Castrismo y chavismo
Los venezolanos han dado muestras de sagacidad política. No sólo eligieron a Chávez en las urnas para, entre
otras cosas, indicar un rechazo a la política tradicional; ahora se manifiestan contra los resultados de esa
misma elección, extendiendo aún más la crítica al estamento político de la sociedad.
Frente a Chavez el civismo desborda las resistencias cubanas ante el rumbo totalitario de la revolución de
1959. Pero la conciencia cubana no ha querido ver esto; al contrario, en lugar de sacar conclusiones críticas y
autocríticas de esa realidad, hemos preferido salirnos una vez más por la tangente de la insolencia histórica:
según la interpretación al uso, los venezonalos deben su resistencia cívica al autoritarismo chavista no a la
tradición democrática de la sociedad venezolana, o a la ética nacional de sus clases y estratos intelectuales,
sino a la enseñanza histórica del exilio cubano.
Respecto a este exilio han demostrado también un fino olfato político. El arribo creciente de venezolanos a la
ciudad de Miami ha sido acompañado al menos de dos elementos fundamentales:
1-Un denso capital que ha beneficiado las arcas de la ciudad pero subido abruptamente los precios de los
inmuebles.
2-Un discurso político que, tomándole la medida al exilio cubano, ha centrado su prédica en la afirmación de
que el chavismo no es más que una variante del castrismo. Esta tesis, como trataré de mostrar a continuación,
es incorrecta.
La simpatía personal entre Chávez y Castro está fuera de toda duda. Han celebrado juntos los cumpleaños,
disfrutado de las bellezas turísticas de ambos países, cantado y bailado; a la par han aspirado a la gloria y
desafiado el ridículo. Se han ayudado en sus carencias fundamentales: Chávez le ha dado petróleo a la
economía de una isla empobrecida; Fidel le ha abierto las puertas de la Universidad a un líder de escasas
luces y oratoria desechable.
No obstante, esa cercanía personal y familiaridad política (Chávez alcanza a decirle “Germán” al embajador
cubano en Caracas y “hermano” a Fidel Castro) no basta para considerar análogos los regímenes políticos
ensayados en ambos países. El “modelo cubano” es una singularidad en la historia política de América Latina;
estructuralmente tiene que ver más con el tipo de “socialismo real” de matriz bolchevique instaurado en
algunos países de Europa del Este y Africa, que con las variantes del nacionalismo populista regional. De ahí
que la disidencia cubana se haya formado a imagen y semejanza de la heterodoxia comunista, y no de los
movimientos de sublevación local que tradicionalmente han desafiado en Latinoamérica a los centros
despóticos.
Chávez, por su parte, es un caudillo militar que, en una nueva etapa histórica globalizadora (se trata de un
proceso inacabado), completó en las urnas el camino que empezó en el intento de un pronunciamiento militar
tradicional. Toda esta historia puede comprenderse fácilmente con la lectura de la novela Oficio de difuntos, de
Arturo Uslar Pietri.
Castro ha emulado al secretario general de un partido, Chávez, a un caudillo supremo sin mucha imaginación.
Castro pertenece a la genealogía de Stalin y Ceaucescu; Chavez, a la de Rodríguez de Francia o Trujillo.
Una dictadura puede ser constitucional (lo es generalmente); y ese chance está al alcance de Chávez, quien no
tiene más que declarar un estado de excepción según los patrones legales. La constitucionalidad de un estado
totalitario como el cubano es fútil; el poder se constituye previamente y al margen de lo constitucional y se hace
de una Carta Magna apenas para lograr una legitimidad centrífuga, de cara a la opinión internacional.
Chávez debe doblegar a una oposición nacional, Castro eliminó las bases socioeconómicas de la misma. El
nacionalismo de la oposición cubana es puramente retórico, una suerte de prejuicio moral rescatado en el
discurso; sencillamente no hay un estrato económico nacional capaz de sostener una oposición nacional. Es la
burguesía empresarial del exilio y el capital extranjero quienes de veras trabajan (y gastan) por implantar
algunas reformas en aperturistas en la isla.
Es infantil creer que la política de una clase prexista a la propia clase que trata de representar. Esa sola
diferencia distancia a los regímenes políticos de Chavez y Fidel Castro.
Pero hay más. En el mundo contemporáneo parece ponerse de moda el concepto de “mundo al revés”, tan
frecuentado por el Siglo de Oro de la literatura española. Gracias a ese mundo al revés pudo Sancho gobernar
una ínsula; y también puede Chávez, un exgolpista, acceder al poder en elecciones democráticas. En otra
inversión de la lógica tradicional, mucha “gente bien” se lanza a las barricadas callejeras para responderle,
usurpando el lugar tradicional de los descamisados. La plebe al palacio de gobierno; la “jet set” a vociferar
como la chusma.
Chávez es un teniente coronel; Fidel Castro, el comandannte en jefe. Esos grados militares muestran que el
venezolano no ha podido consumar el poder absoluto del cubano. La sociedad le ha resistido; la historia
venezolana (“prechavista”) ha quedado en pie.
Miami marca otro punto diferente entre ambas políticas. Mientras a Fidel Castro se le reprodujo aquí esa clase
alta que le despreció (y que más odiaba mientras más la pretendía), creando un patrimonio incluso superior al
que él le escamoteó, Chávez se ha apurado en generar un exilio favorable en el sur floridano. Hay oposición a
Chávez en Miami, como es lógico, pero hay también un paradójico chavismo “exiliado”, lo que incluye la
existencia de publicaciones y grupos de inversión.
Y por si no se sabe, añado además que hay ya en Miami una comunidad castrista y también sandinista, muy
activas y hasta solventes en algunos casos.
En política exterior el chavismo y el castrismo se caracterizan por un trato habil y muy cuidadoso hacia los
Estados Unidos. Ambos esquemas han barajado la eficiente fórmula de crítica discursiva y colaboración (a
veces servil) a través de la diplomacia secreta. En Miami se dice que “los americanos apoyan a Chávez”; se ha
cuidado mucho de incomodarlos, aunque en el fondo anda deseoso de encontrar un gran enemigo que le
permita redondear la demagogia libertaria y legitimar el autoritarismo.
Mientras la televisión (oficialista) cubana da una imagen de estabilidad en Venezuela, en Miami tal parece que
Chávez se cae todos los días. Quizás la situación real equidiste de esas versiones. La gente espera que en el
punto de la longevidad en el poder, también se distancien el chavismo y el castrismo.
Homestedad, enero-2003.