ANTIGLOBALIZACION Y CAPITALISMO

En uno de los pasajes de mayor inspiración profética de "La democracia en América", Alexis de Tocqueville aseguraba que el futuro del mundo tenía dos pretendientes fundamentales: Rusia y América (Estados Unidos). La primera podría lograr la hegemonía a través de la espada; la otra, con el arado. Guerra y trabajo eran, según Tocqueville, las fuentes más seguras del poder mundial.

La profecía de Tocqueville se ha realizado parcialmente: América se ha situado a la cabeza de los tiempos que corren. Usando el arado, es cierto, pero también la espada.

Cuando el proceso de internacionalización de la economía capitalista se disparó a mediados del siglo XIX, norteamérica no regía el destino de ese orden mundial. Tampoco Rusia, por supuesto. En la primera exposición
universal, las mercaderías norteamericanas apenas alcanzaron a cubrir el espacio que habían reservado en el Palacio de Cristal, si bien lograron llamar la atención apelando a lo espectacular, signo que acompañaría
posteriormente a todo el desarrollo capitalista de la nación del norte. Digamos solo que las esculturas presentadas por los norteamericanos, por tener pedestal rotatorio, opacaron a las calificadas obras expuestas por los italianos.

El proceso de internacionalización tecnológico y productivo del capitalismo fue celebrado por Marx y Engels en las primeras páginas de "El manifiesto comunista"; ellos creían que este desarrollo no era más que la antesala de la utopía comunista, formación social que exigiría un alto desarrollo de las fuerzas productivas (para usar
su misma terminología). Esta premisa fue la que llevó a Marx a celebrar la expansión del capitalismo sobre algunos países de lo que hoy conocemos como América Latina, lo que constituye uno de los puntos más polémicos para la izquierda marxista latinoameriacana.

Lo que hoy entendemos como proceso de globalización puede ser comprendido como una radicalización, en la
época de la tecnología informática y biotecnológica, del proceso de internacionalización de la economía capitalista a que asistió Marx, jubilosamente, a mediados del siglo XIX. Y esta situación genera por lo menos una paradoja:

-La izquierda anticapitalista de corte marxista debería celebrar antes que criticar este proceso de globalización; resulta que según la fuente doctrinal marxista, tal evento contribuiría al fin del capitalismo.

La única alternativa a lo anterior es una crítica decidida a las posiciones políticas de Marx, al menos de aquellas que le llevaron a hacer juicios bastante cuestionables sobre realidades que desconocía, como es el caso de lo que identificamos como América Latina.

Si entendemos la globalización como una suerte de metástasis mundial del capitalismo, la antiglobalización debe ser comprendida también en estos marcos; es decir, como una reacción a ese crecimento expansivo. Por supuesto, el movimiento anticapitalista tiene diversos niveles de radicalidad, y va desde la reforma hasta la misma revolución nihilista. De ahí que encontremos en las calles de Miami, durante la reunión del ALCA, textos con proyecciones antiguerreristas, antinjerencistas, antinorteamericanos, antimperialistas y anticapitalistas, en el sentido más abarcador.

No abuso del prefijo "anti" para caracterizar las facciones presentes; lo utilizo intencionalmente para indicar que se trata de grupos que tienen más claro aquello que rechazan, que la meta positiva que persiguen. Esta indefinición es particularmente notable en aquellos inconformes que provienen del mundo intelectual y cuyas ideas se estructuran alienadas de las realidades que tratan de encarar; hemos visto que en ocasiones se enfrentan a aquellos mismos que dicen defender. Hay que reconocer que sectores con intereses más definidos como agricultores, pequeños negociantes, empresarios con fábricas de bajo perfil tecnológico, empleados a punto de despido, etc., tienen plataformas más coherentes y formas de lucha más realistas. A ninguno de ellos
se le ha ocurrido, por ejemplo, que Miami Beach sea una de las causas de los bajos salarios en latinoamérica.

La comprensión de la globalización como resultado lógico del desarrollo tecnológico y productivo del capitalismo internacional conduce al problema de su inexorabilidad. ?Es reversible o no este proceso? Si no es reversible: ?vale la pena oponerse a él?.

A pesar de ser un resultado lógico del capitalismo occidental, el proceso de globalización no es irreversible. Al menos no es seguro que sea "universalizable", como tampoco lo es que lo sean los fundamentos mismos de la civilización (la occidental) que le dió origen; la democracia o la libertad, como los ejemplos más publicitados. A la globalización se le puede oponer, y sobreponer, cualquier forma irracional de organización humana (un fundamentalismo nacional, por ejemplo), o una "racionalidad alternativa" que aún desconocemos. Ahora bien, lo que sí está claro que es que el movimiento antiglobalizador, lejos de significar una alternativa a la globalización, es dependiente de la misma; lo mismo cuando se presenta como su negador, que cuando lo hace en la forma más convincente de nivelador de los excesos e injusticias de la tendencia globalizadora.

El movimiento antiglobalizador es muy profesional en el manejo de las imágenes, es diestro en la comunicación y el uso de medios computarizados. Es, en fin, un buen cliente de los medios propiciados por la misma globalización que trata de combatir. Hace unas horas un líder antiglobalizador decía que la protestas se harían en "buena onda", que deseaban "energía positiva" en las calles, y mandaba saludos a sus seguidores en el resto de latinoamérica como una estrella de Hollywood.

El show se repite y los intereses de la gente común siguen a la espera; si el contrapeso a la globalización es secuestrado por usufructuarios perversos de la misma, faltarán los agentes necesarios encargados de atajar sus extralimitaciones.



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