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| George W. y Donald H.: el sonido del poder. Estuve en la primera parada presidencial de George W. Bush en una acera de Penn Avenue, Washington DC., junto a mis amigos Ishiro Maruyama y Yuko Watanabe. Eso fue hace unos seis años. Al ver los Chevrolets Suburban recién estrenados, negros y con tinte en las ventanas, a hombres con capas y espejuelos oscuros correteando por las calles, y francotiradores apostados en las azoteas de los “palaces of the power”, comprendimos que las películas de Denzel Washington eran genuíno “realismo imperialista”. El poder impresionaba hasta por su sonido. En las mañanas, por la entonces visitable puerta principal de la Casa Blanca, arribaban los autos de los miembros del gabinete Bush con unos segundos de diferencia; los golpes espaciados de las puertas, tiradas como para advertir a los incautos, constituían el mayor ritmo de voluntad de mando que algún gobierno ha mostrado jamás. Aquel gabinete de césares era capaz de rellenar las carencias del emperador más frágil; pero esa reciedumbre se ha ido convirtiendo en historia. Hace unas horas el Presidente de los Estados Unidos ha anunciado en un discurso que aceptó la petición de renuncia de Donald H. Rumsfeld, su Secretario de Defensa. Dijo que se había comportado como un gran patriota, no señaló que como un gran estratega. En todo caso, sí fue un gran carácter. La salida de Rumsfeld del gabinete republicano se da en un doble contexto bélico-electoral que confirma el diagnóstico de Octavio Paz para los estados Unidos: una nación prisionera en una contradicción insoluble: una democracia imperial. Bush ha concedido que la salida de Rumsfeld es importarte para un partido obligado a dar una nueva imagen. Y accedió también a reconocer que el favoritismo demócrata demuestra por lo menos la convicción del votante norteamericano de que las decisiones sobre el problema de Iraq deben ser más consultadas. La mirada será puesta ahora en las venideras elecciones presidenciales. Bush se refiere ya, como parte de su sensible concepción del tiempo, a la cesión del poder. El tono de su discurso, aunque formalmente enérgico, daba por momentos la impresión de una despedida. |