Democracia, demagogia y marketing político

Los procesos en Cuba dependerán de un paso inmediato relacionado con la formalidad política: de si se va a
probar con una democracia o se seguirá algún modelo ejecutivista filoautoritario, como algunos prefieren. Por
ejemplo, ciertos intelectuales vinculados al Arzobispado de La Habana que, ante el fatal y “ferrarístico” hecho de que
los cubanos “no somos suizos”, se esperanzan en un neo-dictador disciplinante pero humilde, capaz de escuchar
los buenos consejos de las élites del país. Dicho de otra forma: algunos jerarcas de la Iglesia Católica habanera
(ojo, no cubana), están apostando a esta altura por la utopía política del Iluminismo: el despotismo ilustrado.

Los museos contemporáneos, que junto a los originales de Dalí y Picasso venden camisetas, imanes, llaveros y
postalitas con la réplica de sus cuadros, pueden dar una idea de lo que es una democracia como orden social,
como cultura, donde las masas tienen un poder de compra suficiente como para sostener un mercado de vulgata.
Es decir, donde el consumo kitsh sostiene la producción sublime (no kitsch) de la obra de arte. En una democracia
próspera como la norteamericana no solo se vende un original de Frida Kahlo en 5.616.000 de dólares (así vendió
Sotheby`s en New York su óleo sobre metal titulado “Raíces” el pasado miércoles 24 de mayo), sino también 2
millones de postalitas de cartulina en 5 dólares, lo que como operación económica casi dobla la famosa
transacción.

En política sucede otro tanto: en una democracia el voto de dos imbéciles vale más que el voto de un premio nobel:
gana la “stupere” dos votos contra uno. Gana por mayoría la idiocia. Y gana para bien. Generalmente. Como decía
Churchill, no es que la democracia sea perfecta, el problema es que no tiene alternativa. Pruebe Ud. a reformarla, a
ponerle cláusulas, e irá directo a una nueva forma de tiranía.

Pues bien, si el futuro político de Cuba va a ser democrático (lo que no es necesario) debemos empezar a
considerar que el voto de dos mulatos estibadores del puerto valdrá más que un voto de Miguel Barnet o Roberto
Fernández Retamar, ilustres intelectuales de la isla. Es una realidad que deben considerar los probables
candidatos en sus discursos. Los discursos políticos no son para decir verdades sociológicas sino para persuadir
al elector; no es trampa, es oficio. De esta manera, y para poner un ejemplo, un pensador liberal como Carlos
Alberto Montaner se vería forzado al nivel de marketing a introduccir cláusulas emocionales en sus papeles,
promesas de mejora social, alguna que otra cita de José Martí y promesa de moralidad en el manejo de los asuntos
públicos. Eso, entre otras concesiones.

Hace unas horas concluyeron las elecciones democráticas en Colombia. Este lunes de “Memorial Day” el Nuevo
Herald, el Washington Post y The New York Times ya han sacado sus editoriales anunciando la reelección de Alvaro
Uribe. Algunos candidatos, con voz cansada por el sueño, han hablado en la radio confirmando el fín del llamado bi-
partidismo tradicional. Lo ha dicho Antanas Mockus y sobre todo Carlos Gaviria, candidato por la coalición de
izquierda que ha reconocido el triunfo de Uribe pero sin mucho entusiasmo.

El segundo puesto ocupado por Gaviria, cuyo corrimiento a la izquierda es tan diáfano que ha bastado a algunos de
sus rivales para acusarlo de comunista, demuestra que la demagogia altruista es eficaz en el marketing político
latinoamericano. Tenerlo en cuenta no es romanticismo sino pragmatismo. Esa es la paradoja del político
conservador, digamos de derecha, en la región: tener que concluir que la realidad es cursi en sí misma, y que
ajustarse solo a la racionalidad del cálculo es más romántico y subjetivo que manejar electoralmente todas las
mentiras que pueda contener el discurso igualitario.

Emilio Ichikawa.

Mayo-2006.




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