DEMOCRACIA Y ANGUSTIA

Kierkegaard fue un danés visionario; tanto vislumbro, que le fue negada una cátedra en Basilea por disonante.
Se hizo grande cuando descubrió los  problemas de la existencia humana. Hasta ese momento había
consumido su talento de manera negativista: polemizando con un brillante teólogo de su tiempo y hablando
mal de Hegel. Escribió un libro ejemplar titulado “EL CONCEPTO DE LA ANGUSTIA”; y para explicar el estado
angustioso recurrió a una frase bíblica: “lo que haz de hacer, hazlo ya”. Angustia es, pues, esa impaciencia
que resulta de una espera inútil, de una mera distracción en lo banal cuando uno sabe que cosas importantes
esperan.

El totalitarismo es, además de una manera epidemiológica de enfocar la política,  una forma de entender la
vida y la muerte; el fracaso y el éxito; la dieta y la sexualidad. Es decir, como una civilización; motivo por el  cual
el castrismo se torna a veces incomprensible, intraducible al sentido común del hombre racional. No debe
sorprender entonces que uno sienta que el tema  estupidiza, embrutece; sucede que al faltar la referencia la
razón naufraga. Yo he visto a científicos profundísimos gritar y golpear mesas desvalidos ante la quietud
insensible de una tontería castrista.

El parrandeo, la superficialidad, la promiscuidad y la educación atea conforman un sistema; al que también
pertenecen la subestimación de la familia, el relativismo moral, la indiferencia civil y otras formas de
relajamiento conductual. Este padecer y gozar como si se estuviera en campana, en medio de un campamento,
resulta a veces interesante para personas que han tenido una juventud reprimida, pero no hay que hacerse
ilusiones, los banquetes dionisiacos son efímeros y sus goces falsos. Por si fuera poco, todo parece indicar que
ese modo desfachatado de vivir esta llamado a desaparecer. Últimamente en la isla se esta racionalizando la
unión matrimonial, se empieza a ahorrar dinero, se formalizan las propiedades y se firman contratos y se
protegen bienes en el extranjero; como se dice, las aguas van tomando su nivel: se consolidan los estratos
sociales y se hacen nítidas las clases. A esta altura uno no sabe muy bien lo que es Cuba, se le escapa el
presente;  sin embargo, sabemos lo que inevitablemente será, una sociedad de mercado que ratifica la
definición popular de “socialismo”: el periodo de transición más largo entre capitalismo y capitalismo.

De todo esto resulta una situación curiosa. Consta que una sociedad postcastrista es inevitable, y deseamos
que la forma política de esa sociedad sea la democracia. Pero también nos consta que las democracias son
obras humanas, por tanto falibles, perfectibles, criticables. Es decir, los cubanos disponemos de una crítica de
la democracia antes que de una democracia real; en nuestro caso, la crítica de la realidad precede a la
realidad misma. Sabemos, por ejemplo, que el fraude electoral malogra unas elecciones, que la corrupción
desprestigia a las instituciones y que algunos poderes desbordados pueden amenazar la libertad de prensa. Y
aun así, preferimos la democracia.

No somos ingenuos, una  crítica al totalitarismo no implica una complacencia absoluta con el capitalismo, por
eso el liberalismo se fragua en la Cátedra de Filosofía Moral de la Universidad de Glasgow, donde  Adam Smith
escribe una “TEORIA DE LOS SENTIMIENTOS MORALES”. Lo que si crea una situación intelectual perversa es
compartir las visiones criticas de la democracia liberal y tener que seguir arrastrando con esa cacharrería
castrista que nos obliga a repetir argumentos antitotalitarios que deberían presuponerse. Es por eso que uno
siente angustia y reclama, respecto a la democracia postcastrista, lo mismo que el héroe bíblico: “lo que haz de
hacer, hazlo ya”.

Lo que esta en juego son los limites del capitalismo; la sostenibilidad de ese tipo de desarrollo, la moralidad de
su asimetría, la necesidad de los controles ecológicos, las fronteras de la ingeniería genética, etc. Es
sencillamente bochornoso para la inteligencia cubana que, con todo lo que hay que hacer, tengamos que
esperar, “ir tirando”, “haciendo media” hasta que un hombre deje de curar su aburrimiento con la angustia de
los demás.



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