La colección Sarasola-Bonfill

Una parte de los más importantes artistas plásticos que ha dado Cuba en las últimas dos décadas ha establecido
residencia en Miami. Ellos sacan adelante sus carreras sin un estado que los represente en bienales y sin una
clase social que pretenda económicamente su trabajo. Es decir, la propia característica del régimen político
instaurado en Cuba desde 1959 ha clausurado la emergencia de un grupo social amplio con capacidad monetaria
para convertirse en un coherente y sostenido comprador de arte.

Esto es particularmente válido en el caso del exilio cubano llegado a esta ciudad entre 1985-2006, que sería el más
identificado estéticamente con la obra de artistas que alcanzaron su madurez precisamente en esa etapa. Gracias a
la movilidad económica de la sociedad norteamericana muchos de esos exiliados han podido acumular un capital
en tiempo récord, pero precisamente la “psicología de exilio”, y la forma en que se ha vivido en la isla, les dificulta
considerar el arte como un bien acumulable.

La falta de una vanidad estética nacional que se concrete en la adquisición económica del nuevo arte cubano
retarda la conformación de un mercado vigoroso. No existe, hablando con rigor, un mercado cubano del arte cubano;
no existe en La Habana y apenas funciona en Miami.

Sin embargo, a pesar de esta situación se nota la voluntad de coleccionistas privados por adquirir obras de artistas
relativamente nuevos en el exilio. Algunas familias han echado a andar un circuito de producción-exhibición-compra
de arte que pudiera estabilizar la situación de artistas residentes en la ciudad de Miami. Es preciso una clase social
próspera que tenga el arte entre los indicadores de su prestigio social.

Una de las familias que ha logrado conformar una colección de arte producido por las últimas generaciones es la
de los jóvenes empresarios Marilyn Bonfill y Eduardo Sarasola. Su iniciativa privada ha podido ofrecer una alternativa
a las carencias señaladas, haciendo de su apartamento en el Downtown de Miami un centro de debate intelectual,
música y exposición de arte.

En las paredes de su casa puede disfrutarse, entre otras, la pieza de Gustavo Acosta titulada “Adult`s Playground”;
un gran formato del 2003 que muestra la historia del poder evocando simbólicamente las presencias de guerreros y
dictadores en el espacio combinado de la Puerta de Branderburgo en Berlín y la habanera Plaza de la Revolución.
Junto a él cuelga el hermoso trabajo de Luis Soler titulado “Con el monte encima”, de la serie “Mulatas griegas”, que
descoloca el tema de la identidad criolla. También cuentan con varias piezas de las “Boromaquias” del pintor Raúl
Rodríguez, un excelente lienzo de Leonel Matheu titulado “Donde pasan las cosas”, un trabajo sin título de Sergio
Payares y un paisaje muy personal de Humberto Calzada nombrado “Luz y penumbra en La Habana”. Todos estos
pintores, excepto Calzada, pertenecen a las útimas promociones de las escuelas cubanas; pero igual Calzada es
un artista que se integra con coherencia a este grupo, apoyado en una simpatía y sensibilidad personal
excepcionales.

Donde falta el estado está la familia, el individuo que con su iniciativa llena los espacios que la política malogra. Hay
otras familias a las que agradecemos su sensibilidad por el arte: que esta vez el elogio les llegue a través del
realizado a los Sarasola-Bonfill.

Abril-2006.


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