11 de septiembre de 2001: el "evento absoluto"

Hace un tiempo apareció en Le Monde un articulo del filosofo Jean Baudrillard titulado El espíritu del
terrorismo. Ha sido muy discutido en algunos medios intelectuales y hay ciertamente razones que
justifican esa atención.

Como había alertado ya en un ensayo difundido en los anhos 80, titulado El éxtasis de la comunicación,
Baudrillard considera a la "obscenidad" una suerte de asquerosidad por proximidad, perdida de
entusiasmo por la "mermeladizacion" de la existencia. La obscenidad social es, en fin de cuentas, la
cochambre civil: uno de los rasgos más distintivos de la sensibilidad postmoderna en que todo esta
demasiado próximo.

En los contextos enajenantes del capitalismo moderno (la factoría, el hospital, el taller, la escuela, etc.)
existía una suerte de épica de la emancipación, pues habían razones para la rebelión y hasta para la
revolución. Estamos enajenados y ello es suficiente para que  matemos la historia: parece ser el
mensaje que deja Marx en unos folios que hoy se conocen como Manuscritos económicos y filosóficos
de 1844. En cambio, el contexto obsceno es viscoso, trivial y yuxtapuesto. Quizás por eso, desde la
Guerra del Golfo hasta la fecha, Baudrillard intenta hacer estallar esa rígida pomada que supura lo
obsceno publicando opiniones desconcertantes y profilácticas. Su análisis de los atentados del 11 de
septiembre  lleva ese signo: presenta tesis audaces, visiones brillantes, a veces hasta diagnósticos
sólidos, paradójicamente emitidos desde una fragilidad metodológica que, sin ser legitima, se le torna
productiva.

El resultado visible de todo este sensacionalismo epistemico es también  una notable vulnerabilidad en
el terreno de las implicaciones practicas de su pensamiento político.

En su articulo el filosofo parece decirnos: la carencia  de "eventos" ha sido suficientemente
compensada por el advenimiento del "evento absoluto": el atentado contra las Torres del WTC. Este
suceso, es fácil comprobarlo, ha funcionado como un toque de campana que deshizo el letargo que  
asistió a la inteligencia sociológica  en el tratamiento de las cuestiones filosóficas trascendentales hacia
la ultima década; específicamente aquellas vinculadas a los mismos limites de lo humano: la vida, la
muerte, el amor, el cuerpo, la casa.

Una gran parte de los teóricos más exitosos de nuestros días estaban entregados a las relativistas
tareas del "pensamiento discreto", que resulto ser en verdad un "pensamiento exhausto". El hecho de
que haya tenido que advenir el "evento absoluto" para que la inteligencia y la sensibilidad social
contemporánea se remontaran a los niveles abisales del espíritu, muestra claramente la extinción de
esa especie de veedor de síntomas que fueron los filósofos mas renombrados del siglo XIX.

Ni Kierkegaard, ni Schopenhauer o Nietszche necesitaron una guerra mundial o un suicidio masivo para
predicar la crisis de la razón, la muerte de Dios, la llegada del Superhombre o la pandemia de angustia.
Solo fue necesario que el evento asomara, que hiciera un guiño y se manifestara apenas como síntoma
para que ese tipo de inteligencia captara, pre-festum, el signo de los tiempos.

Dice Baudrillard que junto con la racionalidad científica de la globalización crece también la posibilidad
de su propia destrucción, su insensatez.
Los pensadores del momento se dan cuenta recién ahora, tras la consumación del "evento absoluto",
que el cine, la televisión y otros medios habían preludiado ese tipo de violencia efectista, pero no lo
comprendieron. Igual también somos capaces de leer, entre las ruinas del grado cero de la arquitectura
que, de haberlos estudiado bien, varios "eventos cuasi-absolutos" resultaban  suficientes para
despertar estas nuevas maneras de sentir y pensar que, según alguien ha dicho, abren paso ya al
"siglo" XXII; es decir, a una era "post-centuria" que va a medir su ritmo a través de compases diferentes.

El hecho de que tras el evento absoluto se hayan estremecido nuestras conciencias al menos conjura
la posibilidad de un estremecimiento mayor. La sorpresa, esa es su esencia, se encuentra siempre mas
allá de lo que para nuestra inteligencia es verosímil. Esta situación se parece mucho a la de aquel
chiste cubano en que, después de rechazar maderos, corchos y demás objetos flotantes, un naufrago
fiel le reprocha a Dios:

"-Entre las olas solo pensaba en ti y me abandonaste.
Mientras Dios le responde:
-Te envié cuanto tareco flotaba para que te salvaras y no me hiciste caso."

A diferencia de ese naufrago, los pensadores parecen haber comprendido el imperativo: algo esta
pasando en la dirección elegida por el movimiento globalizador y es el momento de plantearse
seriamente su comprensión.

Long Island.





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