La copa rota
(Una vez más sobre el apoliticismo)

Aturdido y abrumado por las dudas acerca de la calidad moral de la  ínsula, José Martí alzo un día su copa y
dijo que, bajo ciertas condiciones de compostura y decoro, brindaría por la política cubana; pero en caso
contrario no, quebraría el vidrio y  renunciaría a brindar por la política cubana.

Y no cumplió. En lugar de permanecer seguro dentro de la poesía, un “coto de mayor realeza”, se dedico a
unas fundaciones que acabarían exigiéndole la inmolación en un potrero de Dos Ríos. Amen de participar en
unas conspiraciones que entre cubanos siempre terminan generando insoportables mezquindades. La insidia,
no se ha dicho, es arma de nuestros grupos.

Tenia el su alma demasiado a flote, se le podía herir el sentimiento con facilidad (lo testimonian sus cartas y su
poesía), y era incapaz de ciertas groserías de estilo casi imprescindibles para triunfar en la política tradicional.

Ya en septiembre 27 de 1872, en España, Martí había sido objeto del choteo rebajador (para quien lo ejerce,
es también un consuelo). Según nos cuenta Jorge Mañach en su libro Marti, el apóstol, ofrecía un discurso por
el primer aniversario del fusilamiento de los estudiantes de medicina, cuando un mapa de la isla le cae en la
cabeza en el preciso instante en que decia “Cuba llora…”.

No hizo falta mas, se le quedo el nombrete de “Cuba llora”. Mañach suaviza el incidente imaginando un
público juvenil que después de las risas “naturales para su edad”, se incorpora al tono grave de la oratoria
martiana. Una “mentira piadosa”, nada mas.

Anos después, lo que pudo ser su regreso a Cuba no fue más que un paso. Se rieron de el nuevamente, le
maltrataron el prestigio. Una vez, mientras hablaba en el Liceo de Guanabacoa, Giberga y Montoro
comentaban jocosamente: “Mira eso, si parece un manojo de nervios”. Eso era, en efecto, por eso su retrato
hablado es casi teratológico: echaba fuego por la boca, por los ojos luz y estrellas por la frente.

Y se fue a Estados Unidos, pero no a Iowa o Mouline donde la naturaleza es la distinción de América, sino que
se inserto nuevamente en otra Cuba, la de los círculos de exiliados.

Pero escogió entre todos los grupos del exilio el más arduo de todos: el de los exiliados con pretensiones
políticas. No se junto Martí con los criadores de pájaros, con comerciantes y hacedores de familias; se mezclo
con los infidentes, con la gente que tiene una causa que necesita dinero, con los fundadores de partidos y
partidas.

Fue un ensayo de su inmolación definitiva. Allí padeció, sufrió y, lo que es peor, de vez en cuando tuvo que
ceder a las tentaciones del odio fácil. En ocasiones, como escribió finalmente en su Diario, sintió sobre si el
desprecio de Maceo, y le pago al gran jefe cubano con “repugnancia”.

En su poema Isla famosa José Martí se pregunta en medio de una gran perplejidad: “? En pro de quien
derramare mi vida?”; y se inquiere: ¿Dónde, Cristo sin cruz, los ojos pones?”. Comprende entonces que hay dos
fuerzas básicas que integraran su Republica con todos y para el bien de todos: no campesinos, artesanos o
proletarios, sino “venus negras” y “galanes blancos”.

Y aun así siguió obstinado en la salvación política de la isla; en una “teleología insular” donde lo político
fungiera como un coto real y no como un ámbito inescrupuloso accesible con un poco de habilidad a la
vanidad criolla.

Esta actitud martiana es explicable, por todo lo dicho, en el contexto de una fe inquebrantable. La política en
Martí deviene a veces religión, y el líder de partido apóstol y después Mesías. Me contaba una vez el profesor
Jorge Lozano, gran martiano, que fue hacia 1886, en plena vida, que Gonzalo de Quesada le dijo públicamente
“Apóstol”, y el acato la responsabilidad con gusto. Fue el propio Martí quien, sin abandonar aun el estribo del
tren,  dijo en Tampa y repitió en Cayo Hueso: “Yo traigo la estrella, y traigo la paloma.”

A estas alturas la política cubana sigue marcada por las mismas reglas de juego; incluso, estas reglas se han
tornado un poco mas descaradas por la situación liminal en que se nos ha hecho vivir en el último medio siglo.
En estas condiciones, persistir en una participación política solo se justifica si el individuo establece su
preferencia por la vía de la fe; si convierte su interés en misión. Lo otro seria un error, una obstinación o una
estupidez.

El apoliticismo, desde esta perspectiva, seria la actitud más racional, sobre todo para un poeta. El problema
esta en probar si este es posible en el marco de un ambiente totalitario; porque cuando la indiferencia se
exhibe con demasiada afectación, esta participando de manera impotente en aquello mismo que desea obviar.


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