DEL RENCOR

La vida aconseja ser cautelosos con esos afanes justicieros de ciertos individuos que la emprenden
precisamente contra aquella clase o grupo social al que naturalmente pertenecen, o tratan de pertenecer.
Debemos prevenirnos, por ejemplo, cuando Lenin, que era un político profesional, ataca a los intelectuales y
elogia a la clase obrera; cuando Chesterton elogia la sabiduría de los campesinos (“Oh, cuan inteligentes son
estos ignorantes”) o Fidel Castro socializa los clubes de la burguesía cubana y edulcora al “pueblo trabajador”.

Esas devociones no responden al amor explicito sino al odio que le subyace. Nacen del rencor, del
resentimiento y hasta de una insoportable sensación de fracaso en el nivel en que le correspondía triunfar. Lo
que no deja dormir a Fidel Castro, lo que le hace sufrir, es haberse enseñoreado sobre lo que llama “plebe
cubana” y no haber podido impedir que las clases media y alta le resurgieran en el exilio. El odio es humano,
pero cuando un gobernante hace del odio una política, la fobia sale del cauce de lo privado e invade lo
público haciéndose una institución ilegitima.

Pero este sentimiento no le es exclusivo. Un amigo me ha contado que a su padre, fidelista por militancia, le
llevo casi medio siglo  reconocer que el comunismo era un fracaso económico, social y moral. No obstante,
después de hacer su automutilante confesión, acoto: “Pero una cosa debe quedarte clara: ¡Los millonarios
eran unos hijos de perra!”. Es decir, a pesar de toda la historia recorrida, su “comunismo” había sido
descartado, pero no los motivos que le llevaron a apuntarse como comunista.

Como se comprenderá, “millonarios” es un termino abstracto con el que es imposible mantener una relación
afectiva como la mostrada; por esa razón, cuando se esta descalificando de esa manera no se tiene en cuenta
un concepto sino una representación especifica del mismo. Pues bien,  resulta que los “millonarios” que odia
(aun lo hace) el padre de mi amigo, y que les resultan además “burgueses” y “explotadores”, son unos
familiares que lograron  acumular mas dinero que el en la Cuba republicana y que, según sus parámetros, le
consideraban de menor altura social, razón por la que  le marginaban de ciertos prestigios filiales. Para decirlo
claramente: el comunismo era en verdad la coartada que le permitía vengarse de un desprecio específico; la
revolución castrista, la oportunidad de segregar ese rencor.

No esta muy claro si esos “millonarios” eran “millonarios” por “hijos de perra”, o eran “hijos de perra”  por el
hecho de ser “millonarios”. Lo primero pudiera tener que ver con cierta creencia criolla antiliberal  que duda
de la capacidad de acumulación mediante vías tan eficaces como morales; según se asegura, el trabajo
honesto no hace rico a nadie, por lo que no debería haber ningún “millonario” que no fuera “hijo de perra”: el
bueno es el pobre.  Este axioma es problemático pues cualquiera sabe que la miseria no es precisamente una
fuente de virtud; que también hay “hijos de perra” que no tienen un centavo. Según la segunda alternativa, no
es la “hijaeperrancia” la que hace los millones, sino estos quienes inducen a la “hijeperrancia”. Esto esta por
ver. Es cierto que el dinero hace suficiente a mucha gente y no todo el mundo tiene la cultura y la entereza
moral suficiente como para mantener a la soberbia  bajo control. El dinero da poder, y el dinero absoluto da
poder absolutamente. Lo demás es Lord Alcton.

La revolución castrista demuestra que no ganamos nada quitándole al vecino; la terapia revolucionaria es muy
efímera. Existe, seguramente, un minuto indiscutible de placer en el que vemos emparejarse el mundo y caer
los ricos en el fango; pasado ese instante, los despojados se hacen cómplices en la generalizada miseria y se
exige otro odio, y otro más. Así, como ha pasado con Cuba, el país se vuelve una maquinita de machacar.

Una cosa si es cierta: un “millonario” no tiene que ser, pero  puede ser un “hijo de perra”; la historia demuestra
que hay que tener un poco de sensibilidad con la pobreza, en última instancia, si miramos lo vengativas que
pueden ser las revoluciones, es hasta una buena inversión económica.





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