Bush y el fascismo.

A sesenta años de su derrota militar no está ya tan claro que llamar “fascista” a alguien sea una ofensa.
Hemos asistido al resurgimiento de grupos neonazis con algunas oportunidades políticas y, además, a una
suerte de estetización del fascismo aceptada con ingenuidad por algunos círculos intelectuales. Casi me
muero cuando una de las personas de mayor delicadeza artística que he conocido me contaba, con cierta
fascinación,  acerca de la sensibilidad musical de un oficial nazi y de la gallardía con que algunos
prisioneros, asesinos probados, se entragaban a las tropas aliadas.

A pesar de estos retrocesos en el rechazo incondicional del holocausto, llamar a alguien “nazi” es
considerado todavía un atentado contra el honor. Por cierto, deberíamos ser consecentes y considerar
también delictivo llamar a alguien comunista, por lo menos stalinista, pues este bando, a pesar de ser
victorioso en la guerra, no se quedó detrás en la perpetración de crímenes contra a humanidad.

Como se puede comprobar en las pancartas de algunas manifestaciones antiglobalizadoras o abriendo
algunas páginas electrónicas, es cada vez más frecuente acusar a Bush de fascista, específicamente de
nazi.

En la prensa oficial habanera, por ejemplo, estuvo de moda escribir el nombre del ex-presidente Richard
Nixon utilizando una swástica en el lugar de la letra X, tradición ofensiva que llevó a una bárbara
declaración cuando murió Ronald Reagan y alcanza ahora a presentar a Bush con un bigote recortado a lo
Hitler.  

Por alguna razón todavía sin estudiar la izquierda ha sido muy grosera y desbalanceada a la hora de
polemizar; ya en 1838, mientras estudiaba en Berlín, Marx recibe una carta de su padre donde le advierte:
“Sueles ser más apasionado que equitativo”. La historia del marxismo es entre otras cosas la biografía de
una enemistad interminable. La decisión de acusar a Bush de fascista se puede entender como parte de
esta tradición ofensiva; aunque algunos agregan que al hacerlo Fidel Castro se está adelantando a endilgar
al otro lo que le pega a sí mismo; juzga por su condición, como reza el refrán. Y en efecto, aunque las
analogías histórcas no son absolutas, no es difícil considerar paralelos entre las formas de ejercer el poder
bajo el fascismo y bajo el castrismo.

Pero este afán por llamar fascista al presidente norteamericano rebasa el ámbito propagandístico y se abre
paso también en publicaciones y autores que podemos considerar más vinculados a lo intelecrtual, incluso
al nivel teórico de la ideología. En mi opinión este desbordamiento obedece a la decrepitud filosófica de la
izquierda. Al revivir el fascismo, pretende reactualizar las doctrinas que se le opusieron, entre ellas el
pensamiento de corte antitotalitario y con base social de inspiración marxista.

Como puede comprobarse a primera vista, el pensamiento político de la izquierda está esclerosado; ni
siquiera ha podido elaborar un proyecto al cual aspirar positivamente. La izquierda actual es apenas un
movimiento de activistas situado a la riposta que basa su prestigio intelectual el competencias extrapolíticas.
De ahí que, de manera perversa, los izquierdistas dependan de la iniciativa de los propios poderes que
dicen rechazar. La víctima renta la culpabilidad, saca ventajas del proceso sin desear, en el fondo, que
exista un veredicto. No habría nada más dislocador del activismo de izquierda de hoy que una victoria de
Kerry en noviembre. Una reelección de Bush les permitiría más coherencia. Ellos lo saben y el el fondo lo
desean.

La izquierda es negativista: está, o dice estar, contra Bush, contra la Guerra, contra la globalización. En ese
orden. Detrás de todos estos prejuicios no hay una plataforma teórica sólida, por eso, además de la
polémica, la izquierda echa a mano a un ridículo romanticismo que tiene en los años `60 su gloriosa edad
media y en el pensamiento antifascista la única posibilidad de exhibir una galería de pensadores ilustres
que pueden “revisar” en aras de los nuevos objetivos. La “relectura”, el “volver a”, es la faena intelectual más
socorrida de esta crispada tendencia política.

Emilio Ichikawa.
Julio-2004.
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