La cubanidad culpable

Hace unos días coincidí en una reunión con un par de amigos cuya pista había perdido un año atrás. El
reencuentro, sin embargo, no resultó muy interesante pues ellos se encargaron de repetir durante toda la
noche, con insolencia y hasta con agresividad, aquello que postulaban cuando les dejé de ver.

Sus argumentos estaban detenidos, y ese estatismo tenía que ver más con la esclerosis intelectual que con la
coherencia. Hablaban de algunos lugares comunes que presentaban como ideas propias; por ejemplo, de la
necesidad de entenderse con la gente de dentro de la isla, de la inviabilidad de las soluciones armadas y de la
urgencia de cambios en la política del exilio.

Ellos creaban con su afán un falso enemigo, porque nadie en Miami defiende ya la violencia contra Castro, ni
cuestiona la necesidad de acercarse a los compatriotas de la isla, ni cree que el exilio es infalible. En verdad
eran ellos quienes reactualizaban al pasado con sus acusaciones, comportándose como los verdaderos
protagonistas de lo muerto.

Pude distinguir otros síntomas preocupantes, como una inclinación autoritaria que aparentando una
idealización de Miami como ciudad, no hace más que reinventarla como un contexto desde el cual se puede
usurpar el derecho de opinar sobre Cuba. La frase “en todo Miami se dice…” esconde la aspiración de un
pequeño grupo de convertir su opinión particular en una pauta indiscutible de la opinón general.

Estas personas dicen oponerse al radicalismo de un sector que identifican como “viejos del exilio”, simplificando
así, a través del clásico choteo, lo que no es más que una opinión radical en el espectro de criterios sobre la
política cubana. Se trata de la llamada opción conservadora, ciertamente extrema, pero tan legítima como
todas las demás. En el diálogo con ellos, a veces muy difícil, se podía percibir cierta envidia a la diafanidad y la
definición moral de aquello mismo que objetaban.

Esa crítica festinada a “los viejos” olvida varios puntos. Primero, que la gerontocracia, aquel modelo de
sociedad que da a los ancianos un importante rol en la dirección social, está fundada en el hecho de que la
vejez es una arcada de la experiencia, la memoria y la práctica existencial. Segundo, no se tiene en cuenta que
una democracia no se funda creando previamente nuevas víctimas; excluir a los llamados  “viejos” es, de
hecho, una pretención antidemocrática. Por demás, no debe olvidarse que una de las vías a través de las
cuales se puede sensibilizar a la juventud cubanoamericana con los asuntos políticos de la isla es la influencia
que padres y abuelos tienen sobre ellos en el nivel afectivo; es decir, la tradición familiar, depositada
precisamente en “los viejos”, es un recurso político en el proceso de democratización de Cuba.  

Es curioso además que estas personas, tan politizadas “de facto”, insistan “de jure” en su  derecho a no
meterse en cuestiones políticas, o en la pertinencia de ni siquiera mentar la dictadura de Fidel Castro. Es fácil
darse cuenta que su apoliticismo es simplemente una pose; resulta que nada hay más político en Cuba que el
pretender situarse más allá de la política. Dada la fuerza que por tradición tiene el tema político entre
cubanos, amplificada por la naturaleza totalitaria del actual régimen, pretender posicionarse más allá de lo
político roza lo grosero. Es de muy mal gusto insinuar que uno está por encima del tema que preocupa a la
mayoría de los contertulios; incluso cuando esa distancia es apenas un recurso poco imaginativo para colarse
de forma privilegiada en la charla.

Salirse de la política cubana por decreto es entrarle a Cuba y a su política por la puerta del fondo; es hacer un
ejercicio vergonzante, culpable, de esa cubanidad vertiginosa que nos marca a todos. Hay pocas cosas tan
cubanas como el tratar de huir de lo cubano, sobre todo de su dimensión política. Rechazar la cubanidad
política  es un privilegio de Miami y La Habana, un exceso que los demás añoran con desesperación nihilista.

De nuestra adicción política parece que hablaban Fermina Daza y Florentino Ariza en el crepúsculo de El amor
en los tiempos del cólera, conocida novela de Gabriel García Márquez:
-?Hasta cuándo vamos a estar en este ir y venir del carajo?, pregunta ella.
-Por toda la vida, asegura él


Dic. 2003.




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