Centro Cultural en La Habana

La historia ha sido para Fidel Castro, como casi todo lo demás, un tema de interés político. Le ha sacado un
gran partido a la doble gravitación cultural de la isla, definida entre las influencias de España y los Estados
Unidos,  manipulando preferencias hispanistas y pragmáticos.

Cuando Mijail Gorbachov comenzó su Perestroika, algunos países latinoamericanos como México resolvieron
ejercer alguna influencia cultural sobre los destinos de la isla. A México fueron a fines de los ´80 jóvenes y
artistas brillantes, que hoy son cánones de nuestra cultura.

Pero España estaba decidida a retomar su antiguo rol metropolitano y organizó toda una estrategia de
acercamiento cultural y político en torno al año 1992, cuando se rememoraron los 500 años de presencia
española en este hemisferio. Fueron 500 años de algo aún sin precisar: la misma denominanción de la fecha
como “descubrimiento”, “encuentro de culturas”, etc., ya estaba cargada de un hondo contenido ideológico.

El Centro Cultural Español en La Habana inscribe su historia en este ámbito general de los ´90, al que no fue
ajeno la caída del este comunista. La influencia española fue muy beneficiosa en los ´90 en Cuba: se hicieron
exposiciones, los historiadores escribieron sobre lo que llamaron “la historia común”, se viajó a la península con
relativa facilidad con becas otorgadas por el Instituto de Cooperación Iberoamericana, y se hicieron familiares
en La Habana los nombres de universidades españolas.

Estas relaciones, sin embargo, entraron en peligro en 1998. Un día, en un discreto seminario de historia militar,
alguien muy enterado dijo, refiriéndose a la guerra hispano-cubana-norteamericana: “Un ejército extranjero no
puede ser mas que tres cosas respecto a un ejército nacional: cooperante, aliado, o invasor. Yo creo que los
norteamericanos en 1998 no fueron invasores.”

Fue aquella una interpretación historiográfica inusual, toda vez que el diferendo con USA es una de las joyas
más preciadas del castrismo. Días después, en una reunión, el historiador de la Ciudad de La Habana hacía
una interpretaión de la historia de la isla muy complaciente con Estados Unidos, incluso con la primera
intervención norteamericana.

Lss causas de estos análisis inesperados la entendimos después. Se hizo público un diferendo con el gobierno
de José María Aznar y el presidente español fue llamado “caballerito”. La embajada española fue cuestionada,
funcionó, de hecho, bajo la dirección de su encargado de negocios ya que Cuba rechazó la designación de un
nuevo embajador. El Centro Cultural Español fue puesto bajo estricta vigilancia; hasta hace unos días, en que
fue cerrado por el gobierno cubano.

No podemos decir, para ser honestos, que el Centro Cultural Español fue totalmente ajeno a los intereses
políticos cubanos. En 1998 se cumplían, en efecto, 100 años de la guerra famosa que cambió el equilibrio de
las grandes potencias, pero eran también los 20 años de la Constitución Española, de 1978. A pesar de todas
las diferencias, el postfranquismo olía demasiado a postcastrismo.

El Centro auspició una gran conferencia en el Convento de San Francisco de Asís donde un destacado filósofo
valenciano afirmó que la española había sido una “ejemplar transición”, y eso ya era demasiado. La lista de
pensadores españoles que en La Habana declararon simpatías democráticas fue también notable: Ignacio
Gómez de Liaño, Agustín Andreu, José Luis Abellán, Antonio Escohotado, Reyes Mate, José Miguel Marinas y otros
dejaron saber, a veces en privado, unas críticas bastante radicales al orden cubano.

El Centro Cultural Español en La Habana cerrará sus puertas, varios cubanos perderán sus empleos y un
público acostumbrado a visitar de tarde en tarde el llamativo “Palacio de las Cariátides” tendrá que conseguir
una nueva ocupación. Castro ha prometido reemplazarlo por uno nuevo, titulado García Lorca, sin reparar
siquiera que está cometiendo una duplicación innecesaria: Lorca ya está honrado suficientemente en La
Habana. El  Gran Teatro lleva su nombre. Ese nuevo sitio de cultura debe ser bien observado por la comunidad
internacional. Quizás le sirva al Comandante para lo mismo que el llamado Centro de la Cultura Vasca, situado
en una buhardilla frente a la rotonda de la Playa de Marianao, donde las citas con la cultura buscan a veces
muy violentos objetivos.


Jun. 2003.





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