¡Buenos días South Florida!

         
¡Good morning Orlando!
!Good morning Miami!.
!Good morning Tampa!

Cuando Jurgen Habermas habló de “identidades postnacionales” se refería apenas a una permanencia del
“sentimiento de nación” por encima (supra), por debajo (micro) y a través (trans) de la entidad política moderna.
Como alertara Iván de la Nuez en un texto pionero en nuestro contexto, nos percibimos cierta vez “aperplejados” en
una crisis de lo nacional, pero que no acabó en una mutilación sino en una rectificación. Aún más: en una
multiplicación.

No es que hayamos perdido la identidad, es que tenemos muchas. La ciudadanía postmoderna se experimenta en
el énfasis fragmentado de la lealtad tradicional; en ese sentido podemos rectificar a San Agustín: “Yo soy diez (cien,
mil, quinientos mil clamando), y estoy en cada uno de los diez por completo”. El ciudadano de la globalización es un
prostituto civil que resiste regresar a casa; pero que a la vez teme mudarse definitivamente.

Los mismos cubanos hemos acabado ajustando a la diáspora la gestualidad nacionalista: cada quien cree que
está exiliado en el mejor lugar del mundo, aunque ame y odie esa pertenencia. Incluso el exiliado estático, que es
una suerte de emigrante vegetativo, onírico, literario, se fuga encajándose en su barrio; en Ciénaga, por ejemplo.
Está tentado pero a la vez teme refugiarse en Coral Spring; o en Glade que, curiosamente,  es lo mismo. Como le
gusta escuchar al amigo William Navarrete en buen tono volteriano: “Cada exilio es a su vez (y no obstante) la mejor
de las islas posibles”.

Quienes están en Sudáfrica, Honolulu, Alaska o Chile creen que viven  inmejorablemente porque se ubican lejos del
cubaneo, quienes están en Union City o Hialeah consideran lo mismo porque están en medio de él, los que viven (o
la vida los puso) en México, Madrid o San Juan porque están en la mitad. El cubano jamás da su identidad a torcer.

Quizás el futuro de Cuba, además de tomar en cuenta las identidades centrífugas, deba considerar un
fortalecimniento de las identidades centrípetas. La existencia de núcleos regionales fuertes dará más facilidades
para circular los prestigios; las clases y los egos encontrarán circuitos accesibles de realización. El regionalismo
dará una suerte de seguro piadoso contra las  dictaduras: soportará sin dudas el autoritarismo, pero no el
totalitarismo. La descentralización capilatina es uno de los diseños prioritarios del postcastrismo. No existe por
demás ninguna razón para mantener un solo polo geográfico de representatividad política. En fin de cuentas, al
menos por contrasentirlo, dos tiranos es mejor que uno: la tiranía doble es una tiranía inconsecuente. ¿Una
democracia?.

Las identidades, pues, se contraen y se dilatan con razones y afecciones a veces imperceptibles. Se cierran y se
abren en los espacios sin otra evidencia que el sentimiento efectivo de las mismas. Un habanero de Bauta, por
ejemplo, puede percibir a San Cristóbal y Racho Mundito como territorios vecinos, mientras Madruga y Bainoa le
parecerán rincones distantes. Perico y Limonar están, religiosamente hablando, muy cerca de Guanabacoa; así
como Manicaragua y Guira de Melena se avecinan en la música campesina aunque se le atraviese la geografía.

Pero hay ejemplos más espectaculares de movimientos centrípetos. Cuando se habla de “poesía cubana” pocas
veces se dice que hay quien cree que se trata en verdad de “poesía villareña”, aún más, de “poesía de Cabaiguán”.
Pero esto último es todavía una abstracción bajo la que se esconde una identidad más compacta. El escritor Sindo  
Pacheco  me ha asegurado que no se trata de Cabaiguán sino apenas de un par cuadras del pueblo donde, por
alguna razón, se dan los poetas.

La perdición en este inmenso continente que es los Estados Unidos se modera también con ejercicios locales
identidad. Uno de ellos es ese sentimiento asociado al sur de la Florida como entidad cultural. Entre Orlando y
Miami, al igual que entre Tampa y Hialeah, hay una distancia de unas tres horas y algo en automóvil. A veces “tres
horas y”, si se hace el trayecto a 85 o 90 millas por hora violando la velocidad indicada que es 65 mph. Ojo: un
puente imaginario permitiría ir de Cayo Hueso a Mariel o Caibarién en una hora; si ese rumbo imaginario se hace
en un real Chevrolet Suburban o un Ford Excursion; incluso en un simple “mazdita” o un “subarito” si va al timón un
tipo decidido.

Para un residente en Miami, Orlando no es en verdad un lugar fuera de la ciudad. Se dice Dade County como decir
Orange County. Durmiendo una noche en cualquier hotel, se puede trabajar regularmente entre las dos ciudades.
Se puede noviar entre Miami y Tampa; descansando una vez entre semana y reportándose de viernes a domingo,
como ha hecho un amigo que se acaba de casar, y a quien llaman por teléfono desde Miami para consultarle
direcciones del pueblo. El inglés que se habla en Miami, con acentos inconfundibles, se identifica en Orlando;
además de ciertos comportamientos y formas de bailar. En Orlando un miamense está como en casa; igual que en
Tampa. No se va de Miami a Ybor City a “hacer turismo” sino a visitar un primo o tomar alguna copa en el Coyote
Ugly de la zona; como tampoco se llega a Orlando para irse inmediatamente a Disney o Universal como si no se
pudiera regresar jamás.

De la misma manera, en todos los puntos de South Florida se comparten e interfieren frecuencias de radio,
periódicos y televisoras. Hay noticias que son de mutuo interés y las afecciones del tiempo suelen compartirse con
horas, a veces minutos de diferencia. Podemos disfrutar el mismo sol o ser partidos al medio por el mismo viento.
De Miami a Orlando se “sube” o “baja” como parte de un tránsito cotidiano, que tuerce al oeste implicando a Tampa
e interesa accesoriamente a Titusville, Cape Canaveral, Naples, Cape Coral, Coral Spring, Pembroke Pine, Daytona,
Palm Beach, San Petersburg, Fort Myers, Kissimmee, Fort Lauderdale, etc.

Los Cayos, La Habana y North Florida constituyen, frente a estos tópicos, unas identidades alternativas aderezadas
con otras diferencias. Producto de esta abundancia la identidad puede ser por ello una angustia, por momentos
más fácil de rechazar que de ignorar. En el mundo postmoderno el vértigo y la ansiedad son también formas
amenas del patriotismo.

 

 


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