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| La emigración nacionalista. Hace unos años conocí en una universidad neoyorkina a una antropóloga boliviana profundamente crítica de este país. No criticaba directamente a las instituciones de poder, sino que hacía un rodeo cultural de los mismos a través de una defensa de la hoja de coca y una crítica radical del café, particularmemnte de las tiendas “Starbucks”, que consideraba una suerte de cadena imperialista de esa droga de bajo perfil. La antropóloga fue enfática en la diferenciación del hábito de mascar hoja de coca y la producción química de la cocaína. Lo primero sería un rasgo identitario del pueblo andino, mientras lo otro un ardid del imperialismo, quien pone tecnología y demanda. Mostró en un paradójico documental a habitantes e incluso políticos habituados a mascar la hoja de coca; los personajes exponían su adicción muy satisfechos, mientras se les notaba en el rostro las malas huellas del hábito. En su empeño por el contra-evangelizar a New York, se burló de las personas que caminaban a prisa por Time Square con un cartón de café entre las manos, cuando a su juicio debían ir animadas por la hoja andina, que ella guardaba en una multicolor bolsita de lana atravesada entre el pecho y la cadera. La incómoda sabiduría de la antropóloga me recordó a una solvente refugiada venezolana que optó por dedicarse a pintar con nostalgia el valle donse se asienta Caracas, pues no se había sentido muy bien en el Chevy Chase Country Club producto, así dijo, de la incultura de los norteamericanos. Estos y otros ejemplos nos hablan ya de un nuevo ingrediente axiológico de la emigración; de un componente crítico que se percibe específicamente en el caso de la emigración hacia los Estados Unidos. La emigración clásica, que pudiéramos concretar a un movimiento internacional en el contexto cambiante y asimétrico de la modernidad, incluía una valoración positiva del país receptor. Este ingrediente le daba un toque de “naturaleza” a esa emergencia social, incluso de sentido comú, pues se entendía que unos individuos se trasladaran de un sitio a otro en un sentido progresivo que implicaba una mejoría. En cualquier caso, es conforme a razón salir de un sitio que uno considera (acertada o equivocadamente) “malo” y mudarse para uno “bueno”. No solemos considerar normal la actitud contraria. Hoy parece que la gente emigra a regañadientes; incluso, que es un deber, una obligación del país receptor abrir sus puertas. Quizás sea la misma globalización quien ha inducido la creencia en que la riqueza creada en esta frontera no es ajena a un individuo que puede considerarse productor de ella aún cuando resida más allá de la misma: un chino que manufactura una cartera para Wallmart, un malgache que guarde su dinero en el Manhattan Bank o un qatarí que sirva al Dpto. de Estado, ¿no pueden ser considerados de alguna manera productores de riqueza “norteamericanos”?. Una buena parte de la emigración que llega a los Estados Unidos es ya, de manera prejuiciada, una emigración culturalmente antiamericana que no viene a ganar derechos sino a exigir deberes. Es, de hecho, una emigración que se va a posicionar frente al estado y sus políticas, pues esa institución es la primera a quien puede exigir atenciones. La inconformidad con los estereotipos culturales norteamericanos es palpable en la emigración de la clase media, profesional (específicamente del arte, las humanidades y el comercio) y política de América Latina. La mayoría de sus miembros, aún cuando ganen en lo económico, ven reducido su estatus, lo que provoca el resentimiento y en consecuencia una reacción evangelizadora, crítica y burlesca de la cultura norteamericana. Esta actitud es perceptible también entre europeos que ni siquiera tienen la sinceridad de reconocer su carácter de emigración intermitente. Es precisamente con evocaciones a la excelencia de Europa sobre Norteamérica que esta suerte de conservadurismo migratorio latinoamericano expía sus desventajas sociales. Un semiburgués latinoamericano, acostumbrado al clasismo católico, aupado por los camareros de los restaurantes que visita, y envuelto en reuniones sociales la mitad del día, no puede ajustarse con facilidad al duro anonimato de esta sociedad engullidora. Democrática: es decir, “emparejadora” (no propiamente “parejera”, como calificaba Jorge Mañach a la cubana). Mejor se adapta el lumpen que cruza el río y empieza a trabajar honestamente, que el señor o la señora que entra legalmente por el aeropuerto con un reproche entre manos. Hay tópicos explícitos en esta actitud. El más visible de ellos tiene que ver con la comida: “En Estados Unidos se como pésimo”, juicio que provoca que en el Departamento de Agricultura de los aeropuertos veamos a diariamente a viajeros con cajas de palta, morcillas, vinos sin sulfito, ramas de coxa, churrascos salados, potes con pico de gallo y chimichurri, galones de dulce de leche, arepas, tarros de coco, etc. Tampoco les gusta mucho el horario general de este país, acelerado por días sin siesta, madrugones, por domingos de encierro. Ni aprecian el fútbol, ni su cine, y la prensa le parece tonta. Y no hablar de la sonrisa que se puja cuando se les habla de filosofía norteamericana. En fín que, como a pesar de todo están aquí, aspirando no solo a la prolongación de la visa sino incluso a la “green card” y hasta a la misma ciudadanía, se torna difícil comprender el por qué de sus gestos, el sentido racional de su comportamiento. Algo, en efecto, ha cambiado. No es lo mismo aquel proceso natural moderno donde la gente se iba de un lugar donde le iba mal y llegaba a otro donde imaginaba, al menos soñaba que le iba a ir mejor, que este fenómeno contemporáneo donde una emigración adopta un país que considera previamente hostil y que, para sostenerse en él, se da una autoterapia nacionalista donde apela a las mismas cláusulas apologéticas en que se afinca el país originario del cual han tenido que escapar forzosamente. Emilio Ichikawa. Oct.2005. |
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