la invariante política de esta porción de historia.
Hay gente que dice que su actuar es efímero y que algún día se le recordará como un político de la época
del músico Juan Formell. Tonterías. El mundo tiene una imaginación beligerante, apolínea; hasta donde se
sabe, es a Aquiles y no a Orfeo a quien Hollywood ha dedicado un culto postmoderno. Fidel Castro es sin
dudas la figura más sobresaliente que ha dado la historia cubana; que su presencia obstine es ya otra cosa.
La muerte de Fidel Castro traerá una pérdida de figuración en la cumbre de la política cubana. Algunos
hemos creído que esto sería para bien; pero no estoy ya muy seguro de ello.
Pero más allá del significado de esta sucesión, lo que sí es evidente es que tendremos con la política y los
políticos cubanos una relación menos distante; algunos habremos comido, nos habremos burlado, o incluso
derrotado en algunas lides (como el amor o el deporte al) futuro presidente cubano.
No bajará de la montaña como Fidel Castro, crucifijo en pecho, pueblo en mano. El futuro presidente
cubano saldrá de un lugar ordinario, puede que hasta vulgar: de una reunión sindical, de una escuela, de
una empresa, de la prensa, de un banco.
Miremos bien a nuestro alrededor; agudicemos la memoria y la observación para que después no existan
dudas. Recordemos los lances, las virtudes y bajezas de los candidatos silenciosos. Después no hay excusas;
que nadie se aparezca ante la escena neoautoritaria quejándose porque un nuevo Castro le ha engañado,
o traicionado. Que nadie afirme que no sabía que fulano o mengano era intolerante.
Que nadie diga, por ejemplo, que no sabía que Osvaldo Payá tenía síntomas de prepotencia política, que
desconocía que se irritaba con facilidad y que, igual que a Diógenes, se le notaba su vanidad por los
agujeros de su manta.
Un alto cargo de la iglesia católica de Miami aseguró que al andar un día junto a Osvaldo Payá, había
sentido por segunda vez a Jesucristo. Pero sucede que con Jesucristo, por definición, no se discrepa, que es
una de las cosas que debemos aprender a hacer con los políticos y con los grandes poderes burocráticos;
ya sea en el ámbito del saber, del juzgar o del decorar. Otorgar, al menos sugerir que alguien en la política
cubana pueda tener el rango mesiánico es subirle la parada al apostolado martiano, con el que ya se ha
tenido una relación histórica bastante incómoda.
Fidel Castro, quien declaró a José Martí autor intelectual del asalto al Cuartel Moncada, legitimó su proyecto
político en la historia, quien supuestamente le absolvería (en verdad le amnistió Batista); Osvaldo Payá viene
en nombre de Dios, que es una instancia de rango mayor. Absoluta.
El domingo 11 de julio en un programa titulado “La hora de la verdad”, transmitido por el Canal 22 en
Miami, Osvaldo Payá tuvo la infeliz idea de colgar insolentemente el teléfono mientras dialogaba con el
periodista Ricardo Brown. No es la primera vez que hace una cosa como esta, no es la primera vez que se
autoelige como un síndico de la cubanidad arrendando lo mejor del “estar fuera” y el “estar dentro”. Cree
tener ventaja sobre sus émulos políticos; sobre unos porque no está preso ni está muerto; sobre otros porque
está dentro.
La vida rectifica a Lord Alcton: el poder no tiene que ser absoluto para corromper absolutamente.
Sé que todo esto puede ayudar a los enemigos de Payá, entre los que cuentan algunos seguidores de Fidel
Castro (no Castro mismo, que funciona en otro nivel), pero ese no es mi asunto. Hay que terminar de una vez
con esa idea de que hay que callar la verdad porque puede dividirnos y que habrá un futuro siempre mejor
para ella. Las cosas hay que decirlas. Ese, al menos, es el rol de quien escribe y, sobre todo, de quien siente.
Aunque no suelen censurar libros por malditos (la iglesia católica censura por otras razones), sí anulan
algunos cuando enarbolan frente a ellos, de forma intolerante, un texto en calidad de sagrado. Así defienden
algunos partidarios de Osvaldo Payá el llamado “Documento de trabajo”; con él predican de forma insolente
llegando a golpear las mesas que comparten con otros contrtulios.
Osvaldo Payá, como otros políticos cubanos, se atiene a los viejos cánones del autoritarismo tradicional. Son
nuevos representantes de una vieja política. Tiene una ideología, una fe, una moral, una doctrina juridica.
En esos políticos con veleidades teóricas, éticas y tecnológicas hay un peligroso germen totalitario.
Stalin trató de ser su propio ideólogo, como había hecho también Lenin; de ese hábito se derivan aquellos
artistas que son sus propios críticos; los jugadores que inventan sus propias reglas; los fiscales que imponen
las penas, etc.
Hay un claro germen de totalitarismo en políticos con pretensiones muy serias en el ámbito doctrinal, pero
igual en intelectuales que quieren sumar feligreses (activistas) a sus ideas, que sueñan con covertirlas en
inspiración de movimientos sociales y que son tan políticamente correctos en sus manifestaciones que en
lugar de escritores o artistas parecen diplomáticos epistémicos, cancilleres del saber.
Como algunos dicen, nosotros tampoco nos oponemos a los opositores (que se diferencian ahora de los
disidentes); Osvaldo Payá quiere un plan disidente en la oposición. Mas para eso debe aprender a aceptar
las críticas. Los nuevos políticos cubanos están tan cerca de la prensa, y la prensa opositora tan cerca de la
contestación política que, en lo que tiene de esto último, está incapacitada para aceptar cuestionamientos o,
a veces, para reportar con natural objetividad. Y es lógico, en un medio tan enfático, en el medio de un
núcleo histórico totalitario, la objetividad es tan quimérica como el apoliticismo.
Emilio Ichikawa.
Julio-2004.