El coraje intelectual

Existe una regla, casi una promoción de la temeridad intelectual que prescribe: es preciso considerar aquel
postulado que perjudica a la persona que lo emite. Por supuesto, si no se trata de un imbécil.

No sé si es o no correcto, pero pulsa como un morbo, una suerte de admiración por aquellas personas que
estremecen, con otra, la opinión predominante en el medio. Decía que no es obligatorio asumir el desafío como
norma; pero sí es justo que, una vez que se haga, se exija como retribución a la admiración ofrecida la existencia de
un riesgo real. Es decir, que no se salte con una red de aseguración debajo.

Hay opiniones audaces que si se les cambia el contexto de emisión no  resultan igual de arriesgadas, por lo que se
desvalorizan en el anterior sentido del “coraje”; no necesariamente en el de la belleza o profundidad de las mismas.
Ese cambio de contexto es lo que justifica la existencia de una sociología del saber; de todo el saber, aunque hay
algunos que están (o debieran estar) por definición más distantes de una relación con el entorno que otros.

Todo ese entramado moral que vincula positivamente el saber con el riesgo es relativo; pero una vez que se fija, es
preciso que el riesgo propuesto no sea fingido. Esa es, por poner un ejemplo, la justa premisa que lleva a algunas
personas a creer que criticar a Castro en Miami no tiene mucho valor.

El juicio puede ser comprendido; si no fuera porque en este caso particular se está partiendo de una premisa falsa:
supone que el riesgo o la inconveniencia de criticar a Castro existe solo en la isla. Criticar a Castro, en efecto, es
conveniente en ciertos ambientes, pero suelen ser muy reducidos y generalmente fútiles para las carreras
intelectuales. En todo caso, como sucede con Guevara, es más expedito el viaje inverso; sobre todo si es en
motocicleta. Es justo entonces que se valore su crítica fuera de La Habana, donde es ya poco menos que un
heroísmo.

La relación “riesgo-valor intelectual” suscribe que el saber ha heredado algo del código caballeresco; que puede
entenderse también en términos de duelo de conocimientos, retirada de posiciones, traiciones de hipótesis,
estocada mortal a argumentos, elegancia, etc. El saber es una institución con zonas muy cortesanas, e implica ritos,
costumbres, modas, reverencias.

Decía Hayek que, entre los gestos del saber, la polémica le parece uno de los más sobrevaluado; como no lo es el
optimismo.

A la discusión se le suponen valores que no tiene necesariamente; por lo menos, a ciertas formas de discutir. El
propio periódico “Encuentro en la red” aprueba una sección titulada “Polemiza que algo queda” donde la querella es
un fín. La saga, una pachanga epistémica. El querido profesor Eduardo Torres Cuevas, con mucho entusiasmo, nos
solía decir que la polémica filosófica cubana del siglo XIX estaba entre las más gloriosas de la época, cuando en
verdad se dirimieron en ella cuestiones de ego: quién tenía el último libro, quién sabía citar en el original el último
título, quién había dado el último viaje. No hemos cambiado mucho.

El estar de acuerdo suele significar o una cobardía o una subordinación. Y todavía quien lo hace padece el temblor
de aclarar que acata lo que dice otro... “aunque no esté totalmente de acuerdo en todos los puntos”. Una cota de
manicomio.

Se ve un poco mal también la persona que afirma que el mundo está bien; sobre todo si se parte de la premisa
(bastante defensiva desde cierta política) de que este mundo no está moldeado por Dios sino por el imperialismo.
Sabe a conformismo, a falta de sagacidad. Los iniciados parecen ser quienes ven esencias tras las apariencias;
dominaciones efectivas tras las devociones declaradas; odios latentes tras amores firmes.

Es por eso que me parece de gran coraje intelectual, y a la vez de gran simpatía, el artículo de Frank Greve (Knight-
Rider, Washington) publicado por “El Nuevo Herald” el viernes 13 de enero-2006 (p. 20 A). Es valiente por lo que
cubre, y de alguna forma son valientes también quienes lo protagonizan. De algún modo.

El artículo en español se titula “Disminuyen las guerras en los últimos diez años” y parte enumerando un grupo de
raras certezas: los rebeldes chiitas del norte de Yemen se está rindiendo, los extremistas islámicos de Argelia
también. En Burundi se han hecho elecciones pacíficas, terminando así 20 años de guerra civil. En Sumatra los
rebeldes se desarmaron para participar en elecciones. Habían estado en armas durante 29 años. La guerra no solo
ha mermado, sino que algunos la consideran a punto de desaparecer; al menos en su forma de cotejo frontal entre
ejércitos.

Según John Mueller, de la Universidad Estatal de Ohio, una de las fuentes de Greve, el año 2001 fue el peor en
muertes por terrorismo; sin embargo, lo que significa comparativamente es que en sus doce meses murieron más
personas que el promedio de una hora en la Segunda Guerra Mundial, que alcanza la cifra de 1200 soldados y
civiles.

A partir de los datos y opiniones de expertos el periodista afirma: “Los 60 años que han pasado desde el final de la
Segunda Guerra Mundial han sido el período de paz más largo que haya tenido Europa desde que los romanos
regían la mayor parte del continente.”

El artículo de Frank Greve no es ingenuo; esta paz relativa se ha logrado desde un pasado bastante oscuro y
trajinando con un futuro que puede serlo también.

Enero-2006.


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