Cubano vs. cubano

Un amigo muy agudo observaba que, a diferencia de los miembros de otras comunidades, el cubano era
capaz hacer un “lobby” en Washington comenzando por humillar y descartar de los beneficios de su
cabildeo a otros cubanos como él. Imaginémoslo: es como si un mexicano dijera en el Capitolio que él quiere
defender los derechos de sus compatriotas, pero no de los que viven en California porque esos son
mexicanos muy extremistas y admiran el “zapatismo”, algo así como que son “la mafia de Mexicali”; o un
venezolano afirmara que ama a los suyos, pero no a los que viven en Orlando porque se creen los mejores
del mundo y siempre andan en el “venezolaneo”.

Hannah Arendt afirmó que una de las cosas más desconcertantes del totalitarismo era haber alcanzado  
una “cruel originalidad”, probada en una lectura invertida de los mandamientos cristianos. En su análisis
del Holocausto ella ponía el ejemplo del imperativo “No matarás”, que el totalitarismo nazi habría leído como
“Matarás y otra vez matarás”.

En el caso cubano yo siento que se ha leído perversamente el mandamiento referido al amor: “Despreciarás
a tu prójimo como a tí mismo”. Digámoslo utilizando el recíproco de una formulación agustianiana: “Llevarás
el desprecio de tí mismo hasta el supremo punto del desprecio de Dios”.

Lo más curioso en este caso es que dicho desprecio, tanto el propio como el ajeno, se mezcla con el
paradójico ingrediente de una constante exaltación del Yo y la emisión de exageradas ráfagas de loas al
prójimo “identitario”. Narcisimo y adulación, “autobombo” y “guataquería” son los frutos raros de esta
incapacidad para admirar que ya va dejando de ser patolójica para convertirse en constitutiva.

Mi experiencia en este punto es bastante ambigua: mis mejores amigos son cubanos, y mis peores enemigos
también. Llegado mi turno en Washington, la verdad, no sabría muy bien qué hacer. Pero en todo caso creo
que no sería sectario: me gustan los “kubishes”; por demás, la persona más chismosa e hipócrita que he
conocido en mi vida es norteamericana, y  eso tampoco me hace antiyanqui.

Creo que a la autoestima, cuando es insolente, no le queda otra alternativa que crecer negativamente, es
decir, rebajando al prójimo, actitud que por otra parte tiene en su base un desprecio, una falta de respeto al
otro sustentada en la falta de respeto a uno mismo.

Kant señalaba que el mandato “amarás a tu prójimo” tenía verdadero contenido moral si se trataba del
amor al prójimo enemigo;  el amor al amigo era una suerte de sobrentendido. Solo eso. En la misma lógica, la
inversión totalitaria del mandamiento implica básicamente el desprecio del prójimo, pero del prójimo amigo,
toda vez que una actitud negativa ante el enemigo puediera tomarse, en sentido general, como una
reacción de legítima defensa.

El totalitarismo castrista ha heredado, sublimándola, cierta tendencia cubana a regocijarse en el descrédito
de lo propio; se trata de una manera de ejercer la cubanía por la puerta del fondo, una técnica de
destaque a partir del la ubicación a contracorriente.

En sus irrevisables Cartas a Elpidio (lo puedo entender) Félix Varela le hablaba sobre la piedad. Una de corto
alcance, de vecino a vecino, de cubano a cubano. Es vergonzoso el abismo que existe entre la vanidad
pública de mostrarnos como un grupo unido, y la solvencia material y moral que unos cubanos alcanzan
destruyendo a su propia gente.





Inicio | US-Mundo | Cuba | Colaboraciones | Crítica | Entrevistas | Ensayos | Literatura | Galería | Libros | Bio | Blogroll | Contacto | RSS |
Copyright © Emilio Ichikawa. Todos los derechos reservados.