Los escritores locales y el escritor universal

Había una vez un Dios con tiempo suficiente para repasar la composición gremial de su Paraíso. Entonces,
consecuentemente con la idea de que en el principio había sido la palabra, decidió llamar una representación de
aquellos escritores que por su talento y bondad se habían merecido la salvación. “Tráeme unos pocos San
Pedro, los más simpáticos entre los geniales, pues en esta eternidad es importante divertirse un poco”.

Y fue entonces que ante Dios compareció Shakespeare, quien se las había arreglado para ser considerado
también el supercanon de los escritores de ultratumba. Y le contó a Dios que él era un escritor inglés, que
escribía en inglés y amaba y odiaba en inglés. Que no se imaginaba por qué decían que él era el escritor de
todos los hombres, porque en verdad solo le interesaba que le leyeran la gente de su barrio. Acaso algunas de
sus novias. Que aunque varios de sus temas se desarrollaban en Venecia, Dinamarca o incluso en cierta isla
perdida en un paisaje enfático, su quid y su clave venían de lo que en las orillas del Támesis se consideraba
legible.

Y a Dios le gustó.

Y se presentó Cervantes, quien le dijo que era él un humilde castellano, aunque ya orgulloso del reino español.
Deudor de árabes y celtíberos, amante del idioma, los refranes y la forma de andar y batallar, de comer y hasta
de mentir de la gente de su península. “De ese lugarcito que un día por resentimiento dije que no quería
acordarme, soy yo y lo seré cada día de mi vida. Manchego soy y muy orgulloso Señor.”

Y a Dios le pareció muy simpático.

Y entonces vino un hombre de mucha clase. Se comentó que le ascendía nobleza. Un hombre profundo cuya
mirada se encajaba en unas tierras a la vez densas y vacías; es decir, plenas. Le llamaban Tolstoi, y le contó a
Dios que escribía en ruso, y que amaba la muerte rusa incluso más que los nacimientos del mundo. Le dijo que
se molestaba cuando ponían artículos en las traducciones de sus libros porque en la lengua de su patria no se
usaban. E hizo cierto alarde ante Dios de la valentía de los guerreros rusos, de la violencia de sus revolucionarios
y de los audaces cierres de sus ajedrecistas.

Y a Dios le gustó ese artista, tan centrado en su tiempo, en su casa, en sus páginas.

Y le tocó entonces el turno a Montaigne quien confesó a Dios que no quiso escribir en latín porque le gustaba
más el francés; tanto como los vinos, el queso, las gelatinas y el pan de su riviera. Y le dijo que le había escrito
a los coches, a los trajes y hasta a los cojos de Francia. Se entristeció un poco pues le hubiera gustado viajar
más y conocer las cosas del lejano mundo. “Pero Francia, pero mi casa y cuerpo Señor, son las patrias que Ud.
me ha dado y quiero agraderle.”

Y a Dios le gustó. Y le gustó también lo que de Alemania le dijo Lutero, y lo que le contó Ovidio de Roma, Platón
de Atenas, Heráclito de Efeso y Demócrito de su curiosa relación con los abderitas. Y a Dios le encantó todo
esto y se divirtió tanto que decidió esperar al último de sus invitados con una copita de licor entre las manos.

Y fue entonces que llegó Pedro Pérez. Permaneció callado, un tanto perplejo, ante un Dios que lo miraba
extrañado. “Bueno hijo mío y tú, ?de dónde eres?.” El escritor respondió: “No, no, no Dios mío. A mí sí que no
me esté evaluando por el lugar de nacimiento ni nada de eso. Yo soy un escritor universal y mi escritura no tiene
que ver nada con un lugar concreto.” Dios le dijo: “Pero hijo mío, cómo es eso, tienes que haber venido de alguna
parte. ?Universal dices? Bueno, eso está muy bien, pero hasta mi hijo Jesús escribió  o por lo menos dictó
acerca de lo que le pasó en Belén, del pan que se comió en la cena, de la piedra que obstruyó su sepulcro… ?
cómo es que tú escribes del universo?”. El hombre dijo: “Señor, pues resulta que nací en Cuba, pero yo no tengo
que ver con el cubaneo ese. Lo mío es una experiencia que no se puede limitar a eso. Ya le dije carajo, mis
temas son universales.” Casi perdiendo la paciencia Dios le ripostó: “Bueno hijo, pero por lo menos dime en qué
idioma escribes.” Y fue entonces que empezó el derrumbe: “En español, en castellano, por supuesto.”

“?En el idioma de ese que está allí?”, dijo Dios señalando a Cervantes.

“Sí, sí pero yo…vaya yo he viajado, mi trascendencia le decía…”, alcanzó a decir el escritor universal.

Entonces Dios hizo una seña compasiva.. Le dio un beso al eluso y ordenó a San Pedro:

“Hijo mío, búscame ahora a un grupo de mineros, quiero saber cómo lavaban su ropa.”

Mayo-2005.



Inicio | US-Mundo | Cuba | Colaboraciones | Crítica | Entrevistas | Ensayos | Literatura | Galería | Libros | Bio | Blogroll | Contacto | RSS |
Copyright © Emilio Ichikawa. Todos los derechos reservados.