El arte de agradar. (Acerca del individuo y la alegría)

Para Leonardo.

I.

Como he apuntado en otras ocasiones, estoy convencido de que el hombre moderno ha gastado demasiadas energías en su empeño por agradar. Acción a veces futil desde el punto de vista de la bondad, porque la mayoría de las veces esta operación de cosmética moral no significa otra cosa que una vanidad en centrífuga, desconcentrada. (LO INTENTA EN CUERPO Y ALMA; MAQUILLAJE DEL CUERPO Y MAQUILLAJE DEL ALMA).

Este rasgo es casi patológico en el contexto de la demopsicología hispanoamericana, en la cual se inscribe, a modo de subcultura (cultura “nacional”), el estilo de vivir entre cubanos. Hay en España dos monumentos de cuidado: una estatua a la envidia en Aranjuez y una hermosa escultura al ángel caído en el parque de El Retiro, en Madrid.

No son homenajes aislados. El ángel en desgracia es quizás el único que pudo haberse librado de la envidia, por lo que frecuentemente la conciencia hispánica vincula el amor, la humildad, la pobreza, hasta la indigencia a la bondad y la felicidad. Esta relación subyace en muchas telenovelas popularizadas en la región en los últimos años.

En su libro El hombre y lo divino Maria Zambrano llamo a la envida “mal sagrado”; mientras, Jose Lezama Lima calificaba al “chisme” o comentario rebajador que siempre la escolta como “enemigo rumor”. Es difícil la convivencia entre personas que asumen el mal como una suerte de religión; o que reinterpretan las creencias y mitos en ese sentido. El mal se hace entonces santo y sacrílego; impulsa a veces hasta al mismo bien, cuando se trata de hacer mal a una persona solidarizándose con su enemigo.

Holderlin solía identificar a lo sagrado con la naturaleza. Si la envidia fuera una inclinación natural del hombre, solo que potenciada en ciertos contextos de convivencia, habría que amoldarse a ella. De lo contrario, habría que exorcizarla, aun cuando la pretensión estuviera condenada al fracaso.

Por alguna extraña razón a la alegría se le percibe de manera solemne; es contraproducente que Beethoven le haya dedicado un himno, y que las corales apunten a una especie de infinito tremendo y no al discreto individuo que es, en fin de cuentas, el verdadero soporte de lo alegre; quien lo hace y quien lo disfruta. La alegría, es cierto, lleva aparejada algo de plenitud; pero debe redondearse con un descenso a la tierra y no
con una disolución en la eterna divinidad.

La alegría, cuando se mantiene en los límites de la simpatía y la felicidad centrípeta, da paso a una mejor disposición para las tareas cotidianas; si su ultima fase es el arrobamiento trascendental, su clausura implicará una resaca, y esta, la tristeza que hace tonta a la inteligencia y exánime al cuerpo.

En cualquier caso, creo que el único remedio en torno a la envidia, que es un mal sagrado vinculado el descontrol de la estima, radica en el sentimiento de un fuerte y alegre individualismo. En el panorama filosófico de la modernidad, Leibniz y Spinoza insistieron suficientemente en estos valores éticos.

II.

La filosofía de Spinoza es un claro ejemplo de lo que solemos denominar “monismo”. Me decía un amigo que este gran pensador se ganaba la vida puliendo lentos, lo que ha significado para mi siempre un emblema. No solo por considerar que el gran aliado de la filosofía es “el oficio”, sino por hacer evidente que su trabajo era aclarar la vista a los demas. Fue Baruch Spinoza fue descendiente de una familia de judíos portugueses; nació
en Ámsterdam el 24 de noviembre de 1632 y murió el 21 de febrero de 1677, con 44 años, de tuberculosis. Un gran filosofo “racionalista” abandona el mundo por una enfermedad “romántica”.

Spinoza afirma un principio universal que llama Sustancia; a veces Naturaleza y otras veces Dios. De esa Substancia, regida por un estricto orden que califica de “geométrico”, se derivan infinitos atributos; pero en el mundo de los hombres solo se conocen dos: el pensamiento y la extensión (que define al cuerpo). De la combinación de estos atributos se conforman los modos; y eso es precisamente el ser humano: apenas un modo de la Substancia primera. Pero un modo complejo, ya que reúne en si mismo los dos atributos posibles en nuestra perspectiva: la extensión y el pensamiento.

La Substancia resuelve, identificándolos, la relación entre sus atributos. El pensamiento y la extensión están subordinados al mismo orden (geométrico) sustancial, donde todo se establece con fuerza de necesidad. Por esta razón, para Spinoza no habrá libertad mas que como conocimiento y dominio de la necesidad; como acercamiento a las reglas de esa substancialidad, que es el orden geométrico que rige a lo existente.

La estructura de su Ethica, que declara explícitamente geométrica, no es solo un recurso externo y formal de exposición (si fuera la forma un elemento secundario, que no lo es). Es el resultado del firme convencimiento de que tal es el orden de lo real. De cualquier modo, hay en la Ethica un orden declarado y otro subyacenye, que es quien pauta el mensaje moral del filosofo.

La Substancia es infinita, no hay otra del mismo rango que la limite o que constituya, junto a ella, un “segundo infinito”. Como se adelanto, infinitos o mejor innumeros, son también sus atributos; entendidos por Spinoza como aquello que el entendimiento percibe en la misma Substancia como constitutivo de su esencia. Esto conduce también a la misma dimensión en cuanto a la existencia de los modos.

La necesidad reafirma la infinitud de la Substancia, el orden geométrico que le es inherente. Ella es la necesidad misma, por lo que no puede existir nada mas alla de ella. Todo se deriva de la Substancia, y es Substancia también ese derivar mismo. Como decía el filosofo, tanto “naturans natura” como “natura naturata”; lo creado y la fuerza creadora.

Los postulados generales de Spinoza tienen una repercusión directa en el plano de la antropología filosófica. En su concepción, el alma y el cuerpo dejan de ser entidades especiales (como habia establecido Descartes) para significar no mas que predicados de una naturaleza unica. Disuelve, pues, el dualismo cartesiano; dice Hegel en sus Lecciones de historia de la filosofía que “como judío que es”. (Edic. cit. T. III, p.280).

Spinoza injerto en la filosofía cartesiana el pensamiento oriental de la identidad absoluta en Dios, superando así el cartesianismo de inspiración y terminológico expuesto en una temprana obra titulada Principios de cartesio, probados por el método geométrico. Después de esto, poseedor ya de un punto de vista muy particular, publico sus mas conocidos trabajos: el Tratado teológico-político, y su imprescindible Ethica.

En esta obra Spinoza nos conduce con innegable consistencia formal a traves de definiciones que, al final, dejan listo el campo filosófico para la predica doctrinal; es decir, para la exposición de sus ideas políticas y morales.
Su punto de partida es la definición de Substancia como “causa sui”. La esencia de la Substancia es existir; ella existe esencialmente. Y postula como regla necesaria: “Por causa sui entiendo aquello cuya esencia (o concepto) implica la existencia; o sea, aquello que solo puede concebirse como existente”.

Spinoza esta fijando la unidad entre el pensamiento general (esencia, concepto) y la existencia. Por otra parte, esta disolviendo, “levantando” (tal y como habia hecho con la contraposición cartesiana entre res extensa y res cogitans) en la concepción de causa sui las diferencias entre causa y efecto. No anula como Hume, sino disuelve la contraposición que encierra la relación de causalidad.

La Substancia se produce a si misma; por tanto, la manera tradicional en que pensamos al efecto como opuesto a la causa, pierde aquí vigencia. El contraste es negado en este concepto especulativo: se trata del círculo, de la autogénesis; en fin que con el concepto de causa sui queda definido el infinito.

Spinoza pasa entonces a definir lo que entiende bajo en signo complementario de la finitud. Señala: “Se dice finita en su genero aquella cosa que puede ser limitada por otra de la misma naturaleza”.

Para que una cosa limite a otra deben entrar en una relación; para ello deben tener un algo común que las identifique precisamente en el punto en que se producirá el “corte”. Un cuerpo, por ejemplo, solo puede ser limitado por otro cuerpo con el que comparta el atributo de la extensión; y un pensamiento, por otro pensamiento. La Substancia no cabe pues en esta definición de finitud y que no existe nada de su rango con la que pueda entrar en relación. Ella es una vez mas causa sui, y solo se relaciona consigo misma. Por la misma razón son finitos los atributos y los modos, puedes entrar en una relación de limitación mutua.El filosofo aporta también, siguiendo la sistematicidad geométrica, la definición de atributo: “Por atributo entiendo aquello que el entendimiento percibe como lo que constituye la esencia de la cosa”.

A Hegel le satisfizo muy poco esta definición spinocista por el hecho de presentar la actividad percipiente como exterior a la sustancia misma. El conocimiento de si aparece como fuera del concepto, lo que hace incompleta la dimensión de autosuficiencia.

Los atributos conocidos, que son el pensamiento y la extensión, constituyen una esencia, pero no de la Substancia, sino para el entendimiento; es el entendimiento quien les aprecia como esencia de la Substancia. Esa cualidad se da en su consideración, y por ello, aparecen como un “afuera” de la Substancia.

Todo parece indicar que no pertenece a la Substancia el entendimiento capaz de pensarla “El atributo es lo que el entendimiento piensa de Dios”, dice Spinoza. La escisión que aporta la preposición “de” en lo que debería ser autoconciencia que se cierra sobre si, justifica planamente estas interrogantes que apunta Hegel en sus Lecciones de historia de la filosofia (Edic. cit. p.290): “?como puede aparecer fuera de Dios, el entendimiento capaz de aplicar a la sustancia absoluta las dos formas del pensamiento y de la extensión??Y donde aparecen, además, estas dos formas?”.

Continua la exposición de Spinoza con la definición de “modo”. Dice: “Por modo entiendo las afecciones de la sustancia, o sea aquello que es en otra cosa por medio de la cual también es concebido”.

En verdad, Spinoza no debió ajuntar definiciones en busca de exactitud sino hacerlas deducir unas de otra. Fue este, por cierto, el ardid “expositivo” (y al que otorgo fuerza real) utilizado por Hegel en su Ciencia de la lógica. Afirmo a la Substancia como lo general concreto, contentivo de todo lo que se dará como existente. Pudo llamar “particular” a los atributos, que participan de la Substancia a la manera en que el hijo y el padre participan de Dios; por ultimo, considero a los modos en el sentido de lo individual, que es lo finito como tal manifestado en su relación externa con otra cosa. Aquí no hay discontinuidad; todo es uno y tres, la misma Substancia manifestándose en momentos diversos que de hecho también pertenecen a su concepto.

Otras definiciones spinocistas, como el infinito y la eternidad, ya entran en la parte teológica de la filosofía; es decir, en el conocimiento especifico de la Substancia, naturaleza o Dios.

La afirmación de este orden en el marco de una Ethica le permite a Spinoza exponer consecuentemente sus ideas políticas, morales y religiosas; marcadas por un peculiar “liberalismo” basado en la necesidad y la tolerancia.

Si el orden es, efectivamente, necesario, Spinoza puede negar un capitulo importante de la vida de Jesús, clave
en la estructura de la doctrina cristiana: los milagros. El milagro, por definición, se fundaría en una falsa creencia filosófica: la separación de Dios y la naturaleza como potencias diferentes.

Si en la naturaleza ocurriera algo contrario a sus leyes (un milagro) esto significaría que escapa a Dios mismo, que es quien dota a la naturaleza de orden. Es inaceptable en el marco de la doctrina espinosista, donde la naturaleza es también Dios.

En ultima instancia, si se admite que esos eventos milagrosos ocurren por consenso divino, esto seria como admitir que Dios esta dispuesto a actuar en contra de su propia naturaleza. Es fácil imaginar la preocupación que estas cuestiones provocaron en los medios cristianos. Recuerdo ahora que en la novela Reina de la vida el escritor cubano Benigno Nieto hace apunta: “El milagro es como un beso de Dios”; definición con la que Spinoza hubiera estado de acuerdo. Un beso es un desliz sentimental impensable en un orden necesario; una imposibilidad. El milagro es “como si fuera” un beso de
Dios. Pero no lo es.

Spinoza opta entonces por la totalidad necesaria, por la Substancia ordenada geométricamente, y deja fuera de su sistema de pensamiento al milagro. Esta Substancia es “causa sui” y solo alcanza a ser definida por ella misma. No es, como otras veces se definió en filosofía, “razón”, pues la razón se hace humanidad y el hombre
es solo un “modo” tan complejo como finito; ni es tampoco “causa” pues incluye además todo lo causado. Hay que decir que, en plena modernidad, a la filosofía de Spinoza nos devuelve plena de actualidad el pensamiento de Aristóteles, quien también concebía a la Substancia como totalidad: unidad de materia y forma, de potencia y acto.

La relación de los “modos” con la Substancia también sitúan a Spinoza en los bordes de la reflexión teológica. Para explicar la manera en que los modos provienen de la Substancia se puede probar con dos explicaciones posibles: por creación o por emanación.

La primera via se desecha ya que la creación supone elección, voluntad, arbitrio, libertad, y en el universo
spinocista el orden es de carácter necesario. La segunda alternativa, la emanación, tambien es descartable,
porque se ha predicado la inmovilidad, y para emanar hace falta desprendimiento, movilidad espacial.

Como muestra la Ethica, de la Substancia los modos brotan a la manera en que en geometría transitan entre si las definiciones, los teoremas, los corolarios, las demostraciones. La necesidad que posee y expresa la Substancia es una necesidad geométrica.

A todo lo anterior hay que agregar otra propiedad de la Substancia según la definición VII de la Ethica: “Se dira libre aquella cosa que existe por la sola necesidad de su naturaleza y se determina por si sola a obrar…” Si esto es así, puede afirmarse que lo único absolutamente libre es la Substancia, y lo es dentro de su propia necesidad.
Todo esto significa que la Substancia muestra las siguientes características fundamentales:

1)-Existe. Su esencia es existir y solo puede pensarse como existente.
2)-Es lo uno, única. Porque de haber más de una Substancia, digamos dos como en Descartes, esa otra tienen que poseer sus mismos atributos; pero si los posee, ya no serian dos sino una sola. Y si para establecer la diferencia que elimina la unidad, se le resta algunos de esos atributos, estaría limitada respecto a la otra y ya no seria absoluta, lo que es necesario para acceder al rango de la sustancialidad.

3)-Es inmóvil, como el Ser de Parmenides.
4)-Es eterna en esa inmovilidad. No participa del tiempo ya que el tiempo es un fluir reñido con la inmovilidad.
5)-Es autosuficiente; “causa sui”.
6)-Es infinita; es decir, cierra en circulo, vuelve siempre sobre si misma.
7)-Es la totalidad, la plenitud. No podría desaparecer ya no tiene donde hacerlo. Si desapareciera, tendría que ser dentro de si misma, pero eso ya no seria desaparecer sino conservarse.
8)-Es libre en su propia necesidad.

Al llamar Ethica a su obra fundamental Spinoza revela cuales son sus intenciones ultimas: una explicación del mundo humano y de sí mismo, ya que toda creación es, en fin de cuentas, una suerte de “egología”: un intento de revisión del “yo”.

El ser humano no escapa a ese orden estricto que otorga Dios; de esa manera, cuando el hombre obra lo hace siempre con algún aliento de divinidad, por lo que debe tranquilizar su animo y aceptar serenamente el curso de las cosas.

Confiado en su orden, Spinoza construye una geometría de las pasiones; entre las que destaca dos fundamentales:

1)-La alegría, que es la pasión que va unida a la conservación y perfeccionamiento del propio ser.
2)-La tristeza, que es la pasión que va unida a la destrucción del propio ser.

Cuando la alegría y la tristeza se acompañan al conocimiento de una causa externa que las produce, se generan otras dos pasiones: el amor y el odio. El amor es una pasión a través de la cual el hombre busca lo que le causa alegria, y el odio, una pasión que sume al hombre en la tristeza.

Los filósofos coinciden casi todos en tratar al amor como una relación donde no prima lo racional. El estado de jubilo en que viven los amantes excede positivamente la normalidad; de ahí que no sea una condición tipo para hacer juicios certeros. Como se ha dicho con anterioridad, el enamorado es por lo general monotemático y
tonto; “como el enfermo”, acoto una vez el escritor Carlos Victoria.

En las anteriores definiciones de Spinoza habría que considerar a esa especie extraordinaria de amor que se lleva a cabo en los limites de la destrucción. O se le niega como amor, o se le introduce con un carácter pasajero que prepara el advenimiento de una tristeza radical; una suerte de antesala del acabamiento. El amor spinocista, en cualquier caso, y aunque implique una redundancia, esta ligado a la “amabilidad”, a la
alegría, y cualquier especie de relación que funcione en términos de “victoria” y “derrota” esta descalificada en el contexto de esta visión del mundo.

Para Spinoza las pasiones, por cuanto obedecen al estricto orden geométrico, poseen carácter necesario. Una pasión solo puede ser reprimida y destruida por otra pasión contraria y más fuerte; argumentar racionalmente contra lo pasional es por ello inútil, no existe ese elemento común que permita establecer una relación.

Por eso, contrariamente a otros filósofos, sostiene que el conocimiento no puede asegura la liberación de las pasiones pues el mismo no lleva implícita pasión alguna. Y como ya señaló el propio Spinoza, un fenómeno solo puede ser limitado por otro del mismo género. El conocimiento apenas puede ayudar a un individuo a dominar las pasiones cuando el mismo conocimiento se convierte en pasión; es decir, cuando adquiere el mismo genero que aquellas y puede entrar en relación.

Parmenides de Elea sugirió alguna vez que solo el conocimiento persuade. El conocimiento es suave, amable; la ignorancia es violenta. Spinoza siempre vinculo el conocimiento racional, el contento y la alegría. Como sugirió una vez el filosofo Incola Abbagnano, que le conocía profundamente, quien sabe que todo deriva de la necesidad divina, y sucede según las leyes y reglas eternas de la naturaleza, no encontrara ciertamente nunca nada que merezca odio, risa o desprecio, ni tendrá compasión de nadie; sino que en cuanto lo comporta la virtud humana se esforzara por obrar bien y estar contento.

III.

La llamada alternativa a la necesidad y sustancialidad de Spinoza la presenta Gottfried Wilhem Leibniz, un filosofo de la libertad y la individualidad. Nacio en 1646, en Leipzig, donde su padre enseñaba filosofía. Estudio jurisprudencia y matemáticas en Jena y mas tarde, en Nuremberg, entro en relación con los alquimistas. Fue diplomático y consejero de Maguncia y llego a ser en Viena consejero imperial del Príncipe Eugenio. Murió en
Hannover, en 1716.

No dejo una obra sistémica; su filosofía aparece desperdigada en ensayos, cartas y polémicas. Según Wolf, la Teodicea, una oposición popular al pensamiento de Bayle, es su mejor obra. En ella trata de justificar a Dios por los males del mundo.

Hegel y Buhle señalaron que la filosofia de Leibniz, mas que un sistema de pensamiento, era un conjunto de hipótesis sobre la esencia del universo. “Novela metafísica” la llama el primero, por la forma en que aparecen conectadas sus hipótesis. Establece el filosofo, en efecto, relaciones externas entre sus ideas; pero mas que una insuficiencia expositiva se trata de una convicción filosófica. El mismo Leibniz apunto: “Como tales relaciones no pueden tener lugar, no queda otro camino que establecerlas”.



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