Lo "cool" y lo "nice": la soportable levedad de la moralidad postmodern. (I)


En el recientemente conmemorado cuarenta aniversario del asesinato del Pte. J. F. Kennedy, muchos
periodistas y escritores expresaron, junto a las dudas sobre los resultados de la comisión Warren, sus opiniones
conclusivas sobre la personalidad del político norteamericano. La mayoría, según pude pulsar, lo hizo en
sentido favorable.

Se dijo que era inteligente, buen tipo y, además, cool, lo que le convertía en una versión quizás deseable de un
católico en el poder. En la mayoría de las evocaciones escritas y fotográficas publicadas, se presentó a un
Kennedy siempre sonriente, irónico, ecuánime, presto a salir de cualquier enredo con un sofisma gracioso. Con
un quite saleroso, para decirlo a la manera del arte taurino andaluz.

Kennedy, quien había sido cool al prometer en Miami, tras la invasión de Playa Girón (o de Pig Bay), que
devolvería una bandera cubana en La Habana cuando Castro cayera, consagraba con estos lances
histriónicos el tipo de político carismático de corte actoral, que serviría después de eficiente modelo a Clinton en
el ámbito demócrata, y que no siempre manejara  con éxito Reagan en el republicano. La razón de esto se
encuentra en que mientras Reagan fue un actor-político que se tomaba su guión bastante en serio, Clinton fue
un político-actor verdaderamente cool. El asunto Lewinsky está plagado de instancias "cúlicas"  tan sonadas,
que alcanzan el rango de precedentes jurídicos de la nación casi a nivel de filosofía del derecho.

En un singular artículo publicado el pasado sábado 22 de noviembre por el escritor cubano Vicente Echerri en
El Nuevo Herald de Miami, se narra una anécdota que confirma la saga cool dejada por el estilo de gobernar
del Pte. Kennedy. Resulta que tras su muerte, en una sala de espera del afamado aeropueerto de New York, la
revista Times publicaba una foto del personaje con un pie óptimo: JFK. Un niño que andaba por allí, que
alcanzó a ver la página, le comentaría a su madre: "Mira mami, ese señor se llama igual que el aeropuerto".

Es cool ir suave por la vida ("ah..., ya tu sae"), no coger lucha con las cosas duras y navegar sin líos entre la
desgracia. Un viejo amigo tenía una versión muy cool de un conocido lema de la policía de tránsito de la isla
cubana. El decía: "Me da lo mismo que crezcan los niños o que crezcan los accidentes". El lema original, como
debe esperarse, casi suplicaba: "Crezcan los niños, no los accidentes."

Esta versión es muy ilustrativa, porque permite aclarar que el tipo cool, aunque lo parezca, no es cruel ni
despiadado. Como no lo era ese viejo amigo mío. El cool es seguramente irresponsable, ligero, leve, pero la
maldad es un asunto demasiado complicado para su existencia. No es cool quien secuestra, ni quien conspira,
ni quien asesina; aunque tampoco es cool quien se monta una cruzada contra el subdesarrollo mundial, contra
la globalización, contra los agujeros en la capa de ozono. Un tipo cool puede estar en una manifestación y
romper una vidriera de un McDonalds, pero no lo hará porque participe de una ideología redentora sino
porque simplemente le parecerá excitante, gracioso; es decir, cool.

La conductora de televisión peruana Laura Bozo, por ejemplo, que basa su raiting en la defensa de los pobres
y los marginados en esa sociedad latinoamericana, no es muy cool que digamos, como tampoco lo es Rigoberta
Menchú; sin embargo, sí es cool el Subcomandante Marcos. El Ché Guevara pudo haber llegado a ser cool, pero
sus enredos con Fidel Castro lo convirtieron en una personalidad trágica y finalmente patética. Se echa en falta
una personalidad cool en el panorama político de la nación cubana.

El Zorro de Alain Delon y el posterior de Antonio Banderas es un personaje cool; cool y nice. Pero es cool
tambien el malvado Joker que hace Jack Nicholson en Batman; no es nice, aunque sí cool. De manera que lo
nice expresa otra catadura moral, otra categoría en el ámbito de la ética.

Un tipo nice es generalmente bueno, pero a nivel de superficie. Es quien comparte el sandwich, quien te invita a
una cena en su casa, quien presta el boleto del metro, o te pregunta de temporada en temporada: "Bueno,
?cómo van las cosas?". Ahora bien, si te atrapa el INS, si no tienes donde vivir, si padeces una seria
enfermedad, en fin, si te acosa un problema realmente serio, el tipo nice da marcha atrás.

Si entendemos la bondad como una ola, lo nice es solo la cresta, la parte visible que, como todos los marineros
saben, desaparece en las mareas altas. Pero aclaro, como no siempre hay ese tipo de marea, lo nice es valioso
para soportar este mundo (y disculpen esta frase tan poco cool).

Lo nice va quedando como lo máxima aspiración de las amistades postmodernas, recayendo el peso de lo
bueno en la familia, los grandes amores y eso que se llaman "verdaderas amistades".

Dejo el tema por ahora. En el siguiente artículo hablaré de la relación entre lo cool y lo genial; nexo que aparece
en la misma antiguedad clásica y es estudiado por Schiller en sus Cartas sobre la educación estética del
hombre.

Solo me resta decir que el personaje más cool que conozco vive, en el mundo de la literatura y fue concebido
por Gabriel García Márquez. Su nombre, apenas lo recuerdo: Remedios la Bella. Según cuenta el colombiano,
esta dama se estaba bañando con los cueros al aire, cuando se percata de que hay un hombre mirándola
desde el techo. En lugar de gritar o pelear se limitó a advertirle que tuviera cuidado no se fuera a caer. Bella
sin dudas esta Remedios, cool como ya dije y, con seguridad, también nice.

Emilio Ichikawa.
nov. 2003.
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