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| El diálogo de los políticos. A nuestros políticos les fascina ser reconocidos como escritores e intelectuales. Fulgencio Batista, quien llegó a reunir una célebre biblioteca en su finca Kukine, acabó escribiendo algunos tomos. Fidel Castro confesó a García Márquez el raro anhelo de reencarnar como escritor; entretanto, sus discursos son publicados y traducidos a múltiples lenguas. Este afán puede localizarse también entre los políticos con posibilidades en una Cuba postcastrista; cuestión esta que conduce a una interrogante: si nuestros políticos saben escribir libros, si son ellos mismos gestores de teorías políticas y económicas, si tienen ya una idea de la historia local y del devenir del mundo global, entonces, ¿para qué necesitan un estrato social adicional de especialistas del pensamiento, la crítica y la escritura?. Yo creo que uno de los problemas básicos de los nacientes líderes políticos cubanos de uno y otro lado es que todos, más allá del contenido específico del mensaje que traen, se mantienen en los límites de la política tradicional cubana. Es decir, una política populista, incapaz de manejar objetivos concretos, radicalmente nacionalista y excesivamente teatral. Demasiada dramaturgia y muy poca capacidad de propuesta administrativa. Por ejemplo, todos ellos hablan a favor de una Cuba libre e independiente; incluso, de una Cuba moral, digna y celosa guardiana de los derechos humanos. Sin embargo, ninguno refiere las posibilidades de una Cuba próspera, olvidando que el bienestar material es la base de cualquier eticidad humana. La indigencia material no hace digno al hombre promedio, como han demostrado décadas de escacez en la isla y malas suertes en el exilio. Sólo hombres muy buenos, como los santos, pueden ser generosos en la pobreza. Y solo hombres muy malos de ánimo no alcanzan la alegría en medio del confort. Sí, el dinero alegra: hay que ser un cretino para deprimirse en un paseo por Roma, frente a la vista marinera del Down Town Miami o bajo las luces de Time Square. Quizás, si nuestros políticos dejaran de moralizar o evangelizar a la nación cubana, si dejaran esa “misión” en manos de monjes, artistas o profesores, se encontarían naturalmente con la tarea que realmente deben cumplir, que es el diseño de una Cuba solvente en lo económico y ordenada en lo civil. Mientras no se diferencien los roles que deben cumplir los políticos y los intelectuales, la usurpación de funciones será fuente de grave malestar. Un ejemplo: mientras en los medios universitarios la discrepancia y el debate están imbuídos de un insólito prestigio, en las conferencias políticas y los corredores diplomáticos ese prestigio corresponde al diálogo y a la negociación. De esta manera, si el primer deber de un intelectual es el de la crítica, el del político es el del asentimiento. A nuestros políticos-intelectuales, al trabajar en un doble frente, se les superponen y hasta confunden las tareas. A veces pretenden que una ingenuidad intelectual les sea reconocida por aquello de que todas las opiniones, aún las adversas, deben respetarse; algo que, en efecto, vale en la política. O se ponen a discutir con la gente, hasta el nivel de la enemistad, acerca de un tema fútil, por aquello de que un criterio debe ser defendido hasta las últimas consecuencias; precepto que, en efecto, vale en el ámbito académico de intercambio de ideas. Esta comunidad de estilos entre los políticos cubanos de “dentro” y de “fuera” me hacen sospechar del diálogo, si por diálogo queremos decir un entendimiento futuro entre las clases políticas de ambas orillas. Quizás a una Cuba democrática le sea conveniente que, sino dos partidos, al menos dos geografías se conserven como polos de gravitación política diferente. Mientras La Habana y Miami sigan inclinándose hacia lados distintos, el cubano sencillo tendrá un refugio posible: si discrepas con La Habana, te recibe Miami; si disientes de Miami, La Habana te espera. Sería horrible una Cuba geopolíticamente homogénea donde una misma clase pueda castigar en estas dos capitales poniéndose de acuerdo en la distancia. En ese sentido, es mejor que no haya diálogo. Emilio Ichikawa. Miami, dic. 2002. |
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