Enemistades peligrosas


Una gente sale a su estudio, su gimnasio, su aula, su biblioteca o su laboratorio. Esa gente  puede ser un
artista, un deportista, un profesor o un poeta, un científico. Aunque ha aprendido a cooperar realiza  su
trabajo básicamente solo, por lo que una psicología de las profesiones indicará que es fuerte su ego. Tan
fuerte, que le será difícil lidiar con la crítica si no alcanza a entenderla como una forma indirecta en que
aparece el elogio. En sus memorias, tituladas Mi último suspiro, Luis Buñuel, refería el “morcillismo” como
una perversión de la vanidad.

Gente como esa, entrenada regularmente en la creencia de que nada es más importante que lo que hacen
ellos mismos; y que eso que hacen (ya sea escribir un poema, un artículo como este, u observar un ratón
durante docde horas en un laboratorio) lo hacen básicamente solos, está dispuesta a contraer enemistad
con cierta facilidad. La disputa entre creadores es por eso muy frecuente, casi un atributo de este tipo de
oficio.

Esa malquerencia es una constante en el caso del cultivo de las letras, pero en los últimos años, para decir
la verdad, creo que los pintores han dado la talla, como se dice en criollo.

En Cuba tuvieron enemigos notables científicos como Reinoso y Finlay; pensadores como Saco y Luz;
deportistas como Fons  y Capablanca; escritores como Lezama Lima y Virgilio. Hubo desavenencias entre
Néstor Almendros y Gutiérrez Alea, Lezama Lima y Heberto Padilla, Cabrera Infante y Jesús Díaz… Los
artistas cubanos no se llevan muy bien, aunque hay una suerte de postura clemente en todo esto. La
predisposión favorable a la amistad puede ser tan enfática que el escritor Carlos Victoria ha llegado a decir,
refiriéndose a los lazos que sobreviven a la política, que cada uno de nosotros tiene su “cretino favorito”.

Aun así, creo que muchos de estos desencuentros se diseñaron como egos en pugna que  ya  conforman
una suerte de épica de nuestra poética insular. Es por eso que decidí  buscar esas comuniones existenciales
que nos hacen creer que el mundo va bien. Vamos ver lo bueno, a quitarnos el aguijón, como resolvió en
tiempos de diplomacia Alfonso Reyes, y dedicarnos a dar miel.

Fue por esto que me aparecí hace un par de días en la casa de Vicente Echerri, polémico escritor y tenaz
conversador a quien El Nuevo Herald de Miami (al menos) le ha publicado serias críticas a otro escritor
cubano: Reinaldo Arenas. Es curioso que a pesar de las desavenencias explícitas, uno siempre tenga deseos
de preguntarle a Echerri sobre Arenas; uno quiere como buscarle la lengua. La suya ha sobrevivido como
una amistad vigente, viva en la disputa, a veces hasta en el odio; entretanto, otras antidevociones del
escritor han quedado hechas historia, muertas de tiempo en el tiempo. Le pedí entonces a Echerri que me
hablara de Arenas, pero que me hablara bien; o mal y bien, pero le advertí que yo iba a escribir esta vez
solo de lo bueno que me había dicho.

Le comenté que tres mujeres adorables, Aracelys García Carranza, Esperanza y Lesbia de Varona, me
habían dicho que Reinaldo Arenas era una persona dulce. Y me dijo que era verdad, que Arenas podía ser
muy cariñoso, y que era “querendón”. Echerri insistió en que era un monje del oficio literario, que escribía
todos los días; que tenía un gran sentido del humor y que habían compartido varias causas relativas a
Cuba. Habló de la difícil relación con su madre, a la cual Arenas quería de una manera especial

Sabemos de las cosas tremendas que escribió, y a veces dijo, el escritor sobre el otro escritor, pero hay que
decir también que esa amistad tuvo tiempos mejores, que es una amistad que vive y se mitologiza en el
tiempo. Echerri tiene varios libros dedicados por Arenas. En la primera página de Otra vez el mar, le dice
amigo y le reitera hermano.

La enemistad es peligrosa, aun más cuando esa gente que sobresale, los protagonistas, están llamados a
entenderse en el mundo de lo perdurable, más allá de todos los chismes con que se alimenta el
aburrimiento cotidiano.

Emilio Ichikawa.
Septiembre-2004.  




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