DEL INTERCAMBIO ACADEMICO CON CUBA

Conocí en España a científicos y profesores que vivieron el final del franquismo y la transición española. Me
hablaron de la doble importancia, política y académica, que había tenido propiciar el contacto de la juventud
hispánica con los modelos europeo y norteamericano de democracia; así, la lucha contra el autoritarismo del
Caudillo pudo ser útil para un replanteamiento cultural general. Un cambio político es más que un cambio de
gobierno. Algo similar podría suceder en Cuba: si se logra un consenso moral antitotalitario Fidel Castro puede
ser la cifra, el pretexto visible para examinarnos críticamente como cultura; desde esa rara debilidad por los
caudillos feudalizantes, hasta el gusto por los frijoles negros a 86 grados F como temperatura promedio.

Los intercambios académicos debieron tener la misión de abrir los ojos a una vanguardia intelectual critica
que influyera sobre la juventud estudiosa; de este peligro reformista, es curioso, se percato inmediatamente
Raúl Castro, quien advirtió a través de su vocero ideológico que “en Cuba no habría un Sajarov”.

Sin embargo, como he insistido otras veces con perspectiva autocrítica, los intelectuales cubanos de la isla
padecen el malestar moral de la indiferencia civil. Después de haber aspirado a funcionar como “intelectuales
orgánicos” de la revolución, se han reinventado como “académicos” que tienen entre sus virtudes morales el no
complicarse con la política; cuestión harto difícil en un país totalitario cuyas zonas de control espiritual exceden
los limites de una dictadura.

Este malestar moral se puede percibir en cierto ambiente habanero donde se alardea descaradamente sobre
los “quites” que se pueden hacer en el extranjero para evadir el “problema cubano”. Ya hay todo un método;
recuerdo el caso de un joven que en los corrillos de la Universidad se burlaba de algunos de sus colegas
norteamericanos que cuando le preguntaron por la situación de la mujer en el contexto social de la revolución
les dijo que ese no era su objeto de estudio; u otro que no podía decir nada sobre la discriminación racial
porque su interés llegaba hasta 1959. “I am sorry”.

El intercambio académico con Cuba es un problema complejo cuya comprensión abarca muchos tópicos,
desde la cuestión practica de como organizar los encuentros, hasta el planteamiento teórico de que vamos a
entender por “intelectual” o “académico”. Hay un punto que me gustaría destacar, y tiene que ver con la
responsabilidad que tienen los invitados de la isla de aportar criterios sinceros, perspectivas al menos
medianamente criticas o si se quiere hasta elogios, si son creíbles, sobre la precaria situación de la isla. Por lo
menos justificarían el riesgo que indudablemente implica traer huéspedes con relativo éxito en un contexto
totalitario. No tienen necesariamente que atacar a Fidel Castro, ni siquiera hablar de la infelicidad domestica
que envilece al país; apenas deben ser sinceros y hablar, por ejemplo, de los militares que programan la
escritura de la historia cubana, las reuniones que se hacen para decantar los invitados a LASA, los rigores que
exige un permiso de viaje, la supervisión policial a que esta sometida la Universidad. Ni siquiera se les pide que
lo digan a los periodistas, solo que lo reconozcan en las reuniones privadas.

Es algo que va mas allá de la ética profesional, en fin de cuentas, se puede fracasar como intelectual y sin
embargo quedar en pie como ser humano. Que lo digan al menos por esos colegas que, sea por lo que fuere,
se atreven a invitarlos sin juzgar el silencio en la era vil del totalitarismo castrista.     


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